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17/9/21

Juan Marsé: "Cataluña es un país que añora un pasado propio que no existió nunca"... Jordi Canal: la festividad de la Diada siempre se ha basado en mentiras. La expulsión de los catalanes no nacionalistas constituye un buen ejemplo del exclusivismo procesistay del estado de fractura social. El nacionalismo es un deporte de combate y resulta esencialmente mentiroso

 "(...) El nacionalismo es un deporte de combate y resulta esencialmente mentiroso. La aparente derrota de 1714 se interpreta, en el relato nacional-nacionalista catalán, con una marcada y punzante obsesión por el pasado, como el principio del fin de la nación, el Estado y las libertades democráticas de Cataluña. 

Desde un punto de vista estrictamente histórico, sin embargo, ni Cataluña es una antigua nación, ni fue un Estado -Cataluña formaba parte de una agrupación política mayor, la Corona de Aragón-, ni un modelo de democracia en el siglo XVII e inicios de la centuria siguiente. Tampoco la Guerra de Sucesión fue una guerra contra Cataluña. En Notas para unas memorias que nunca escribiré (2021), afirma Juan Marsé: "Cataluña es un país que añora un pasado propio que no existió nunca". 

Añoranza y obsesión que explican un uso y un abuso enfermizos de la historia y la simbología supuestamente histórica. Ya en 1938 aseguraba Gaziel que las obras que sustentaban este relato, a pesar de basarse en hechos reales, no contaban la verdadera historia de Cataluña, sino la historia del sueño de Cataluña. Los nacionalistas otorgan una gran importancia a este elemento, generador de identidad y sustentador de intereses políticos. El relato nacional-nacionalista es, hoy, hegemónico en Cataluña.

 En el caso del 11 de septiembre de 1714, la derrota es invocada como base de una futura victoria. La Diada resulta inseparable, en este sentido, de la evolución del nacionalismo catalán. En el calendario de la patria que fue elaborado desde finales del siglo XIX como uno de los elementos definitorios -al mismo tiempo que afirmadores- de la nueva entidad en construcción, la fecha del 11-S adquirió rápidamente un lugar destacado. 

Aquel lejano día de principios del siglo XVIII, según la versión de los nacionalistas, Felipe V habría terminado con un Estado y una nación y forzado el inicio de una larga época de decadencia. La nación revivió en el siglo XIX, con la Renaixença en lo cultural y con el catalanismo y el nacionalismo en lo político. 

El Estado propio se convirtió, en cambio, en los siglos XX y XXI, hasta hoy, en una deseada e irrenunciable aspiración. A cada nación, un Estado, apuntaba Enric Prat de la Riba en La nacionalitat catalana (1906), su obra teórica fundamental. La nación abre las puertas del Estado: estamos ante una cuestión política firmemente anclada en la historia.

Antes del siglo XX no existía ninguna nación, en el sentido político contemporáneo, llamada Cataluña. Fueron los nacionalistas los que, a partir de finales de la década de 1890, se lanzaron al proyecto de construir una nación y de nacionalizar a los catalanes, proceso que se hizo contra la nación española. 

Los seguidores de este nacionalismo emergente fueron los que decidieron convertir el 11 de septiembre, no sin algunas reticencias, en fiesta de la patria recobrada. No se trata, como se ha sostenido a veces por parte de la historiografía de tinte catalanista, de un producto de la voluntad popular, una suerte de plebiscito anímico, a espaldas del poder político, sino de una construcción voluntaria y consciente.

 La Diada tiene, en este sentido, una historia que empieza en 1886, cuando varios jóvenes catalanistas radicales, miembros del Centre Català, una entidad presidida por Valentí Almirall, organizaron un funeral en Santa María del Mar dedicado a los que murieron "en defensa de las libertades catalanas destruidas por Felipe V con la toma de Barcelona". Entre ese año y 1901 se perfiló lenta y discontinuamente la conmemoración. A partir de entonces, el ritual iba a repetirse con pocas variaciones -si dejamos a un lado las etapas de dictadura- hasta la actualidad. 

Cierto es que desde 2012, a raíz del intenso desarrollo de las posiciones soberanistas e independentistas en Cataluña -el famoso procés de marras-, la festividad ha adquirido un fortísimo tono reivindicativo y sectario. Francesc de Carreras afirmaba en 2019 en referencia a la Diada: "Hasta 2012 la celebración fue institucional; desde entonces ha sido parcial y reivindicativa de la independencia. Siempre se ha basado en la mentira". La expulsión de los catalanes no nacionalistas de la Diada, la principal festividad en Cataluña, constituye un buen ejemplo del exclusivismo procesistay del estado de fractura social.

La buena salud del 11-S en los últimos tiempos es evidente, aunque cada vez menos como fiesta de todos los catalanes y cada vez más como festividad de los catalanes nacionalistas, que se arrogan la exclusiva de catalanes y el derecho de hablar en nombre de Cataluña. Desde hace años, partidos y asociaciones no independentistas organizan actos paralelos. Se han hecho, asimismo, Algunas propuestas para trasladar la fiesta a otra fecha. 

En varias ocasiones a partir de 2007, Ciudadanos ha sugerido sin éxito convertir el día de Sant Jordi en fiesta principal de Cataluña, en detrimento del 11 de septiembre. Parece que en 2021 el 11-S no va a tener el seguimiento de años anteriores, por mucho que se hayan esforzado el (des)Gobierno de la Generalitat, la sectaria TV3, los medios de comunicación bien engrasados, los cansinos ex presos indultados y la patética presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie. 

Constituye un perfecto reflejo del estado del proceso independentista, que se asemeja a un globo. Ahora está algo deshinchado, pero existe. En algún momento y de alguna manera -que ahora desconocemos- puede volver a rellenarse de energías y odios.

Sostiene Sergio del Molino, en su excelente ensayo Contra la España vacía (2021), que un país sin mitos no existe, pero, en cambio, "un país obsesionado con su mitología es una dictadura inhabitable". Encajan a la perfección estas palabras con el caso de una Cataluña enferma de una historia mítica que nunca existió, inmersa en el victimismo y en la insolidaridad, y con una simbología omnipresente. 

A todos los viejos mitos, como el de la nación o el del 11 de septiembre, se les han sumado otros recientemente: España nos roba y no nos deja votar, los mal llamados "presos políticos", la intrínseca modernidad y superioridad catalana. El último que han inventado es el de los "miles de represaliados". También las banderas de todo tipo, los lazos amarillos, las performances nacionalistas -incluso continúa la concentración diaria en la barcelonesa Meridiana-, los himnos de segadores y las canciones protestatarias o, entre otros, la lengua sagrada como vector de la patria contribuyen al ahogamiento ciudadano. 

El constante martilleo de las instituciones, de los políticos que viven del procés, de la escuela adoctrinadora y de los medios al servicio del nacionalismo agrava la situación. Desean que evolucionemos en una sociedad totalmente nacionalizada, por definición invivible y atentatoria contra la libertad y la democracia. 

Quizá el término dictadura no resulte el más preciso y pueda dar lugar a confusiones. Formulémoslo de otra manera: la Cataluña nacionalista (ahora postprocesista) sigue siendo, a principios de la tercera década del siglo XXI, unos días más y otros un poco menos, un régimen inhabitable."           (Jordi Canal, Revista de prensa, 11/09/21; fuente: El Mundo)

3/2/21

Ricardo García Cárcel, historiador: "El proceso tiene connotaciones carlistas... hoy el independentismo está cargado, como ocurrió en 1714, de fanatismo religioso"

 "El historiador Ricardo García Cárcel ha afirmado en una entrevista en el canal de Youtube de Xavier Rius que "el proceso tiene connotaciones carlistas" y ha lamentado que "los catalanes perdemos el seny cíclicamente". "Hay una tendencia de meter la cabeza bajo el ala y apostar por opciones que tiene poco con la realidad", ha criticado.

 García Cárcel ha señalado que "no es lo mismo catalanismo que independentismo" y ha remarcado que "hoy el independentismo se nutre de un montón de fuentes que tienen muy poco que ver con el catalanismo del siglo XIX". "Se ha convertido en un aluvión en el que se han capitalizado, por supuesto la crisis del 2008, y se ha apostado por una opción presuntamente épica que no conduce a ninguna parte. Está cargada, como ocurrió en 1714, de fanatismo religioso", ha sentenciado.

Ricardo García Cárcel ha afirmado que "la guerra de 1714 fue un error de cálculo" y ha señalado que "pensaban que los borbónicos iban a ganar el conflicto". En este sentido, ha explicado que "el archiduque Carlos no demostró ninguna voluntad foralista" y ha añadido que "no distaba del concepto de poder que podía tener Felipe V". "La guerra de 1714 era una batalla perdida porque se marcaron unos objetivos fuera de la realidad", ha remachado sobre su equiparación con el proceso.

Finalmente, el historiador ha expuesto que "había una generación que habíamos idealizado Cataluña" ha lamentado, pero ha pedido reflexionar sobre "el desencanto y la decepción que Cataluña ofrece al conjunto de España y a toda Europa".                 (Entrevista al historiador Ricardo García Cárcel, e-notícies, 01/02/21)

27/2/20

Henry Kamen: “Actualmente, en España el esfuerzo más sobresaliente sistemático de crear y falsificar la historia por parte de la política está pasando en Cataluña”... “El independentismo lleva años tratando de crear una Cataluña que nunca existió. Últimamente hay tantas falsedades en los medios que ya no puedo seguirlas todas”. Repiten los trucos del franquismo

"(...) La invención de la nación catalana

Al preguntarle qué intentos percibe en la actualidad de manipular la historia con fines políticos, su respuesta es tajante: “Actualmente, en España el esfuerzo más sobresaliente sistemático de crear y falsificar la historia por parte de la política está pasando en Cataluña”, responde Kamen.

 “El independentismo lleva años tratando de crear una Cataluña que nunca existió con la esperanza de cimentar una ideología histórica y crear una identidad catalana uniforme y totalmente artificial. Últimamente hay tantas falsedades en los medios que ya no puedo seguirlas todas desde un tipo de vista académico”, sentencia.

En 2014, coincidiendo con la Diada del 300 aniversario del 11 de septiembre de 1714, Kamen publicó 'España y Cataluña: historia de una pasión', libro en el que analiza en profundidad la construcción del mito alrededor de la Diada y al que remite para quien quiera conocer más detalles. En su último título, también dedica un capítulo entero a los mitos regionalistas, con especial atención a la Guerra de Sucesión como símbolo de la invención de la nación catalana. 

 Y lo resume así: “La idea de una rebelión popular catalana existe solo en libros de propaganda nacionalista. La de 1705-1714 fue una guerra como cualquier guerra civil, una guerra de represión. Pero no fue una rebelión popular”.

Según Kamen, en el siglo XX se empieza a presentar por el nacionalismo catalán el conflicto con Felipe V de principios del siglo XVIII como si fuera la revuelta de un pueblo unido contra una agresión externa: “Es una réplica de la imagen liberal de la resistencia del pueblo español contra los franceses”, replica. “El hecho de que la mitad de los catalanes, o puede que más, estuviera del lado de Felipe V se omite deliberadamente de estos libros de Historia”, apunta.

En ‘La invención de España’, el historiador también desmiente las afirmaciones que pueden leerse en la web de la Generalitat, inspiradas en los escritos del catalán Víctor Balaguer, que fue “el historiador oficial de Cataluña en el siglo XIX, aunque era, sobre todo, poeta, y su ‘historia’ es, en gran parte, una creación de la imaginación romántica”, dice Kamen. Y concluye: “El empeño en mostrar la Guerra de Sucesión como un enfrentamiento entre Cataluña y España no corresponde con la realidad, porque jamás se produjo un levantamiento popular”.

P. ¿Cree que copia ahora el independentismo los trucos del franquismo en la construcción de una identidad nacional?

R. Sí. Absolutamente. Pero ha pasado en todos los países. En el siglo XIX, cuando nacieron países como Alemania e Italia, que antes del XIX no existen, el nacionalismo se inventa una mitología propia. No pasa solo en la España de Franco y en la Cataluña de hoy. Para afirmar una identidad, primero se la tienen que inventar. En el caso de Francia, la leyenda de Juana de Arco y toda su propaganda surge en el siglo XIX. 

Podemos criticar los inventos, pero hay que reconocer que todos los países si no tienen una identidad tienen que inventársela a través de sus propias exageraciones. De lo que no hay duda es de que el independentismo catalán está ahora en ese proceso: haciendo una falsificación de la historia de Cataluña igual que Franco hizo con la de España, inventándose los orígenes imaginarios de una nación uniforme.   (...)"

4/2/20

El tratamiento sesgado y falseado de la Historia, la nacionalista... en concreto el tratamiento que dan los manuales escolares de la Guerra del Segadors y de la Guerra de Sucesión...

"(...) El tratamiento sesgado y falseado de la Historia

Para justificar el actual proceso de las élites nacionalistas catalanas contra la España constitucional, el relato nacionalista se nutre, desde el siglo XIX, del tratamiento sesgado y falseado de la historia, particularmente desde la construcción de los estados modernos de Europa. Conviene señalar en concreto el tratamiento que dan, por ejemplo, los manuales escolares de la Guerra del Segadors(1640-1659) y de la Guerra de Sucesión a la Corona de España (1701-1713).

Vemos que el relato historicista del nacionalismo catalán busca acomodar los hechos históricos a su particular visión de la realidad y a sus intereses, con cuyo fin desarrolla un tratamiento selectivo y mítico de los “hechos históricos” Cuando el relato no concuerda con el esquema nacionalista, se reconstruye, recalcando los valores nacionalistas o incluso se deforman o se omiten hechos.

Por ejemplo, se muestra desdén por el Compromiso de Caspe, es decir, la elección en 1412 de Fernando de Antequera, regente de Castilla, como rey de Aragón, y se evita hablar de la implicación de Cataluña en el comercio de esclavos en Cuba y Puerto Rico, así como de la participación de catalanes en las dictaduras de Primo de Rivera o de Franco. 

El relato nacionalista de los hechos tiende a la “simplificación mitológica”, evitando todas aquellas cuestiones que puedan distorsionar las ideas de su marco mental. A todo ello es preciso añadir la dualidad identitaria “nosotros-ellos”, mediante la cual se da forma a la relación nacionalista entre supremacismo y victimismo, que se alimentan con el enfrentamiento con Castilla, y, después, con España, simplificado por Madrid.

Pasa después el autor a presentarnos la construcción de España como nación histórica en la Edad Moderna, a partir de la conquista musulmana y la formación de los primeros núcleos cristianos de resistencia al invasor hasta la constitución de dos grandes reinos hispanos, uno al oeste, la Corona de Castilla, y el otro al este, la Corona de Aragón. En relación con la Corona de Castilla, el autor nos recuerda cómo ésta se fue construyendo con la unión del reino de Castilla y el reino de León en el siglo XIII, que incluía a Asturias y Galicia. 

Con la Reconquista, se fueron integrando en la Corona de Castilla los reinos musulmanes de Toledo, Córdoba, Murcia, Jaén, Sevilla, y, por último, Granada a finales del siglo XV. En cuanto a la Corona de Aragón, el condado de Barcelona, antaño posesión del imperio carolingio, se unió en el siglo XII al Reino de Aragón tras al matrimonio de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona, con Petronila, hija del rey aragonés. En los siglos XIII y XV, la Corona de Aragón conquistó e incorporó territorios pirenaicos, así como los reinos de Valencia y Mallorca.

Prosiguiendo con este somero relato de la construcción de España, en el siglo XV, con el matrimonio de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, se unificaron las Coronas de ambos reinos, a los que vino a sumarse Navarra en 1512, tras su anexión a la Corona de Castilla por Fernando, rey de Aragón y regente de Castilla. Con Carlos I, nieto de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que ascendió al trono en 1516, se completó la unión definitiva entre ambas Coronas, aunque la diversidad de instituciones y tradiciones de los distintos reinos se perpetuó y fue motivo de diferenciación y conflicto. 

Aunque el autor reconoce la lucha de intereses entre los distintos reinos originarios, con sus fueros y tradiciones medievales, el ajuste entre la unidad y la diversidad de tradiciones habría evolucionado con el tiempo, intensificándose el valor de la unidad y la eficacia en el convulso escenario europeo de la primera mitad del siglo XVII con la Guerra de los Treinta Años (1618-1648).

Pasa después el autor a hablarnos de la España de Felipe IV y de las medidas adoptadas por el conde-duque de Olivares, impulsor de una política de unificación jurídica e institucional de los reinos de España, conforme a las leyes de Castilla, lo que suponía un cambio radical de la estructura estatal de los Habsburgo, caracterizado por el pluralismo de los reinos, cuya unidad dependía únicamente de la dinastía reinante y la religión católica.

LaGuerra dels Segadors(1640-1659) tuvo lugar en el marco de las luchas de poder entre Estados europeos por la hegemonía política y comercial y la expansión colonial. Como se sabe, el detonante de esta guerra fueron los desórdenes motivados por la presencia de 40.000 soldados concentrados en Cataluña por el conde-duque de Olivares, para hacer frente al ejército francés, después de que Luis XIII de Francia declarara la guerra a Felipe IV de España en 1635 y atacara el Rosellón en junio de 1639.

La verdad sobre la Guerra dels Segadors

Rul nos explica lo que fue, fuera de mitos y distorsiones históricas, laGuerra delsSegadors. De un lado, una revuelta de la nobleza contra el rey, en la que hubo desórdenes, saqueos e insurrección, con el asesinato del virrey Dalmau de Queralt, conde de Santa Coloma, y la matanza de miembros de la Audiencia y de funcionarios reales, y, de otro lado, una revuelta del campesinado empobrecido, después de tres años de peste y malas cosechas, contra la nobleza y la burguesía.

El caso es que en esta revuelta, los dirigentes de la Diputació General se pasaron al bando francés y acabaron nombrando conde de Barcelona al rey francés Luis XIII de Borbón, quien nombró un virrey y controló la administración y el comercio. Cataluña permaneció bajo dominio francés durante 11 años, de 1641 a 1652, hasta que muchos catalanes se pasaron al bando español, que terminaría por imponerse.

Felipe IV prometió respetar las instituciones catalanas, y, posteriormente, por el Tratado de los Pirineos (1659), España indultó a los catalanes sublevados, a los que restituyó sus bienes, pero salió perjudicada de aquella guerra con la pérdida del Rosellón y parte de la Cerdaña, que pasaron a Francia. Los Usatgesde Barcelona, que Francia se había comprometido a mantener en esos territorios, los derogó al año siguiente, y, más adelante, en 1700, todas las instituciones catalanas.

Estos hechos históricos fueron convenientemente transformados por el nacionalismo catalán, que los convirtió en un movimiento de emancipación de Cataluña contra España. La alineación junto a Francia, y en contra de la monarquía española, de nobles y propietarios catalanes tuvo como consecuencia daños en vidas y bienes, y enormes perjuicios para los intereses de Cataluña y de toda España.

La Guerra de Sucesión, que no de Secesión

De nuevo, a principios del siglo XVIII, la muerte en 1700, sin descendencia, de Carlos II, último rey de la Casa de Habsburgo, provocó un enfrentamiento civil en España: la Guerra de Sucesión (1701-1713). A nivel europeo, la mayoría de los países optaron por el candidato de la Casa de Borbón, Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV y de su esposa María Teresa, hija de Felipe IV de España. Pero también los hubo- Austria, Inglaterra, Holanda y Dinamarca- que optaron por apoyar al archiduque Carlos, hijo segundo del emperador Leopoldo de Austria.

A nivel de España, la población de Castilla, Navarra y ciudades de la Corona de Aragón se decantaron por Felipe de Anjou, mientras que Cataluña y otros lugares de la Corona de Aragón, que habían sido perjudicados en territorio y bienes por su entrega a Francia durante la Guerra dels Segadors(1640-1652), se inclinaron por el archiduque Carlos de Austria, que contó también con partidarios entre la nobleza y el clero de Castilla.

Rul nos ofrece un resumen objetivo e imparcial de la Guerra de Sucesión, de las victorias y derrotas de unos y otros, hasta la victoria final de Felipe V, el primer rey de la Casa de Borbón en España, y de la promulgación de los Decretos de Nueva Planta (Aragón y Valencia, 1707; Cataluña y Mallorca, 1715), que tuvieron por resultado una centralización política y militar de los reinos de España y la supresión de los fueros y privilegios de la Corona de Aragón.

La interpretación que da de ambos hechos – la Guerra dels Segadorsy la Guerra de Sucesión- el nacionalismo catalán contemporáneo forma parte de un proceso continuo de reconstrucción retrospectiva del pasado para acomodar los hechos históricos al relato de emancipación de la“nación catalana”. Los relatos sobre estas guerras, elaborados por el nacionalismo catalán a partir del siglo XIX, en coherencia con el movimiento romántico, contribuirán a elaborar el relato historicista del proyecto político. 

El relato mitificado del relato de Cataluña en los siglos XVII y XVIII se difunde a través de la acción institucional, política y mediática, y, muy especialmente, por medio del sistema educativo, con docentes, libros y materiales curriculares de Geografía e Historia.

Los relatos épicos de emancipación alimentan el supremacismo, al tiempo que magnifican y manipulan episodios que alientan el victimismo. Rasgo característico del nacionalismo identitario bipolar “nosotros-ellos” es la relación entre “supremacismo y victimismo”. Esta bipolarización resulta eficaz para religar con carga emocional el proyecto de construcción nacionalista en contra de sus enemigos, es decir, España y los españoles.

De la vindicación cultural al secesionismo

Rul pasa después a explicarnos la transformación de la “catalanidad”en ideología nacionalista, o cómo se va de la “vindicación cultural al secesionismo”. Entramos ya de lleno en el siglo XIX, cuando la “catalanidad española” se transforma en“catalanismo”como ideología. Este último, vinculado al movimiento de la “Reinaixença”, surgido en los años 30 del siglo XIX se proponía recuperar, normalizar y reconocer la lengua y la cultura catalanas. 

A fines del siglo XIX, el catalanismo cultural dio pasó al político, tras el fracaso del federalismo de la I República Española (1873-1874) y el desastre colonial de 1898, con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y las islas Filipinas. En 1901 se crea, con Francesc Cambó, la Lliga Regionalista, partido político conservador catalán; en 1907 tuvo lugar la victoria electoral de Solidaritat Catalana; en 1914 se crea la Mancomunitat de Catalunya, presidida por Prat de la Riba, autor de la Nacionalitat Catalana, que representa la ideología del nacionalismo romántico.

Según Rul, el catalanismo como ideología, desde el siglo XIX a las primeras décadas del siglo XXI, se ha caracterizado por tres corrientes básicas: a) la cultural, vinculada a las costumbres, la lengua y el Derecho civil histórico de Cataluña; b) la política regionalista o autonomista, con Cataluña dentro de la nación española; c) la política separatista, que reclama la independencia de Cataluña como “nación soberana” dentro de un Estado propio.

Rul pasa revista a estas tres corrientes básicas desde la I República Española (1873-1874), en que se proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal Española, que duró un sopló cuando Emilio Castelar envió al general Martínez Campos a Barcelona para restablecer la situación anterior. La I República no fue nunca federal ni el “Estado catalán” llegó nunca a existir.

De nuevo, durante la II República española (1931-1939), el catalanismo, representado sobre todo por el partido Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), retó en dos ocasiones el orden republicano: primero, cuando Francesc Macià proclamó unilateralmente la República catalana, el 14 de abril de 1931, si bien renunciaría posteriormente a ella a cambio de un estatuto de autonomía; y, segundo, cuando, en 1934, el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, proclamó el “Estado catalán” dentro de la República Federal Española, lo que llevó al presidente de la República, Alcalá Zamora, a decretar el estado de guerra en todo el país y a ordenar al general Batet que reprimiera la insurrección. Companys fue juzgado por rebelión y condenado a 30 años de reclusión. Aunque sería amnistiado y liberado posteriormente por el gobierno del Frente Popular, las medidas adoptadas por el gobierno de la República prueban que no estaba dispuesto a permitir infracciones del orden constitucional.

El catalanismo resurgió años más tarde, tras la muerte de Franco, con la Transición democrática española (1976-1982), la restauración de la Generalitat de Cataluña y la restitución del gobierno autónomo. El autor nos recuerda que la Constitución española de 1978 y el Estatuto catalán de 1979 representan “la normalización del catalanismo y su integración en la nación española”. Se trataba de un “catalanismo” que parecía por fin operar dentro del orden democrático español. (...)"                (María Rosa de Madariaga, Crónica Popular, 23/11/19)

10/4/19

Benoît Pellistrandi, historiador francés: hay una deformación absoluta, total, hasta un punto caricaturesca, con el Intitut Nova Història, pagado por la Generalitat. Son fantasías inventadas que tienen una apariencia de metodología histórica. En la universidad catalana hay enfrentamientos entre historiadores. Muchos profesores dicen que son militantes. Como profesor de Historia que soy, me parece terrible. Un profesor no debe ser militante...

"(...) ¿Hay un desfase entre la realidad y el sueño?
 
La búsqueda de la independencia se ha hecho en un mundo ficticio, un mundo irreal. En el ámbito geopolítico, había esa idea de que no íbamos a tener defensa porque la OTAN nos daría seguridad. 

¡Eso lo decían en el 2016, cuando Trump ya había sido elegido presidente de Estados Unidos! Es un desconocimiento de la realidad. Después está lo que yo llamo el punto ciego, las consecuencias prácticas de la independencia, por ejemplo qué hacer para repartirse la caja de la Seguridad Social. 

También ha habido una idealización fantástica de Catalunya, que tiene nada que ver con la Catalunya real, de 7 millones de habitantes, con sus problemas económicos, sociales, culturales. No es una Catalunya sobrevalorada sino otra Catalunya, totalmente inventada.
¿Hasta qué punto la deformación de la historia es responsable de lo que está ocurriendo?

Sí, es muy grave porque hay una deformación absoluta, total, hasta un punto caricaturesca, con el Intitut Nova Història, pagado por la Generalitat. Son fantasías inventadas que tienen una apariencia de metodología histórica. Y se ve en la universidad catalana, donde hay enfrentamientos entre historiadores. Muchos profesores dicen que son militantes. 

Como profesor de Historia que soy, me parece terrible. Un profesor no debe ser militante. Lo puede ser en sus horas libres, pero no en clase. Lo que debe hacer es explicar la complejidad de las cosas, la realidad histórica, y no inventarla. Por ejemplo, hay una contradicción absoluta sobre 1714, una fecha que se presenta como la conquista de Barcelona por parte de España. Pero se olvida de decir que la Guerra de Sucesión ha sido una guerra civil dentro de Catalunya..

 Si se dice que 1714 fue una fecha dramática, ¿cómo se explica que el siglo XVIII haya sido tan favorable a los intereses materiales de Catalunya? Hay un sueño histórico por parte del independentismo. 

Hay que despertar de ese sueño. Por eso digo que Catalunya tiene que volver a ser lo que es, porque es suficiente. Tiene una densidad propia. Entiendo perfectamente que los catalanes estén orgullosos de lo que es Catalunya, pero de la Catalunya real, no de la Catalunya imaginada.  (...)"                 

(Entrevista al historiador e hispanista francés Benoît Pellistrandi que acaba de publicar ‘Le labyrinthe catalan’, un análisis exhaustivo del origen del actual conflicto. Eusebio Val, La Vanguardia, 06/04/19)

17/4/18

Cataluña, durante la Guerra de Sucesión, fué leal al rey Felipe V y los Borbones

"(...) no hay nada sorprendente en la decisión este año de un alcalde en la ciudad catalana de Cervera, de colgar boca abajo en las paredes de su ayuntamiento los retratos de ciertas personalidades históricas, entre ellos un rey de España de tres siglos atrás. (...)

Sin embargo, existe otra explicación más probable para el gesto del alcalde de Cervera. Desde el comienzo de la historia de España, casi con certeza nunca ha habido una ópera cómica para igualar a la representada en los últimos meses por un sector de la clase política de Cataluña. La prensa, de todos los matices de opinión, ha sido despiadada en su crítica a la conducta de algunos activistas en Cataluña, quienes, al parecer, preferirían destruir su país antes de permitirle recuperar la normalidad constitucional. 

Este seguramente sea el único caso registrado en el que una alianza extraña de la burguesía rica y de radicales populistas hayan conspirado juntos en un intento de destruir el movimiento nacionalista tradicional en Cataluña.

El incidente de Cervera ocupa un lugar dentro de esta duradera y todavía no acabada ópera cómica. Parece que el alcalde de Cervera, cansado de la reputación de su pueblo como uno de los más fieles seguidores de la monarquía borbónica durante la Guerra de Sucesión de 1705-1714, ha decidido proclamar el descubrimiento de que su ciudad era de hecho hostil a los Borbones en 1705. 

Para celebrar este descubrimiento (que hizo público por primera vez hace seis años), ha ordenado que todos los retratos del rey se cuelguen al revés, un acto de malicia juvenil que no ha hecho más que revelar el escaso conocimiento que él y el ayuntamiento parecen tener de la historia de su propio país. Desafortunadamente para el alcalde, la verdad se puede ver aún más claramente cuando se pone de cabeza abajo.

El hecho es que Cataluña durante la Guerra de Sucesión tuvo pocas dudas sobre su lealtad al rey Felipe V y los Borbones. Sin embargo, en el año 1705 la armada británica y su ejército ocuparon Barcelona y buena parte de Cataluña, lo que hizo inevitable que ciudades como Girona y Lleida, que tenían guarniciones y armamentos insuficientes, se vieran obligadas a aceptar a los británicos, que ejercieron el poder en nombre del archiduque Carlos de Austria. 

Barcelona fue finalmente tomada por los austracistas y británicos en septiembre de 1705 y salieron de la ciudad 6.000 catalanes borbónicos.

 La historia nacionalista conserva un discreto silencio sobre estos catalanes que decidieron no apoyar al nuevo rey impuesto por los británicos. Al igual que Barcelona y gran parte de Cataluña, la pequeña ciudad de Cervera no pudo evitar unirse a los británicos en 1705.

Pero Cervera y Cataluña de ningún modo fueron hostiles a Felipe V. Tan solo dos años antes, las Cortes de Cataluña habían proclamado su inmensa satisfacción con el rey. Cervera, al igual que otras ciudades, era indudablemente partidaria del rey Borbón. En los años posteriores a 1705 no dejó ninguna duda al respecto: los documentos del régimen borbónico, que era poco probable que pasara por alto cualquier deslealtad, hablan a menudo de su «fidelidad ejemplar». 

A pesar de su fidelidad, sin embargo, cuando el gobierno abolió los fueros de Cataluña, la élite de Cervera se encontraba entre los que más protestaron ante el rey. En su protesta, «recordaban los cerverinos, con razón, lo que ellos habían hecho por Felipe V, los grandes daños y perjuicios que por su causa habían sufrido, y como ahora con la supresión de los fueros se castigaban por igual á los amigos que los enemigos», Cervera expresó «su continuo aborto de suspiros y lastimoso parto de lágrimas». 

Es obvio que el actual alcalde de Cervera desconoce la posición felipista del pueblo después de 1705, o la fidelidad constante del pueblo a los fueros históricos. Cervera, y con Cervera una buena proporción de las ciudades de Cataluña, apoyó a los Borbones, pero estaba enojada con la decisión de los Borbones de abolir los fueros.
Sin embargo, el alcalde persiste en su versión de los acontecimientos. 

Da la casualidad de que no es el único político culpable de una manipulación deliberada de la historia. Los que viven en Cataluña han sido testigos en los últimos años de la increíble manera en que los hechos simples de lo que sucedió en el pasado, especialmente el pasado asociado a esa desafortunada Guerra de Sucesión, han sido sistemáticamente falsificados en todas las plataformas públicas disponibles: en la televisión, en la prensa radical y en los discursos políticos. 

Esta imagen falsa del pasado ha sido cuidadosamente inventada por un puñado de burócratas, algunos en la Generalidad y otros en TV3, cuya principal preocupación ha sido hacer creer al público que Cataluña ha sido oprimida sistemáticamente desde el siglo XVI hasta hoy, por un régimen tiránico español dedicado a destruir sus libertades y aplastar a su pueblo.

LA FALSIFICACIÓN de la historia de Cataluña es parte del actual proceso de la ópera cómica. Es la parte que realmente debe tomarse en serio por aquellos que se preocupan por la verdad como un valor de nuestra civilización. El pasado es la base de nuestra cultura y no debe ser el juguete de los pequeños burócratas. Es el pasado lo que necesita defenderse.  (...)"     

          (Henry Kamen es historiador británico. Entre sus obras se encuentra España y Cataluña. Historia de una pasión, El Mundo, 23-03/18)

28/6/17

Lidia Falcón: Es falso que el pueblo catalán se enfrentara a Castilla y al rey Felipe V en 1714, reclamando la independencia

"(...)  En memoria de Regina de Lamo, de Buenaventura Durruti que murió en el frente de la Casa de Campo, de Federica Montseny que estará revolviéndose en su tumba al oír a los independentistas, de Renau y sus carteles llamando a los catalanes a defender Madrid, de todos los catalanes y las catalanas que lucharon por mantener la II República, que decía en su artículo 1º que “era una República de trabajadores de todas las clases”, escribo estas líneas que merecen más un libro, para desmontar la falsa historia que están contando los independentistas para apoyar sus demandas.

1.-   Cataluña es el nombre de un territorio, como tantos otros, no de una persona, y como tal no tiene derechos. Los derechos los poseemos los hombres y las mujeres del mundo. Y son iguales para todos –o deberían serlo.

2.- Los orígenes genéticos y raciales no diferencian a los seres humanos. El racismo es un invento de los más reaccionarios de las clases dominantes para sojuzgar a los esclavos y a los pueblos colonizados. Todos tenemos el mismo origen: la mona Lucy que se encontró en Etiopía. Y nuestro mapa genético es idéntico, y muy poco diferente del de los primates.

3.- Es falso que el pueblo catalán se enfrentara a Castilla y al rey Felipe V en 1714, reclamando la independencia. La Guerra de Sucesión, a la muerte de Carlos II sin heredero, fue una guerra dinástica como tantas de la época, para hacerse con el trono de España. 

Enfrentando a la monarquía francesa con la austríaca. Todas las casas reinantes querían entonces hacerse con el trono de España que era la primera potencia mundial. Intervinieron en ella los ejércitos de Austria, Francia, Inglaterra, Holanda, Italia, España, unos a favor del Habsburgo y otros del Borbón. 

Y si la Generalitat de Catalunya apoyó al austríaco, que representaba además en aquella época la monarquía más reaccionaria, otros territorios, como el de Cervera, apoyaron al francés. Y en esa disputa la mayoría del pueblo catalán quedó al margen, obligado por sus gobernantes, clérigos y Ejército a alistarse en las tropas para defender sus intereses, cuando lo que deseaba era librarse de la servidumbre y la explotación.

4- Es falso también que Catalunya haya sido nunca independiente. Catalunya formaba parte del reino de Aragón.

5.- El decreto de Nueva Planta de Felipe V que abolió los Fueros de Cataluña. se enfrenta al feudalismo, inaugurando la etapa de construcción del nuevo Estado moderno.

6.- Ese decreto no significó hundir a Cataluña en la represión y la miseria, sino todo lo contrario: como anuló los acuerdos que había firmado Fernando con Isabel, permitió a los burgueses catalanes ampliar su comercio a las colonias americanas. Henry Kamen explica que “Cataluña siguió siendo una región importante, próspera y floreciente, el territorio más rico de España”.

7.- Lluís Companys no declaró la independencia de Cataluña ni en 1934 ni en 1936. Declaró el Estat Catalá dentro de la República Española.

8.- Los trabajadores, las mujeres, los militares, los intelectuales, de Madrid y de toda España que lucharon en defensa de la II República lo hacían también por el Estatut de Cataluña.

9.- El pueblo de Madrid que luchaba contra el fascismo lo hacía también por defender el Estatut de Cataluña.

10.- Los trabajadores catalanes, republicanos, anarquistas, socialistas, comunistas, se levantaron en armas el 18 de julio de 1936 contra el golpe militar, y crearon el cuerpo de voluntarios que fueron a intentar liberar Zaragoza y siguieron hasta Madrid, donde muchos dieron su vida defendiendo la capital de la República. Entre ellos el dirigente anarquista Buenaventura Durruti. Ellos no se equivocaban, sabían el que único enemigo era el fascismo.

11.- Durante la dictadura los comunistas catalanes no nos planteamos nunca la independencia de Cataluña. La consigna que defendíamos era “llibertat, amnistía y Estatut de Autonomía”, que era el de 1932, aprobado por las Cortes republicanas.

12.- Ni los españoles ni los madrileños padecieron nunca ninguna catalanofobia. Barcelona siempre fue el ejemplo del mayor desarrollo industrial y mercantil, artístico, cultural, científico, de nuestro país, admirada por todas las demás personas que vivían en España.

13.- No es cierto que el 80% de los habitantes de Cataluña quieran el referéndum sobre la independencia. Es otra falacia de los gobernantes. Hay que conocer al pueblo que vive en Barcelona y su conurbación industrial para saber que la mayoría ni quería modificar el Estatut, promovido por Maragall y origen del actual conflicto –votó menos del 50%- ni le importó la sentencia del Tribunal Constitucional ni quiere ahora esas aventuras. Solamente la ley electoral ha permitido que los partidos independentistas formen gobierno.

14.- El derecho de autodeterminación -libre determinación en lenguaje internacional- aprobado por el acuerdo de Woodrow Wilson y Lenin, al terminar la I Guerra Mundial, se refiere a los países colonizados por las potencias colonizadoras. Nadie en sus cabales puede creer que la situación de Catalunya –mejor dicho de los catalanes- es como la del Sáhara bajo la opresión de Marruecos o la isla de Timor bajo Indonesia o la de la India o Kenia bajo el imperio Británico.

15.- Y por supuesto, nadie puede reclamarse de izquierdas planteando divisiones y separaciones entre los trabajadores. Porque esas solo benefician a la burguesía. Lo importante, no es si eres catalán o castellano sino si eres amo o esclavo. Y planteando la independencia de Cataluña del resto de España se consigue la atomización de un país que había llegado a un nivel aceptable de convivencia y solidaridad entre sus pueblos.

16.- Es inadmisible que se diga que Cataluña tiene una situación económica peor que el resto de España. Posee la segunda renta per cápita más alta después del País Vasco –ya sabemos por qué. Y si existe un déficit entre lo que produce y recibe es lógico. 

De la misma manera que los ricos pagan –o deberían pagar- más impuestos que los pobres, si todavía creemos en la redistribución solidaria como conquista de la izquierda. Esta es la reclamación de la independencia de los ricos.

Solamente el ejemplo de Yugoslavia podría hacerles reflexionar a los irreflexivos defensores de la independencia de Cataluña. Un hermoso y próspero país, que había logrado la paz y la federación después de la II Guerra Mundial, y estaba construyendo el socialismo, convertido en un mosaico de minúsculos Estados pobres y dependientes totalmente del Departamento de Estado de EEUU. 

Claro que hay quien dice que Cataluña sea otro Luxemburgo, otro paraíso fiscal entre Francia y España, bajo la potestad de la OTAN.

Es inaceptable que para conseguir ese objetivo se plantee un referéndum. Que, como todos, sería organizado, defendido, publicitado, con todos sus medios, por ese gobierno catalán, encubridor de las mayores tropelías de sus antecesores, para ganarlo. (...)

Por: Lidia Falcón O’Neill"                            (eldiario.es, 18/06/17)

8/3/17

No parece probable que Córcega, Irlanda del Norte o Puerto Rico tengan posibilidades de hacer un referéndum sobre su independencia

"La simplificación del conflicto histórico entre Cataluña y España es un hecho bastante habitual. Un ejemplo puede ser la interpretación de la guerra de sucesión (1701-1715) como si fuera estrictamente un enfrentamiento bélico entre catalanes y españoles. 

Una lectura rigurosa de la historia nos cuenta una versión mucho más compleja: Partidarios de Felipe V, mayoritarios en la Corona de Castilla y minoritarios en la Corona de Aragón, con la ayuda del Reino de Francia y otros reinos y ducados menores, se enfrentaron con los seguidores del archiduque Carlos de Austria, mayoritarios en la Corona de Aragón y minoritarios en la Corona de Castilla, con la ayuda del Imperio Germánico, el Reino de Inglaterra (Gran Bretaña desde 1707) y otros reinos y ducados menores, defendiendo dos líneas sucesorias a la Monarquía Hispánica. 

Ciertamente el 11 de septiembre de 1714 y la caída de Barcelona en manos de las tropas borbónicas son un hecho histórico muy importante, aunque la guerra se prolongó hasta el mes de julio de 1715 con la ocupación de Mallorca, pero el Decreto de Nueva Planta y la perdida de los derechos forales o las constituciones de Aragón, Cataluña, Valencia, o Mallorca fueron sólo un aspecto destacado de aquella larga y sangrienta guerra, de gran repercusión en buena parte de Europa, que algunos independentistas quieren reducir simplemente a una guerra entre catalanes y castellanos. 

Otro ejemplo es la guerra civil española propiamente dicha (1936-1939). Hay quien defiende la poco rigurosa idea que fue un supuesto "Ejército Español" el que ocupó Cataluña entre 1938 y 1939. No hay duda de que hubo territorios, entre ellos Cataluña, Valencia, Euskadi, Asturias o Madrid, que frenaron el avance de fascismo durante buena parte de la contienda, pero no se puede olvidar que las fuerzas republicanas resistieron en Madrid hasta finales de marzo de 1939, dos meses después de la caída de Barcelona en manos de las tropas franquistas, y apenas unos días antes del final de la guerra, lo que pone claramente en entredicho cualquier versión interesada de un conflicto Cataluña-España. 

A menudo se simplifica también la realidad, hablando de España como si fuera el único y anti-democrático estado donde se niega el derecho de autodeterminación. Es cierto que Quebec en Canadá en los años 1980 y 1995 y Escocia en el Reino Unido en 2014, pudieron realizar referéndums para decidir una posible separación que no tuvo éxito. 

Pero no parece probable a corto ni medio plazo que otros territorios con gran sentimiento nacionalista como Córcega, Irlanda del Norte o Puerto Rico, por poner algunos ejemplos, tengan posibilidades de hacer una consulta de este tipo. 

Otra cosa bien diferente es la secesión de cerca de veinte nuevos estados de las antiguas Unión Soviética, Yugoslavia o Checoslovaquia, con un amplísimo apoyo de los países occidentales, en realidad una apuesta inequívoca para favorecer el hundimiento del llamado “bloque socialista”. 

También es una simplificación extrema afirmar que "España nos roba", en referencia a Cataluña, a pesar de tener su parte de "verdad" si nos referimos al estado estrictamente, y no evidentemente a los andaluces, castellanos o extremeños, como demasiado a menudo se hace. 

Pero la frase, además de injusta, se parece demasiado a la "Unión Europea nos roba", que cada día tiene más éxito entre los sectores nacionalistas xenófobos de algunos de los países más ricos de la UE (Alemania, Países Bajos, Suecia...), sobre todo cuando cuestionan o rechazan las importantes ayudas a los estados menos desarrollados, entre ellos Bulgaria, Rumanía o Croacia. 

Tampoco es demasiado riguroso plantear que la lengua catalana sólo podrá sobrevivir en una Cataluña independiente. Irlanda se separó del Reino Unido en 1922 y, después de casi un siglo de independencia, apenas un 5 % de sus habitantes habla su lengua tradicional, el gaélico o irlandés. Y no parece demasiado razonable afirmar que la oficialidad exclusiva del catalán sea la única garantía para el futuro del idioma, si observamos la situación de la lengua en el Principado de Andorra, donde es el único idioma oficial, ni podemos ignorar que el castellano es hoy en día la lengua habitual de buena parte de la población.

 Todo ello sin perjuicio de priorizar el catalán como primera lengua oficial, y de fomentar su uso en todos los ámbitos donde todavía es claramente minoritario (Administración de Justicia, cine y video, aplicaciones informáticas y de telefonía, entre otras). 

Finalmente, y más allá de la simplificación fácil y cómoda, no podemos olvidar que hay muchas "Cataluñas" diferentes. Por un lado, la de tantos pueblos llenos de “esteladas” en los balcones cualquier día del año. Por otro, la de pueblos o barrios donde apenas se ven unas pocas “señeras” en días tan destacados como la “diada nacional” del 11 de septiembre.(...)"               (Jordi Córdoba

5/4/16

La burguesía catalana se enriqueció gracias a la protección que le dispensó el Estado español; pero a medida que la brecha entre los ricos catalanes y el resto de España aumentaba, más desprecio sentían aquellos hacia ésta

"(...) Después del fin de la Guerra de los Segadores en 1652, el separatismo catalán desapareció y no resurgió hasta el siglo XX. Se me objetará que la Guerra de Sucesión de principios del XVIII fue también separatista: nada más falso.

 En ella Cataluña y los reinos de la Corona de Aragón lucharon contra Felipe V en defensa de los fueros, no para separarse de España, sino para imponer el fuerismo al resto del país. Lucharon, perdieron, y se produjo lo que los fueristas temían: los Decretos de Nueva Planta acabaron con los fueros aragoneses de un plumazo. 

Los aragoneses, y en especial los catalanes, fueron heroicos en su lucha, pero no muy inteligentes: vascos y navarros, que colaboraron con Felipe V, conservaron sus amados fueros.

Otra paradoja es que los fueros mantuvieron estancados a vascos y navarros, mientras que su abolición «benefició insospechadamente» a los catalanes, como escribió Vicens Vives. Cataluña creció económicamente durante el XVIII y se despegó del resto de España gracias a la libertad que le dieron la abolición de los fueros y el acceso irrestricto al mercado español y al americano. Además, la prohibición de importar tejidos de algodón dio alas a la industria textil.

Tras la interrupción de las guerras napoleónicas, Cataluña, protegida tras el arancel español, creó una poderosa industria textil para la que los mercados español y antillano constituyeron el destino casi exclusivo. Los tejidos ingleses, franceses y belgas eran mejores y más baratos, pero el Estado español los mantenía a raya con altísimos aranceles y la represión cada vez más eficaz del contrabando. 

Políticos e industriales catalanes constituyeron el lobby más poderoso en la política española y actuaron con notable unanimidad, anunciando el desorden y la revolución si los liberales rebajaban los aranceles. Políticos y empresarios textiles rogaron, amenazaron y organizaron nutridas manifestaciones durante todo el siglo XIX, y al cabo lograron su propósito: el mantenimiento de la protección a la industria textil.

El economista progresista catalán Laureano Figuerola, primer ministro de Hacienda de la Revolución de 1868, no sólo estableció la peseta como unidad monetaria, sino que introdujo un arancel un poco menos proteccionista que los anteriores; para sus paisanos se convirtió así en un traidor y un renegado. Nunca se lo perdonaron y el odio contra Figuerola se conserva aún entre los historiadores nacionalistas. 

El famoso (segundo) Memorial de Agravios (Greuges) que los círculos político-económicos catalanes presentaron a Alfonso XII en 1885 era principalmente una queja porque los aranceles no eran lo bastante altos.

La burguesía catalana se enriqueció gracias a la protección que le dispensó el Estado español; pero otra paradoja es que, a medida que la brecha entre los ricos catalanes y el resto de España aumentaba, más desprecio sentían aquellos hacia ésta, y más se esforzaban por subrayar sus diferencias culturales y lingüísticas. 

Vino así la llamada Renaixença, el renacer de la lengua y la cultura catalanas. Lo que al principio parecía un movimiento puramente cultural y literario, adquirió caracteres abiertamente políticos cuando llegó el desastre del 98 y se separaron Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

 Al perderse el mercado antillano, que tan pingües beneficios había rendido a los industriales del Principado, florecieron los partidos «regionalistas», que pronto se hicieron «nacionalistas». (...)"                  (Gabriel tortella, El Mundo, 21/03/16)

8/2/16

Lo que ocurrió en 1714 no tiene nada que ver con la nación catalana, que cobró forma, realmente, con la Reinaxença en el siglo XIX, el gran siglo en el que se construyeron todas las naciones occidentales, también la española.

(...) Lo que ocurrió en 1714 no tiene nada que ver con la nación catalana. Entre otras cosas porque las naciones son vaporosas, porque han sido los estados los que han construido las naciones, desde arriba, aunque es evidente que sin una base material no se puede realizar.

Habrá o no la voluntad de hacer lo que se quiera, pero los catalanes no pueden mantener esa actitud acrítica respecto a la historia, sólo porque Puigdemont u otros independentistas repitan de forma machacona un mismo mensaje. Jordi Canal lo ha explicado en su libro Història mínima de Catalunya (Turner). Canal (Olot, 1964), es doctor en historia y profesor en L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS, París).

 Asegura que las declaraciones de Artur Mas, en la línea de las efectuadas ahora por Puigdemont, según las cuales se iba a ganar en las urnas, en 2014, lo que se había perdido en 1714 por las armas “resultan desde un punto de vista histórico, una barbaridad”. (...)

La lectura de aquel período histórico se ha tergiversado por completo. Y eso no tiene nada que ver con lo que quieran los catalanes en el futuro. Pero a los dirigentes políticos hay que pedirles que sean más respetuosos. 

Canal recuerda que Felipe V se sintió traicionado, porque entre 1701 y 1702 había llegado a acuerdos y respetado las constituciones catalanas. 

“Se aprobaron medidas muy favorables, en especial respecto a las demandas de la burguesía mercantil: el envío de dos barcos anuales a América, la creación de una Compañía Náutica Mercantil y Universal o un puerto franco en Barcelona. A cambio se hizo un generoso donativo al Rey. Los elogios a Felipe V fueron frecuentes”.

Hay otras interpretaciones, intereses cruzados, negociaciones diversas, pero no se trató de ningún fin de la nación catalana, que cobró forma, realmente, con la Reinaxença en el siglo XIX, el gran siglo en el que se construyeron todas las naciones occidentales, también la española.

Por eso también sorprende que se insista en que Puigdemont es el presidente número 130 de la Generalitat, como si fuera el continuador de la obra de hombres muy distintos, clérigos en su mayoría, producto de situaciones históricas muy distintas.

Vamos a contar las cosas de otra manera, ¿no sería mejor? Y si los catalanes quieren, de verdad, constituir un estado que busquen una mayoría social que lo haga posible, pero sin retorcer la historia."                 ( , Keynes lives in Barcelona, 17/01/16)

30/10/15

¿Por qué no explican que el 11 de septiembre de 1714 fue el final de una guerra de sucesión a la Corona de España provocada por el enfrentamiento entre las grandes potencia europeas? ¿Por qué no explican que en ésta no perdieron los catalanes libertad alguna sino únicamente los antiguos fueros estamentales?

"(...) Vicens se había situado, ya desde antes de la guerra, en una posición crítica frente a la historia romántica que predominaba en Catalunya. Así lo explicó John H. Elliott en El País Semanal del pasado domingo: 
"Al ver lo que estaba intentando hacer Vicens Vives, desmitificar la historia de Catalunya, enseguida me encontré del lado de este grupo. Me di cuenta del peligro de la mitología en la formación de identidades colectivas y nacionales".

En otra entrevista publicada en octubre pasado, a preguntas de Tulio H. Demicheli, insistía en lo mismo: "Vicens Vives quería eliminar las categorías de 'agravio' o 'expolio' a la relación de España con Catalunya, un continuo 'victimismo' desde el compromiso de Caspe que es un reduccionista. 

Esos tópicos respondían más a los rencores que la arrogancia castellana había provocado en la sociedad catalana que a la realidad histórica, porque no es verdad que hubieran 'perdido libertades' en 1714, ni que el Principado fuera 'más democrático' antes que después de Felipe V."

Ciertamente esta desmitificación de la historia catalana era una de las pretensiones de Vicens Vives. Pero su prematura muerte en 1960 truncó esta tarea y, en la entrevista de El País, Elliott considera hoy que sus esfuerzos han sido baldíos: "Me habría gustado que en la Catalunya actual Vicens Vives hubiera ganado esa batalla, pero después de una o dos generaciones parece que no la ganó. 

Para mí ha sido muy triste, porque creo que una sociedad necesita sus mitos, pero si los mitos dominan y entorpecen una auténtica investigación, llegamos a una situación en la que el pueblo queda ensimismado y adopta una postura de agravio pensando que todos los desastres han sido culpa de otros. 

En ese momento es cuando se llega a una situación de crispación por cualquier problema. Hay políticos que se aprovechan de esto para fortalecer los mitos, para poner un énfasis excesivo en el victimismo y no darse cuenta de los problemas internos de una sociedad. Eso es lo que me preocupa especialmente".

Es decir, lo que preocupa a Elliott es que los historiadores catalanes -se entiende, la mayoría dominante- han vuelto a la historia de antes, la que cultiva mitos al servicio de las ideologías políticas y provoca una sociedad ensimismada, en la que el agravio se magnifica y el victimismo sistemático se utiliza para ocultar los verdaderos problemas.

 Es un retrato exacto de lo que está sucediendo: se utilizan los falsos "300 años de opresión española" para encubrir, tapar y disimular, el desgobierno actual. 

Y buena parte de los historiadores catalanes son cómplices de esta situación. ¿Por qué no explican que el 11 de septiembre de 1714 fue el final de una guerra de sucesión a la Corona de España provocada por el enfrentamiento entre las grandes potencia europeas? ¿Por qué no explican que en dicha fecha no perdieron los catalanes libertad alguna sino únicamente los antiguos fueros estamentales? 

¿Por qué no explican que el siglo XVIII, gobernando los Borbones, empezó la prosperidad económica de Catalunya, tras siglos de decadencia, los dos últimos bajo gobierno de los Austria? ¿Por qué no explican que el auge del siglo XIX está basado muy fundamentalmente en el libre comercio con América concedido por Carlos III, un rey Borbón, mientras esta libertad fue negada antes por la dinastía de los Habsburgo? 

¿Por qué no explican que la política proteccionista de los gobiernos españoles a la industria catalana durante los siglos XIX y XX, hasta el Plan de Estabilización de 1959, fue en beneficio de las empresas de Catalunya y, probablemente, en perjuicio de los consumidores del resto de España? En todo ello deben mojarse los historiadores."             (Francesc de Carreras  , La Vanguardia, 09/01/2013)

16/10/15

Jordi Canal: Cataluña nunca ha sido una nación, dado que las naciones son algo muy contemporáneo...

"El historiador Jordi Canal publica «Historia Mínima de Cataluña» (Turner, 2015), donde intenta contar, de una vez por todas, lo que fue y no lo que, como tantas veces se ha pretendido, debió ser y no fue. Una historia de Cataluña sin prejuicios y sin mitos. (...)

–¿Qué es lo que fue Cataluña? ¿Cuál es la definición aséptica de su recorrido por la historia?

–Se reconoce este territorio como Cataluña en torno a los siglos X y XI. A partir de ahí, Cataluña comienza un recorrido histórico que le llevará hasta nuestros días bajo ese nombre, que curiosamente lo encontramos por primera vez referido de forma escrita en fuentes exteriores. Eso es algo muy común, que sean los extranjeros quienes necesiten definir y nombrar a nuevas entidades. 

Los siglos medievales dan paso a una Cataluña que se integra en lo que conocemos como la Corona de Aragón, y más tarde ésta se une con la de Castilla. En ese momento, Cataluña quedaría integrada claramente en lo que llamaríamos Monarquía católica, y que luego sería España. Cataluña forma parte plenamente de España hasta nuestros días.

–¿Se puede hablar en algún momento de nación catalana?
–Cataluña nunca ha sido una nación, dado que las naciones son algo muy contemporáneo. Esa es una de las grandes confusiones de la historia de Cataluña: hablar de nación con tanta facilidad. Hay un abuso permanente a la hora de usar conceptos contemporáneos aplicados al pasado. 

Cuando en las épocas medieval y moderna encontramos el término nación, éste no significa lo que hoy entendemos. Por ejemplo, cuando el cronista Ramón Muntaner se refiere en la Edad Media a nación catalana, debe entenderse como un grupo de personas que hablan la misma lengua. 

En Cataluña realmente solo podemos hablar de una nación en construcción, o en curso, cuando aparecen los grupos nacionalistas en la última década del siglo XIX. A partir de los años ochenta del siglo XX, se han acometido procesos de renacionalización a los que hoy se aferran las reclamaciones secesionistas.

–Es muy crítico en su libro con el uso de conceptos modernos cómo corona cataloaragonesa o reyes catalanes en textos históricos.

–Son términos que no existían en la época, aunque la historiografía catalana los haya usado muchas veces. El problema es que no hay una simple intención definitoria detrás de su uso, sino que buscan con esos términos la voluntad de reivindicar la posición de Cataluña desde un punto de vista actual. 

Decir que fue un reino propio o un estado tiene cierto grado de perversión, porque dicho desde hoy es poder afirmar que Cataluña fue un estado que España destruyó. Asimismo, en la Edad Media se usaba Corona de Aragón; por lo tanto, hablar del reino de Cataluña o de reyes catalanes está fuera de lugar.

–¿Qué posición ocupaba Cataluña en la Corona de Aragón y por qué el reino de Aragón siguió una trayectoria tan distinta?

–Cataluña fue dentro de la Corona de Aragón uno de los pilares durante la expansión por el Mediterráneo a causa de su fuerte posición económica, pero luego ya en el siglo XV y en el XVI su aportación fue mucho más débil. Las relaciones entre las distintas entidades fueron cambiando con el paso de los siglos y algunas de las apuestas perdedoras de esa Cataluña dentro de la corona tienen que ver con su pérdida de peso histórico.

–Hoy en día se repite mucho la reivindicación nacionalistas de recuperar los Países Catalanes, ¿existió desde un punto de vista político una estructura parecida?

–Es una invención y un reflejo de una característica muy interiorizada del nacionalismo: su voluntad imperial. No hay ningún argumentario histórico que pueda sostener la idea de los Países Catalanes más allá del tema de la lengua. Si nos vamos al pasado medieval habría un momento de expansión de la Corona de Aragón sobre otros territorios peninsulares e incluso por el Mediterráneo, pero esa incursión no es un fenómeno exclusivamente catalán sino también aragonés.

 En algunos territorios hubo más presencia aragonesa, por ejemplo en algunas partes de Valencia, mientras que la presencia catalana fue preeminente en el caso de Mallorca. No obstante, todos los territorios que los nacionalistas reivindican como Países Catalanes, que terminan convirtiéndose en distintas regiones de España, no mantienen ningún vínculo político con Cataluña en tiempos contemporáneos.

–El punto clave señalado por los nacionalistas en la supuesta lista de agravios españoles comienza a partir de los Reyes Católicos. ¿Hay razones para culpar a Fernando «El Católico» de perjudicar a Cataluña?

–El tema de los agravios históricos es siempre muy complicado, porque estamos atribuyendo a personas del pasado cuestiones que nos preocupan y que están pensadas en clave de hoy. Nuestra visión del mundo es completamente distinta a la suya. La historiografía catalana ha abusado mucho de echarles la culpa a los reyes, a los condes y a personajes medievales por cosas que juzgan desde la actualidad. 

Por ejemplo, muchos autores se han preguntado: ¿Por qué algunos reyes de Aragón repartieron sus territorios en vez de tratar de construir unos Países Catalanes fuertes? Eso es algo que jamás se les pasó por la cabeza a esos reyes, que entendían las monarquías como organismos muy patrimoniales.

 Y el caso de los Reyes Católicos es un buen ejemplo de ello. Cuando se estableció la unión dinástica, Cataluña estaba en un momento de gran debilidad dentro de la Corona de Aragón y eso tuvo consecuencias a la hora de la toma de ciertas decisiones. Sin ir más lejos, Cataluña no está en disposición de implicarse totalmente en la empresa americana hasta mucho después que otras regiones, pero no es un problema de exclusión como han sostenido los nacionalistas.

–El nacionalismo ha levantado sus mitos en torno a la Guerra de Sucesión y, sin embargo, pocas veces lo ha hecho sobre la rebelión catalana de 1640, que terminó con Cataluña finalmente separada de España. ¿Tan mala fue esta experiencia cómo para que hoy sea desechada incluso como mito?

–Es cierto, el nacionalismo ha decidido elaborar su relato sobre otros momentos. Esa es una discusión que en el origen del nacionalismo se dio mucho. ¿Qué debían reivindicar? Algunos dicen 1640, otros 1714 y otros como Prat de la Riba defienden que mejor la época medieval. Finalmente, el mito que se impuso es el del asedio de Barcelona y el supuesto fin de la nación y el estado catalán en 1714. 

La rebelión de 1640 se descartó porque el conflicto es básicamente social y conduce a los dirigentes catalanes a ponerse en manos de los franceses. Las consecuencias y la experiencia son terribles: incluso se pierde un territorio, lo que los nacionalistas llaman la Cataluña Norte. Es un acontecimiento que a los nacionalistas no les conviene en su argumentario.

–El mito elegido es el asedio de 1714, ¿A qué llama el nacionalismo las libertades perdidas con la rendición de Barcelona? ¿Cómo se traduciría en la actualidad esos fueros?

–Toda una escuela catalana de historiadores interpreta esas libertades y constituciones como un proyecto de democracia. Incluso dicen que en 1714 se enfrentó la democracia catalana al absolutismo castellano. Sin embargo, leer en clave democrática o pre-autonomista esas libertades es un contrasentido histórico.

Esa sociedad catalana no era democrática, simplemente tenía unas determinadas leyes particulares que el grupo dirigente estaba muy interesado en mantener. Pero ocurrió igual en el resto de territorios de la Monarquía católica, donde muchas regiones conservaban sus propias instituciones y sus fueros.

–Felipe V ha sido convertido por el nacionalismo en el gran villano del relato. ¿A qué se debe que finalmente la mayor parte de Cataluña apostara por el Archiduque Carlos?

–Cuando Felipe V llega a Cataluña es muy bien recibido. Lo que ocurre es que el elemento eclesiástico y la burguesía mercantil se muestran muy desconfiados frente a la llegada del nieto del rey de Francia, dado que el odio hacia los franceses está muy enraizado. Hay un miedo histórico a la permanente invasión francesa y a los asedios a Barcelona, lo que en la época se llamaba el sentimiento antigapacho. 

Felipe V trató de ganarse a esa burguesía con una serie de concesiones a su llegada, pero éstos estimaron que la opción del Archiduque Carlos les ofrecería más beneficios y apuestan fuertemente por ella. Lo que es evidente, a diferencia de lo que dicen los nacionalistas, es que Felipe V también tuvo muchos seguidores y que se produjo una grave división en la sociedad catalana.

–En el siglo XIX se inició un proyecto de nación-estado español, pero finalmente, usted lo destaca, se produce en Cataluña y otras regiones un descontento. ¿A qué se debe este desencanto con el proyecto común?

–Los proyectos europeos de estados-nación comienzan en el siglo XIX a través de procesos de nacionalización, ya sea en España, Italia o Francia. No en vano, en el caso español hay algunos elementos que no terminaron de funcionar, como puede ser la red ferroviaria, la escuela –un gran factor de cohesión– o el ejército –que vivía unos años muy complicados por la pérdida de los territorios americanos en las primeras décadas del siglo–.

 La guerra de Cuba y otros problemas a finales de siglo terminaron manifestando el descontento de algunos sectores dirigentes, como ocurre en los casos catalán y vasco, frente a ese estado nación español. 

En Cataluña, los industriales textiles, que perdieron mucho volumen de negocio con la caída de las últimas colonias, y ciudadanos procedentes, sobre todo, de profesiones liberales hicieron una apuesta hacia otros proyectos de nación. Ese es el origen del nacionalismo.

–En el siglo XX, estos grupos nacionalistas no son abiertamente independentistas, incluso cuando se declara el estado nacional en 1934 se hace dentro de la Segunda República. ¿Desde cuándo se han impuesto las teorías secesionistas?

–En la Segunda República, Esquerra Republicana de Cataluña, que fue un partido protagonista en ese periodo, no es independentista, aunque haya sectores como el de Francesc Macià que en los orígenes defienda planteamientos radicales. Pero al frente del gobierno, Francesc Macià es el primero que modera sus posiciones y que solo usa la idea del independentismo para presionar al gobierno central, como ocurre en 1934. 

Así y todo, el 6 de octubre de 1934 no es una revuelta independentista, sino una forma de usar la independencia para obtener de forma muy populista nuevas ventajas en un momento en el que la derecha se ha instalado en el gobierno de España. El independentismo no era mayoritario entonces, ni lo sería en la época de la Transición, ni siquiera a finales del franquismo. 

El auge del independentismo es un fenómeno exclusivo de la última década, aunque en el fondo todo nacionalismo aspira a hacer coincidir algún día su nación con la formación de un estado.

–Y sin embargo, la deriva actual si es claramente secesionistas. ¿Cómo valora este giro?
–Hay que enmarcarlo en un contexto muy delicado de crisis múltiple. Tenemos una crisis económica, una social y también una político-institucional. A ese marco general hay que añadirle el proceso de nacionalización que ha tenido lugar en Cataluña con exitosos resultados desde 1980. 

Toda la política lingüística ha sido un éxito; y cuando digo lingüística no hablo solo de la introducción de la lengua, sino de la vinculación de toda una visión del mundo transmitida a través de las escuelas y de los medios de comunicación afines. El resultado es una sociedad que en sus capas más jóvenes está completamente renacionalizada. Pujol cuenta en sus memorias que ese era uno de sus objetivos, pero el resultado ha ido mucho más allá de lo que él imaginó en 1980. 

En 2006, ese caldo de cultivo se sumó al interés de la clase política en hacer un nuevo estatuto –que en realidad no era una demanda de la sociedad catalana– desencadenando una sucesión de impugnaciones y discusiones que han llevado a la radicalización actual. Hoy, con los vínculos tan desgastados, todo es posible.  (...)"              (Somatemps, 08/10/2015)

13/10/15

Vicens Vives: la “coacción romántica” seguía planeando sobre “les produccions dels nostres més eminents historiadors, algun dels quals arribá a confondre història romàntica amb història nacional”.

"(...) Cuando Vicens envió su carta a Azaña no habían transcurrido aún tres años de la agria disputa que le enfrentó a Antoni Rovira i Virgili, cuando este le reprochó desde La Humanitat la falta de “sensibibilitat catalanesca” que había mostrado en su trabajo sobre “La política de Ferran II durant la guerra remença”.

 Vicens le respondió con una carta abierta publicada en La Veu de Catalunya que si había prescindido “de l'esperit nacional en analitzar el regnat de Ferran II és perqué a la documentació de l'època no hi ha res que en revelés un estat de consciència nacional”. 

Con ello, establecía Vicens como norma inexcusable del oficio de historiador no sucumbir a esa falacia retrospectiva que consiste en proyectar sobre el pasado el espíritu nacional propio del presente si los documentos de la época no atestiguan de ninguna manera la existencia de tal espíritu.

Que esa posición de Vicens Vives no fue meramente circunstancial lo prueba bien que, pocos meses antes de su temprana y muy sentida muerte, escribiera en Serra d’Or que la “coacción romántica” seguía planeando sobre “les produccions dels nostres més eminents historiadors, algun dels quals arribá a confondre història romàntica amb història nacional”. 

Este es el mismo Vicens que en diciembre de 1956 había dirigido a la Juventut de Catalunya una llamada a formar la “Aliança pel Redreç de Catalunya” como piedra singular de la reordenación de Europa y de España; el mismo que, además de propugnar para España un “Estado federativo gradual”, aleccionaba a los jóvenes catalanes recordándoles que “el separatisme és una actitud de ressentiment col.lectiu incompatible amb tota missió universal”.

Pero aquel catalanismo que vinculaba la defensa del hecho diferencial catalán con la activa participación en las instituciones españolas, comenzó a hacer agua cuando en los primeros años del siglo XXI sonó la hora de la nacionalización del pasado por iniciativa de las nuevas clases políticas de las comunidades autónomas que, apoyándose en científicos sociales —historiadores, sociólogos, politólogos—, llegaron a la conclusión de que el consenso constituyente de 1978 había periclitado. (...)

Para legitimar esta operación no encontraron mejor recurso que nacionalizar cada cual el pasado de su propio territorio, en unos preámbulos construidos según el género de “érase una vez”. 

Científicos sociales, más o menos marxistas en sus años jóvenes, todos muy viajados y muy cosmopolitas, se convirtieron en fervientes nacionalistas, dispuestos a aportar su grano de arena a esos cuentos de hadas, sonrojantes para cualquier historiador, que son los preámbulos de los estatutos de autonomía de 2006/2007. 

De las nacionalidades y regiones de la Constitución se pasó a realidades nacionales de los estatutos, con la vista puesta en una próxima conversión de todas ellas en naciones.  

(...) la disponibilidad de un puñado de historiadores, que rápidamente se mostraron muy deferentes con el poder y muy solícitos a la hora de convertir una historia compleja en la más simple de todas las historias jamás contadas, la de España contra Cataluña. (...)

Y así, requerido por el poder, acudió un plantel de historiadores a contar que ya desde principios del siglo XVIII, una nación, España, decidió exterminar por las armas a otra nación, Cataluña: la guerra de sucesión a la dinastía austriaca, liquidada con el triunfo de la dinastía francesa, se convirtió, por ese arte de birlibirloque en que son maestros los historiadores nacionalistas, en guerra entre dos naciones hechas y derechas, España y Cataluña: una invención en toda regla que habría merecido de Vicens la crítica que en su Noticia de Cataluña dirigió a “los historiadores románticos de uno y otro lado del Ebro” cuando presentaban lo ocurrido de 1705 a 1714 “desde un ángulo ajeno por completo al adoptado por aquellos antepasados nuestros”. 

Narrar el pasado respetando el ángulo adoptado por los antepasados es el arte y también la obligación del historiador. Pero si en lugar de narrar lo que, tras un arduo trabajo de indagación, descubre, el historiador presenta lo que, por coacción romántica o por acudir en auxilio del poder en plaza, inventa, entonces comete lo que parafraseando a Julien Benda podría llamarse la trahison des historiens. 

Nacionalizar el pasado con el propósito de remontar la existencia de la nación propia a tiempos inmemoriales para, de esa manera, legitimar una operación política es una traición de los historiadores a lo que constituye la médula de su oficio.  (...)"           (   , El País, 11 OCT 2015)