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26/9/23

'No me llame Ternera' desvela el pavoroso recorrido de sangre sin arrepentimiento de Josu Ternera... repite varias veces en la entrevista que "matar no está bien"... lo que podría parecer parte de un proceso de arrepentimiento, pero no es así... En la casa cuartel de Vic murieron diez personas, cinco eran niños. ETA lanzó un coche bomba con 200 kilos de amonal por una rampa desde donde se veía a los pequeños jugando. "Una actitud equivocada", dice Ternera. También califica de "error político y humano" el secuestro y asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco... "no entiendo muy bien el objetivo de esa acción"... De ninguna de estas muertes se arrepiente en la entrevista... Francisco Ruiz, el agente urbano que fue gravísimamente herido en el atentado contra el alcalde de Galdácano, Víctor Legorburu, vive en Ciudad Real, "noté que había un rechazo hacia mi persona, aquello me dolió en el alma, tanto como el atentado. Tomamos la decisión de marcharnos de Euskadi, nos fuimos como apestados"... Este hombre, su familia y todas los familiares y amigos de las víctimas que murieron a manos de ETA, los que sufrieron el rechazo social –por convicción o por miedo– en Euskadi, los que tuvieron que salir de allí, abandonar sus vidas, se merecen poder ver esta película, como la ve ahora Francisco Ruiz al lado de Évole

 "Sobrecogedor y al mismo tiempo de un extraordinario interés, el documento periodístico que contiene la película documental No me llame Ternera, donde se recoge una larga entrevista con Josu Urrutikoetxea, conocido como Josu Ternera, exjefe de la banda terrorista ETA, deberá guardarse con cuidado en los archivos de la memoria reciente de este país. El retrato que este hombre se hace a sí mismo contestando a las preguntas de Jordi Évole es pavoroso, lo mismo que el que ofrece de la desaparecida ETA.

Si todos los que han pedido a gritos que no se proyecte en el 71 Festival de San Sebastián –la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y Dignidad y Justicia, colectivos policiales, intelectuales como Fernando Aramburu y Fernando Savater…– hubieran visto la película antes de proclamar a los cuatro vientos que era "humillante" y que se blanqueaba la figura de un asesino, no habrían abierto nunca la boca, no se hubieran apuntado a una vergonzosa lista, la de los censores del siglo XXI. Afortunadamente la Fiscalía no les ha secundado.

 Esta es una de las entrevistas más interesantes de los últimos años y, mucho más, es necesaria y esclarecedora, puro periodismo sin artificios, sin un solo resquicio para la sospecha o la duda, sin falsedades, y moralmente impecable por parte de Jordi Évole y el equipo de la película. Un equipo que pone la cámara antes este hombre y pregunta a pregunta desvela un recorrido escalofriante de sangre sin arrepentimiento.

 "Preciso que ETA ha desaparecido", sentencia en un momento Josu Ternera, en esta entrevista que Jordi Évole invita a ver a Francisco Ruiz, el agente urbano que fue gravísimamente herido en el atentado contra el alcalde de Galdácano, Víctor Legorburu, en 1976. Josu Ternera reconoce en la película que participó en la organización del atentado –él lo llama acción–, aunque no disparó. No fue procesado por este asesinato, se benefició de la Ley de Amnistía de 1977 impulsada por el gobierno de Adolfo Suárez.

Uno a uno, Évole conduce por distintos episodios sangrientos al exdirigente de ETA, que repite varias veces en la entrevista que "matar no está bien". "Ni usted ni nadie me habrá oído decir que matar está bien, nunca", dice. "Matar no es un placer para nadie. Eso es una mochila que un hombre o una mujer llevará hasta el final de sus días. Evidentemente que yo arrastro esa mochila". Podría parecer parte de un proceso de arrepentimiento, pero no es así.

 Josu Ternera reconoce "errores" en algunos atentados de ETA, pero para todos ellos tiene una siniestra coletilla. Hipercor, 19 de junio de 1987. Un coche bomba en el aparcamiento del establecimiento en un barrio popular de Barcelona terminó con la vida de 21 personas y dejó 46 heridos. "Un error de la organización", dice Josu Ternera, que inmediatamente añade: "Pero el Estado no protegió a sus ciudadanos después de dos avisos".

 El mismo razonamiento siniestro tiene para el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza, el 11 de diciembre de 1987. Hubo 11 muertos, cinco de ellos niñas, y 88 heridos, la mayoría civiles. La excusa de Josu Ternera, aterradora, es que no hubieran muerto civiles si hubiera hecho caso al comunicado de ETA diciendo que desalojasen a las familias de las casas.

En la casa cuartel de Vic, el 29 de mayo de 1991, murieron diez personas, cinco eran niños. ETA lanzó un coche bomba con 200 kilos de amonal por una rampa desde donde se veía a los pequeños jugando. "Una actitud equivocada", dice Josu Ternera. También califica de "error político y humano" el secuestro y asesinato del concejal del PP Miguel Ángel Blanco –"no entiendo muy bien el objetivo de esa acción"– en julio de 1997. De ninguna de estas muertes se arrepiente en la entrevista.

Preguntado por el atentado por parte del Batallón Vasco Español contra él mismo y su familia en 1975 resulta una respuesta inquietante, "la espiral de violencia de los dos lados devino en una insensibilidad al sufrimiento de los demás, nos pasó a todos". Si en algunos momentos de la entrevista miente o no, en otros, sin duda, se equivoca, los ciudadanos españoles no fueron insensibles ante el sufrimiento de miles de personas.

 Hoy, gracias a esta entrevista, no lo serán los jóvenes españoles que descubran el pasado sangriento de nuestra historia reciente y ello será gracias a esta película, codirigida por Jordi Évole y Márius Sánchez, que demuestran todo lo que puede aportar el buen periodismo, aunque éste se intente silenciar. ¡Bien por el Festival de San Sebastián!

Josu Ternera –17 años fugado, llegó a ser diputado en el Gobierno vasco, pasó 12 años en la cárcel, más de 20 de clandestinidad– participó en las negociaciones para poner fin al conflicto y, según su testimonio, después abandonó ETA. Pero después, en 2018, el 4 de mayo, fue el hombre que leyó el comunicado de la disolución de la banda terrorista. "ETA surgió de este pueblo y ahora se disuelve en él".

Hoy Josu Ternera vive en Francia, en régimen domiciliario, a la espera de extradición a España, donde debe responder, entre otros delitos, por el atentado en contra la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. La Fiscalía pide 2.354 años de prisión.

Hoy Francisco Ruiz vive en Ciudad Real, donde se instaló tras el atentado en Galdácano en 1976. Allí llegó con seis años y después de cinco meses en el hospital luchando por su vida tras recibir doce disparos, "noté que había un rechazo hacia mi persona, aquello me dolió en el alma, tanto como el atentado. Tomamos la decisión de marcharnos de Euskadi, nos fuimos como apestados".

Este hombre, su familia y todas los familiares y amigos de las víctimas que murieron a manos de ETA, los que sufrieron el rechazo social –por convicción o por miedo– en Euskadi, los que tuvieron que salir de allí, abandonar sus vidas, se merecen poder ver esta película, como la ve ahora Francisco Ruiz al lado de Évole, y saber que existe ya para la memoria de nuestro país un documento grabado del larguísimo horror que instauró ETA."            (Begoña Piña , Público, 22/09/23)

22/6/23

"En Euskadi, hubo una realidad de exterminio. No sé qué hay que reconciliar"... A ver, yo sí entiendo y respeto la idea de reconciliación, aunque no sé muy bien qué hay que reconciliar si lo que hubo aquí fue una parte de la sociedad vasca que decidió que otra parte de la sociedad vasca no encajaba en su proyecto político independentista... En el País Vasco, lo que hubo fue una realidad de exterminio, en todas sus variedades, expulsándolos de tus fronteras, enmudeciéndolos o asesinándolos. Esas tres formas de exterminio fueron las que practicó ETA y amparó la izquierda abertzale. Muchísima gente enmudeció aterrorizada, muchos fueron expulsados, tuvieron que irse, y muchos fueron asesinados. No sé muy bien qué hay que reconciliar ahí... yo lo que digo es, "oye, que ya está bien, hemos convivido con vosotros cuando nos amenazabais, qué más queréis que hagamos, que nos abracemos…". No, mire, esto ya es una exageración: la convivencia cívica es esto, que nadie sea amenazado, que nadie sea asesinado, aunque discrepemos políticamente. Más que eso, no sé qué podemos hacer

 "Hace 20 años, un domingo de diciembre, al salir de una manifestación, Imanol Zubero se preguntó cómo sería el día después, cuando todo se acabase. En la pregunta, quizás estaba ya impregnado el escepticismo o la sospecha de que aquella unidad no duraría y, sobre todo, la incertidumbre sobre cómo se tendría que construirse una sociedad acostumbrada al miedo, al terror. Cómo pasar del tiro en la nuca y de los chivatos en el piso de al lado a la normalidad de poder discutir de ideas políticas en el mercado o en el bar. Imanol Zubero Beaskoetxea (Bilbao, junio de 1961) contempla esa desazón con el padecimiento personal de quien estuvo 12 años amenazado por ETA y la distancia profesional de un doctor en Sociología. 

Fue uno de los promotores de Gesto por la Paz y solo ha estado en política en una ocasión, en una de esas ofensivas finales de ETA en las que machaba las Casas del Pueblo a bombas. En marzo de 2008, ETA asesinó a un concejal socialista, Isaías Carrasco, cuando salió de su casa en Modragón, camino a su trabajo de cobrador en la autopista AP1, y Zubero aceptó, como gesto de apoyo, que el PSOE le incluyera en las listas del Senado como independiente por Vizcaya. Salió elegido, “un accidente electoral”, dice bromeando, y ahí se agotó la experiencia: “No sirvo para la disciplina política, por eso me expedientaron varias veces”. 

PREGUNTA. He llegado hasta usted por un artículo de prensa de hace 20 años en el que, tras una pancarta, "ETA kanpora" (ETA, fuera), se preguntó qué quedaría de esa unidad cuando ETA desapareciera. Y expresaba un deseo: “Que lo que ETA ha unido, que no lo separe nadie”. ¿Tiene respuestas hoy o alberga más dudas incluso que entonces?

 RESPUESTA. Lo que sé hoy es que contra ETA, los demócratas vivíamos mejor, en el sentido de que nos llevábamos mejor. Cuando todo el mundo se sentía amenazado, cuando se defiende la vida frente a la muerte, había líneas rojas de la disputa política que no se traspasaban, la solidaridad era cierta, no impostada, y eso ha desaparecido. Cuando se recuerdan aquellos años, los enfrentamientos políticos de hoy son muy tristes. La pregunta, por tanto, ya está contestada. 

Cuando Rajoy acusó a Zapatero de haber traicionado a los muertos y en el PSOE le decían que el PP estaba deseando que volviera ETA, significó pasar una frontera que nunca se debía haber pasado. Si tengo que contestar hoy a aquella pregunta, mi respuesta es que el terrorismo, y hasta el recuerdo de lo que pasó, se ha convertido en un arma política arrojadiza. Estamos en una especie de proceso sumarísimo global en el que se llega a que unas víctimas de ETA les digan traidoras a otras víctimas de ETA. Es terrible, una brutalidad. Y no tengo ninguna esperanza de que el terrorismo deje de ser objeto de confrontación política. 

P. También hace 20 años, nos hacíamos una pregunta que todavía no se ha contestado: ¿cómo tiene que ser la reconciliación en la sociedad vasca? Ni siquiera estamos seguros de que la palabra sea reconciliación, porque, como dice mi compañero Ignacio Varela, en el País Vasco no hubo una guerra civil. Quizá convivencia, pero ¿cómo?

R. A ver, yo sí entiendo y respeto la idea de reconciliación, aunque no sé muy bien qué hay que reconciliar si lo que hubo aquí fue una parte de la sociedad vasca que decidió que otra parte de la sociedad vasca no encajaba en su proyecto político independentista. Eso incluye también a la sociedad española. La cuestión es que determinó que era una parte sobrante de la sociedad y, por tanto, exterminable. En el País Vasco, lo que hubo fue una realidad de exterminio, en todas sus variedades, expulsándolos de tus fronteras, enmudeciéndolos o asesinándolos. Esas tres formas de exterminio fueron las que practicó ETA y amparó la izquierda abertzale. Muchísima gente enmudeció aterrorizada, muchos fueron expulsados, tuvieron que irse, y muchos fueron asesinados. No sé muy bien qué hay que reconciliar ahí. Es más, Euskadi nunca ha sido el Ulster; aquí no había dos comunidades enfrentadas. Cuando ETA asesinaba, ya existía una convivencia cívica de la sociedad vasca, bien es cierto que muy pervertida, porque la sociedad aterrorizada hacía un esfuerzo por convivir.

P. Entonces, ¿en qué debe consistir el siguiente paso, a partir de que ETA deja de asesinar?

R. Ya le digo que lo de la reconciliación no sé muy bien en qué consiste… La izquierda abertzale dice eso de que tenemos que conseguir la auténtica convivencia, yo lo que digo es, "oye, que ya está bien, hemos convivido con vosotros cuando nos amenazabais, qué más queréis que hagamos, que nos abracemos…". No, mire, esto ya es una exageración: la convivencia cívica es esto, que nadie sea amenazado, que nadie sea asesinado, aunque discrepemos políticamente. Más que eso, no sé qué podemos hacer.

P. ¿Usted entiende la estrategia de pactos y de acercamiento a Bildu del presidente Pedro Sánchez?

R. Yo entiendo esa estrategia en términos políticos y electorales. Además, es un debate viejísimo: cuando existía ETA, también nos planteábamos constantemente qué hacer con Herri Batasuna o Euskal Herritarok. Y tampoco es algo exclusivo de España, también se plantea en Europa con grupos radicales que cuestionan los derechos y, sin embargo, están en las instituciones porque los votan los ciudadanos, qué hacemos, los aislamos, los ignoramos… Y en todo caso, lo de aislarlos o ignorarlos siempre será relativo, porque es una fuerza política que ya está ahí. Yo creo que Pedro Sánchez piensa en las políticas socialistas, que son políticas democráticas, y busca apoyos donde los tiene. Lo que podremos entender es que no renuncie a ese apoyo para fortalecer a quienes le hacen oposición. ¿Aceptaría el PP que un número igual al de los diputados de Bildu se abstuviera en cada votación para que el Gobierno sacara adelante sus políticas? Parecería un juego infantil…

 P. Hombre, hay un punto medio, pactar con Bildu siempre que no afecte a políticas de los presos etarras ni del pasado etarra, o que no se quiera decir nada para no ofenderlos, como ha ocurrido en esta polémica de asesinos en listas electorales. Pactar con líneas rojas muy claras.

R. Si mira usted hacia atrás, verá que la polémica surge cuando nos alertan las víctimas del terrorismo, gracias a su vigilancia permanente, porque el debate era otro, otros temas. En realidad, incluso, podemos decir que nuestra capacidad de atención hacia el pasado terrorista de este país está bastante desactivada. Y cuando la polémica salta a los medios de comunicación, e insisto de nuevo en que tenemos que estar agradecidos a las víctimas, no creo que nadie haya dicho que estaba bien que Bildu pusiera a condenados de ETA en sus listas. Lo importante es el resultado final, que las personas con delitos de sangre se hayan visto forzadas a renunciar, cuando salgan elegidas. Me quedo con que la democracia ha triunfado y la democracia ética, también. Quiero detenerme en eso, me interesa más que el análisis sobre quién lo ha hecho mejor o peor desde su posición política. Yo quiero centrarme en Bildu y hacerles ver que ahora están exigiendo lo mismo que ellos amenazaban, aterrorizaban y asesinaban. En vez de deslegitimarnos nosotros, pongamos el foco en Bildu.

P. No sé si le entiendo con eso de que Bildu hace ahora lo mismo que hacían las fuerzas democráticas frente a ETA…

R. Otegi decía el otro día que son víctimas de una campaña para impedirles hacer política. En ese momento es cuando hay que decirles, pues eso mismo es lo que pedíamos nosotros y la respuesta era el asesinato. Me parece terrible y tendríamos que centrarnos en hacérselo ver. Qué mayor deslegitimación del terrorismo podemos encontrar que en esto que ha pasado. Esta debería ser la demostración para ellos de que ETA nunca debió existir. Los asesinados por ETA lo que reclamaban es lo que Bildu pide ahora, libertad para hacer política. Eso es terrible.

P. ¿Usted cree que podemos esperar que Bildu diga una vez eso, que ETA nunca debió existir? ¿Ha cambiado realmente la izquierda abertzale?

R. Para afirmar que ha cambiado, no hay más que fijarse en lo que ya no hay. El cambio objetivo es evidente. Ahora bien, que lleguen a decir que ETA nunca debió existir es otra cosa. Pero no podemos dejar de reclamarlo: desde el primer asesinato del guardia civil José Antonio Pardines, ETA fue un horror y nunca debió existir. Desde el minuto uno. ¿Lo van a decir? Pues no creo, aunque igual llega el momento. Tampoco me esperaba que retirasen a los candidatos con delitos de sangre, porque el sector más duro no creo que lo tolere. En Sortu, lo ocurrido les parecerá una traición, una bajada de pantalones, porque para ellos son héroes. 

 P. En fin, que usted no piensa que los pactos del PSOE estén blanqueando a Bildu…

R. Lo que pienso es que hay que ser especialmente escrupulosos con esto, que los pactos sean todos con luz y taquígrafos, y que hay que analizarlos uno a uno, porque si son pactos democráticos, son legítimos. No son esos pactos del PSOE los que blanquean a Bildu, sino las polémicas en las que se les atribuye el mérito de ser más listos que nadie y de estar ganando. Ellos son los representantes del fracaso histórico de la izquierda abertzale, porque apostaron por el asesinato en vez de por la democracia. Y los blanqueamos, aunque no me gusta esa expresión, cuando decimos que todo lo que hacen es un éxito. No les digamos más que triunfaban cuando ETA asesinaba y que han seguido triunfando después, no les demos ese protagonismo. Porque no es verdad, no han dejado más que dolor y daño y es la democracia la que se impone siempre.

P. La renuncia de los terroristas a estar en los ayuntamientos hay quien lo interpreta como una jugada estratégica de Bildu para acaparar más electorado del PNV.

R. Es evidente que el objetivo de Bildu es sustituir al PNV, eso está en su raíz histórica de izquierda abertzale, pero su ambición no es atraer al electorado del PNV sino al electorado nuevo que se incorpora a las urnas, sin memoria del pasado reciente. El caladero de votos que busca Bildu es el que, en su día, votó a Podemos y fue la primera fuerza política en Euskadi en unas elecciones generales, incluso en Bilbao. Por eso, cada vez refuerzan más el perfil de medidas sociales, que es el trabajo que hacen en el Congreso de los Diputados. Por eso le digo que, desde mi punto de vista, ha sido un error de Bildu, una banalización del daño que han causado, porque pensaban que ya podían hacer cualquier cosa, que se había pasado página. Y no esperaban esta reacción contraria de la sociedad. Ahora están en medidas sociales y han dejado a un lado el discurso nacionalista, hasta que lo tengan que sacar otra vez.

P. Pues pensar que sea mayoritaria una Bildu así, que se camufla con medidas sociales pero sigue considerando héroes a los asesinos, es un panorama aterrador.

R. Hombre, aterrador… Moralmente es desasosegante, desde luego, pero es el monstruo al que debemos mirar a los ojos, es el abismo que se ha construido en esta sociedad. Pero al margen de eso, y nunca debemos desatender la consideración moral, en el único aspecto en el que yo veo un riesgo serio para la convivencia en Euskadi en el futuro es en la gestión del idioma, del euskera. Ahí es donde veo yo un peligro importante de aceptación de la diversidad creciente de esta sociedad, que cada vez se ahonde más en esa idea de que el idioma es la esencia de un pueblo. La mayoría de la gente en Euskadi tiene como idioma el castellano, incluyendo familias vascas de muchas generaciones. En todo lo demás, como el sueño independentista, sinceramente no veo que pueda prosperar. Ni Euskadi tiene escala para ser independiente ni el nacionalismo responde a ese delirio, porque cuanto más se aprieta la identidad nacional, menos gente hay, como se vio en Lizarra con Ibarretxe.

P. Dígame una cosa, como sociólogo: ¿qué pasa en la sociedad vasca para que haya un porcentaje tan alto de gente que apoyaba a ETA cuando mataba y ahora la sigue ensalzando?

R.No creo que haya una antropología vasca y una moral vasca distintas a las que son genéricas del ser humano. En otras circunstancias históricas, como el nazismo o el franquismo, se reproducen comportamientos así, de gente que calla, que mira hacia otra parte, que colabora… Piense en algo distinto, que no tiene nada que ver con lo que estamos hablando: una playa en España en la que se ven los cadáveres de algunos inmigrantes al lado de gente que está tomando el sol. Yo recuerdo muchas concentraciones de protesta, a lo mejor después de un asesinato, en las que estábamos 20 personas con una pancarta y por delante de nosotros pasaban miles que ni siquiera nos miraban. Eso es terrible. La primera vez que salimos en mi pueblo con Gesto por la Paz, éramos dos personas. O se ponía un grupo numeroso enfrente de vecinas y vecinos, que luego nos íbamos a encontrar por la calle, que nos insultaban. Y si alguien hubiera dado la orden de ir a por nosotros, nos hubieran machacado. Ese fenómeno evidente de inmoralidad tiene que ver con el fanatismo. ¿Se hubiera dado el mismo porcentaje en otras sociedades que hubieran vivido lo mismo? No lo sé, no lo sé… En todo caso, lo que demuestra la inmoralidad de ahora, cuando ya no está ETA, es que la sociedad vasca ha salido profundamente dañada del terrorismo.

P. Acabo con otra de las preguntas que se hacía hace 20 años: ¿cómo convivir con las víctimas, con el dolor, con el sufrimiento? Decía usted entonces que las víctimas de ETA tienen que ser incómodas.

R. Sí, sí, claro. La función fundamental de las víctimas no es decir qué hay que hacer o no en política o en economía; la misión principal de las víctimas de ETA es ser incómodas, porque deben recordarnos siempre que en esta sociedad hay una enorme grieta. Nos tienen que recordar, no solo el pasado, sino el futuro, porque esa es la historia de Euskadi, la que ellos representan, la de gente que estaba de sobra. Y cada vez que se hacen políticas, tienen que recordar que podemos volver a caer en eso. La sociedad vasca puede llegar a ser muy autocomplaciente, porque tiene las mejores ratios en muchas materias, pero también tiene víctimas. Y eso deben recordarlo permanentemente, que en nombre de Euskal Herria a ellos los convirtieron en víctimas. Consuelo Ordóñez, presidenta de Covite, el colectivo de víctimas del terrorismo, me parece un ejemplo, la admiro, capaz de criticar a unos y a otros, a todos, pero siempre incómoda porque nos recuerda el dolor y la dignidad. Si una víctima no es incómoda es una víctima domesticada.

P. En estos años, se da la paradoja de que existe una producción literaria y audiovisual como nunca sobre la barbarie etarra y, sin embargo, el temor es justo el contrario, que se está olvidando lo ocurrido.

R. Es cierto, hay muchísimas publicaciones, como nunca, pero todo esto es narrativa y es historia, y no siempre tiene que ver con la memoria. La memoria tiene que ser una memoria vivida y la historia es como una memoria externalizada. Existe una disonancia real entre la abundante narrativa sobre ETA y la memoria sobre ETA, que se está perdiendo. Y, de hecho, no sé si es posible enmendarlo. Hay una memoria que se vive como espectáculo y otra que funciona como espejo; esta segunda es la importante, en la que nos vemos reflejados. Una vez más: por eso es tan importante el papel de las víctimas de ETA, para que nos incomoden con la memoria de lo que sufrieron. Sería bueno, incluso, que cada vez más nos detuviésemos en el detalle de cada víctima de ETA, de cómo se llamaba, de cuál era su familia, de cómo lo mataron…"                 (Javier Caraballo, El Confidencial, 18/05/23)

12/11/21

Martín Alonso: No ha habido un proceso similar a la desnazificación en Alemania tras la desaparición de ETA. Tampoco ha habido acuerdo entre los distintos partidos para oficializar ese final, que es algo triste y sintomático del sectarismo imperante... el discurso que pronunció Otegi con motivo del décimo aniversario del fin de ETA no merece ni una millonésima parte de la atención que se les ha prestado. Forma parte de un tacticismo de su colectivo, que se dirige hacia legitimación retrospectiva en términos prácticos... Las víctimas están de paso, y a modo de concesión para la galería... No hay ningún tipo de sintonía entre las palabras proferidas acerca del daño y la propia expresión no verbal del emisor. No hay signo de aflicción, de sentimiento... En casi todos los procesos de salida de la violencia las víctimas son el precio principal. Ha ocurrido aquí y en otros sitios... Que los que matan llamen fascistas a los asesinados o a los familiares de los asesinados denota una degradación moral muy honda... ETA ha sido lo más parecido en términos de análisis político a una organización fascista por sus elementos totalitarios

 "Martín Alonso Zarra (Ávila, 1951) asegura, como Tony Judt, que el nacionalismo es el germen de todos los errores -y horrores- que han asolado a Occidente durante el último siglo. Y lo dice con conocimiento de causa.

El filósofo, sociólogo y psicólogo, doctor en Ciencias Políticas, ha dedicado toda su obra a reflexionar sobre el mito, la identidad de grupo y la retórica de la violencia, que son el abecé de todo proyecto nacionalista.

 Ese compromiso lo ha reconocido COVITE otorgándole el XX Premio Internacional por su "sólida e impecable trayectoria intelectual en la que ha analizado minuciosamente los discursos legitimadores de la violencia terrorista".

 ¿Entraría dentro de esta consideración el discurso que pronunció Otegi con motivo del décimo aniversario del fin de ETA?

Ni Otegi ni esa declaración merecen una millonésima parte de la atención que se les ha prestado. Forma parte de un tacticismo de su colectivo, que se dirige hacia legitimación retrospectiva en términos prácticos. En los cinco puntos de la declaración no hay ningún elemento novedoso. Uno de ellos, sólo uno, hace referencia a las víctimas. Los otros tienen que ver con el autobombo y el repertorio habitual. El último, de hecho, incide en el "conflicto", que es ese talismán misterioso y milagroso que todo lo explica. Las víctimas están de paso, y a modo de concesión para la galería.

A mí me llama la atención la escenificación, la artificiosidad del discurso. No hay ningún tipo de sintonía entre las palabras proferidas acerca del daño y la propia expresión no verbal del emisor. No hay signo de aflicción, de sentimiento. Y todo lo que ha pasado después ha confirmado esta disociación. Todo lo que se hable de esa declaración y de Otegi sólo sirve a su marketing político.

Apunta usted algo interesante: más allá del contenido del discurso está el continente. En este sentido, no hay que olvidar que Arnaldo Otegi y Arkaitz Rodríguez son ex miembros de ETA. Un mal recipiente para el mensaje.

Ciertamente hay que pedir las credenciales al emisor. Las personas nos equivocamos y tenemos derecho a cambiar y a una segunda oportunidad, pero no es el caso de estas personas. Otegi ha elogiado el papel de algunas víctimas a propósito de un filme reciente, Maixabel, pero no ha dicho nada de los arrepentidos que hablaban con ella.

¿Qué sucede? Quiere dar a entender que hay víctimas excelentes, que son las que perdonan, ¿pero acaso no hay presos excelentes? ¿Y estos quiénes son? ¿Los que reciben los ongi etorris y el apoyo de quienes se manifestaron el sábado pasado en San Sebastián o los que hablan con Maixabel?

Otegi no tiene legitimidad, habla del legado letal de ETA como si fuera una cosa que acaeció, como un accidente meteorológico. Pero no. ETA actuó así porque había una estructura discursiva de legitimación, y porque había actores dispuestos a diseñar objetivos. Y hablo de objetivos en la doble acepción: los objetivos como fines etnonacionalistas y las dianas, personas que había que eliminar porque estorbaban. La autocrítica es una tarea pendiente que no parece estar en los planes inmediatos del sector de la sociedad vasca que representa Otegi.

Durante la marcha proetarra que se celebró el sábado pasado en San Sebastián algunos de los manifestantes cantaron a víctimas de ETA -Covite- "vosotros, facistas, sois los terroristas".

Desgraciadamente este no es un hecho diferencial vasco. ETA utilizaba el término fascista del mismo modo que lo utilizan los sectores hiperventilados del procés en Cataluña contra Impulso Ciudadano, Asociación por una Escuela Bilingüe, Sociedad Civil Catalana, S'ha Acabat o cualquiera que no esté de acuerdo con el credo independentista. En el País Vasco todos los señalados por ETA eran sistemáticamente tildados de una lista larga de conceptos denigrantes, desde txakurra ("perro" en euskera) a españolista o fascista.

Esta inversión del lenguaje es típica de todos los credos violentos, porque autoriza a matar o dañar atribuyendo connotaciones negativas al destinatario. Que los que matan llamen fascistas a los asesinados o a los familiares de los asesinados denota una degradación moral muy honda.

Hoy en día se habla mucho de "discurso de odio", pero rara vez para atribuírselo a los nacionalismos periféricos.

El discurso de odio es una práctica que, como decía Descartes del sentido común, está muy repartida. Lo que como sociedad importa es adoptar las medidas y las prácticas preventivas necesarias para que estas formaciones tóxicas no tengan espacio. Es bien sabido que las redes sociales favorecen este clima de hooliganismo, que luego se traslada a la política, a los medios y a los periodistas. Los discursos de odio aprovechan esa ventana de oportunidad. Habría que abandonar el sectarismo en las atribuciones y combatir los discursos tóxicos en vez de preguntar si son de los míos o de los otros. 

Han pasado ya diez años desde la Conferencia de Aiete. Usted se ha referido a ella como "una coreografía de impunidad" que facilitó "una salida airosa" a una banda terrorista ya derrotada.

Aiete se ha convertido en un elemento talismánico. Por eso la declaración de Otegi del pasado 18 de octubre tiene lugar ante la fachada del Palacio. Sólo hay que fijarse en la teatralidad, en la puesta en escena. Fue todo ensayado, lo que pone en cuestión la sustantividad de la propia declaración. Otegi sigue refiriéndose a las personalidades que se reunieron ahí en 2011, como si ese fuera un argumento que avalara su causa, pero fue un trampantojo.

Cuando hablo de "impunidad" me refiero a la aspiración de autojustificación, de autoblanqueo, de desvío de la atención. Y en esa aspiración Aiete sirvió de decorado. Hay un factor indicativo: de todas las personalidades que estuvieron en Aiete y que defendieron que la sociedad tenía que caminar hacia la reconciliación, ninguna ha tenido ni un mínimo gesto de acercamiento a las víctimas. Es más, algunas de ellas sin conocerlas, sin tratarlas, sin interesarse por ellas, las han descalificado.

 Jonathan Powell, uno de los presentes, ha insistido en que las víctimas están demasiado politizadas. Qué paradoja. Se oculta la dimensión política del terrorismo de ETA, que es algo en lo que ha insistido mucho, por ejemplo, Joseba Arregi. En las víctimas hay sensibilidades políticas de todo tipo, pero para los actores de Aiete ninguna de las asociaciones ha merecido el esfuerzo de un acercamiento.   

En estos diez años, ¿cree que la izquierda abertzale ha dado los pasos necesarios para ser aceptada como un interlocutor válido por parte del Gobierno de España?

No. Pero hay que señalar que los procesos de salida de la violencia son terriblemente complejos. También tenemos pendientes en España miles de fosas comunes sin atender y que son una exigencia de todos los acuerdos internacionales. Insisto, los procesos de salida de la violencia son siempre complicados.

El presidente de Serbia, Aleksandar Vučić, estuvo con Milosevic en los años duros y es negacionista del genocidio de Srebrenica. Pero no sólo en Serbia. El presidente de Eslovenia era ministro del Interior cuando se negaron derechos civiles a más de 20.000 yugoslavos porque no eran étnicamente eslovenos. 

Las salidas son complicadas y lo que hay que tener claro es el horizonte normativo: verdad, justicia y reparación. Acercarse todo lo posible a este horizonte evitando las teatralizaciones, las escenificaciones y las atribuciones de éxitos y medallas por ver quién terminó con la violencia. En el final de ETA el protagonismo lo tuvieron las instituciones del Estado. Y eso lo deberían reivindicar hoy todos los partidos. El Estado se impuso con sus instituciones, con la Justicia, con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y con el impulso de una parte de la sociedad civil.

¿Qué papel jugó la sociedad civil en el final de ETA?

Es difícil de precisar, sobre todo porque ha habido diferentes estratos. Quienes sí jugaron un papel notable fueron aquellas organizaciones que constituyeron tejido asociativo: Gesto por la Paz, Basta Ya, Foro Ermua, Denon Artea… También fueron importantes las movilizaciones que surgieron a partir del asesinato atroz de Miguel Ángel Blanco, y que fueron paralelas a la eficacia policial y a la desaparición del GAL, que fue un elemento que dio oxígeno a ETA durante años y facilitó el reclutamiento de activos etarras.

Hubo una parte de la sociedad civil que respondió y otra que, como es obvio, vivió tranquilamente en esos años de violencia y por eso tampoco tienen mucho interés ahora en hacer una revisión crítica del pasado.

¿Qué queda de ETA hoy?

De entrada, hay que felicitarse de que ya no haya muertos ni coches bomba. La organización terrorista ha desaparecido, pero hay elementos que permanecen. En primer lugar, no se ha impugnado el programa político que la justificó. Eso queda. En segundo lugar, hay ciertos actores políticos muy vinculados a ETA que no han revisado su propia biografía con la óptica de una reconducción ciudadana. Y en tercer lugar, las víctimas de ETA no dejan de serlo porque ETA haya desaparecido.

Si ETA ha sido lo más parecido en términos de análisis político a una organización fascista por sus elementos totalitarios, los rastros quedan ahí y seguramente uno de los datos más preocupantes de lo que está pasando es que ese sector que justificaba la violencia tiene ahora un notable apoyo social, como muestran los resultados electorales. 

Ahí entramos en una cuestión social. En una democracia como la española, que no es militante, estos actores disfrutan de cierta ventaja porque se aprovechan de las estructuras de oportunidad que ofrece.

  No ha habido un proceso similar a la desnazificación en Alemania tras la desaparición de ETA. Tampoco ha habido acuerdo entre los distintos partidos para oficializar ese final, que es algo triste y sintomático del sectarismo imperante. Los oportunismos y los tacticismos no son una buena lección cívica ni democrática.

¿Cree que las víctimas gozan de la consideración y el respeto que merecen?

En casi todos los procesos de salida de la violencia las víctimas son el precio principal. Ha ocurrido aquí y en otros sitios. Las víctimas no tienen esa presencia por varios motivos. Desde el lado de los perpetradores, porque les interesa que desaparezcan del foco. Pero también hay parte de la sociedad que alega que hay víctimas con posiciones que desentonan, que crispan. Es curioso: las víctimas que tanto tardaron en aparecer, que durante años no existieron, parece que ya sobran, que estorban.

Pero su importancia es fundamental. Por eso creo que hay que recordar la Ley 29/2011 de Reconocimiento y Protección Integral a las Víctimas del Terrorismo. Su preámbulo merece ser releído. 

Las víctimas tienen un doble valor: porque tenemos una deuda con ellas, porque ninguno hemos hecho méritos para no ser una de ellas, y porque representan a toda la sociedad. Los asesinos podían habernos asesinado a cualquier otro para desestabilizar el Estado. Por eso los años más sangrientos son los años de la Transición, de conformación de la democracia. Y por eso quienes siguen aduciendo que ETA nació contra Franco y para defender la democracia beben de una impostura. (...)"                              (Entrevista a Martín Alonso, Marcos Ondarra, El Español, 01/11/21)

14/10/21

El origen de ETA fue un fanatismo nacionalista, construido sobre una patria mitológica y una identidad etnicista excluyente... ETA fue, objetivamente, una organización golpista durante los años de construcción democrática de España... otro de los grandes mitos de esta tragedia es la que atribuye a la sociedad vasca la victoria sobre ETA. Realmente tenemos que reconocer que la reacción social a la violencia fue tardía y débil... Hoy el País Vasco vive relajado y feliz... la pretensión independentista se ha reducido al 20% de la población... Nadie quiere responder esta pregunta tan incómoda que —desgraciadamente— nuestros hijos no nos hacen: ¿cómo fuisteis capaces?... Cabe preguntarse para qué tanta tragedia

 "Han pasado ya 10 años desde que ETA anunciara “el cese definitivo de su acción armada”. Fue una tarde memorable. Estábamos en Vitoria e íbamos a iniciar un debate electoral con Alfonso Alonso (PP) y Emilio Olabarría (PNV). Decidimos suspenderlo y tomarnos unas cervezas con los asistentes. Siempre creímos que un día así nunca llegaría. (...)

Al comienzo de esta tragedia, muchos creyeron que había razones para su lucha. Fue el primero de muchos errores. Nunca lucharon por la democracia española. Es más, luego la combatieron a sangre y fuego. (...)

Su origen fue un fanatismo nacionalista, construido sobre una patria mitológica y una identidad etnicista excluyente. Situarlos en el marxismo-leninismo fue también equivocado. Creer que su lucha era revolucionaria engañó a demasiados, demasiado tiempo.

Su error, su inmenso error, fue despreciar la enorme generosidad de la amnistía, que no dejó ni uno solo de sus presos en la cárcel y las enormes avenidas de libertad y de autogobierno que configuraron la Constitución y el Estatuto de Gernika a finales de los años setenta. Desprecio agresivo y brutal porque su estadística asesina es elocuente: 74 asesinatos entre 1968 y 1977 y casi 800 entre 1978 y 2011, con particular incidencia en los años 1978 a 1984 con 390 asesinatos.

 Nunca se les ha llamado así, pero ETA fue, objetivamente, una organización golpista durante los años de construcción democrática de España. Sus intencionados ataques a mandos militares y a políticos y guardias civiles, día sí, día también, buscaban objetivamente provocar a los aparatos fácticos del Estado, en una espiral “acción-represión” en la que, desgraciadamente, también cayó una democracia débil, asediada y demasiado aislada en el País Vasco de entonces.

El gran salto de paz lo dimos con el Pacto de Ajuria Enea. Otorgar al nacionalismo vasco el liderazgo en la deslegitimación social de la violencia (Ardanza: “No compartimos con ellos ni métodos ni fines”), e introducir en el país una nueva línea divisoria entre demócratas y violentos que sustituyó a la nefasta separación entre nacionalistas y no nacionalistas, fue definitivo en la superación del magma social que promovía o amparaba la violencia. Aquel Gobierno de coalición, PNV-PSE (PSOE), construido en gran parte sobre la generosidad socialista, inició otra etapa que resultó clave en la derrota final del terrorismo.

 Durante muchos años la democracia permitió la coexistencia del brazo político de la banda, creyendo y esperando que la violencia desaguara a la política. La disolución de ETA Político-militar a comienzos de los años ochenta y la creación de Euskadiko Ezkerra (gracias a Mario Onaindía, Juan María Bandrés y Juan José Rosón) animaron esta convicción. Hasta que descubrimos que esa confianza era ingenua. En 2002, fruto del Pacto antiterrorista, decidimos ilegalizar su partido y su entorno social. Rectificar fue un acierto. 

La experiencia nos había demostrado que aprovechaban los espacios legales para retroalimentar y reforzar socialmente su violencia. De hecho, la ilegalización y la persecución judicial de su entorno ayudó a que emergiera en Batasuna una fuerte corriente política interna que reclamaba el fin de la violencia, antes de que esta arruinara su causa. Ellos ayudaron también a buscar el final.

Han pasado muchos años y mucho sufrimiento, pero el final ha sido extraordinario. Mirando atrás, con la perspectiva de estos 10 años que han hecho irreversible la paz, nadie puede dudar de que la democracia española también superó este difícil reto. No hubo concesiones políticas. Sus presos cumplen sus penas y las víctimas ocupan la centralidad del relato. Ningún país de los que han sufrido fenómenos semejantes ha logrado un final tan limpio, tan rotundo, sin perjuicio ninguno a la justicia y al Estado de derecho. 

Que su entorno político participe de la democracia y de sus instituciones es la mejor manifestación de nuestra superioridad moral. “O votos o bombas”, decía Alfredo Pérez Rubalcaba, con esa inteligente sencillez con que resumía ideas complejas. Su renuncia a la violencia les otorgaba el derecho a la representación política que obtuvieran con sus votos. Por eso, resulta lamentable que algunos se empeñen en conceder a la violencia un triunfo que nunca obtuvo y devaluar, o peor, cuestionar así, la victoria de la democracia sobre el terror.

 Otro de los grandes mitos de esta tragedia es la que atribuye a la sociedad vasca la victoria sobre ETA. Realmente tenemos que reconocer que la reacción social a la violencia fue tardía y débil. Muchos vivimos la soledad de las víctimas y la frialdad política y eclesiástica del país durante muchos años como para poder decirlo. La reacción social contra ETA comenzó realmente en julio de 1997 cuando secuestraron y mataron a Miguel Ángel Blanco y se organizó en defensa de las víctimas con la creación del ¡Basta Ya! a principios del nuevo siglo. 

Fue importante en la fase final de la violencia, pero a ETA la venció la policía, desarticulando sus comandos y sus cúpulas, y convenciéndoles así de la imposibilidad de su triunfo y por tanto de la inutilidad de su lucha. En ese contexto, la aparición del terrorismo yihadista, el fin de la violencia en Irlanda, la presión interna de sus cuadros políticos y una escenificación internacional hábilmente gestionada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y Rubalcaba, hicieron el resto.

 Hoy el País Vasco vive relajado y feliz. Tal y como pensábamos muchos, la pulsión radical se ha atenuado. El nacionalismo es mayoritario, pero su mayoría está limitada por la moderación y condicionada a su pragmatismo. Los sentimientos identitarios siguen siendo muy fuertes, pero la pretensión independentista se ha reducido al 20% de la población, algo menos de la mitad de lo que las encuestas mostraban hace 10 años.

Cabe preguntarse para qué tanta tragedia. En No digas nada, una buena fotografía literaria del terrorismo irlandés, Patrick Radden narra el momento en el que los dirigentes del IRA dan cuenta a sus militares de los Acuerdos de Viernes Santo. Dolours Price, una de las históricas militantes, pregunta finalmente: “¿Se nos está diciendo que, visto lo visto, nunca deberíamos haber emprendido la lucha armada?”. Los paralelismos son evidentes.

Al final de Patria, una excelente novela de Fernando Aramburu y una buena serie de televisión, las dos mujeres protagonistas de la historia, la viuda del asesinado y la madre del etarra, amigas antes y enemigas después, se cruzan en la plaza del pueblo, a la salida de misa, y se dan un abrazo. Es un abrazo ligero, tenue, casi obligado por el encuentro fortuito. Parece un abrazo de reconciliación, de perdón, pero no llega a tanto. Sin embargo, expresa bien dos sentimientos que inundan la sociedad vasca a los 10 años del final del terrorismo. 

De una parte, cierta generosidad que impregna el corazón de la mayoría, deseosos de construir una sociedad que supere las heridas abiertas por esta tragedia de cuarenta años. De otra, el olvido, la huida del pasado, una especie de fuga hacia el futuro que aleje de nuestros recuerdos tanta desgracia y tanta culpa. Nadie quiere responder esta pregunta tan incómoda que —desgraciadamente— nuestros hijos no nos hacen: ¿cómo fuisteis capaces?"                   (Ramón Jaúregui, El País, 13/10/21)

4/8/20

Óscar Guardingo: El relato de que Otegi y Josu Ternera acabaron con ETA es intragable. Fue la sociedad vasca y española quien hizo inviable su continuidad. Lo consiguieron pacifistas de Gesto por la Paz y las fuerzas de seguridad. Bienvenidos sean a la política, pero no que no cambien la historia

Óscar Guardingo @oguardingo 

Así se abrió paso Gesto por la Paz. Al principio eran un puñado de pacifistas que fueron recibidos con indiferencia y hostilidad. Poco a poco fueron abriendo una brecha en la sociedad vasca, que le acabó dando la espalda a ETA.

La Coordinadora Gesto por la Paz fue una plataforma pacifista, cívica, pluralista e independiente que ´daba una respuesta civil a los atentados de ETA. Nació...




A ETA solo le quedaba aceptar su derrota o enquistarse. Cualquier abrazo, cualquier medalla debe ser para aquellos activistas de la sociedad civil.


Sobre Otegi? hacia el futuro a hacer política, a veces para coincidir y a veces para discrepar. Hacia el pasado, ninguna concesión

Que pronto se ha olvidado a Gesto por la Paz. Desde la derecha y desde la izquierda.

1:59 p. m. · 3 ago. 2020
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Óscar Guardingo @oguardingo 

El relato de que Otegi y Josu Ternera acabaron con ETA es intragable. Fue la sociedad vasca y española quien hizo inviable su continuidad. Lo consiguieron pacifistas de Gesto por la Paz y las fuerzas de seguridad. Bienvenidos sean a la política, pero no que no cambien la historia

11:41 a. m. · 3 ago. 2020
142 Retweets y comentarios 430 Me gusta

Gonzalo Caro Sagüés @gcaro31
En respuesta a @oguardingo

Una cosa no quita la otra. Eguiguren , que algo sabrá , lo cuenta muy bien en su libro sobre la negociación.


Óscar Guardingo @oguardingo

Evitaron que se produjeran escisiones que continuaran una actividad terrorista de más baja intensidad. Pero a ETA la derrotan desde fuera, cuando la sociedad vasca dice que ya basta, y cuando las fuerzas de seguridad desarticulan comando tras comando. Eso es inapelable.

Toni Campos Alos @ToniCamposAlos
En respuesta a @oguardingo

Te suena el "IRA autentico" ??? Pues que no exista la ETA autentica, post ttregua tiene que ver con esas dos personas. ETA caia sola , pero las excisiones de iluminados eran el peligro.


julianpareado @julianfuturama
En respuesta a @oguardingo y @martindonato

Vamos a ver, lo consiguió la policía (cada 6 meses detenían a la cúpula de ETA). Y la sociedad vasca les demostró que estaban hasta las narices de ellos. Otegui y Ternera solo fueron los que apagaron la luz antes de cerrar.


Juan @spanishscofield

Un abrazo a Josu Ternera por haber dejado de ordenar asesinatos. Todo un detalle por su parte.

6/2/20

Franco contaba con el apoyo de un alto porcentaje de la burguesía y las clases populares y la adhesión del carlismo vasco... en el País Vasco... la represión franquista causó 1.800 víctimas mortales en todo el País Vasco... sólo en Málaga 7.471, en Badajoz 8.914, en Sevilla 12.507... está claro a quién Franco consideraba su principal enemigo...

“No hay una relación causal entre la represión franquista tras la Guerra Civil y el nacimiento de ETA y su opción por las armas”, sostiene el historiador Gaizka Fernández Soldevilla. “De hecho, en el País Vasco, la represión franquista causó entre 1.660 y 1.800 víctimas mortales. 

Se trata de una cantidad de asesinatos muy inferior a la registrada en Málaga (7.471), Badajoz (8.914) o Sevilla (12.507), por nombrar las tres provincias más castigadas por los sublevados”, asegura el historiador bilbaíno.

 En su libro La voluntad del gudari. Génesis y metástasis de la violencia de ETA, Gaizka Fernández desmonta el mito invocado recientemente por ETA de que Euskadi fue víctima de una limpieza étnica, idea que conecta con la tesis del ultranacionalismo vasco según la cual “España” —no el franquismo, parte de los españoles y de los vascos y catalanes, sino España—, sumó el genocidio lingüístico y cultural al militar y policial con el propósito de borrar a la nación vasca de la faz de la tierra. Para el historiador, la dictadura nunca fue un régimen ajeno al País Vasco y a Navarra. 

“Contaba con la bendición de la jerarquía eclesiástica, el apoyo de un alto porcentaje de la burguesía y las clases populares y la adhesión del carlismo vasco. No estuvo empeñada en un genocidio contra los vascos, objetivo imposible, sino en la persecución de los disidentes. Pretendió acabar con la diversidad política, identitaria, cultural y lingüística en toda España. La idea de que ETA empezó a matar por imperativo histórico es una (consoladora) falsedad”, asegura.

 Mientras los mitos nacionalistas reverdecen de la mano de propagandistas nada escrupulosos disfrazados de historiadores —se vuelve a la teoría de que las guerras carlistas fueron un enfrentamiento entre vascos y españoles y, en un ejercicio de desvergüenza intelectual, se atribuye en última instancia a los españoles la quema de San Sebastián llevada a cabo por las tropas anglo-portuguesas en 1813—, empiezan a rellenarse poco a poco las grandes zanjas de la filiación ideológica que dividen a los vascos.

 En las poblaciones pequeñas y medianas la retirada de ETA libera poco a poco caudales de relación estancados, habilita espacios de contacto antes prohibidos, pero es en las familias divididas donde la distensión restaura afectos congelados y resulta más provechosa. La normalización es una montaña menos accesible y útil ya para las generaciones maduras que tienen sus canales de relación construidos y consolidados.

 Que la espita abierta no quede cegada dependerá en buena medida de la honestidad con que se comporte el nacionalismo a la hora de interpretar lo que les ha ocurrido a los vascos, y de prefigurar el futuro común. Puede que la paz vasca no sea otra cosa que lo que ahora mismo se respira: alivio por la retirada de ETA, ganas de vivir horizontes más abiertos e interés en enterrar estas décadas, pero, como señala Gaizka Fernández, “antes de pasar página, convendría leer bien ese pasado trágico para evitar que pueda volver”.

 El nacionalismo vasco, en sus dos versiones, no tiene interés en abordar descarnadamente las razones que explicarían la persistencia de ETA a lo largo de siete lustros de democracia. No quiere interpelarse sobre su acción o omisión y en eso conecta bien con una gran mayoría social que prefiere no mirarse en el espejo del pasado.

 “Como historiador, me preocupa la versión equidistante que va a quedar de esta historia trágica que ha costado 845 víctimas mortales, un mínimo de 2.533 heridos (de ellos, 709 con gran invalidez), 15.649 amenazados (solo en el período 1968-2001) y un número desconocido de exiliados forzosos y damnificados económicamente. 

Discrepo de esa idea de reconciliación que se está difundiendo, según la cual todos somos víctimas y todos somos culpables”, indica José Antonio Pérez, autor junto al también historiador Fernando Molina de la obra El peso de la identidad. Mitos y ritos de la historia vasca. Florencio Domínguez, periodista y director de la fundación Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo, observa en los planes que desarrolla la Dirección de Paz y Convivencia del Gobierno vasco cierto empeño en que se llegue a la reconciliación personal entre las víctimas de ETA y los GAL.

 “Puede que todo sea más sencillo, ahora que han desaparecido los agresores. Puede que lo que las víctimas demandan sea simplemente respeto y que no necesiten reunirse y buscar que les quieran. El problema no ha estado ni está en las víctimas, sino en sus agresores”, subraya. (...)"               (José Luis Barbería, El País, 12/04/16)

20/5/19

Lo de que ETA surgió como consecuencia de la represión franquista es pura patraña... sus fines, que eran los del nacionalismo vasco irredento y extremoso... hubiera luchado contra cualquier régimen político español, República incluida, sencillamente porque luchaba contra España como poder colonial que sometía al pueblo vasco y le era igual quién fuera el titular de ese poder. Por eso, cuando terminó la dictadura franquista, cuando se amnistió a todos los terroristas, cuando una Constitución democrática fue promulgada, ETA siguió matando. Y matando más todavía...

"Hace meses que en estas páginas se publicó un delirante artículo de un terrorista nacionalista vasco que reconocía su error pasado salvo en un punto: decía que en la dictadura franquista, hasta 1975 por lo menos, lo de ETA fue una especie de continuación de la Guerra Civil, algo así como una resistencia armada ante el opresor fascista. 

Incluso, decía, ellos peleaban por la República española de 1931 o por su recuerdo. Bueno, pues ahora es el mismo Gobierno vasco el que se apunta a esta donosa patraña en su plan de explicación escolar de la violencia sufrida por la sociedad vasca. 

¿Explicación? ¿O más bien deliberada confusión, tanto en términos históricos como morales?
ETA nunca fue antifranquista, salvo en un sentido irrelevante: el de que como Franco era el jefe del Estado español, luchaba contra él. Como luchó contra el que siguió a Franco, el Rey Juan Carlos.

Y como hubiera luchado contra cualquier régimen político español, República incluida, sencillamente porque luchaba contra España como poder colonial que sometía al pueblo vasco y le era igual quién fuera el titular de ese poder. José Antonio Echevarrieta, uno de los pocos teóricos de fuste de ETA, lo dejó claro: «Primero la independencia, luego hablaremos de democracia».

 Por eso, cuando terminó la dictadura franquista, cuando en España se amnistió a todos los terroristas en 1977, cuando una Constitución democrática fue promulgada y activada en 1978, ETA siguió matando. Y matando más todavía, mucho más que antes. Porque no mataba a Franco, mataba a España. Y España era más peligrosa para sus fines una vez democratizada que cuando era pura dictadura.

Lo de que ETA surgió como consecuencia de la represión franquista es pura patraña, lo diga Agamenón o su porquero. Surgió como consecuencia de una decisión razonada e individual de unas personas que consideraron que generar terror social indiscriminado era una buena táctica para acercarse al logro de sus fines, que eran los del nacionalismo vasco irredento y extremoso.

El mismo nacionalismo que nunca luchó por la República española, a la que detestaba profundamente, sino por la independencia, y por eso rindió sus batallones cuando, para él, terminó la guerra en 1937.

Es relevante señalar que, en los años en que ETA empezó a matar, el nivel de represión que ejercía la dictadura llegó a sus mínimos históricos. En 1968 había… hasta ikastolas. El desarrollismo y el arribismo social había difuminado el recuerdo de la guerra y la dictadura era lo más parecido al régimen chino actual, el de «enriquécete y no pienses en libertades». Por eso a los de ETA les costó tanto dar el paso: porque matar era una realidad disonante, terriblemente disonante, en aquel momento. Casi tuvieron que forzarse para matar, decía Aranzadi.

Ahora bien, hay otra cosa cierta: aquel nivel de represión salvaje e indiscriminada que no existía en 1968 comenzó entonces a existir y fue real para 1975, en unos pocos años. La represión inexistente que los primeros violentos soñaban la consiguieron hacer real y efectiva con su práctica, ayudada -claro- por la torpeza y crueldad del régimen. Fueron ellos los que hicieron real lo imaginado con el éxito de su estrategia de acción-represión-socialización.

Esta reconversión y renacimiento de la represión dictatorial que pretende ahora alegarse como justificación inicial de ETA es en realidad, si bien se mira, la mejor demostración de que el terrorismo no puede nunca confundirse con una guerra, una insurgencia, resistencia o un maquis, como quieran ahora imaginarlo.

El terrorismo es una actividad con una específica y particular perversión, que lo distingue hasta de la guerra. Consistente en que el terrorista no busca sólo causar daño con su acción al enemigo que sueña, sea el sistema político existente o a la sociedad viviente (sea un daño indiscriminado sobre inocentes o un daño discriminado sobre culpables de algo), sino que quiere fervientemente que el sistema atacado reaccione a su vez dañando a inocentes. Es así como puede tener éxito: creando una represión salvaje allí donde antes existía conformismo aborregado.

Los terroristas nacionalistas vascos no sólo querían matar a Pardines o Monasterio, a Manzanas o Carrero Blanco, sino que querían sobre todo que la Guardia Civil o la Policía Armada mataran a cuantos más inocentes mejor. Cuando un paisano noctámbulo o madrugador caía acribillado en un control de carreteras, ETA aplaudía y se felicitaba por su éxito.

Cuantos más inocentes mueran, sobre todo si son vascos, mejor para nosotros, más posibilidades de éxito, más conciencia en el pueblo.

Esta es la perversión esencial del terrorismo, que lo distingue de cualquier otra violencia de las que entonces tuvieron lugar. Que ETA no sólo quería matar ella, sino que quería que sus enemigos mataran también, ello formaba parte de su plan y su estrategia.

Victimizaba a la población inocente por partida doble, aunque disfrazando siempre su acción para que pareciera fruto autónomo de la decisión del odiado invasor. Pero no, el terrorista nacionalista quiere que su pueblo sufra, es parte necesaria de su diseño táctico.

Por eso, precisamente cuando España fue consiguiendo a trancas y barrancas controlar y encauzar la violencia represiva, en la transición política, ETA mató más y más, porque intentaba desesperadamente que las fuerzas más negras del régimen salieran de sus cloacas, lo derribaran y, a ser posible, llevaran a cabo una represión tipo Pinochet sobre la sociedad. Eso es lo que busca y quiere, y en ello radica su perversión moral: que quiere la muerte y el sufrimiento represivo antes que la libertad. Y por eso no pueden ser tenidos como antifranquistas, ni libertarios, ni soldados de ningún ejército. Ni en 1968 ni en 2000."                    (José María Ruiz Soroa, 21/10/18)

13/6/18

Jon Juaristi: todo lo que pasó ha servido para dos cosas: para eliminar al Estado del ámbito vasco, y para pagar menos impuestos. Para eso ha servido ETA... para hacer desistir a los opositores de vivir allí

"(...) El País Vasco se ha vuelto bastante soso, afortunadamente para ellos. No va a ser un país de héroes o guerreros, como se jactaban algunos, sino un país de cocineros, de pinchos, dedicado a la gastronomía.

¿Todo era, al final, cuestión de dinero?

Sí, de mantener un privilegio. Al final se trataba de no ponerse a la altura de las demás comunidades, no despertarse un día siendo españoles normales. Todo lo que pasó ha servido para dos cosas: para eliminar al Estado del ámbito vasco, para que se desvanezca su presencia y hagan de su capa un sayo. Y para pagar menos impuestos. 

Para eso ha servido ETA, para hacer desistir a los opositores de vivir allí, y aceptar a los demás partidos algo que era el proyecto de Sabina Arana, y que Arana llamaba “de Euskadi” a secas. Por eso ahora todos los partidos que hay son de Euskadi, PP de Euskadi, PSOE de Euskadi…

¿No era ya, en cierto sentido, una comunidad privilegiada?

Ya era comunidad privilegiada anteriormente, pero han logrado blindarla y dar un escarmiento a todos aquellos que pensaban que aquello podía funcionar como una democracia, con una isosnomía, una normalidad a la española. Nunca en el país Vasco, desde el siglo XVI, se ha admitido eso. 

Ya lo definió muy bien el propio Urkullu: “Nosotros lo que somos es una nación foral”. Es decir, lo que define la identidad vasca no es la raza ni la lengua, sino el fuero, privilegio, la posibilidad de hacer lo que queramos.

Dicho así, ¿se diría que ETA ha sido un éxito?

Sí, yo acuñé hace tiempo una expresión que creo que sigue siendo válida: los nacionalistas vascos siempre pierden para ganar, convierten la derrota en una victoria, se presentan como una comunidad mártir y sobre todo como objeto de una ofensa irreparable por parte de España. ¿Por qué? Porque dentro del propio nacionalismo español, los vascos también tienen un papel privilegiado. 

Representan la España primitiva, la España anterior a España, lo que garantiza la existencia de una España eterna. Pueden ser la expresión de la españolidad más acrisolada, o de la antiespañolidad. Es complejo, pero esto se ha saldado con una victoria relativa, una paradójica victoria del nacionalismo vasco.

Usted conoció la universidad vasca como catedrático. ¿Era el nido de abertzales que se ha dicho alguna vez?

No era una situación cómoda, a partir del 96-97 creo que fui el primer profesor al que pusieron escolta. En el 97 me fui a Nueva York, en el 98 a Sevilla, y cuando volví ya no podía dar clase. La situación se había vuelto tan tensa e irrespirable que me fui a Madrid. Pero tampoco quiero exagerar.

 La Facultad de Vitoria no era la peor, aunque sí había un continuo hostigamiento a los profesores no nacionalistas: a Xema Portillo le quemaron el coche, a Paloma Díaz-Mas le colocaron un artefacto incendiario, a mí carteles y una estupenda pancarta en la fachada, de arriba a abajo. Era incómodo.

La Iglesia acaba de pedir perdón por la connivencia con el terror. ¿Tarde, mal y nunca?

La Iglesia institucionalmente estaba muy dividida en el país Vasco: había una parte con los nacionalistas, con HB y ETA, y otra en contra. Como no me considero parte de la Iglesia desde hace mucho, no es que prestase mucha atención a lo que hacía o decía. Es cierto que ETA no ha matado, como dijo alguien, “ni curas ni banderilleros”. ETA tenía una especie de trato reverencial con la Iglesia Católica.

Una vez le oí decir que la memoria no le interesa a nadie. Habida cuenta del interés que suscita el “relato” en el País Vasco, parece que hay a quien sí le interesa…

Se perderá. Es un poco complicado pretender que se pueda recordar largo tiempo algo. Todo irá cayendo en el olvido. Ortega decía que cada 15 años cambia la estructura de la vida. No te digo nada desde 2003, cuando ETA mató a Joseba Pagazartundua, hay una generación que no tiene esa angustia cotidiana con el terrorismo. La recuerdan de segunda mano y les molesta, supongo que no quieren quedarse fijados en eso. (...)"                  (Entrevista a Jon Juaristi, m'sur, mayo, 2018)

12/6/18

El nacionalismo vasco en su conjunto tiene que agradecer a ETA la desaparición de toda oposición significativa a su proyecto, el de la consolidación de la nación foral dentro y fuera de sus predios

"LA verdad, esto del relato ya aburre. ETA y sus comparsas seguirán machacando con el suyo –esto es, con el de que no se les dejó otra opción que matar, dada la persistencia del «conflicto vasco»–, y las asociaciones de víctimas, junto a un puñado de historiadores tenaces y sensatos, reclamarán que se imponga una versión rigurosa y veraz de los hechos. 

Los gobiernos (central y autonómicos) tratarán de quitarse de encima el marrón, de la manera más discreta posible: sin irritar demasiado a las víctimas, pero sin intervenir en la batalla de los relatos.

El mismo día de la payasada de Cambo recibí por internet la foto recién tomada de una pintada en Lequeitio, encantador pueblito de la costa vizcaína. Dentro de su laconismo, resultaba bastante elocuente. Rezaba así: Eskerrik asko, ETA. Gora

ETA. Es decir, «Muchas gracias, ETA. Arriba ETA». Buena parte del nacionalismo vasco (no sólo la izquierda abertzale) se siente en deuda con la actual
ETA-zombie (que no se disolverá en el polvo, no se vayan a tragar semejante trola). 

Es de bien nacidos ser agradecidos y el nacionalismo vasco en su conjunto tiene que agradecer a ETA la desaparición de toda oposición significativa a su proyecto, el de la consolidación de la nación foral dentro y fuera de sus predios. 

A la oposición oficial –o sea, a la que no se opone en absoluto a ese proyecto– no se le ha ido todavía el miedo del cuerpo y está dispuesta a dar por la paz mucho más que un avemaría. Se conformaría con un relatillo que sostuviera, muy en general, que las víctimas han sido decentemente resarcidas y sus asesinos debidamente castigados, lo que, por supuesto, ni ha sucedido ni va a suceder.

De vez en cuando firmo algún manifiesto con amigos que ven las cosas de forma parecida a la mía. Lo firmo por amistad, pero sin esperanza ni convencimiento. Creo que es una pérdida de tiempo dirigirse a los agradecidos o a los medrosos y a los gobiernos que los representan. 

Yo creo que sólo hay un grupo al que merece la pena dirigirse, y es al de los radicalmente disconformes, al de las víctimas, los historiadores honestos y los firmantes de manifiestos. Un grupo en el que me incluyo, faltaría más. Y lo que le diría a este grupo, como ya se lo he dicho en otras ocasiones, es que abandonen toda esperanza y que revisen su propio relato hasta retirar del mismo toda concesión al lenguaje del enemigo. 

Sobre todo, las concesiones inconscientes, empezando por la de llamar «exilio» a la situación de los ciudadanos españoles que, bajo la amenaza de ETA o la presión ambiental del abertzalismo de todo signo, tuvieron que dejar de residir en los territorios forales de la nación foral y mudarse temporal o definitivamente a otras partes de España. No ha habido un exilio vasco en la España democrática. 

Por duro que fuera el destierro resultante de una auténtica limpieza étnica (en la que no tomaron parte solamente los terroristas, sino también quienes desde un abertzalismo supuestamente moderado nos decían «Si no estás conforme, ancha es Castilla»), no nos trasladábamos a un país extranjero, a depender de la generosidad de los autóctonos.

 Cambiábamos de casa en nuestro propio país, donde teníamos derecho a residir donde se nos antojara o pudiéramos (los de Bilbao, además, tenemos derecho a nacer hasta en Motilla del Palancar). Esto del exilio es un resabio abertzale con toques antifranquistas y progres. No pasó nada de eso.

 Los que se acogían al exilio eran los asesinos y cómplices de la banda. Porque los abertzales no soñaban con una Cuba del Cantábrico limpia de vascos respondones (que para ellos nunca fuimos vascos). La querían limpia de españoles. Empecemos a contarlo como pasó."                (Jon Juaristi, ABC, en Fundación para la Libertad)

9/5/18

Sí que tardan los obispos en pedir perdón

"Eclipsado por la “declaración sobre el daño causado” de ETA, ha pasado desapercibida la petición de perdón de los obispos del País Vasco, Navarra y Bayona (vamos, los de Euskadi Sur y Norte) por las “complicidades” de la Iglesia vasca con quienes asesinaron a más de 800 personas.

El fatuo comunicado de los cinco prelados es toda una constatación del pernicioso papel de la Iglesia en terrenos ajenos a su misión y casi siempre en el lado equivocado. De entrada, resulta espeluznante que los obispos pidieran “sinceramente perdón” el mismo día, el pasado 20, en que lo hizo ETA. ¿Se puede ser más inoportuno? Conviene recordar que con quien ahora admiten haber tenido “complicidades, ambigüedades…” ha sido un grupo terrorista que surgió de un nacionalismo confesional, el del PNV, cuyo lema es “Dios y viejas leyes”.

Y también conviene contar a los más jóvenes que ese rancio cóctel de religión y nacionalismo —tan letal en Europa— llevó a monseñor José María Setién, obispo de San Sebastián, a defender en sus homilías el derecho de autodeterminación del “pueblo vasco” al mismo tiempo que otros lo hacían con pistolas. En 1984 se negó a dejar su catedral para el funeral del asesinado senador socialista Enrique Casas porque, si cedía, dijo, no podría oponerse a hacerlo en el futuro con algún etarra muerto.

Pese a tan vergonzosos antecedentes, los prelados de esas mismas diócesis se atreven ahora a aconsejarnos cómo debe ser “la normalización”, que incluye, claro, “la oportunidad de atender las peticiones de los familiares de los presos”, o sea, de aquellos con quienes tuvieron complicidades. Quizás tienen razón, pero hay pocas personas menos autorizadas que ellos para opinar en este asunto, que ni ha sido ni nunca debió ser el suyo.

Esa amalgama explosiva de nacionalismo y religión subsiste en España, como se comprueba en Cataluña, donde 303 curas pidieron ir a votar en el ilegal referéndum del 1 de octubre. Antes, un grupo de obispos, que como todo el mundo sabe son expertos en política identitaria, había pedido que se escucharan “las legítimas aspiraciones del pueblo catalán”.

Aunque es difícil ser más antiguo al hablar de “pueblo” —¿qué es eso en la Europa del siglo XXI?—, el prelado de Solsona, Xavier Novell, lo intentó con esta frase tan lapidaria como cizañera: “El derecho de las naciones es superior al bien moral de la unidad del Estado”.

Los obispos españoles no aprenden de la historia. Sus predecesores, tan nacionalistas ellos, también eligieron por serlo el lado erróneo tanto en la Guerra Civil —“santa cruzada” la llamaron— como en la dictadura. Aún no han pedido perdón.

En una excelente entrevista que le hizo José Luis Barbería para este periódico en 2007, decía el obispo Setién: “Afortunadamente, el juicio que llegue a hacerse sobre mi persona no lo harán las víctimas”. Pues eso, que le juzguen los otros, como a un buen cristiano nacionalista."                   (Carlos Yárnoz, El País, 28/04/18)