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10/6/22

Lledó: La idea de que somos mejores que otros es negativa. Hay que luchar por ser mejor, pero todos como conjunto. El nacionalismo no tiene por qué ser un mal, a no ser que te creas superior al otro, porque eso crea los fascismos de cualquier tipo

 "(...) P. Uno de los pocos momentos de su libro en que parece realmente enfadado es cuando habla del nacionalismo ¿Es realmente algo que le irrita tanto?

R. Esa última parte es más agresiva, pero creo realmente que tengo razón. Los principios del egoísmo, que son el prejuicio a la alteridad, el prejuicio racial, el prejuicio de que somos superiores a otros… No somos superiores. Ahí me he metido un poco en política y he resumido cosas que tenía pensadas. Eso del nacionalismo no lo entiendo, tal y como me lo dan a entender. 

Estoy orgulloso de mi lengua, pero eso me lleva a querer comunicar, como los alemanes que están orgullosos de Goethe. La idea de que somos mejores que otros es negativa. Hay que luchar por ser mejor, pero todos como conjunto. El nacionalismo no tiene por qué ser un mal, a no ser que te creas superior al otro, porque eso crea los fascismos de cualquier tipo.

P. ¿Cree que la palabra identidad que aparece en el título de su libro ha sido muy mal interpretada, como algo excluyente?

R. Un principio que está en los orígenes de la filosofía es conócete a ti mismo. Hay un concepto en la filosofía moderna, concretamente en Kant, que es el sujeto transcendental, que me parece maravilloso. Se trata del conocimiento libre, lúcido, lleno de luz, de uno mismo, y eso es lo que quieres transmitir a los demás. Eso es lo que crea la polis, lo que crea la sociedad, lo que crea la cultura… (...)"            (Entrevista a Emilio Lledó, Guillermo Altares, El País, 28/05/22)

9/7/21

La deriva fascista 'a la hungara' del nacionalismo catalán: 'El gran conflicto de los próximos tiempos será entre quienes son de un lugar, como Viktor Orbán, y los que no quieren ser de ninguna parte, como Justin Trudeau. Los catalanes. Los catalanes de toda la vida, que ya no son la mayoría y no pueden integrar a nadie- aspiran, como siempre tarde y mal, a una soberanía como la que Hungría se esfuerza por mantener

Roger “Four Freedoms” Senserrich @Egocrata

En el fondo, nada que no hubiera escrito Torra antes.
 
"Un fantasma vuelta por Europa, el fantasma del euroescepticismo. 
 
En las últimas elecciones al Parlamento de la UE, en 2019, se calcula que unos 240 escaños, de un total de 705, se pueden considerar ocupados por representantes de varios partidos que no comulgan con la dogmática de Bruselas. Nacionalpopulistes es el término más amable con la que los califican los medios alineados con la UE, que son la mayoría. TV3 ya ve una amenaza totalitaria. 
 
El Reino Unido se ha ido y no parece que se haya hundido como la Atlántida, a pesar de los vaticinios en contra; John Carlin llegó a decir que el Brexit era "la victoria de la ignorancia, el populismo y la estupidez total". Ahora son Polonia y Hungría que sienten invadida su soberanía por las intromisiones de la Europa comunitaria. Los temas más conflictivos son la política demográfica y la ideología de género. La idea clave la ha formulado el presidente semestral de la UE: "Sólo podemos estar juntos en esta unión si compartimos y defendemos los mismos valores." Parecía una unión basada en la defensa de los intereses comunes, pero ahora nos hablan de valores. 
 
 ¿Quién decide cuáles son estos valores ?, porque por sufragio universal no los han determinado. ¿Y quien cree que son tan buenos para imponerles, mediante chantaje económico, a los demás? La cuestión es, como siempre, el que manda.
 
 El sábado 26 de junio el gobierno de Hungría, presidido por Viktor Orbán, puso un anuncio de plana en el diario ABC para manifestar su desacuerdo con lo que llama "el imperio europeo". Hungría en el siglo XIX logró transformar el imperio austriaco en el imperio austrohúngaro, y al XX pasó casi medio siglo sometida al imperio soviético: una cierta sensibilidad por estas cuestiones bien debe tener. Rechazan el proceso de crear una "unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa", como establece el artículo primero del Tratado sobre la UE; creen que las decisiones las deben tomar dirigentes electos, no "ONG internacionales" que no responden ante nadie, y proponen "aumentar el papel de los parlamentos nacionales".
 
 Se adivina una visión de Europa confederal, contraria a la Europa federal unitaria que ahora se está imponiendo; en este modelo alternativo, cada estado tendría la última palabra en los asuntos que le conciernen y las soberanías se mantendrían como las hemos conocidas desde la Paz de Westfalia. Así, el gobierno húngaro actual -al menos hasta que las maniobras europeístas no consigan derribar-lo- tiene la idea de mantener una Hungría húngara, de no renunciar a una política demográfica propia, de rechazar la imposición de cuotas de inmigrantes, de declinar la apología del hermafroditismo y del transformismo sexual que está haciendo estragos esta temporada.
 
 Los catalanes -los de toda la vida, que ya no son la mayoría de los habitantes de Cataluña y no pueden integrar a nadie- aspiran, como siempre tarde y mal, a una soberanía como la que Hungría se esfuerza por mantener y que estados más importantes se han resignado a descuidar; por ejemplo, el Canadá tal como lo entiende su primer ministro Justin Trudeau: "No hay una identidad central, ni una corriente cultural dominante en Canadá. Hay valores compartidos: apertura, respeto, compasión ... Estas cualidades son las que nos hacen ser el primer estado posnacional. " Renunciar a la propia identidad a cambio de esta palabrería no parece un buen negocio.
 
 Pero en cambio los catalanes, quizá por pereza de pensar en ello, se tragan todas las novedades de la globalización y dan por buenas las consignas que llegan de la UE y de más cerca. Todo el mundo sabe que con una natalidad próxima a la extinción, sin poder recuperar la potencia industrial de otros tiempos, con unas cargas impositivas hiperbólicas, unos políticos que parecen complacerse a expulsar empresas y un orden público camino de Mad Max, no se llega ninguna parte; todo el mundo lo sabe pero prefiere no hablar de ello. Incluso está mal visto constatar que el catalán de los medios de comunicación se ha convertido casi un dialecto del castellano.
 
 El gran conflicto de los próximos tiempos será entre quienes son de un lugar, como Viktor Orbán, y los que no quieren ser de ninguna parte, como Justin Trudeau. La aspiración extenuante a un estado nacional y la aceptación de las imposiciones que llevan directamente a un horizonte posnacional es una contradicción manifiesta que explica por qué nadie espera que Cataluña tenga ningún papel en este conflicto."                (Manuel Castaño, El Punt Avui, 08/07/21)

17/1/20

El carlismo es como un surco profundo que viene desde el siglo XIX y llega hasta nuestros días... en este momento de cambio en el que el modelo de modernización globalizada amenaza los intereses sociales de diferentes secciones de la población...

"(...) Como sostiene el periodista Esteban Hernández, “buena parte de las clases medias altas y de las altas han salido perdiendo en la reorganización mundial ocurrida tras la caída del muro. No lograron insertarse en el nuevo orden financiarizado y globalizado, lo que les ha llevado a perder pie, y ahora se acogen al discurso cultural como forma de autoconservación”[2]. Frente a una nueva revolución industrial, cabe añadir, como hace dos siglos. 

Pazo, casona, caserío, masía, alquería…

La aproximación al carlismo suele hacerse desde el folklore. Como sucede ahora, todas las contradicciones se simplifican en una lucha entre el viejo tradicionalismo y el progreso modernizador, y suele insistirse en los aspectos más llamativos: la disputa dinástica o la defensa de elementos religiosos, como la Inquisición.

 Es interesante que, como sucede en la actualidad, se reduzca todo a la ira de los que no pueden adaptarse a los cambios, como si estos fueran unívocos. Es decir, como si modernización y desigualdad fueran conceptos vinculados y, si se está en contra de la segunda, también se cuestiona el primero, facilitando la caricatura: antiguo, perezoso, ludita, etc.

Como sucede en tantas ocasiones, un hecho concreto, la sucesión, fue la chispa de un descontento más transversal al que una institución ideológica, la iglesia católica, ofreció un paraguas emocional y simbólico. Tras la chispa y el paraguas, lo que hay es la disputa por el sistema político y económico, y la oposición a un modelo concreto de capitalismo, basado en la propiedad privada, la industrialización y el comercio. Es decir, el carlismo es cómo ciertos grupos sociales se resistieron a la gran transformación de la que hablaba Karl Polanyi.

Vayamos al siglo XIX. Además de defender un estado moderno basado en derechos y libertades, el proyecto liberal español también propone un modelo que encaje en la estructura económica de la revolución industrial a través de aspectos como la uniformidad jurídica, la prevalencia de la propiedad privada individual, la liberalización de la actividad económica o la desaparición de las trabas al movimiento de capitales o mercancías.  El criterio es unidad y uniformidad frente a la sociedad del Antiguo Régimen, caracterizada por la multiplicidad de condiciones jurídicas posibles.

La regulación del derecho de propiedad quiere decir la desaparición de los vínculos, una figura jurídica del Antiguo Régimen por la que había bienes, normalmente tierras, que quedaban inmovilizados en determinadas familias o instituciones. Se impedía su reparto en la herencia y su venta o enajenación por cualquier motivo. Es decir, quedaban fuera del mercado, algo impensable desde el punto de vista liberal. 

Suele pensarse en los bienes de manos muertas, es decir, pertenecientes a parroquias, conventos, cofradías, patronatos u órdenes militares, pero también hablamos de bienes comunales, donde los vecinos de un municipio podían acudir en busca de pastos, frutos o miel, y bienes de propios, los arrendados por estos municipios a particulares. 

Por ejemplo, explotaciones mineras. Esta desamortización ya había comenzado bajo el reinado de Carlos IV. La guerra de la Independencia de Estados Unidos y la de los Pirineos con la Francia revolucionaria habían provocado un fuerte endeudamiento y el apetito por las tierras de la Iglesia o la Corona creció cuando el rey añadió la posibilidad de reformar el acuerdo de vínculo entre propietario y agricultor, dejando a los segundos desprotegidos.

Dentro de ese criterio mercantil, también se cuestiona el mayorazgo, una institución que permite mantener la propiedad de determinados derechos o bienes en el seno de una familia, clave en una economía agraria que, a lo largo del territorio, recibe diversos nombres: pazo, casona, caserío, masía, alquería, cigarral, carmen, cortijo o casa. Podemos hacer una analogía con las empresas familiares y, a través de las estadísticas, que muestran que no suelen llegar a la tercera generación, pensar en la amenaza que supuso para ese modo de vida la desaparición de la figura jurídica que lo protegía.

La liberalización de la economía también implica la extinción de los gremios, que fijaban unas normas, fueros, para el desempeño de un oficio, desde la adquisición de materias primas a la regulación laboral. También, las calidades o los precios de venta al público. Con la liberalización desaparece cualquier filtro para el ejercicio de una actividad y, casi, se deja la regulación a la mano invisible del mercado, salvo los aranceles. Frente a cualquier otro criterio, la posesión de capital se convierte así en la condición indispensable para invertir en talleres, materias primas y salarios. Más posibilidad de acumulación.

El proyecto liberal también promueve la extinción del régimen señorial. La diversidad jurídica e impositiva, donde cada territorio tenía sus propias normas y tributaciones, debe dejar paso a la unificación y armonización. Las alcabalas, diezmos, portazgos, montazgos o tercias, recaudados por los nobles, deben dejar paso a una tributación directa y proporcional, un modelo que sólo llegó a finales del siglo XX. 

Pero también, los diversos modelos de explotación de la tierra, colonato, aparcería, pechería, etc. tenían que ser sustituidos por un modelo único de contrato de arrendamiento, más ágil y de menor duración. El deseo de acabar con el peso de la servidumbre y convertir a todas las personas en ciudadanos de pleno derecho también provocaba, a corto plazo, más incertidumbre.

Verlo como una lucha entre el progreso y el inmovilismo o el retroceso es simplificador y es una estrategia hegemónica del nuevo modelo para hacerse pasar por inevitable porque también puede presentarse como un enfrentamiento entre la acumulación individual y las estructuras comunitarias. El proceso de industrialización se podía haber producido extendiendo esa visión de la propiedad comunal a las nuevas formas de producción, algo que no suele tenerse en cuenta.

Ya en esa época, el economista Flórez Estrada advertía de los peligros de la privatización de la tierra: “El sistema de vender las fincas hará la suerte de esta numerosa clase [los arrendatarios] más desgraciada de lo que es ya en la actualidad y, por consiguiente, les hará odiosa toda reforma […] Las subidas de las rentas, que inevitablemente tendrán lugar, harán que estos pueblos detesten las nuevas reformas por las que se traspasan los bienes a otras manos”[3]. 

Es fácil pensar en el problema de la vivienda. Incluso, como recoge Jordi Nadal en El fracaso de la revolución industrial en España, Flórez proponía un modelo de propiedad estatal “para que todas las familias fueran dueñas del dominio útil y, por consiguiente, estuvieran interesadas en las reformas y el trono de Isabel, pues en ellas verían cifrado su bienestar”. Desde su tumba, Flórez Estrada manda un fuerte saludo a la Comisión Europea, que este año volverá a pensar por qué sube la ultraderecha.

En general, las buenas intenciones liberales no se cumplieron. El proyecto no fue capaz de construir un estado abierto, laico y democrático que sustituyera a la estructura imperial. No hubo reforma agraria. No hubo reforma impositiva. No hubo reforma democrática. No apareció una clase burguesa abierta y emprendedora, ni una “copiosa familia de propietarios, ciudadanos honrados y laboriosos y labradores aplicados”, como decía el decreto de desamortización de Mendizábal, sino una oligarquía, centralizada en ciertos núcleos, que logró acumular propiedades y privilegios dentro de esas débiles estructuras estatales.

La revolución francesa fue hecha al revés, sostenía Josep Fontana: “Quienes han abolido el régimen señorial e implantado el capitalismo en el campo han sido los propios señores, naturalmente, en su provecho”[4]. Años después, no muchos, esa oligarquía se reconcilió con la Iglesia e incluso acabó usando el paraguas de la religión para impedir cualquier intento de estado abierto, laico y democrático. Sobre todo, cuando apareció una nueva ideología: el socialismo.

Verdes valles, colinas rojas

A este modelo concreto de capitalismo, industrialización y comercio se oponen varios sectores sociales que, a principios del siglo XIX, encuentran en la Iglesia católica su paraguas emocional y simbólico y una infraestructura clara: la guerrilla que había luchado contra las tropas napoleónicas, a su vez basada en los miquelets y sometents de la guerra de los Pirineos. “Dios, patria, fueros, rey” es sólo un lema que amalgama. Es importante entender que los procesos de modernización y la implantación de nuevas formas de producción implican el reemplazo gradual de la estructura existente, que se ve amenazada. 

El nuevo modelo incorpora en las nuevas estructuras a los grupos e individuos que son necesarios para que el nuevo modelo prevalezca y rechaza a los que no tienen lugar en la nueva estructura productiva o que carecen de la capacidad de adaptarse a ella. Algunos miembros de la clase alta/media acceden al nuevo modelo, el sistema-mundo transnacional, pero otros quedan marginados. Su acumulación previa les permite vender para mantenerse o ser rentistas durante un tiempo, pero terminan bajando de clase o emigrando.

Se produce un proceso de desintegración social y cultural. Como explica Karl Polanyi: “El mercado amenazaba los intereses sociales de diferentes secciones de la población y las personas pertenecientes a diferentes estratos unieron inconscientemente sus fuerzas para afrontar el peligro”[5]. En los momentos iniciales de expansión (penetración financiera y tecnológica del centro capitalista) se produce un movimiento de reacción que puede apoyarse en cuestiones identitarias o en el apego a lo tradicional frente al laicismo y el desencantamiento del mundo. Sobre todo porque el sistema-mundo es unificador a través del concepto moda. 

El romanticismo le dará contenido a esa mirada hacia atrás con la recuperación y sistematización de todo el pasado frente a la enciclopedia, la sistematización hacia el futuro. También, con el völkich, el pueblo, la nación identitaria, un concepto que hace innecesaria la apelación a dios o al rey y que incluso puede sustituir a todo el lema inicial, salvo, quizá, a los fueros.

Volvamos a Polanyi: “Las cuestiones puramente económicas que afectan a la satisfacción de las necesidades son incomparablemente menos relevantes que las cuestiones del reconocimiento social para el comportamiento clasista. […] Los intereses de una clase se refieren muy directamente a la posición y el rango, a la calidad y la seguridad; es decir, son primordialmente sociales, no económicos”[6]. El mayorazgo, el gremio o la aparcería, además de las tradiciones, son las instituciones donde está incorporada la existencia social de los grupos que se alzan, incluso antes de la cuestión dinástica. Es un conflicto cultural frente a la conversión de todo, incluida la mano de obra, en mercancía que debe ser flexible.

El baseritarra, cabeza del caserío vasco, la figura socio-económica relevante del Antiguo Régimen, pierde importancia frente a la nueva clase industrial urbana que no solo importa paños de Inglaterra en lugar de comprárselos a él en los mercados locales, sino que, gracias a la nueva legislación y el dinero de la estructura financiera, quiere hacerse con el control de las minas para instalar fábricas que destruirán los bosques y, además de llevarse la mano de obra del campo, traerán otra diferente. 

Esa clase urbana después querrá comprar sus caseríos para descansar y tomar el aire, además de imitar sus vestimentas y costumbres en las fiestas, ya despojadas de trascendencia. El baseritarra se revela frente al nuevo estado que solo impone leyes que dividen sus tierras y facilitan la salida de hierro, pero que no ha sido capaz de retener las colonias americanas que garantizaban ingresos y mercados, además de un lugar al que los hijos no primogénitos podían emigrar. Un nuevo estado que tampoco reconoce la hidalguía vasca y su limpieza de sangre, claves en el acceso a puestos en la administración, el ejército o las órdenes religiosas.

Es un proceso que, en parte, está narrado en Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla[7]. El Fuero representa la voluntad de retomar el control por parte de los que quedan fuera frente a un poder político central que no representa sus intereses y es la parte que se defiende en el convenio de Oñati, previo al abrazo de Bergara, donde el pretendiente tuvo poca voz. El fuero es el huevo, la voz propia sobre las inversiones, los aranceles o los tributos.

Madrid se va

Doscientos años después, tenemos una nueva revolución industrial. El sistema-mundo lanza una nueva oleada de modernización que busca reemplazar la estructura existente. El nuevo modelo incorpora a los grupos e individuos que son necesarios, pero otros quedan fuera porque no tienen espacio o no pueden adaptarse, como el ABC. En cada país, recuerda Hernández, “los empresarios nacionales o se han vuelto globales o están siendo absorbidos por actores internacionales con mucho más músculo financiero, la cercanía a los poderes nacionales tiene menos importancia que antes, porque el poder es mucho más global que nunca, y las profesiones que antes otorgaban renombre social se han bifurcado, y cuentan con muchos más perdedores que ganadores”[8].

 No es difícil establecer una analogía entre el impacto del modelo Manchester en el siglo XIX y el modelo Silicon Valley en el XXI. Seguro que un taller de indianas barcelonés o una ferrería vizcaína miraban a Inglaterra con los mismos ojos con los que el sector editorial o del transporte mira a California. Estamos en ese momento de cambio en el que este modelo de modernización amenaza los intereses sociales de diferentes secciones de la población y las personas de diferentes estratos unen sus fuerzas para afrontar el peligro. El völkich, el pueblo, la nación identitaria, es un concepto que es capaz de reunir a esos grupos diversos que carecen del apoyo de las estructuras administrativas estatales y supraestatales. Incluso, facilitan la implementación del nuevo modelo.
 
En el caso de España, la pluralidad de partidos no estatales representa también la voluntad de retomar el control por parte de los que quedan fuera frente a un poder político central, que no representa los intereses de esos sectores. Que tiene incluso un proyecto antagónico, el gran Madrid, vinculado al nuevo modelo, que prefiere la megaurbe en red al estado-nación. No es sorprendente que esos partidos no estatales surjan en las zonas donde el movimiento de reacción ya tuvo lugar hace doscientos años.

En Catalunya, el lugar donde se produjeron los primeros conflictos, la regencia de Urgell y la guerra dels Malcontents, esa voluntad de tener el control para encarar mejor la nueva modernización se ha concretado en el proyecto de un estado independiente. Muchos aspectos, desde la implantación territorial hasta el recurso del corte de las comunicaciones, permanecen de ese primer movimiento, del que también persiste el hilo de las estructuras comunitarias: el asociacionismo.

 No habría cuajado de otra manera. La República, como el Fuero, es el intento de plantar cara a esa nueva estructura socioeconómica que amenaza con un proceso de desintegración social y cultural. Es un repliegue. Las posiciones profesionales y las formas de vida están cuestionadas por la llegada de empresas-mundo o la financiarización de elementos como la vivienda o la salud. Los grupos sociales que reproducían su posición porque podían colocar a sus hijos en la administración o porque encontraban empleos aventajados en las empresas locales se ven amenazados. Los lazos familiares o el conocimiento del catalán, por ejemplo, dejan de ser elementos de ascenso social.


Quizá por la postergación de los escritores realistas, como Galdós o Baroja, en beneficio de los espirituales o dolientes, cuesta entender el carlismo como un surco profundo que viene desde el siglo XIX y llega hasta nuestros días. El carlismo es la intrahistoria de España, afirmó el historiador José Luis Villacañas. Nadie lleva ya una boina roja ni luce un detente bala con el Sagrado Corazón en el cuello, pero la identidad propia como instrumento de repliegue y la desconfianza ante el estado central como forma de defensa de los intereses generales se mantiene.

 Permanece la idea de que la corte va a traicionar al resto del país, un pensamiento nada absurdo si se comprueba la venta de las empresas nacionales a los fondos globales o la alfombra roja a las empresas-mundo. Madrid se va[9], escribió Pasqual Maragall hace dieciocho años y, en ese tiempo, se ha convertido en un agujero negro que está engullendo el país. Conviene no confundir los síntomas con la enfermedad. El surco carlista no es el problema, sino la alarma que convendría escuchar."                    (Jorge Dioni, LAU, 16/01/20)

21/6/19

Nicolas Klein: “La Generalitat se parece mucho a un Estado de rasgos fascistas”... cierres arbitrarios del Parlamento regional y violación de la ley de la minoría parlamentaria; Constitución progresiva de una fuerza policial política que respondería solo a las órdenes del presidente de la Generalitat (Mossos d'Esquadra); constitución de vastas categorías de traidores (botiflers y otros charnegos), que se atreven a ser desfavorables para la independencia de Cataluña; la acción de las organizaciones y asociaciones (ANC Òmnium Cultural, Diplocat CDR) más o menos con el apoyo de la Generalitat y cuya acción es a menudo ilegal, cuando no se limita vierte en la violencia contra las "sindicalistas"; discurso xenófobo por parte de muchos líderes políticos independientes (incluido el presidente de la Generalitat, Joaquim Torra); Múltiples presiones en todas las áreas para transmitir solo el mensaje de independencia, incluso en áreas que deben permanecer neutrales (como la educación pública o la justicia), etc... Si hay fascismo en España, es el de los secesionistas, y no el del estado central...

"FM: Actualmente se celebra en el Photobastei en Zurich una exposición fotográfica acompañada de debates, todos organizados por el periodista Jordi Borràs y el ANC Suiza sobre el tema del "fascismo en España". ¿De qué trata realmente el fascismo en España?

Nicolas Klein: Siempre es difícil responder a estas preguntas ya que las etiquetas políticas tienen diferentes significados para diferentes personas o corrientes de pensamiento. Sin embargo, creo que podríamos estar de acuerdo con la idea de que el término "fascismo" se usa hoy de manera incorrecta y en todas partes.

Por lo tanto, es necesario acordar una definición al menos que permita ser clara y precisa. 

El fascismo es, creo, una mezcla de varios componentes políticos e ideológicos: el autoritarismo estatal; el deseo de controlar todos los aspectos de la sociedad, incluidas las conciencias y la intimidad (lo que lo convierte en un totalitarismo); la existencia de policía política y la constante intimidación a través de organizaciones más o menos patrocinadas por el estado y movimientos espontáneos que se adhieren a la ideología oficial; el reinado de la arbitrariedad, especialmente en la justicia; el rechazo al parlamentarismo y las elecciones representativas; la constante apelación al pueblo como un todo monolítico que sería el único depositario de legitimidad ... siempre que sea debidamente interpretado por las autoridades en su lugar; la creación de vastas categorías de "traidores" a la patria e ideología oficial; el auge de la xenofobia.

 Por desgracia para los separatistas catalanes, las principales organizaciones internacionales y la inmensa mayoría de las clasificaciones establecidas por las agencias globales independientes muestran que España está muy lejos del fascismo y parece incluso entre las democracias más avanzadas del mundo y más respetuosas de los derechos individuales. Solo sus seguidores interesados ​​y los ingenuos los siguen en este discurso.

 Sin embargo, la Generalitat de Cataluña dirigido por separatistas se parece mucho a un estado con rasgos fascistas: cierres arbitrarios del Parlamento regional y violación de la ley de la minoría parlamentaria; Constitución progresiva de una fuerza policial política que respondería solo a las órdenes del presidente de la Generalitat (Mossos d'Esquadra); constitución de vastas categorías de traidores (botiflers y otros charnegos), que se atreven a ser desfavorables para la independencia de Cataluña; la acción de las organizaciones y asociaciones (ANC Òmnium Cultural, Diplocat CDR) más o menos con el apoyo de la Generalitat y cuya acción es a menudo ilegal, cuando no se limita vierte en la violencia contra las "sindicalistas"; discurso xenófobo por parte de muchos líderes políticos independientes (incluido el presidente de la Generalitat, Joaquim Torra); Múltiples presiones en todas las áreas para transmitir solo el mensaje de independencia, incluso en áreas que deben permanecer neutrales (como la educación pública o la justicia), etc.

Si hay fascismo en España, es el de los secesionistas, y no el del estado central.

 FM: ¿Y qué podemos decir de la Asamblea Nacional de Cataluña (ANC), en general y como instrumento de propaganda?

Nicolas Klein: Es una de las muchas organizaciones parapolíticas que hoy sirven a la causa separatista. Creada en abril de 2011, dirigida por Elisenda Paluzie, está a medio camino entre el movimiento social adecuadamente instrumentado por el poder político y el lobby. Organiza numerosos actos pro separatistas sobre los fondos públicos (que constituyen al menos una ruptura de la neutralidad de la administración pública y, en el peor de los casos, un claro desvío de dinero).

Sirve para la propaganda de la independencia en todo momento y debe transmitir, tanto en Cataluña como en el extranjero, la idea de la unanimidad de los catalanes detrás del mensaje secesionista (que, como todos sabemos con seguridad, es una mentira). De hecho, actúa con impunidad en el territorio español y más allá de las fronteras de nuestro vecino ibérico, organizando manifestaciones, exposiciones y otras conferencias con partidarios del poder separatista, sin aceptar nunca la contradicción o el enfoque científico.

 FM: ¿Cómo se articulan la ANC, Omnium Cultural y el Diplocat de la Generalitat la matriz de la manipulación de las masas en la escena internacional?

Nicolas Klein: Como dije anteriormente, todas estas organizaciones se financian con fondos públicos (incluidos, por lo tanto, la mayoría de los "unionistas" catalanes y los españoles que no residen en Cataluña) y cuentan con el apoyo directo del poder. o indirectamente.

Se coordinan a través de la Generalidad, que define una hoja de ruta general y acuerda subsidiarlos. En realidad, la radio-televisión pública catalana opera hoy en el mismo modo, ya que solo transmite un punto de vista único (el del separatismo), incluso si se trata de distorsionar considerablemente la realidad.

 FM: ¿Cuál es la respuesta de España o incluso de la autonomía catalana a estos ataques repetidos en forma de denigración y falsas acusaciones?

Nicolas Klein: Esta respuesta ha sido, hasta ahora, bastante débil. Entre octubre de 2017 y mayo de 2018, en el contexto de la suspensión temporal de la autonomía catalana, las cuentas de la Generalitat fueron supervisadas por el Estado central, que tenía que garantizar, en particular, la legalidad del uso de este dinero.

Pero al igual que la suspensión de la autonomía, esta supervisión se levantó rápidamente y la Generalitat de Cataluña reanudó de inmediato sus actividades dudosas. En este momento, la organización España Global y el Ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, Josep Borrell, están tratando de coordinar una forma de respuesta mediática, cultural y diplomática a esta propaganda descarada en el Extraño, pero sigue siendo una respuesta tímida."           (Entrevista con Nicolas Klein, François Meylan, blog, 18/06/19)