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6/5/26

En estos días en los que Israel amenaza a España por denunciar el genocidio en Gaza y en el Líbano y en los que Estados Unidos pide vasallaje resignado frente a sus crímenes de guerra, la respuesta de la izquierda y del PSOE gobernante han mostrado una forma diferente de ejercer el patriotismo que puede ser concebido desde otros prismas... este inesperado momentum habilita a las izquierdas disputar la concepción de la patria y con ello la posibilidad de atraer parte del histórico bastión electoral de la derecha... A raíz de los continuos exabruptos de Trump hacia España muchos han podido comprobar cómo, al ponerse de rodillas frente a las amenazas extranjeras, las débiles costuras patrióticas de las derechas se han resquebrajado mientras que la izquierda se ha visto sorpresivamente reforzada tomando sin esfuerzo la bandera del patriotismo... lo que la habilita para poder empezar a hablar de patria para referirse a un país que no se amilana y planta cara a los poderosos... a decir verdad, ¿acaso hay algo más patriota que ser de izquierdas? La patria está en el otro, está en todos, en todas las acciones que trascienden el individualismo desde la alteridad y redefine la política dando prioridad a las necesidades colectivas... el éxito electoral en esta difícil coyuntura histórica vendrá fuertemente determinado por aquellas fuerzas que mejor sepan disputarse el significado de la respuesta a la pregunta, ¿eres patriota? Sí... (Eros Labara)

"Cuando toque elegir quien nos gobierna, conviene fijarse en quién se limita a nombrarla en consignas gaseosas, tales como Prioridad nacional, y quién protege a sus ciudadanos con políticas sociales y con hechos tangibles.

¿Eres patriota? Sí. No. Depende. En un contexto histórico donde los significantes nacionalistas resurgen con fuerza y las consignas patriotas arrastran casi por inercia atávica a miles de ciudadanos a unos marcos ideológicos ajenos a sus verdaderos intereses de clase, es posible que en la respuesta a esta clásica pregunta se encuentre buena parte del éxito electoral de las fuerzas en liza de las elecciones por venir. Y aquí la izquierda, consciente o no, tiene un potencial enorme para ganar terreno en un campo de batalla que hasta hace bien poco se presentaba hegemónico e indiscutible para la derecha.

El patriotismo es un campo de disputa donde la ultraderecha emplea a la nostalgia y la identidad para ocultar conflictos entre clases. La guerra contra Irán ha abierto una brecha que la izquierda puede aprovechar para resignificar la patria en clave de derechos, justicia social y soberanía popular.

El patriotismo como estrategia de la ultraderecha: nostalgia, identidad y ocultación del conflicto de clase

Si hay algún nexo a destacar entre las ultraderechas nacionalistas que componen la internacional fascista liderada por el presidente estadounidense Donald Trump ese es el de la instrumentalización del patriotismo que emplean hasta el paroxismo para lograr sus fines electorales: banderas, muchas y cuanto más grandes mejor; himnos, si puede ser en bucle y en las escuelas; histriónicos actos patrióticos envueltos en tradición anunciados a bombo y platillo y, por supuesto, financiados con fondos públicos; exaltación del supuesto pasado glorioso, ese que es imperial, inmortal, eterno. De este modo, mediante el uso de una sofocante simbología y parafernalia, se logra agitar con notable eficacia las emociones y proyectar la idea de un futuro que puede ser mejor; un futuro que, sin embargo, solo resulta concebible a través de la nostalgia, es decir, mediante la recuperación de unos supuestos valores puros y tradicionales que se han perdido o han sido mancillados por el progreso, lo que, a su vez, se presenta como explicación válida del incomprensible y caótico presente.

Así pues, frente a un hoy beligerante y sin un futuro esperanzador de mejoras concretas, la promesa de volver a un pasado revestido de idealismo se presenta como una opción factible, alcanzable, pero, sobre todo, deseable: para que el pasado a través de la nostalgia pueda ser evocado con efectividad, primero se tiene que haber perdido la fe en el futuro. Si, además, tenemos en cuenta la desmemoria histórica fomentada —que arrincona el pasado y lo hace susceptible de ser deformado a placer en las redes sociales de consumo masivo—, el resultado es un terreno fértil para que el fascismo vuelva a germinar y sus postulados se presenten como una opción política normalizada más con capacidad real de hacerse de nuevo con el poder.

Así sucede que, una vez despedazados los lazos comunitarios tras el avance de las políticas neoliberales durante las últimas décadas con sus consiguientes crisis económicas, el sentimiento nativista se ha convertido en el último reducto individualista en el que intervienen emociones y sentimientos de pertenencia a un grupo social que se identifica con unos símbolos patrios y que con éxito siembra y prepara el terreno sociológico para la beneficiosa confrontación desclasada entre un nosotros y un ellos representada como amenaza existencial para el grupo en cuestión. Aquí convendría analizar el origen de esta necesidad que se extiende entre la población, con especial afección entre los más jóvenes, entre los hombres.

Crisis social, juventud y construcción de un nosotros excluyente: el terreno fértil del nuevo nacionalismo

Son los jóvenes los que sufren las consecuencias del futuro negado, los que tienen un presente privatizado sin prácticamente poder de emancipación y los que viven su día a día bajo una ansiedad permanente por el día de mañana. El sálvese quien pueda neoliberal se hace aún más presente en aquellos que no gozan de las estructuras de la red de seguridad más básica, aquellas que proporcionan una vivienda digna, un trabajo bien remunerado y acceso a una alimentación saludable, pero también las que permiten el placer de un ocio asequible. De nuevo, el rol de las redes sociales y la falseada realidad de vidas irrealizables de ricos e hiperconsumo que proyectan acaban ejerciendo una brutal presión sobre la psique ciudadana y, en particular, contra sus mayores usuarios: los jóvenes.

Bajo este marco, la ultraderecha mundial, producto de la clase privilegiada y al servicio de sus intereses, actúa como instrumento que diluye la responsabilidad de los mecanismos capitalistas de acumulación por desposesión en la ruptura de esas redes de seguridad comunitarias e institucionales tratando así de ocultar los conflictos de clase. Pero, ¿cómo hacen para que cualquier ciudadano de clase trabajadora pueda acabar defendiendo los intereses del mayor empresario del país? Sencillamente evocando a la patria y dotándola de significados que se ajusten a sus intereses. El patriotismo sirve aquí como catalizador de un proceso de victimización inmanente a la ultraderecha que hace más poroso un argumentario cargado de odio y que se materializa a través de la culpabilización del inmigrante, del socialista, de la feminista, de un enemigo ya sea interno o externo, de un ellos frentea un nosotros, es decir, sirve para señalar culpables y dotar de explicaciones sencillas una realidad que se presenta angustiosa, indignante, pero que, sobre todo, sirve para ocultar las diferencias entre clases y enmascarar el proceso inherente al capitalismo de concentración de la riqueza en pocas manos a costa del empobrecimiento de las mayorías.

Si algo está tratando de conseguir la ultraderecha mundial es convertir los enemigos de las clases privilegiadas en los enemigos de la patria. Este mecanismo opera a partir de una concepción restringida y excluyente de la identidad. De este modo, sin conciencia de clase, sin el elemento de clase en la concepción de la política, aquellos que incrementan sus rentas año tras año y que, en muchos casos, son también los que cubren las espaldas de los partidos ultras, acaban perdiendo el miedo ante la falta de amenazas a sus privilegios y se frotan las manos ante la perspectiva de ampliar su poder y riquezas a costa de la privatización y destrucción de lo público. Ahora bien, ¿cómo se puede dar batalla en un terreno que está prácticamente monopolizado por los términos que marca la ultraderecha? Tal vez todo caiga por el propio peso de la evidencia: a través de sus contradicciones.

Una oportunidad para la izquierda: resignificar la patria en clave de derechos y soberanía

En estos días en los que Israel amenaza a España por denunciar el genocidio en Gaza y en el Líbano y en los que Estados Unidos pide vasallaje resignado frente a sus crímenes de guerra, la respuesta de la izquierda y del PSOE gobernante han mostrado una forma diferente de ejercer el patriotismo que puede ser concebido desde otros prismas a los meramente retóricos y reducidos al exclusivismo nativista y, por ello, con un potencial enorme para ser resignificado en términos completamente distintos, es decir, este inesperado momentum habilita a las izquierdas disputar la concepción de la patria y con ello la posibilidad de atraer parte del histórico bastión electoral de la derecha que supone el significante hacia posiciones que beneficien a los postulados de la izquierda.

A raíz de los continuos exabruptos de Trump hacia España tras la negación del gobierno al aumento del PIB para gastos militares a través de la OTAN y por su firme oposición a la Guerra contra Irán, muchos han podido comprobar cómo, al ponerse de rodillas frente a las amenazas extranjeras y a los designios de Trump, las débiles costuras patrióticas de las derechas se han resquebrajado mientras que la izquierda se ha visto sorpresivamente reforzada tomando sin esfuerzo la bandera del patriotismo en una oportunidad histórica que deja en evidencia las limitadas estrategias del nacionalismo ultraderechista. No es casual que los recientes pactos del Partido Popular y Vox en Extremadura y Aragón se hayan realizado bajo el reinventado lema Prioridad nacional en un intento de recuperar el impulso perdido apostando de nuevo a la estrategia identitaria y nativista como único motor electoral del que disponen.

En este contexto, la constatación de una derecha cipaya y servil parece haber hecho mella en la estrategia central de su discurso y, con ello, se han visto erosionadas sus habituales herramientas para inocular su odio. Es por ello que sus representantes han estado semanas perdidos y confusos vagando entre frases contradictorias, sin una dirección clara y sin saber todavía muy bien cómo recuperar el impulso en las encuestas que han empezado a mostrar un ligero declive en un momento electoral crucial. Tal vez alinearse con Trump empiece a ser notablemente contraproducente para todos los acólitos vástagos del trumpismo que pululan en buena parte del mundo y convenga ya empezar a pensar a futuro, es decir, antes o después habrá que matar al padre.

Como es sabido, la apropiación del patriotismo por parte de la derecha como arma electoral viene de lejos y, en el caso español la demonización de una anti-España enemiga de la patria, es decir, aquella España antifranquista y antifascista, acabó por interiorizar un sentimiento patriota amargo en tanto que negado y, en muchos casos y como consecuencia directa, incluso de rechazo frontal. Pero, a decir verdad, ¿acaso hay algo más patriota que ser de izquierdas? Una política que apuesta por la defensa de unos servicios públicos universales y de calidad frente a los privilegios de unos pocos parece a ojos de cualquiera una posición suficientemente patriótica, sin necesidad de actos vacíos como envolverse en banderas o lanzar vivas al aire instrumentalizando los símbolos como herramientas de confrontación política y exclusión.

Es evidente que Vox, Partido Popular y Junts no priorizan a los españoles y catalanes al dejar caer la prórroga de los alquileres, sino que anteponen los beneficios de los fondos buitre y de las oligarquías internacionales a los intereses de muchos de sus votantes, que también sufren la especulación con un bien básico como es la vivienda. Y sí, el problema tiene muchas aristas, y una parte principal radica en la falta de voluntad política para atajarlo de raíz: no se puede pretender defender ninguna patria si no se lucha con valentía y con todas las fuerzas posibles por dar una solución definitiva al principal problema que desvertebra el país. Así pues, toda esta sobrevenida oportunidad puede acabar en agua de borrajas si las proclamas no se traducen en políticas consumadas que corroboren esa forma de sentir; una forma diferente de generar identidad, esto es, mediante el orgullo de apoyar y sentirse parte de una alternativa política socialmente justa que ofrece un horizonte humano y empático frente al día a día de este capitalismo intransigente y salvaje.

Con todo, la defensa de la patria en el plano de los significantes siempre ha resultado compleja para la izquierda en tanto que su significado siempre ha estado definido y hegemonizado por la derecha. No es un debate nuevo, pero sí lo es esta oportunidad de impulsar su resignificación en clave de derechos, justicia social y soberanía popular, especialmente para una generación que ya no entiende su relación con la patria desde los marcos heredados de las experiencias del siglo XX. Lo relevante es que desde la izquierda la identidad trasciende las fronteras, en tanto que internacionalista. Por eso y, aunque pueda sorprender, partidos independentistas de izquierda que son partidos políticos que representan intereses de sus propios territorios, defienden una patria internacional e inclusiva evidente en sus hechos cuando votan a favor de aprobar leyes que benefician al común de los españoles, como cuando aprueban subidas de salarios o ampliación de derechos frente a aquellos partidos que se autodenominan patriotas y se adueñan de los símbolos pero que sistemáticamente votan a favor de ensanchar los privilegios de unos pocos y se posicionan en contra de toda mejora y avance social para las mayorías.

De esta manera, el patriotismo como significante vivo y en disputa permite reformular su sentido y habilita poder empezar a hablar de patria para referirse a un país que no se amilana y planta cara a los poderosos, es decir que, a diferencia de la ultraderecha, es fuerte con los fuertes. A la hora de la verdad, se ha visto como el patriotismo de la ultraderecha es una simple carcasa retórica hueca cuyo proyecto de país se reduce al vasallaje de intereses extranjeros. Para corroborarlo, el lector puede realizar un sencillo ejercicio tratando de responder a este escenario hipotético: en caso de que se diera una intervención de Estados Unidos o Israel en territorio español, ¿qué fuerzas políticas y desde qué espacio ideológico creéis que serían las primeras en defender la soberanía nacional sin ambigüedades, y cuáles, por el contrario, optarían por justificar, matizar o incluso respaldar dicha injerencia en nombre de intereses geopolíticos o afinidades ideológicas?

La construcción discursiva de la patria no es ajena a la izquierda, nunca lo ha sido, es más, allá donde se han producido experiencias políticas gobernadas por la izquierda la patria ha supuesto la centralidad desde la que se articula la dirección política en tanto que ésta solo puede ser entendida desde el prisma de la fraternidad que se hace presente en la lucha por la igualdad y la justicia social. El orgullo patrio se halla también en una sociedad que sale masivamente a la calle a reclamar una sanidad y educación públicas y de calidad, una sociedad que hace valer sus derechos y que lucha por ampliarlos, que se indigna ante el genocidio sionista y que aspira a un mundo más justo y digno para todos donde poder convivir con la seguridad de tener todas las necesidades básicas cubiertas y donde se protegen, los unos a los otros, como sociedad de libres e iguales. La patria está en el otro, es el Partido de Olmo en Novecento de Bertolucci: está en todos, en todas las acciones que trascienden el individualismo desde la alteridad y redefine la política dando prioridad a las necesidades colectivas.

El patriotismo no se mide por cuántas veces se nomina la nación, sino por los hechos que la definen. ¿Quién es más patriota, el que garantiza que cualquier ciudadano, independientemente de su origen, capacidad económica o dificultades personales, pueda acceder a todos los servicios públicos o el que, en nombre de los valores patrios, recorta esos mismos servicios, debilitando las condiciones materiales que hacen posible una vida digna para la mayoría? Cuando toque elegir quien nos gobierna, conviene fijarse en quién se limita a nombrarla en consignas gaseosas, tales como Prioridad nacional, y quién protege a sus ciudadanos con políticas sociales y con hechos tangibles. Sea como sea, parece claro que el éxito electoral en esta difícil coyuntura histórica vendrá fuertemente determinado por aquellas fuerzas que mejor sepan disputarse el significado de la respuesta a la pregunta que abría este texto y que, en último término, se articula en torno a una cuestión fundamental sobre lo que sociopolíticamente entendemos por ser patriota."

(Eros Labara  , El Salto, 02/05/26)

2/12/24

Afirmar los “pueblos regionales” es negar la existencia del pueblo italiano... «El Norte está cansado de apoyar al Sur». «El Sur no puede seguir viviendo a costa del Norte»... ¿Las regiones pagan realmente impuestos y reciben servicios públicos? ¿Tienen realmente «excedentes fiscales» o «pasivos»? La respuesta a todas estas preguntas es no... Son las personas las que lo hacen y, en cualquier caso, da igual que residan en uno u otro territorio regional. Lo que cada persona paga de impuestos y recibe de servicios depende de su renta, patrimonio, edad, salud, condiciones personales y familiares, etc.: elementos que, por regla general, nada tienen que ver con la región en la que reside... Atribuir a las regiones nociones que se aplican propiamente a los individuos - como están haciendo el Ministro Calderoli y los presidentes de las regiones del norte - es una falacia argumentativa y un clamoroso fracaso de la lógica. Y es también una pretensión jurídicamente insostenible... la Constitución impone deberes recíprocos de solidaridad económica, política y social a los ciudadanos italianos en cuanto tales, y no a los venecianos hacia otros venecianos ni a los piamonteses hacia otros piamonteses. Una vez más, el territorio de residencia no tiene relevancia alguna; de lo contrario, la unidad nacional quedaría hecha jirones, empezando por el pueblo italiano que constituye su base

 "«El Norte está cansado de apoyar al Sur». «El Sur no puede seguir viviendo a costa del Norte». ¿Cuántas veces en los últimos años hemos oído sentimientos semejantes en Italia?
«Los del Sur que luchan contra la autonomía son egoístas comparados con los del Norte, porque ahora mismo, en Italia, hay 12 regiones del Centro-Norte que dan más dinero del que reciben, y otras ocho regiones que reciben más del que dan», según nada menos que el Ministro de Asuntos Regionales, Roberto Calderoli. Se ha llegado a este punto: decir abiertamente que a los que no les va bien y piden solidaridad son unos egoístas que no tienen reparos en perjudicar a los que están bien.

Más allá de ser moralmente espantoso, lo cierto es que aplicar ese razonamiento a las regiones carece de todo sentido. Es un torpe intento de manipulación. El argumento de que las regiones virtuosas «sostienen» a las no virtuosas con su propio dinero se basa en la evaluación de los ingresos fiscales pagados y del gasto público recibido por región. Del hecho de que haya regiones que pagan más impuestos que el valor de los servicios públicos que reciben y otras regiones que reciben servicios públicos en una cuantía superior a los ingresos fiscales que producen, extraen la inferencia de que unas regiones disfrutan de servicios que pagan otras.

 En este sentido, argumentan que las primeras tienen un «superávit fiscal» y las segundas una «deuda tributaria». La implicación es que, si cada región pagara impuestos sólo por el importe exacto del gasto público que recibe, el resultado sería que las regiones más ricas podrían reducir su presión fiscal manteniendo el mismo nivel de servicios, mientras que las más pobres verían disminuir ese nivel. El Presidente de Lombardía calcula que su región paga «demasiado», 54.000 millones de euros; sus colegas del Véneto y Emilia-Romaña cifran el exceso en 18.000 y 17.000 millones de euros, respectivamente; el Presidente del Piamonte dice que la cifra correspondiente a su región es de 11.000 millones de euros. De ahí la acusación de egoísmo contra quienes trabajan para evitar recortes en los fondos que van en beneficio de los demás.

 Pero basta echar un vistazo más de cerca para darse cuenta de lo insustanciales que son tales afirmaciones. ¿Las regiones pagan realmente impuestos y reciben servicios públicos? ¿Tienen realmente «excedentes fiscales» o «pasivos»? La respuesta a todas estas preguntas es no. Las regiones no tienen superávit fiscal, ya que, en realidad, ni pagan impuestos ni reciben servicios públicos. Son las personas las que lo hacen y, en cualquier caso, da igual que residan en uno u otro territorio regional. Lo que cada persona paga de impuestos y recibe de servicios depende de su renta, patrimonio, edad, salud, condiciones personales y familiares, etc.: elementos que, por regla general, nada tienen que ver con la región en la que reside. Yo pago impuestos por mis ingresos como profesor universitario al mismo tipo medio que un colega mío que, con la misma cualificación y antigüedad, da clases en la Universidad de Macerata. Y si ambos tenemos la misma situación familiar, recibimos un subsidio mensual idéntico del INPS por nuestros hijos a cargo.

 Atribuir a las regiones nociones que se aplican propiamente a los individuos - como están haciendo el Ministro Calderoli y los presidentes de las regiones del norte - es una falacia argumentativa y un clamoroso fracaso de la lógica. Y es también una pretensión jurídicamente insostenible. Como reconoce el Tribunal Constitucional en su sentencia nº 83 de 2016, la Constitución, en su artículo 2, impone deberes recíprocos de solidaridad económica, política y social a los ciudadanos italianos en cuanto tales, y no a los venecianos hacia otros venecianos ni a los piamonteses hacia otros piamonteses. Una vez más, el territorio de residencia no tiene relevancia alguna; de lo contrario, la unidad nacional quedaría hecha jirones, empezando por el pueblo italiano que constituye su base.

Afirmar la existencia de «pueblos regionales» es negar la existencia del pueblo italiano. Por ello, el principio constitucional de progresividad fiscal (art. 53) implica la redistribución de la riqueza entre los conciudadanos del Estado, no de la región, como medio para desarrollar los vínculos sociales entre las personas. (...) Reducir la solidaridad redistributiva al nivel de los conciudadanos de una región, en detrimento de los compatriotas, significa (...) sancionar la prevalencia de la pertenencia regional sobre la pertenencia nacional, una reivindicación que procede de un trasfondo abiertamente secesionista, lo que pone a quienes la impulsan en colisión con la unidad y la indivisibilidad de la República, proclamadas como principio fundamental inviolable por el artículo 5 de la Constitución.

 * Del libro Loro loro dicono, noi diciamo. Sobre Premierate, Justicia y Regiones («Lo que ellos dicen, lo que nosotros decimos. Sobre Premierate, Justicia y Regiones») de Gustavo Zagrebelsky, Armando Spataro y Francesco Pallante, ed. Laterza"

(Francesco Pallante , il manifesto global, 27/10/24, traducción DEEPL)

22/11/23

Joan Coscubiela: Hace ya algún tiempo que me asalta con cierta frecuencia una sensación extraña... En algunos momentos me he visto transportado en el tiempo al pasado... la llamada de Aznar a la rebelión de los aparatos del Estado, “el que pueda hacer que haga”, me resuena como si fuera el eco del “apreteu, apreteu, feu bé en apretar” de Quim Torra... Escuchar a alguien hablar de Gifré el Pelós como fundador de la nación catalana, o establecer un hilo conductor entre el Decreto de Nueva Planta con la realidad del siglo XXI, me produce la misma sensación que oír a alguien reivindicar el carácter ancestral de la nación española nacida en Covadonga, o las arengas de Aznar alertando del riesgo de nueva invasión de España por el islam... ¿se han fijado en cómo se confunden los esperpénticos personajes que brotan de las manifestaciones contra la amnistía, y los hiperventilados CDR de las manis indepes? Parecen sacados de la misma factoría y hechos con la misma horma... como cuando el PP defendía reformar el reglamento del Senado para salvaguardar la democracia... como cuando los grupos independentistas aprobaron la reforma del Reglamento del Parlament de Catalunya, también en nombre de la democracia.

 "Este es de esos artículos que te hacen perder amistades por doquier, a pesar de que les aseguro que he intentado ponerle el máximo de tacto, incluso algo de cariño.

A nadie le gusta –a mí tampoco– que le pongan ante el espejo y salir poco favorecido. Si además el espejito te devuelve el perfil como si fuera el de tu adversario, en ocasiones enemigo –que palabra tan fea–, la cosa ya cabrea. Lo comprendo.

Hace ya algún tiempo que me asalta con cierta frecuencia una sensación extraña. Cuando escucho las cada vez más crispadas arengas patrióticas o veo en medios y redes los exabruptos que las acompañan se me cruzan los cables y me cuesta identificar al emisor.

Esta percepción se ha desbordado a raíz de los pronunciamientos –en su acepción más literal de alzamiento– que frecuentan la derecha extremosa y la extrema derecha, con el argumento-excusa de la amnistía. En algunos momentos me he visto transportado en el tiempo al pasado cercano de los CDR independentistas, a raíz de la conversión de la revolució dels somriures en la reacció dels enrrabiats.

En el trasfondo de la escena, la llamada de Aznar a la rebelión de los aparatos del Estado, “el que pueda hacer que haga”, me resuena como si fuera el eco del “apreteu, apreteu, feu bé en apretar” de Quim Torra.

No se trata solo de que los discursos nacionalistas se parezcan mucho unos a otros. Ya lo dice Jorge Drexler en su preciosa milonga del moro judío: “No hay pueblo que no se haya creído el pueblo elegido” También constato que las formas con las que se defienden son en ocasiones clónicas e indistinguibles.

Por supuesto no pretendo decir que todos son iguales –me desagrada profundamente esta descalificación de brocha gorda–. Pero tampoco se trata ahora de abrir una disquisición sobre diferentes tipos de nacionalismos. Entre otras cosas porque en ocasiones se difumina la frontera y se llegan a confundir.

La mía es una reflexión más modesta. Escuchar a alguien hablar de Gifré el Pelós como fundador de la nación catalana o establecer un hilo conductor entre el Decreto de Nueva Planta con la realidad del siglo XXI me produce la misma sensación que oír a alguien reivindicar el carácter ancestral de la nación española nacida en Covadonga o las arengas de Aznar alertando del riesgo de nueva invasión de España por el islam.

Además, estoy convencido de que eso mismo les sucede a los que construyen estos marcos mentales. A unos les parece anacrónico que los tirios hablen de los tiempos de Felipe V y a otros escuchar de los troyanos referencias a las esencias de la hispanidad y cristianización de América.

Los nacionalistas excluyentes, como sucede con los intolerantes y los que promueven la crispación, siempre son los otros. Y solo se indignan frente a las salidas de tono ajenas. Quizás porque con el nacionalismo pasa como con el fútbol. Los que se comportan como hooligans fanáticos siempre son los del equipo contrario. Los nuestros, son entusiastas y fervorosos defensores de nuestros colores o de nuestra patria –cada uno la suya por supuesto–.

Y si en algún momento nos asalta alguna duda, para eso están las respectivas divisiones acorazadas mediáticas, para disiparlas. Del papel de la comunicación en la hooliganizacion del clima social ya hablaremos otro día, que si lo hago en el mismo artículo no podré ni salir a la calle.

Hablando de hooligans, ¿se han fijado en cómo se confunden los esperpénticos personajes que brotan de las manifestaciones contra la amnistía y los hiperventilados CDR de las manis indepes? Parecen sacados de la misma factoría y hechos con la misma horma.

Ambos nacionalismos coinciden hasta en lo de construir estereotipos de los otros. Yo siempre he creído que, afortunadamente, estas actitudes son minoritarias y no representan al conjunto de las ideas que defienden. Eso es lo que decían para defenderse los independentistas respecto a sus hiperventilados, mientras que a algunos de sus críticos les encantaba presentarlos como la expresión colectiva del independentismo. Exactamente igual, pero a la inversa, a lo que ahora sucede con los enfervorizados nacionalistas españoles disfrazados de constitucionalistas.

Todas estas reflexiones me daban vueltas por la cabeza de manera desordenada hasta que cogieron forma al escuchar el debate sobre la reforma del Reglamento del Senado. El portavoz del PP la defendía para salvaguardar la democracia y el portavoz de Junts la descalificó, con acierto pero con poca auctoritas, como filibusterismo parlamentario.

De golpe, se me aparecieron las imágenes del verano del 2017, cuando los grupos independentistas presentaron y consiguieron aprobar una reforma del Reglamento del Parlament de Catalunya, por cierto también en nombre de la democracia.

En aquel momento, hace seis años, se usó la astucia para sostener la ficción de la declaración unilateral de independencia. En su ingenuidad creyeron que así podían burlar los mecanismos de control del Estado, entre ellos los del Tribunal Constitucional.

La cosa tiene su gracia, vista desde hoy, claro, cuando ya se han calmado los ánimos por estos lares. Modificaron el calendario del período de sesiones para comenzar el 16 de agosto en vez del 1 de septiembre porque pensaban que así podían acelerar los procedimientos parlamentarios y llegar a tiempo del ya anunciado 1 de octubre –pónganle ustedes el nombre que quieran a lo que se hizo ese día–.

Luego no pudieron utilizar esa trampa para acelerar la tramitación parlamentaria porque no había acuerdo entre ellos sobre quién debía correr con el riesgo de desobedecer las resoluciones del Tribunal Constitucional.

Al final, como ni tan siquiera les servía la reforma exprés del reglamento, tiraron campo a través, se inventaron un reglamento que nunca existió para dar apariencia de legalidad a la aprobación de las antidemocráticas leyes de desconexión en los nefastos plenos del 6 y 7 de septiembre 2017.

Ahora la historia se repite en el Senado, aunque los protagonistas sean el PP intentando atrasar la aprobación de la ley de amnistía y Vox exigiendo su bloqueo. 

 Resulta curioso comprobar cómo ambos nacionalismos usan el filibusterismo parlamentario de manera clónica. Unos y otros –no solo ellos– aún no han entendido que en democracia las formas son también el fondo de su esencia. Y que modificar las reglas y procedimientos de las instituciones para imponer sus posiciones es una manera de degradar la democracia.

Por supuesto no se me ocurre pensar que unos y otros sean lo mismo. Aunque no solo les une el filibusterismo parlamentario. Constato que piensan y actúan de la misma manera cuando se trata de defender la nación en contra de la democracia"         ( Joan Coscubiela , eldiario.es, 19/11/23)

23/8/23

En la plaza de toros, todo el público canta a pleno pulmón “Que te vote Txapote”. Lo cantan en las fiestas patronales de Teruel... La primera vez que vi esto fue en Barcelona... Tras 2017, cuando todo empezó a pudrirse, a oler y a adquirir su sentido, estaba en un restaurante de clase media-alta, repleto de comensales que, escasos minutos después, irían juntos a una mani procesista... En los postres, los comensales se hincharon de ellos mismos, y empezaron a cantar, todos, riendo, un lema procesista: “Las calles serán nuestras por siempre”. Lo cantó todo el restaurante. Menos los camareros... Y menos yo, que pasé a formar parte del grupo de los camareros. Pensé que cuando la derecha española descubriera esto sería imparable. Lo ha hecho. En esta campaña ha sucedido eso. Esta campaña es, básicamente, eso (Guillem Martínez)

 "(...) 6- Me llegan por RR.SS. imágenes de los sanfermines. En la plaza de toros, todo el público canta a pleno pulmón “Que te vote Txapote”. Lo cantan en las fiestas patronales de Teruel. Lo cantan en trenes. En el video de una boda, lo cantan los invitados cuando el novio y la novia entran en el salón del banquete. Todo el mundo ríe, todo el mundo es feliz, hasta los novios. Todo el mundo se divierte, siendo lo divertido algo importante: la identidad. Son españoles, sin clases sociales. Son una forma de ser españoles que les convierte en españoles, pues las otras carecen de recorrido.

7- La primera vez que vi esto, de manera consciente, fue en BCN. Tras 2017, cuando todo empezó a pudrirse, a oler y a adquirir su sentido, estaba en un restaurante de clase media-alta, repleto de comensales que, escasos minutos después, irían juntos –era evidente por las camisetas, por los símbolos que llevaban– a una mani procesista. En los postres, los comensales se hincharon de ellos mismos, y empezaron a cantar, todos, riendo, un lema procesista: “Las calles serán nuestras por siempre”. Lo cantó todo el restaurante. Menos los camareros. No eran blancos. Y menos yo, que pasé a formar parte del grupo de los camareros. Pensé que cuando la derecha española descubriera esto sería imparable.

8- Lo ha hecho. En esta campaña ha sucedido eso. Esta campaña, cuyo ecuador cruzamos, es, básicamente, eso."                 (Guillem Martínez, CTXT, 15/07/23)

18/2/22

Jordi Pujol y Vox coinciden... el patriotismo indepe catalán: «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y quiere serlo»... el patriotismo españolista: La condición de español ya no se adquiere a partir de un trámite sino de nebulosas ficciones más o menos racistas: «proyecto histórico, unidad de destino, querer serlo»... para los fascistas indepes catalanes, para los fascistas españolistas, la identidad nacional dejó de ser una circunstancia objetiva para convertirse en una segregación ideológica del poder

 "La condición de español ya no se adquiere a partir de un trámite sino de nebulosas ficciones más o menos racistas: «proyecto histórico, unidad de destino, querer serlo»

Uno de la voxemia dijo el martes en el Congreso que para ser español no basta con tener el Dni. Y aún añadió, intelectual: «España es un proyecto histórico que no puede estar abierto a cualquiera».(...)"                                 (Arcadi Espada, El Mundo, 16/02/22) 


 "A mediados del siglo XX, en plena dictadura de Franco, Jordi Pujol dejó dicho quién era catalán: «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña». 

La definición venía muy inspirada por la realidad. En aquellos años Cataluña estaba protagonizando la mayor inmigración conocida en Europa en tiempo de paz, que le llevaría a doblar su población en pocos años. Es cierto que Pujol compatibilizaba esa declaración con definiciones algo abruptas del hombre andaluz, en el que veía a alguien «insignificante, incapaz de dominio, de creación». 

Sea por su moral oscilatoria sea porque cayera en la cuenta de los trastornos que podía acarrear al nacionalismo una demografía mutante, lo cierto es que al cabo de poco tiempo introdujo un estrambote decisivo en la definición: «Catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y quiere serlo». De ahí ya no se movió. Hoy es la definición canónica que emplea el nacionalismo (...)

El centro de interés de la definición es el concepto de «voluntad». Como cualquiera en su sana lógica comprenderá «y quiere serlo» solo es un eufemismo de «y sigue las instrucciones». La prueba más dolorosa que da la historia sobre esa voluntad es la de aquellos judíos, pobrecitos, que se empeñaban en ser alemanes y se presentaban en Auschwitz con el pecho esmaltado de condecoraciones ganadas por su heroísmo en la Primera Guerra Mundial. Su voluntad, obviamente, la fijaban otros. Fue de este modo brutal como la identidad nacional dejó de ser una circunstancia objetiva para convertirse en una segregación ideológica del poder. (...)

  Así, dada la vigente definición pujolista, cualquiera puede abstenerse de ser catalán y, sobre todo, cualquiera puede dejar de serlo, por más que los reglamentos de la vida le obliguen a vivir y trabajar en Cataluña. Basta con no quererlo. Yo mismo no lo quiero. Hace tiempo me quité, y es absurdo que se empeñen en seguir considerándome catalán en cualquiera de sus formas, incluida aquella de traidor que tanto me ilusionó de niño."                   (Arcadi Espada, El Mundo, 05/04/16)

7/6/21

«Ayuso ha sabido usar herramientas que el ‘procesismo’ ha utilizado en Catalunya»... Los lemas de España nos roba y el expolio fiscal que dieron un empujón al proceso, visto ahora desde el otro lado: «el gobierno central nos robaría con la armonización fiscal y haremos lo que queramos con nuestros impuestos en Madrid».

 "(...) El proceso independentista catalán ¿tiene que ver con la victoria de Ayuso?

Hay una correlación directa con el ingreso a escena y el éxito electoral de Vox en las elecciones andaluzas de diciembre de 2018 y en las elecciones de 2019. Que Vox no explotase en 2014 o en 2015 y que lo haga después de octubre de 2017 no es casualidad. La influencia del separatismo catalán en el éxito de Ayuso creo que es más reducido. 

Sino habría tenido un éxito notable en las elecciones anteriores, en la primavera de 2019. Sí que vemos una correlación entre ambos fenómenos en que Ayuso ha sabido usar algunas herramientas que el procesismo había utilizado en los años anteriores en Catalunya. Dos sobre todo. La primera, que, además, en Madrid resulta bastante extraño o singular, que es un cierto identitarismo. Como si Madrid tuviese unas peculiaridades que, según Ayuso, sea ir de cañas, algo que nos gusta a mucha más gente, no sólo a los votantes madrileños de ellos. 

Explota un identitarismo en contraposición al gobierno central, en cuestiones como la actuación ante la pandemia, las restricciones… El segundo elemento es la cuestión fiscal. Una de las banderas que le ha permitido forjar esta coalición social y conseguir casi el 45% de los votos es el tema fiscal. «Aquí hacemos lo que nos da la gana con nuestro dinero y que el gobierno central se olvide de imponer la armonización fiscal».

Y lo conecta con la libertad. Los lemas de España nos roba y el expolio fiscal que dieron un empujón al proceso en los primeros años, visto ahora desde el otro lado: «el gobierno central nos robaría con la armonización fiscal y haremos lo que queramos con nuestros impuestos y como los gestionamos en Madrid».

 ¿Se puede crear un sentimiento patriótico, nacionalista, de repente? ¿Existía un poso para el «madrileñismo» que ha explotado Díaz Ayuso? Del catalanismo hace cientos de años que se habla

El madrileñismo nunca ha existido. Por un lado, no creo que el madrileñismo haya sido el elemento clave que explique la victoria de Ayuso. Los elementos principales han sido la política fiscal, la oposición al gobierno central en un año tan duro como el último y defender la apertura de bares y actividades comerciales.

 La política se hace hoy con frames, marcos, como decía Lakoff. Tú puedes crear marcos y si cuela, cuela. La extrema derecha lo hace constantemente y muchas veces la jugada le ha salido redonda. Si te sale mal, lo dejas estar y las cosas van tan rápido que la gente se olvida en muy pocos días. Ayuso ha creado un marco y no creo que vaya a más.

 Le ha servido y le ha ido bien pero el tema de fondo es la cuestión territorial en España, la posible reforma del Estado de las autonomías y la financiación autonómica y la cuestión central que ha explotado y donde ha construido la idea de el identitarismo madrileño es la idea de Madrid como aspiradora de una parte importante de España, lo que sería la España vaciada. Ayuso y el PP han jugado con ello, siendo Madrid su gran bastión actualmente. Y, eso, atención, tendrá consecuencias.

La izquierda ¿puede apelar a este sentimiento o es patrimonio de la derecha? En Cataluña hay una cierta izquierda que lo hace

También depende de qué entendemos por izquierda. Evidentemente, Esquerra o la CUP han jugado y siguen jugando con esto, facilitando siempre, al final, gobiernos liderados por la derecha o, como ahora, donde hay elementos que podemos encasillar a la derecha o, incluso, de extrema derecha, como ocurre en Junts per Catalunya. 

Son cuestiones muy resbaladizas, muy delicadas, que dependen también mucho de cada contexto, histórico y político y de la cultura política de un territorio o de un país. En la historia la relación entre clase y nación ha sido siempre muy compleja para parte de los partidos socialistas y comunistas. Hemos tenido declinaciones muy diferentes en Europa y, evidentemente, en otros continentes, si pensamos en movimientos de liberación nacional en los años de la descolonización. 

Hay dos cuestiones de fondo. ¿A la izquierda le conviene utilizar estos marcos? ¿Le sirve de algo a medio y largo plazo? Muchas veces, la política, y cada vez más en la actualidad, funciona con una lógica muy a corto plazo. Hubo el debate en Podemos, en los primeros tiempos con Errejón y el significante vacío de ‘patria’ o el de la ‘plurinacionalidad’. 

Tenemos el libro y el discurso de Ana Iris Simón ante Pedro Sánchez hace unos días o el artículo de Antonio Maestre hablando de la izquierda lepenista, que intenta comprar el discurso nacionalista, no se sabe si con buena fe o por tacticismo. No se puede negar la existencia de identidades nacionales ni subvalorarlas o desprestigiarlas. Son sentimientos que se crean.

 Dicho esto, si la izquierda le compra el marco a la ultraderecha siempre acaba perdiendo. Ha pasado con el tema de los migrantes. Hemos tenido hace unos años y aún colea el hecho de que sectores de la izquierda en Alemania, con la escisión de Aufstehen (Ponerse de pie), de Die Linke, que cuando Merkel abrió las fronteras a los refugiados de Siria, en el verano de 2015, adoptó una posición muy crítica, diciendo que ‘Acogida para todos, no’. 

Su discurso de fondo era que los migrantes acabarían quitando el trabajo a la clase obrera alemana, que acabaría comprando el discurso de la extrema-derecha que les decía que había que cerrar las fronteras para defender su trabajo. La izquierda que ha adoptado este discurso, aunque sea con muchos matices, esencialmente está asfaltando una autopista a la extrema derecha. Si estás inoculando este discurso, concediendo que la migración y los migrantes son un problema para las condiciones de vida de la clase trabajadora y media, mucha gente preferirá el original a la copia y comprará el discurso de los que quieren cerrar fronteras.

 El tema de la nación, de la identidad, no es exactamente lo mismo pero hay algunos paralelismos. ¿De qué le sirve a la izquierda comprar estos discursos? En Catalunya lo hemos visto de forma muy evidente, con sectores que se definen anticapitalistas que facilitan gobiernos de la derecha neoliberal de toda la vida que, además, cada vez más tiene ribetes identitarios. Ellos se siguen considerando de izquierdas pero, al final, ¿quién tiene la hegemonía cultural aquí?

A la larga, ¿la izquierda lo acaba pagando?

Yo creo que sí. También es cierto que las cosas cambian muy rápido. Hay una volatilidad enorme, no sólo electoral. Los acontecimientos van muy rápidos, nos olvidamos pronto de las cosas. La agenda política está marcada por factores diferentes pero creo que a largo plazo la izquierda pagaría este tipo de cuestiones. 

Hay que tener en cuenta que las cosas no son blancas o negras y hay muchas gamas de grises pero hay unas líneas rojas que la izquierda no debería superar y debería saber jugar con mucha más inteligencia y con miradas a largo plazo.

Hay quien establece diferencias entre patriotismo y nacionalismo. Pablo Iglesias, por ejemplo, decía que era patriota pero no nacionalista. ¿Lo entiende? ¿Lo comparte?

Siempre me han chirriado las referencias a la nación y la patria. Hay mucha dificultad para entender qué diferencia la patria de la nación. Hay muchos estudios tanto en el campo de la politología como en el de la historia sobre el nacionalismo y hay más de una interpretación pero muchas veces los términos nación y patria acaban siendo sinónimos. 

Yo no me siento patriota de ningún país. ¿Qué entendemos por patria? Sinceramente, no me queda claro. Podemos hizo una operación inteligente intentando captar un votante que veía los símbolos de la izquierda como algo lejano. No ser ‘antipatria’ podía ayudar a captar votantes en un momento de descomposición del sistema político.

 Iglesias, entre otros, ha intentado declinar el término de patria no como una cuestión de banderas sino de sanidad, educación pública de calidad… Patria era un significante vacío tal como lo utilizaban. Además, se enmarcó en el proceso catalán con el choque de autobuses -más que de trenes- entre Rajoy y Mas y el tema estaba tan presente que había que tomar una postura al respecto. Ha sido más una apuesta estratégica, táctica de lenguaje, intentando llenar un significante vacío como la patria de otros contenidos, sanidad, estado del bienestar… (...)"                           (Entrevista a Stefen Forti, Siscu Baiges, CatalunyaPlural, 04/06/21)

21/4/21

España construye la nación, como los otros estados, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y es sujeto político con la Constitución de Cádiz de 1812. Su proceso es igual de exitoso que el del resto de países europeos. La diferencia se centra en que cuando esos países tienen colonias, España está a punto de perder las suyas, y eso se transforma en una idea de fracaso, que da lugar a un auge de los nacionalismos periféricos

 "Tomás Pérez Vejo (Caloca, Cantabria, 1954) es profesor investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México. Asegura que cuando llega a España se encuentra con una “jaula de grillos”, y que el mensaje de Iñaki Gabilondo, que ha señalado que España “no funciona”, y que por eso quiere tomar distancia, le ha afectado profundamente. 

Pérez Vejo cree en la Transición y en el desarrollo que ha alcanzado España. Acaba de publicar 3 de julio de 1898, el fin del Imperio español en Taurus, que ha divulgado una serie de obras centradas en un día de la Historia de España.  (...)

--Pregunta: ¿El concepto de nación, la nación española, se interioriza con la pérdida de Cuba en 1898? ¿Es por ello por lo que se ve como un desgarro nacional?

--Respuesta: Es una idea central en el libro y tiene relación con la construcción nacional de España, que a lo largo del siglo XIX habría sido más exitosa de lo que se ha entendido durante mucho tiempo. En 1821 se pierden territorios americanos, en el sur de Estados Unidos, y no se percibe como una catástrofe. Pero con Cuba se produce un psicodrama colectivo

Lo que señalo es que aquellos territorios los pierde la Monarquía católica, pero Cuba la pierde la nación española, que cobra carta de naturaleza con la Constitución de Cádiz. En la Guerra de Cuba combaten soldados españoles, y la derrota se interioriza como una tragedia para la nación. Lo que demuestra eso es que España fue capaz de construir una identidad nacional, desarrollada por las clases medias del país.

 --Entonces se rechaza esa idea que defienden algunos autores, presente en la historiografía, de que España primero es un Imperio, luego un Estado y que no acaba nunca de construir la nación.

--Mi argumento es el contrario, sí. Cuando se afirma que España tiene muy pronto un Imperio, y que después no puede construir la nación, se parte de un concepto nacionalista, porque se identifica la monarquía con la nación española. Y eso no se puede establecer de esa manera. 

España vive un proceso muy parecido al de otros países de su entorno europeo. Construye la nación, como los otros estados, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y es sujeto político con la Constitución de Cádiz de 1812. Su proceso es igual de exitoso que el del resto de países europeos. La diferencia se centra en que cuando esos países tienen colonias, España está a punto de perder las suyas, y eso se transforma en una idea de fracaso, que da lugar a un auge de los nacionalismos periféricos.

--Esos nacionalismos periféricos, el vasco y el catalán, ¿son oportunistas, por tanto, cuando, --en el caso del nacionalismo catalán es muy claro--- se habían beneficiado de los negocios con Cuba?

--Sí, claramente. Además, se puede ahondar en una idea y es que el nacionalismo español más temprano y exitoso arraiga en Cataluña y País Vasco. Son las regiones más modernas del país y el sentido de patriotismo entre catalanes y vascos que se produce con las Guerras de África es enorme. Pero con la pérdida de Cuba pasan dos cosas. La relación de Cataluña es enorme, y, por tanto, la pérdida supone perder el mercado colonial. Y se plantea un dilema: para qué se quiere un Estado que no protege ese mercado.

 Si España es una nación que fracasa, nadie quiere formar parte de esa nación. Esa idea sigue presente, permea en el discurso nacionalista catalán hasta ahora. Esa idea de que se está más cerca de Europa, de que no se quiere formar parte de algo decadente, de que no se quiere formar parte de una nación muerta. Y, la otra cuestión que surge con Cuba, es que se produce un nacionalismo español doliente, de que es una nación fracasada, y que la solución es Europa. Cuba, por tanto, afecta a los nacionalismos periféricos, y también al nacionalismo español.

 --En cualquier caso, desde el punto de vista práctico, ¿esa pérdida de Cuba fue más ficticia que real? ¿Fue más una interiorización por parte de las elites intelectuales de que era un fracaso?

--Eso es de las cuestiones más interesantes que pasan con Cuba. Cuando uno analiza los datos económicos, se comprueba que España ocupa un lugar similar en relación al resto de países europeos. No se trata de un hundimiento económico. Fue una crisis intelectual, pero no económica. Eso se explica porque la economía cubana no estaba integrada en la española, sino en la americana. La producción de azúcar, en todos esos años noventa, se vendía en un 90% a Estados Unidos, no a España.

--En todo caso, sí es un problema para la población cubana, que mantiene un sentimiento español.

--Sí, uno compara lo que sucede con el resto de países americanos, y comprueba movimientos hispanófobos. Se producen exclusiones, como en México, pero no en Cuba. Un texto de José Martí, hijo de valenciano y de canaria, lo señala con claridad cuando dice que los cubanos no tienen ningún problema con los españoles, pero sí con el gobierno español. Y, de hecho, llegaron muchos más españoles a la isla después de la independencia de Cuba. Fue un proceso favorecido por los propios cubanos, tras la Guerra, y después de quedar bajo la órbita de Estados Unidos.

--Eso fomentó una tragedia entre los cubanos, que dejaron de ser considerados como españoles, ¿no?

--Eso constituyó un drama. El Gobierno español decidió cortar esa relación, y declara que los nacidos en Cuba no serán españoles. Y es dramático para muchos que habían luchado al lado de los españoles, y son obligados a ser cubanos. Eso tiene implicaciones morales muy fuertes.

 --Por tanto, ni España fue diferente a otros países en relación a la construcción nacional, ni la crisis del 98 debería haber dado para tanto. ¿Se exageró toda esa pérdida?

--Yo lo enmarcaría con la historiografía de los últimos años, que ha cuestionado esa supuesta excepcionalidad española. Lo más curioso es que el caso español está marcado por una idea doliente. Los ingleses, por ejemplo, se han creído excepcionales porque se han visto como los mejores. En España, en cambio, la excepcionalidad se subrayaba por considerarse los peores. Es sorprendente. Se manejó esa idea dentro de Europa y se potencia luego con el lema franquista de España es diferente. 

La diferencia, en todo caso, hay que verla en el auge de los nacionalismos periféricos. La construcción nacional de España no fue un fracaso en el siglo XIX. Y si se llega a conclusiones diferentes se debe principalmente al afecto deslegitimador que tuvo el franquismo, ya en el siglo XX. Pero en cuanto a la construcción nacional no hay ninguna diferencia con el resto de países europeos.

--Sí hay, en cambio, oportunidades que se dejan escapar, entiendo, a partir de la Constitución de 1876, que no se reforma, y se llega a la dictadura de Primo de Rivera de 1923.

--Hay un periodo, efectivamente, que no se aprovecha. Las élites de la Restauración tienen un gran miedo en ese momento, con la pérdida de Cuba. El temor es que se produzca un golpe de estado carlista o una revolución de carácter socialista. Son élites atenazadas, que no toman decisiones, con un gran miedo a que acabe el régimen de la Restauración.

--El caso es que España está muy marcada por la generación del 98, por esa influencia intelectual, que habla de fracaso. ¿Hasta qué punto ese movimiento fue algo nocivo, perjudicial para el desarrollo posterior, aunque desde el punto de vista literario se siga alabando?

--Eso me ha planteado un problema conmigo mismo, porque, por un lado, no se puede negar la calidad e influencia literaria de la Generación del 98, con Antonio Machado o Unamuno. Sin embargo, sí me atrevo, y señalo de nuevo mi disgusto, a decir que el movimiento tuvo un efecto absolutamente nocivo para vivir nuestro pasado. Esa idea del que inventen ellos, es demoledora. Y tiene un agravante y que la sombra del 98 prolonga hasta nuestros días, esa idea de la geografía de Castilla, es una visión esencialista muy nociva.

 --Es un regodearse en lo negativo.

--Sí, es esa visión de las ciudades castellanas decadentes, que ven una belleza poética, lo que no deja de ser una pornografía de la miseria. Y deriva en un proyecto que se basa en que debemos aferrarnos a eso.

--Pues podemos estar en una situación similar ahora.

--Tengo la impresión, --y vivo en México—, de que hay una obsesión en los medios periodísticos e intelectuales por esa visión negativa del país. Y, objetivamente, para quien haya vivido en España o en distintos países, no somos los mejores, pero tampoco tenemos un país desastroso. Sin embargo, esa idea de que para ser intelectual debes ser un pesimista, se mantiene.

 --Continuamos como tras la pérdida de Cuba. Cuando se percibe que algo no funciona, entonces nos vamos. Ese ha sido el discurso del independentismo catalán en estos años. ¿Se trata de un chantaje permanente?

--Las naciones son proyectos de futuro. Cuando esos proyectos fracasan, pues pensamos en irnos. En el caso del nacionalismo catalán es evidente. El proceso independentista no se entiende sin la crisis económica de 2008. El problema es que cuando en algunos territorios hay mayorías que no quieren un determinado proyecto, se aprovecha cualquier circunstancia.

--El nacionalismo catalán niega la propia existencia de la nación española. ¿Es ese el problema?

--Sí, pero es el problema del nacionalismo identitario. El nacionalismo catalán es igual al nacionalismo español. En el caso del español, se diría que desde Altamira ya hay españoles. Y lo mismo respecto al catalán, al entender que hay algo previo a la voluntad de los individuos. No hay diálogo posible en esos casos. Hay una exclusión mutua, porque no puede ser catalán el que se sienta español, o no puede ser español el que se sienta catalán. En mi planteamiento, la nación es una organización instrumental. La nación no existe, se cree en ella. Y habrá naciones en la medida en la que se crea en ellas.

--Pero se suponía que con la Constitución de 1978 se había llegado a un gran consenso sobre todo eso.

--Yo suponía que viviría en un país normal, que se preocuparía de la sanidad o de la educación, sin más preguntas metafísicas. Y cada vez soy más pesimista, porque resurge el debate sobre lo que es o no es España. Y me parece que eso se debe al legado nocivo del 98, lo de España como problema o Cataluña como problema.

--Claro que se podría interpretar como algo que le pasa también a otros. Tampoco sería España diferente ahora, si vemos lo que sucede en el Reino Unido, que se podría desmembrar en poco tiempo, con Escocia o Irlanda del Norte unida a la República de Irlanda.

--Me parece interesante ese debate, porque desmiente, de nuevo, la excepcionalidad española. Si había un estado que parecía no tener problemas de esa naturaleza era el Reino Unido. Hay un problema historiográfico, que es esa vieja manía española de compararse con Francia. Y Francia es más una excepcionalidad que un modelo. España se parece más al Reino Unido que a Francia. No hubo problemas en el Reino Unido mientras fue una potencia exitosa. El problema surge cuando entra en un proceso de reacomodación para ser una potencia estratégica. Y para un escocés ya no es atractivo, máxime cuando la gran mayoría de los escoceses votaron por seguir en la Unión Europea.

--Cuando Iñaki Gabilondo dice que España “no funciona” y que ya no sabe qué más decir, y se aparta, ¿qué le sugiere? ¿Cómo se arregla España?

--Las declaraciones de Gabilondo me produjeron un desánimo profundo, porque mi generación lo ha tenido como referencia durante décadas. No me atrevo a extrapolar con desencantos colectivos, pero me parece preocupante, porque Gabilondo siempre ha tenido sensibilidad para captar sensaciones colectivas.

--Porque, ¿se podría pensar en reformas, o las élites políticas son ahora como las de la Restauración, que muchos de los ‘nuevos’ políticos asocian al régimen del 78?

--Hay una clara voluntad de determinados sectores políticos de plantear la transición como una segunda Restauración. Cuando se habla de Historia siempre se habla del presente. Es una lectura injusta sobre lo que significó la transición, que es el momento más exitoso de la historia de este país, con unas generaciones con clara voluntad de llegar a acuerdos de forma razonable. Ahora, cuando llego a España, me encuentro una jaula de grillos, con insultos entre unos y otros, con un nivel de discusión política lamentable. Espero, en todo caso, que Gabilondo esté equivocado."                     (Entrevista a Manuel Pérez Vejo, Manel Manchón, Crónica Global, 31/01/21)

6/5/19

El constitucionalismo es moralmente superior. Lo hemos demostrado... España es el país menos nacionalista de Europa... El espantajo del nacionalismo español es otro de los cuentos de nacionalismo fetén... Sabemos cuántos lo han votado y, también, lo que no es menos importante, cuántos han votado en su contra.... Y ahora volvamos la mirada a los nacionalismos profesionales

"(...) Por supuesto, el constitucionalismo es moralmente superior. Lo hemos demostrado. Desde hace tiempo. Este país combatió el terrorismo nacionalista vasco sin acudir al Estado de excepción, sin una ETA del otro lado y llevando a los tribunales a la cúpula de Interior de un Gobierno socialista por guerra sucia. Lecciones, quien pueda darlas. 

No les estoy contado nada que no sepan; si acaso, el trasfondo moral de lo que saben. Sigamos con las asimetrías.

En los días anteriores a las elecciones he visto a inteligencias no despreciables mostrar su preocupación por la aparición de un nacionalismo español. Yo no estaba preocupado. Conozco los indicadores y este país es el menos nacionalista de Europa. 

El espantajo del nacionalismo español es otro de los cuentos de nacionalismo fetén que tantos dan por bueno sin tasarlo. Un simple corolario de su mentira fundamental: España es el franquismo. En España un Plan Hidrológico es facha. Con esas coordenadas, Macron, con sus banderas y su Marsellesa en las escuelas, pasaría a Vox por la derecha. 

En todo caso, ya sabemos el alcance del temido nacionalismo español. Sabemos cuántos lo han votado y, también, lo que no es menos importante, cuántos han votado en su contra. Podemos respirar tranquilos. Y ahora volvamos la mirada a los nacionalismos profesionales, los que han demostrado que van en serio.

 Unos han asesinado en nombre de la patria vasca y otros han intentado un golpe de Estado. Han ido juntos a las elecciones y han sido votados mayoritariamente. Quizá es hora de ver qué hacemos con los nacionalistas que se han saltado la ley una vez hemos parado los pies a los que la cumplen. (...)"

4/3/19

El punto de vista nacionalista dice que el ciudadano pertenece al Estado, pero, por contra, el patriotismo liberal defiende que el Estado pertenece al ciudadano. Es esencial esta visión liberal para la buena salud de la democracia republicana... Es una posición de responsabilidad solidaria, no narcisista, ni egoísta...

" (...) ¿Es posible, como dicen algunos, una democracia “iliberal”?

El constitucionalismo europeo se apoya en lo que llamo una “santísima trinidad liberal”, tres principios distintos pero que deben darse siempre a la vez: los derechos individuales, la democracia y el Estado de Derecho (o rule of law). Por tanto, no es posible la democracia sin respecto a la ley, a los derechos.
 
¿Los movimientos nacionalistas o populistas de Italia, Polonia, Brexit, chalecos amarillos tienen un vínculo en común? El controvertido filósofo francés Alain de Benoist habla de un “populismo transversal”... 
 
Hay tres fenómenos que podrían explicar estos movimientos y que tendrían todos en común. Han tenido su cenit en estos últimos cinco años, pero empezaron ya hace cincuenta años. El primero es que hemos abolido la palabra patriotismo de nuestro vocabulario político/cultural

Por razones que se pueden entender, incluso celebrar, porque la palabra patriotismo nos hacía pensar en los fascismos previos a la segunda guerra mundial. Por eso, durante décadas en Europa nadie podía llamarse abiertamente patriota porque eso significaba ser un nacionalista.

Justamente ahora se ha reeditado en España el libro de Maurizio Viroli, Por amor a la patria (Deusto), sobre las diferencias entre patriotismo y nacionalismo… 
 
El punto de vista nacionalista dice que el ciudadano pertenece al Estado, pero, por contra, el patriotismo liberal defiende que el Estado pertenece al ciudadano. Es esencial esta visión liberal para la buena salud de la democracia republicana. Es una posición de responsabilidad solidaria, no narcisista, ni egoísta, en la que la persona se siente responsable de la sociedad de la que forma parte. 

Pienso que la gente tiene hambre de este sentimiento porque da un sentido a la vida que no es solamente el sentido neoliberal, mercantilista, de cómo puedo conseguir lo mejor a mí mismo. La visión del patriotismo liberal ha sido abolida muchos años y esta hambre de patriotismo liberal no ha sido satisfecha en los países europeos y ha permitido el auge del nacional-populismo. 

La segunda causa del auge de los populismos que mencionaba...

La represión de un discurso sobre la identidad. También aquí hay una versión atávica, racista de la identidad, con el odio al extranjero que alimenta mucho del auge del nacional-populismo en Europa. Pero hay otra visión que parte de la dignidad humana, y que tiene dos versiones. Una religiosa: si creemos que el hombre está creado a imagen de Dios, significa que como seres humanos tenemos todos el mismo valor, no hay uno mejor que el otro. La versión laica, neokantiana, dice la misma cosa. 

Al mismo tiempo, el otro lado de la dignidad humana señala que cada uno de nosotros es único, nadie es fungible con otro. Por eso, si tratamos a una persona igualándola con el resto, cosificándola, atenta contra la dignidad humana. Eso pasa también con las identidades colectivas.  

Creemos en derechos fundamentales, en la igualdad, pero no podemos ignorar que el ser español, o francés, o lituano… tiene una especificidad no fungible que se debe respetar. Si se desprecia esto es una agresión a una dimensión esencial del sentido de la vida.
¿Y el tercer elemento?

La secularización de Europa. Yo no juzgo a nadie por su religión. Conozco a personas con fe religiosa que son horribles; y a no creyentes, como mi hermano, que son nobles. Pero la secularización de Europa ha eliminado del discurso público un elemento muy importante: que cada semana en todas las iglesias, sinagogas, actos públicos, había una voz que no hablaba sólo de derechos, sino también de deberes, de responsabilidad personal. Esta voz ha desparecido de Europa...

¿Incluso se ridiculiza abiertamente y entre aplausos el factor religioso, el espacio espiritual? 

Hay un capítulo del Tratado de Lisboa, la constitución europea, en el que leemos que todos los ciudadanos de los estados miembros son ciudadanos de la Unión Europea y gozan de deberes y derechos. Es la única vez en todo el tratado en el que se habla de deberes, porque no luego no se enumera ninguno. Por lo tanto, es un concepto de ciudadanía que sólo tiene derechos y no deberes. 

Yo sostengo que la gente quiere sentirse también responsable y con deberes. En Europa nos hemos olvidado de estos tres valores: patriotismo, identidad y responsabilidad, que una vez fue la religión, y este hueco lo ha aprovechado el presidente húngaro, Orban, y el resto de líderes nacionalistas. 

Dicho esto, yo rechazo la idea de que millones de europeos son fascistas o idiotas. Hay un hambre que la democracia constitucional tradicional no ha sabido cómo satisfacer y se lo han aprovechado versiones indignas del patriotismo para sacar tajada.
Usted denuncia el individualismo del hombre europeo...
 
Es un resultado clásico del individualismo sin contrapeso. Porque la “santísima trinidad liberal” es individualista. La señora Angela Merkel dijo “nosotros en Europa ponemos el individuo en el centro”. Y yo digo, es verdad, pero solo con eso, poco a poco dejamos a este individuo alejado de la idea de la comunidad, de lo colectivo. La lógica mercantil de Europa empuja en la dirección del individualismo.

¿Es ahí donde se debe plantear la batalla cultural? Steve Bannon, que lo tiene muy claro, ha desembarcado en Europa para dirigir la ofensiva contra el proyecto de la UE...

Sí. Nosotros los liberales hemos abandonado el campo de batalla ante tipos como Viktor Orbán porque cuando alguien decía que era patriota lo rechazábamos. Y no puede ser. La única voz hoy en día en la batalla cultural es la de la derecha extrema y luego nos quejamos. (...)"            

(Entrevista a Joseph H. Weiler, profesor de la New York University, constitucionalista experto en integración europea, Iñaki Ellacuría, La Vanguardia, 23/02/19)

28/2/19

Si hay un territorio -junto al País Vasco- donde el nacionalismo franquista dejó hábitos, formas de actuar y de comprender la realidad que se integraron con el nacional-catalanismo, ése es el de la Cataluña interior. En la Cataluña carlista, la de los padres y abuelos de los Llach, Junqueras y Puigdemont, que ganaron la guerra con Franco. Los carlistas fueron los que de verdad ganaron, no los falangistas, que eran pocos y sin apoyos. El nacionalismo franquista se convirtió en catalanista cuando llegó la transición... El fascismo soterrado de buena parte del nacional-catalanismo actual se explica muy bien así, por su continuidad con el fascismo franquista...

"Resulta extraño escuchar constantemente la acusación que muchos nacional-catalanistas hacen contra el resto de españoles de ser “franquistas” o de que territorios como Castilla poseen “permanencias del franquismo”. 

Si hay un territorio español que se benefició del franquismo, ese es Cataluña. Y si hay un territorio -junto al País Vasco- donde el nacionalismo franquista dejó hábitos, formas de actuar y de comprender la realidad que se transmitieron e integraron de inmediato con el nacional-catalanismo, es por supuesto, toda la Cataluña interior.

Cataluña ganó la guerra civil junto a Franco: las élites, los grandes burgueses huyeron a Burgos y se pasaron al enemigo o se escondieron para evitar que los republicanos los aniquilaran; volvieron a salir todos ellos con las tropas franquistas, recuperaron sus negocios y se vengaron con saña de la persecución. 

Luego se hicieron aún más ricos, protegidos por unas leyes que sometían y amedrantaban a los obreros y alentaban la especulación de las grandes fortunas catalanas. Pero eso no fue todo. Los tenderos, comerciantes y pequeños empresarios, de los que tan poblada estaba la Cataluña de entonces, los payeses de alguna tierra, se alegraron también de que Franco expulsara a quienes les habían confiscado las fábricas o las tierras, las habían nacionalizado o socializado.

 Como muestran los estudios de historia económica, jamás la pequeña industria y el pequeño negocio en Cataluña prosperó más de lo que lo hizo en los años centrales del franquismo, protegido por unas leyes franquistas hechas a su medida.

Toda la Cataluña interior, la Cataluña carlista, los padres y abuelos de los Llach, Junqueras y Puigdemont, ganaron la guerra con Franco. Porque los carlistas fueron los que de verdad ganaron, no los falangistas, que eran pocos y sin apoyos.

 La Cataluña carlista ganó la guerra con Franco. (...)

 En general, Franco no mató catalanistas (Companys no es más que un caso, triste y simbólico, pero un caso). Porque los catalanistas o bien eran ricos y le habían apoyado, o se habían escapado a Francia (y algunos volvieron, muchos a ocupar sus puestos o mejores). 

Como en el País Vasco, la burguesía catalanista que se había significado en la República recibió, como mucho, multas. A quien Franco mató fue a los anarquistas, los mismos a los que las juventudes de Ezquerra Republicana de Catalunya -un partido que se acercó mucho al fascismo durante el periodo de entreguerras- habían perseguido e insultado por ser “murcianos”.

Si fueron los inmigrantes castellanos, murcianos, andaluces y extremeños quienes, junto con los obreros y obreras catalanes fundamentaran la potencia económica de Cataluña, resulta extraordinariamente doloroso el escuchar una y otra vez el agravio de la disparidad de las balanzas fiscales. 

Al cabo, quienes emigran de una tierra suelen ser siempre los más jóvenes, los más fuertes y capaces y con ello descabezan la capacidad social de progreso en el lugar del que se van. El éxito económico de Cataluña está construido en parte importante con la condena al retroceso en otros territorios.

Es más: los planes de desarrollo franquistas, en especial el llamado “plan de estabilización” de 1959, que fueron letales para Castilla, los redactaron y pensaron sobre todo catalanes. Alguno de ellos, como Joan Sardà Dexeus, economista de la órbita de ERC, que durante la guerra había trabajado con Companys y al que, lejos de encarcelar, el franquismo le llamó para preparar una liberalización que arrancaría las pocas defensas que tenían los obreros: porque eso venía bien para llenar Cataluña de la mano de obra barata, emigrantes, que la industria catalana precisaba.

Y todavía más: los planificadores catalanes franquistas conspiraron con toda consciencia para reducir Castilla a una tierra predominantemente agrícola: todos los planes del franquismo invertían en desarrollo industrial en Cataluña y el País Vasco (el 25% total de las inversiones del Instituto Nacional de Industria franquista fueron a parar a la provincia de Barcelona por apenas unas décimas para todo el conjunto de Castilla, incluyendo a Madrid).

 Pero esos mismos planes sólo preveían regadíos y ordenación agraria para Castilla, sumiendo para siempre a un territorio mayor que muchos países europeos en la dependencia económica y el subdesarrollo industrial. De este modo, la industria catalana (y la vasca) recibían mano de obra barata y dócil y se evitaban competencia futura.

De aquellos polvos, estos lodos. El nacionalismo franquista se convirtió en catalanista cuando llegó la transición: centenares de alcaldes franquistas, de procuradores en cortes, de elegidos por el tercio de familias se pasaron de la noche a la mañana a CiU y a ERC. El nacionalismo es nacionalismo, no varía más que el nombre. El fascismo soterrado de buena parte del nacional-catalanismo actual se explica muy bien así, por su continuidad con el fascismo franquista.

 Si tenemos que reconstruir puentes -y soy firme partidario de ello-, es necesario que las buenas gentes de Cataluña entiendan el papel jugado por su tierra en el infradesarrollo económico y social de Castilla. Si la balanza fiscal es desfavorable a los territorios ricos (lo cual incluye a Madrid, claro), la balanza demográfica y económica lo es para con Castilla y su Extremadura.

 Los catalanes pueden quejarse de escasas inversiones en carreteras, de tener que pagar peajes. Pero han de tener en cuenta que a nosotros su desarrollo nos ha costado no sólo una desventaja económica, sino la desaparición física, biológica. 

Y el genocidio cultural de pueblos y más pueblos castellanos y extremeños en los que la cultura propia ha desaparecido para alimentar los extrarradios barceloneses con emigrantes y sus hijos y nietos, que ahora hablan catalán, votan a la CUP y no tienen ni idea de lo que es un mayo, una rondeña o el juego del guá."                 (José M. Faraldo||  , historiador, escritor, Crónica Popular, 09/02/19)

12/12/17

España me parece un país interesante, un país vivo. A pesar de la situación que atravesamos creo que es un territorio que va hacia delante... Lo de Cataluña es una opereta de gente estúpida y miserable, además de mentirosos... Puigdemont es tan bobo que ha conseguido que resucite la bandera española y se pueda exhibir sin complejos

"En 1958 decidió mudarse de Madrid a París porque España le aburría. ¿Qué le provoca España ahora?
Ahora no me aburro como cuando entonces. Desde hace tiempo me parece un país interesante, un país vivo. A pesar de la situación que atravesamos creo que es un territorio que va hacia delante. En eso soy positivo, algo que durante demasiado tiempo no he creído ser. Incluso diría que soy bastante positivo.
Pues los motivos parece que escasean.
Soy consciente de que nos queda aún mucho trabajo que hacer como país, demasiadas cosas por resolver. Empezando por esa gilipollez monumental que han provocado los independentistas catalanes y de la que espero que hablemos. En cualquier caso, España sigue mirando al futuro, con complicaciones, pero para bien.  (...)
Lo de Cataluña, que comenzó como incendio, está continuando como bufonada. ¿Hacia dónde camina el independentismo?
 
En seguir abundando en la cretinez. No me extraña que más de 2.000 empresas hayan cambiado su sede social a otras ciudades españolas. Por mi parte, hace 20 años que no piso Cataluña. 
Y no exactamente por una animadversión personal, sino por un conjunto de anécdotas que me convencieron de que debía dejar de ir por allí. La primero es que cuando los independentistas catalanes quieren divertirse se van a Israel a hacer el idiota. Recuerda a Carod-Rovira fotografiado con corona de espinas ante el Muro de las Lamentaciones. Patético. 
No se le ocurrió ir a Palafrugell a hacer el bobo, sino que se marchó a Israel a dar el coñazo. Y luego está mi relación con algunos galeristas de allá, como Carles Taché. Yo aún lo conocí como Carlos y no era independentista, como sí lo es ahora. Es el colmo. En un viaje de empresarios con ese genio que se llama Jordi Pujol (hombre de probada cultura y honestidad, punta de lanza de una horrible familia), éste le comentó que cómo es que exponía a artistas españoles como Saura, Palazuelo o a mí. 
Así que, poco a poco, Taché prefirió exponer casi exclusivamente a aborígenes catalanes, que son los artistas que más han chupado del bote. Pienso en Antoni Tàpies o Jaume Plensa. Lo único que han aprendido de Miró es a sacar dinero no de Cataluña, sino de España. Por este y algunos otros asuntos, no vuelvo a pisar ese lugar. En este país las colecciones de arte más serias las han hecho los vascos.
¿Alguna vez intuyó que el nacionalismo en Cataluña llegaría al secesionismo?
Sinceramente, no. Siempre fui bien tratado por los catalanes no oficiales y creo que los personajes desmedidos estaban de algún modo controlados. Aunque sé, como todos, que la culpa no es sólo de ellos, sino de ciertos gobernantes de Madrid. Pienso en el horrible Zapatero, entre otros.
Puigdemont en Bélgica, algunos de los principales responsables del Gobierno catalán en la cárcel, el artículo 155 aplicado y una DUI hecha de manera furtiva. ¿Esto qué es?
 
Es una opereta de gente estúpida y miserable, además de mentirosos. Cada paso que dan es más ridículo. Hace unas semanas quitaron de la foto del ex Gobierno de la Generalitat al ex consejero Santi Vila y se dejaron una pierna sin borrar. Además de tontos, chapuzas. Fueron de Stalin (que también manipulaba imágenes, igual que Fidel Castro eliminando a Carlos Franqui) y se quedaron en personajes de tebeo.(...)
 Una de las cosas que más me han divertido últimamente son las andanzas del exilado de Bruselas (no quiero ya ni nombrarlo). Es tan bobo que ha conseguido que resucite la bandera española y se pueda exhibir sin complejos. Le debemos eso y la actualización de Maduro. 
Y, por cierto, qué mal se peina ese tío. Cuando los miras con atención percibes que no son agradables. Ninguno tiene un mínimo sentido de la estética. Y menos que ninguno ese gordo al que se le aparece la Virgen [Oriol Junqueras].
¿La ves como una bandera de todos?
Completamente. En este momento está limpia. No siempre ha sido así. Antes cuando veía la bandera incrustada en ciertos uniformes me ponía nervioso.
¿Y ahora?
Ahora les doy la mano. La broma independentista ha sido tan retrógrada que no se va a volver a hablar de este asunto en 20 años. Esa es mi predicción. Aunque probablemente me equivocaré de nuevo, como siempre me pasa en asuntos de política. (...)"         (Entrevista a Eduardo Arroyo, Antonio Lucas, El Mundo, 09/12/17)

27/2/17

Luis Delso pagó en total 1,2 millones de euros a las empresas de Pujol Ferrusola y su ex esposa por distintas operaciones

"La semana pasada, 6-12 febrero, aparecieron en la prensa informaciones sobre viejas “actividades financieras” de Jordi Pujol Ferrusola [JPF], “Junior” para amigos y familiares, el primogénito del gran embaucador y manipulador, de uno de los clanes más poderosos y temidos de la burguesía catalana. 

Ante el juez de la Audiencia Nacional José de la Mata, Josep Duró, uno de los socios de JPF en sus “negocios” de Gabón, ha declarado que “junior” se llevó una comisión de un 18% por su participación en la concesión a Isolux de un contrato para la implantación de tendido eléctrico en el país africano.

 ¿De dónde esa comisión? Por haber actuado como “introductor” del negocio y por asistir a la reunión de presentación y a otras dos posteriores. ¿Cuáles fueron los antecedentes? Duró conocía a JPF y a su mujer Mercé Gironés desde hacía tiempo y recibió una llamada del primogénito del clan en el que éste se interesaba por sus contactos en Gabón. 

Pierre Duró, un pariente de Josep Duró, estaba asentado en el país africano. Ambos primos se mostraron dispuestos a intervenir. El declarante ha concretado que pactaron desde un inicio cobrar ellos un porcentaje del 82% con la condición, impuesta por Isolux -presidida entonces por Luis Delso- de que la cantidad total por la intermediación en el negocio sería abonada a Pujol Ferrusola. 

Recibieron su parte a través de una transferencia a una cuenta en Gabón. Posteriormente , el 50 por ciento de esta cantidad se transfirió a Andorra, donde JD reside y desde donde ha declarado a través de videoconferencia. 

El juez José de la Mata investiga en este caso al primogénito de los Pujol por -presuntos, por supuesto- delitos de blanqueo, fraude fiscal y falsedad documental en el marco de la causa en que le investiga por cobrar comisiones ilegales, lavar capitales de supuesto "origen criminal" y dejar fuera del alcance de la Justicia española al menos 2,4 millones. 

El magistrado sospecha que Luis Delso pagó en total 1,2 millones de euros a las empresas de Pujol Ferrusola y su ex esposa por distintas operaciones. Más de 650.000 euros de esta cantidad corresponderían a la implantación del tendido eléctrico en Gabón. 

Además y por otra parte, el primogénito del topoderoso clan consiguió que le adjudicaran la ampliación de varias autopistas en México y recibió entre 2006 y 2008 un "provecho neto" de unos 14 millones de euros por parte de Isolux por participar en el proyecto Azul de Cortés (Baja California Sur mexicana).

Ya nos hacemos idea. Olvido los 14 millones de “provecho neto” y me quedo con los 650.000 euros. Yo ya estoy jubilada y cobro mi pensión media; mi esposa-compañera no. Tiene un trabajo básico, muy importante. Es trabajadora social y cuida a enfermos mentales en una fundación sin ánimo de lucro.

 Gana anualmente menos de 20.000 euros (pongamos 20 mil para echar cuentas). Trabajando 33 años de su vida superará los 650 mil del hijo del gran manipulador, también él un lince en estos trabajos con “provecho”. Con contactos de introducción -redes heredadas probablemente- y tres reuniones bastó. A unos 200 mil euros por reunión.

Su madre, la que fuera primera dama de .Cat, señaló en la comisión de control sobre las actividades de su marido, una comisión parlamentaria que ha quedado en nada o en casi nada (en mucho, eso sí, para darse cuenta de la impunidad con la que obran las clases dominantes), que la familia está sin duro, con una mano delante y otra detrás. Además de comisionistas, hay que admitirlo, tienen un rostro que se lo pisan. También doña Marta que se comporta como un hombrecito neoliberal insaciable. Como todos los suyos.

Y todas estas operaciones, sabido es, las realizan y justifican envueltos en banderas. Ayer fue la senyera; hoy es la estelada. Mañana la que toque.

De esta pasta están fechas una parte sustantiva de las 400 familias con mando en plaza al decir de otro de los suyos, Félix Millet. Estos mimbres alimentan la cosmovisión secesionista de un sector de la burguesía catalana.

Eso sí, España roba y les esclaviza a los catalanes. Y eso no puede ser. Con ellos, ya es suficiente. ¡Unámonos todos, gritan riendo y desternillándose, en lucha secesionista final! Y muchos se unen. Mi compañera y yo no. No en nuestro nombre."              (Rosa Guevara Landa  , Rebelión, 13/02/17)