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3/8/23

Por qué Bélgica puede estar a punto de separarse... porque la creciente preocupación por la inmigración está impulsando a los partidos independentistas flamencos de cara a las elecciones del año que viene (POLITICO)

 "Más pronto que tarde, Bélgica podría dejar de existir.

El pequeño Estado de Europa Occidental que alberga las sedes de la UE y la OTAN tiene desde hace tiempo una vida política nacional disfuncional. Ostenta el récord mundial de mayor tiempo empleado en formar gobierno durante unas conversaciones de coalición: más de 500 días.

Ahora las tensiones entre Flandes, de habla neerlandesa, en el norte, y Valonia, de habla francesa, en el sur del país, amenazan con una crisis mucho mayor.

Las elecciones están previstas para junio de 2024. Según el Poll of Polls de POLITICO, el partido de extrema derecha Vlaams Belang -que quiere convertir Flandes en un estado escindido totalmente independiente- es ahora la mayor fuerza política del país. 

Tom Van Grieken, que llegó a la presidencia de su partido con sólo 28 años y ha sido clave en su reciente éxito, se ha mostrado firme sobre sus planes independentistas si gana.

"Creemos que Bélgica es un matrimonio forzado", dijo Van Grieken a POLÍTICO en su despacho cerca del barrio comunitario de Bruselas. "Si uno de ellos quiere el divorcio, lo hablaremos como adultos (...) tenemos que llegar a una división ordenada. Si no quieren venir a la mesa con nosotros, lo haremos unilateralmente".

Incluso para muchos de los 12,6 millones de habitantes del país, el inminente final de su país puede resultar sorprendente.

Las reñidas batallas entre el norte de habla flamenca y el sur de habla francesa se han enfriado en los últimos años.

Los flamencos, antaño los desvalidos pese a superar en número a sus homólogos francófonos, tienen ahora los derechos lingüísticos y las competencias políticas que pedían desde hace tiempo.

"Para muchos, la batalla está algo reñida", afirma Karl Drabbe, editor con raíces en el movimiento flamenco. Dentro del Estado federal belga, las regiones tienen ahora amplias competencias en materia de educación, política agrícola y transportes.

"Pero esto no ha supuesto un gran avance, sino todo lo contrario", afirma Drabbe. Por tanto, las ganas de montar "las barricadas" para dar "grandes pasos en la reforma del Estado" son limitadas, dijo.

Pero los líderes de Vlaams Belang no sólo se apoyan en su política independentista.

En toda la UE, la extrema derecha ha aumentado en los últimos meses mientras el bloque lucha contra la inmigración, el lento crecimiento y la alta inflación. Los partidos populistas y antisistema han ganado apoyos en este contexto.

Bélgica es uno de los países europeos que se enfrenta a una mayor afluencia de solicitantes de asilo, con cifras de llegadas similares a las de la crisis migratoria de 2015.

En Flandes, la migración se considera la principal preocupación de los votantes, según estudios recientes. "Vlaams Belang posee el tema de la migración, que es muy importante para muchos votantes flamencos", dijo Nicolas Bouteca, profesor asociado de la Universidad de Gante. "Esa es la principal razón de su éxito".

Para Bart De Wever, presidente del partido nacionalista flamenco N-VA, "la misma tendencia se está dando en toda Europa en estos momentos".

Hay "una ola de tremendo malestar" entre los ciudadanos que se sienten "económicamente abandonados por sus propias élites", dijo a POLITICO. "Y por injusto que te parezca, la extrema derecha lo está capitalizando". En las encuestas, su partido, el N-VA, es ahora el segundo más grande en Flandes, después de Vlaams Belang.

Los votantes potenciales de Vlaams Belang ven la inmigración como la cuestión política más importante, seguida de los impuestos y la economía. Una reforma del Estado belga es bastante menos relevante para ellos, según la misma investigación.

Bélgica se creó de forma caótica e imprevista: en stoemelings, en dialecto bruselense. ¿Podría la desaparición del país producirse también por accidente como resultado del simple deseo de los votantes de hacer frente a la inmigración?

Van Grieken afirma que nadie puede pasar por alto el apoyo de su partido a la independencia flamenca. "No es que la gente no lo sepa. Es el primer punto de nuestro programa", dijo. Van Grieken reconoce que no todos sus votantes pueden sentirse emocionalmente conmovidos por la idea de la independencia. "Pero sí sé que alguien que es antiindependentista no votará a mi partido, ni a N-VA".
El camino hacia el divorcio

La estrategia de Van Grieken es convertirse en el mayor partido de Flandes en las elecciones del próximo junio, lo que le daría la prerrogativa de elegir a su socio de coalición para el gobierno flamenco. Lo ideal para él sería la N-VA. Entonces, el gobierno flamenco emitiría una declaración de soberanía para obligar a los socios de coalición francófonos a negociar el fin de Bélgica tal y como existe actualmente.

Hay obstáculos, incluso si gana Van Grieken. En el seno de la N-VA hay fuertes discrepancias sobre la conveniencia de formar gobierno con Vlaams Belang. Un paso así rompería una promesa de hace una década de la clase política belga de no gobernar con la extrema derecha. Incluso si N-VA diera el fatídico paso de aliarse con la extrema derecha, es probable que la parte francófona de la política belga no se presente en la mesa de negociaciones, al menos al principio.

Aun así, cada uno de estos pasos crearía más inestabilidad política en Bélgica, y eso por sí solo podría ayudar a promover la causa de la independencia.

El primer ministro belga, Alexander De Croo, que actualmente lidera una difícil coalición de siete partidos, llegó al poder tras las elecciones de 2019.
El primer ministro Alexander De Croo ha estado luchando para mantener a los partidos gobernantes en la misma página en muchas cuestiones clave | Jonas Roosens/Belga Mag via Getty Images

A esa votación le siguió una tortuosa búsqueda de 500 días para alcanzar un acuerdo de coalición, y desde entonces De Croo ha estado luchando por mantener a los partidos gobernantes en la misma página en cuestiones clave.

Un nuevo declive de los partidos de centro en las elecciones del año que viene dificultaría aún más la formación de un gobierno de coalición nacional. Ivan De Vadder, veterano periodista político autor de varios libros sobre la política belga, teme que esto cree un círculo vicioso.  

"La mayoría de la gente se fija en el gobierno flamenco, porque se puede hablar de esas jugadas en términos ajedrecísticos comprensibles", dijo. "Para mí, lo que ocurrirá a nivel federal es mucho más explosivo, porque te arriesgas a un bloqueo total de las instituciones políticas... Eso es mucho más explosivo para la supervivencia de Bélgica que la idea de que Flandes proclame la independencia".

Van Grieken toma la palabra. "No es porque haya un partido nacional flamenco por lo que Bélgica está implosionando. Es porque Bélgica no funciona por lo que hay un partido nacional flamenco".              (Barbara Moens  , POLITICO,21/07/23; traducción DEEPL)

30/4/20

Catalunya se encamina a pasos agigantados hacia una sociedad escindida parecida a la belga con dos comunidades, flamenca y valona, incomunicadas y que se profesan un odio mutuo, donde más que convivir comparten algunos espacios comunes

"La Generalitat de Catalunya está desarrollando una política de permanente confrontación con el gobierno español trufada de contradicciones, mentiras y medias verdades. 

Por ejemplo, se reclama la devolución de las competencias en Sanidad cuando éstas no han sido intervenidas, sino que el estado de alarma exige una coordinación con el ministerio estatal. En realidad, estas competencias han sido ampliadas en la medida que facultan a la Generalitat a intervenir la sanidad privada. 

O se acusa al gobierno de poner en peligro la vida de los trabajadores por levantar el confinamiento total y a la semana siguiente se exige permitir la salida de sus domicilios de todos los menores de edad hasta los 18 años y no hasta los 12 como propone el ejecutivo español. De modo que da la impresión que el gobierno autonómico está muy atento a las decisiones del ejecutivo español para proponer lo contrario y alimentar el conflicto en sus propagandísticas y diarias ruedas de prensa.

Uno de los episodios más grotescos y al mismo tiempo más reveladores de esta estrategia, ha sido el protagonizado por el conseller de Interior, Miquel Buch, quien acusó al ejecutivo español de querer humillar al pueblo catalán por el envío de 1.714.000 mascarillas, en referencia al año 1714 y que asimiló al año 1939. Se trata de una expresión de la versión manipulada tanto de la Guerra de Sucesión como de la Guerra Civil la cual, contra todas las evidencias históricas, se interpreta como un conflicto entre España y Catalunya en vez de una conflagración de clases en la que, por cierto, la Lliga Regionalista, homologable a Convergència, apoyó al general Franco.

 El agravio imaginario fue tan descarnado que solo encontró la comprensión de los sectores más hiperventilados del secesionismo, entre los que se cuentan Carles Puigdemont o la inefable portavoz del Govern Meritxell Budó. Tanto es así que Gabriel Rufián, pero también medios de comunicación independentistas, normalmente acríticos con la Generalitat, como Ara o Vilaweb se desmarcaron de Buch.

El mensaje subliminal emitido desde la Generalitat y su poderoso aparato mediático ha pasado del Espanya ens roba de los primeros compases del proceso y del Espanya ens reprimeix tras el 1 de octubre, al actual de Espanya ens mata. Una línea argumental que persigue aposentar el mensaje que sin la intervención del gobierno central y en una Catalunya independiente la gestión de la crisis sería más eficaz. 

Esto se contradice con su caótica gestión de las residencias geriátricas, el fallido anuncio de distribución de mascarillas gratuitas en las farmacias o el fracaso del confinamiento de Igualada. Además, alimenta un conflicto con las Fuerzas Armadas con la negativa a permitir el funcionamiento de los hospitales de campaña de Sabadell y Sant Andreu de la Barca, levantados con la colaboración del ejército y la Guardia Civil respectivamente, para exasperación de los vecinos de estos municipios, ambos gobernados por el PSC.

Ahora bien, de cara a su base social, estos hechos son ocultados o reinterpretados por TV3 y Catalunya Ràdio quizás los únicos departamentos de la Generalitat que están funcionado adecuadamente para los intereses de Junts per Catalunya en esta crisis y sabedores del carácter acrítico de sus seguidores más propio de los creyentes de una religión laica que de una formación política democrática.

En definitiva, como ha observado Sandra Morine, corresponsal de Le Monde en España, la política de la Generalitat en esta crisis se desarrolla en dos frentes, contra el coronavirus y contra el Estado español; aunque –añadimos nosotros– su principal objetivo quizás no sea tanto combatir la pandemia sino atacar al gobierno de España.

Enemigos exteriores e interiores   

Estos mensajes buscan difundirse más allá de los sectores más hiperventilados del independentismo en una evolución donde –en una inversión hegeliana– la “revolución de las sonrisas” se ha transformado en la reacción del odio. El fracaso de la vía unilateral y la ausencia de una hoja de ruta transitable para alcanzar la independencia están exacerbando los elementos hispanófobos y supremacistas del movimiento independentista hasta extremos inquietantes. 

Estos sectores hiperventilados consideran que la crisis del coronavirus, al debilitar al Estado, puede ser la gran oportunidad –el momentum– para proclamar la independencia y, en su lenguaje, hacer efectivo el mandato del 1 de octubre. En los momentos álgidos del proceso soberanista, desde estos mismos sectores se pedían muertos como condición para alcanzar la independencia, ahora en su distorsionado imaginario esos cadáveres ya los ha puesto el Estado con su gestión del Covid-19.

En cualquier caso, esta estrategia persigue aglutinar en torno a Junts per Catalunya a los sectores más fanatizados del movimiento, erosionar la credibilidad independentista de ERC cara a los comicios autonómicos anunciados pero sin fecha, los cuales por cierto podrían ser pospuestos sine die aprovechando la crisis del coronavirus con el mismo objetivo de debilitar a su principal competidor en las urnas.

Aquí se observa con nitidez el funcionamiento, típico de los nacionalismos identitarios, que necesitan de la existencia de un enemigo interior y otro exterior, sean estos reales o imaginarios o mejor dicho construidos desde los aparatos de propaganda del movimiento. En el caso que nos ocupa, el enemigo exterior es España y el Estado español, siendo igual que esté gobernada por la derecha o la izquierda.

 El enemigo  interior son los ciudadanos y sus organizaciones políticas y sociales que no apoyan la secesión. Si estos proceden del resto de España son tratados de colonos y si son catalanes de origen tachados de botiflers (traidores). De manera que ambos son expulsados simbólicamente de la nación catalana.

Sociedades escindidas 

Acaso esta estrategia pueda tener éxito en la medida que cohesione a los sectores radicalizados del independentismo y cumpla con su objetivo de cortar de raíz cualquier movimiento de solidaridad entre sus bases hacia el resto de España, sustituida por un sentimiento de odio. Ahora bien, esto está generando el efecto contrario de la indignación y la creciente movilización de la ciudadanía contraria a la secesión ante la magnitud de la operación política y mediática que está desarrollándose impúdicamente ante sus ojos en un momento de grave crisis sanitaria y económica.

El independentismo no ha conseguido el objetivo del Estado propio y difícilmente lo logrará, al menos en el corto plazo. No obstante, han conseguido dos resultados tangibles: reactivar al nacionalismo español más reaccionario y fracturar a la sociedad catalana. 

De este modo, Catalunya se encamina a pasos agigantados hacia una sociedad escindida parecida a la belga con dos comunidades, flamenca y valona, incomunicadas y que se profesan un odio mutuo, donde más que convivir comparten algunos espacios comunes. Lamentablemente este podría ser el paisaje que nos deje la crisis del coronavirus y que ya ha hecho estallar en mil pedazos el proyecto de un sol poble auspiciado por la izquierda catalana tras la caída de la dictadura.

Quizás éste sea uno de los motivos adicionales por los cuales Puigdemont eligió fijar su residencia en Waterloo cuando se fugó de España. También puede contribuir a explicar la admiración por el sionismo de amplios sectores del nacionalismo catalán y sus reiteradas felicitaciones al Estado de Israel con motivo del aniversario de su fundación, donde no resulta difícil adivinar, si Catalunya fuese independiente, quiénes ocuparían el lugar de los palestinos."            (Antonio Santamaría, El Viejo Topo, 23/04/20)

3/3/20

El interminable rompecabezas belga... El mayor punto de fricción es la posibilidad de convertir el país en un Estado confederal... los socialistas valones no van “a discutir de confederalismo, del fin de Bélgica o de la separación de la Seguridad Social porque pensamos todo lo contrario”

"(...) La situación política belga es endemoniada pero no explosiva. La casi total ausencia de diálogo directo entre las fuerzas mayoritarias, los nacionalistas flamencos (Nueva Alianza Flamenca-N-VA) y los socialistas valones (PS), francófonos, ha bloqueado la formación del ejecutivo. Pero que nadie espere salidas extemporáneas o reclamaciones fuera de la legalidad vigente. 

Los nacionalistas flamencos van paso a paso y, en medio siglo, han conseguido darle la vuelta al país. Ahora plantean una nueva reforma constitucional para crear un Estado confederal, al que se oponen radicalmente los socialistas y el resto de los partidos valones. (...)

La realidad es que los nacionalistas flamencos no se han esforzado en resolver el problema: creen que las circunstancias les favorecen. Bélgica cuenta con 11,4 millones de habitantes de los cuales casi el 60 por ciento vive en Flandes; es la región más productiva, con menos paro y transfiere una parte sustancial de sus recursos al sostenimiento del país (según sus cálculos, del orden de 6.500 millones de euros al año, dato no oficial). 

Las ciudades de Brujas, Gante y Amberes y toda la costa están en su territorio. Su presencia en un Gobierno federal no es imprescindible, pero obliga a pactos complejísimos y contra natura. Si acceden a negociar será para buscar una solución confederal. Escocia y Cataluña son sus referencias, pero no echarán un pulso a la legalidad vigente, esperarán para aplicar sus propuestas.

El país está dividido, tras seis reformas constitucionales, en tres comunidades (flamenca, francófona y germanófona) y tres regiones (Flandes, Valonia y Bruselas) y tiene seis presidentes: el federal ocupado interinamente por Sophie Wilmès; el de Flandes que es Jan Jambon de la N-VA en coalición con democristianos de CD&V y liberales de Open VLD; el de Valonia, Elio di Rupo del Partido Socialista (PS), en coalición con los liberales del MR y verdes de Ecolo; el de Bruselas, Rudi Vervoort del PS, en coalición con Ecolo, Défi y Open VLD; el de la comunidad francófona, Pierre Yves Jeholet, liberal del MR, en coalición con PS y Ecolo; y el de comunidad germanófona (muy pequeña y nada significativa, no llega a los cien mil habitantes), Oliver Pasch de un partido local. (...)

Todos ellos han sido elegidos después de los comicios del 26 de mayo tras complejas negociaciones. Pero queda pendiente el gobierno federal tras más de 220 días (hay que recordar que Bélgica tiene el récord mundial de un gobierno democrático en funciones, 541 días entre 2010 y 2011).  Es imprescindible que en la coalición estén flamencos y francófonos dada la dispersión de formaciones políticas. 

No hay más que ver la composición del Parlamento nacional (150 diputados) para entender el bloqueo: N-VA, nacionalistas flamencos, 24 escaños; PS, socialistas francófonos, 20; Vlaams Belang, extrema derecha flamenca, 18; MR, liberales francófonos, 14; Ecolo, verdes francófonos, 13; CD&V, democristianos flamencos, 12; Open VLD, liberales flamencos, 12; PTB, izquierda radical francófona y flamenca, 12; PS.A, socialistas flamencos, 9; Groen, verdes flamencos, 9; CDH, democristianos francófonos, 5; Défi, federalistas independientes francófonos, 2). 

Armar una mayoría es muy complicado. Muchos expertos interpretan la exigencia de la N-VA de un Estado confederal como el penúltimo paso antes de la separación total. Algo que los socialistas rechazan de plano. Su líder, Paul Magnette, alcalde de Charleroi, ha dejado claro que no van “a discutir de confederalismo, del fin de Bélgica o de la separación de la Seguridad Social porque pensamos todo lo contrario”. Idea compartida, más o menos, por los francófonos.  (...)

Si hubiera una nueva reforma constitucional sería en el mismo sentido que las anteriores: descafeinar el gobierno federal, dar competencias a las regiones y desmantelar poco a poco el Estado que durante más de un siglo fue controlado por los francófonos, cuando Valonia (Lieja, Charleroi, Mons, Namur) era poderosa gracias al carbón y al acero. 

Desde los años 60 del siglo pasado la economía y el equilibrio financiero se han revertido totalmente: crisis en la Valonia francófona con el cierre y desmantelamiento industrial, nueva pujanza de Flandes, una de las regiones más ricas de Europa. Hoy de Bélgica solo quedan, según Bart de Weber, alcalde de la productiva Amberes y líder de la N-VA, algunos signos identitarios simbólicos: “el chocolate, los mejillones con patatas fritas, el Atomium, los diablos rojos (selección de fútbol) y la Casa Real” y, habría que añadir, la cerveza. En su opinión no es que se separen de Bélgica, es que se disuelve sola. 

Al Gobierno federal le quedan pocas pero poderosas competencias: asuntos exteriores, seguridad y ejército, justicia, investigación, sanidad, seguridad social, finanzas (más 90% de los impuestos) y grandes empresas públicas: correos, ferrocarriles, energía atómica. Y la deuda, que es una de las más altas de Europa, en torno al 100% del PIB. Con el Estado confederal habría que dividir todo eso y resolver el caso de Bruselas, la capital y los 19 municipios que la rodean que forman una región propia oficialmente bilingüe (aunque es muy mayoritario el francés que entiende el 87% de la población frente al 16% del flamenco, superado ya por el inglés con un 34%, según el último barómetro lingüístico de una entidad independiente) y sede de la mayoría de los órganos oficiales de la Unión Europea. Un asunto nada baladí.   

Es cierto que son dos comunidades que viven de espalda una de la otra, encerradas en sus límites lingüísticos (hay muchos más flamencos que hablan francés, que valones que hablen flamenco) pero según Eurostat, no obstante, ocho de cada diez belgas se sienten bien en su país y con su vida, uno de los índices más altos de Europa. 

Quizá sea porque tienen unos salarios consistentes (3.558 euros brutos mensuales de media según el último dato, de diciembre, de la Oficina de Estadística, y son más altos en Bruselas y en Flandes). Pero la división sigue ahí, esperando el momento de ejecutarla sin estridencias ni golpes sobre la mesa.  (...)"             (Mario Bango, CTXT, 24/02/20)

19/1/18

El nacionalismo flamenco buscaba una especie de limpieza (¿étnica?) de la universidad de Lovaina, buscaba convertirla en una universidad monolingüe... al grito de ¡Valones fuera!

“Walen buiten!”. Ese fue el grito que empezó a circular en la Universidad Católica de Lovaina (UCL) entre los estudiantes flamencos a mediados de los años 60 del siglo XX. “¡Fuera los valones!”, decían.

Bélgica vivía entonces una de sus más duras querellas internas. El nacionalismo flamenco concentraba sus reivindicaciones en temas precisos. En este caso, pasaba por una especie de limpieza (¿étnica?) de la universidad: la movilización buscaba convertir a Lovaina en una universidad monolingüe.


Muchos flamencos, que pensaban haber sufrido discriminación –desde 1831, en las primeras etapas de independencia plena del Estado belga– en la enseñanza, dominante en francés; en la justicia y los tribunales; en la administración en general, habían avanzado y ganado terreno políticamente. Lo suficiente como para asumir incluso lo impensable sólo unas pocas décadas (o años) antes. Así que tampoco podemos considerar repentino el estallido que siguió en la UCL y en otros lugares.  

Pasada la primera mitad del siglo XX –e  incluso después de que se aprobaran las leyes lingüísticas de 1962-1963, que confirmaron el carácter monolingüe de las regiones de Bélgica, excepto Bruselas–, la Universidad de Lovaina (situada en Flandes) seguía ofreciendo clases en francés (entonces también en neerlandés o flamenco). 

Constituía una excepción tras el trazado de una inflexible frontera lingüística interior (ya existente). Para diseñarla, unos pocos años antes, las zonas de mayoría francófona habían sufrido un claro asedio militante (con disturbios en la zona de los Fourons, por ejemplo).


El resultado final fue una situación de complejidad política, educativa e institucional de todo el país, que no se conoce demasiado bien en el resto de Europa. 

El 10 de marzo de 1960, los universitarios flamencos de Lovaina impidieron el desarrollo de una conferencia del ex primer ministro Jean Duvieusart. Para muchos, esa acción militante fue el primer acto de las hostilidades entre las comunidades neerlandófona (flamencos) y francófona (valones y mayoría de los bruselenses).

Cuando el Walen buiten se empezaba a extender, los profesores francófonos de la Universidad de Lovaina fueron a ver al Rector (flamenco), para protestar y pedir su amparo. Según un testigo de la época, éste les respondió educadamente pero con frialdad, y les acusó de exagerar los incidentes. 

La UCL es una institución fundada en 1425, inscrita en los genes de la cultura europea. Es algo más que una institución en Bélgica. Nada de eso cambió su destino. En 1963, la UCL situada en la Lovaina histórica (en Flandes), ya fue dividida sin que los francófonos tuvieran (aún) que cambiar de municipio. Pero las facultades se partieron en dos. Y cada comunidad (lingüística) tenía ya su propio rectorado y su propia administración. 

Pocos años después, en 1971, la sección francófona de esa universidad abrió sus puertas en un nuevo lugar, Lovaina la Nueva (LLN), a 30 kilómetros de su corazón histórico, en el territorio francófono de la región de Valonia. En ese divorcio hubo que dividir todo: los aparatos administrativos y la biblioteca, libro a libro. Terrible.


La separación física se había decidido en 1968, tras las numerosas demandas de los más extremistas y las masivas manifestaciones flamencas de 1967, que reclamaban “la expulsión” de los francófonos. 

El día 5 de noviembre de 1967, la prensa habló de 120.000 manifestantes en Amberes. Entre ellos estaban 35 diputados conservadores, democristianos, también grupos de extrema derecha (Volksunie y el grupúsculo fascista Vlaamse Militanten Orde). Incluso algunos diputados socialistas flamencos.

En el debate sobre dónde debían situarse las distintas facultades participaron también voces francófonas que empezaron a asumir la lógica de la escisión. Se trata, además, de un período en el que la Universidad en sentido amplio empezaba a convertirse en una institución de masas.

La dirección nacionalista, por parte de los flamencos, no era ajena a discursos precursores de la globalización propios de 1968: el planeta es de todos, abajo el autoritarismo, viva el Tercer Mundo porque se rebela contra la colonización y “nosotros” también. 

Es decir, había una extrema derecha, digamos, pura, que recuperaba las ideas de quienes habían colaborado con los nazis durante la ocupación de Bélgica; también había una renovación de las reivindicaciones por parte de otros. Éstos se adaptaban a los nuevos tiempos manteniendo lo esencial del nacionalismo flamenco.

En este ambiente, la posición de la Iglesia Católica belga pasó de la defensa de la unidad de la UCL (como principio) a sostener la necesidad de la separación. Y no hay que olvidar el adjetivo histórico (católica) de la UCL desde su fundación. Esa crisis precarizó la estabilidad de los sucesivos gobiernos belgas.

 El país se convirtió en un Estado frágil e inestable, socialmente muy tenso. El socialcristiano Pierre Harmel, que fuera jefe de Gobierno, ministro de Asuntos Exteriores y presidente del Senado, dijo una famosa frase dirigida a la clase política de entonces: “Seremos los enterradores de Bélgica”. 

Por fortuna, Bélgica existe; pero la UCL quedó dividida. La Lovaina histórica es flamenca y LLN tiene otra universidad con el mismo nombre (y el Museo Tintín, eso sí). La primera piedra de la Universidad de LLN se puso en 1971 en una pequeña población, Ottignies, que pasará a ser Ottignies-Louvain-la-Neuve. No todos los francófonos deploraron el cambio, lo que incita a reflexionar dos veces sobre aquella crisis.

Los partidos belgas terminaron –a su vez-- escindidos y el país un poco más, cada día un poco más. Hasta llegar a una especie de congelación del conflicto lingüístico y a unas estructuras federales altamente complejas. Las tensiones se reproducen de vez en cuando, pero sin llegar aún a derribar el statu quo.

 Después del punto álgido del conflicto de Lovaina, hubo un auge del voto federalista, pero esa reacción no ha logrado nunca que –en lo esencial– las cosas vuelvan atrás. ¿Es deseable? Quizá tampoco.

Naturalmente, las falsas noticias jugaron –ya entonces– un gran papel en la excitación de unos y otros. La rumorología (término en desuso) decía entonces que el presidente francés Charles de Gaulle atizaba el conflicto para poder ofrecer más tarde la ruptura de su vecino del norte para integrar a la Bélgica francófona en Francia. 

 Las autoridades belgas no habían olvidado tampoco su famoso y provocador grito de “Vive le Quebec libre!” que el general-presidente había pronunciado en Canadá, también agitada por un conflicto similar entre anglófonos y francófonos. De Gaulle intentó entonces que le invitaran a Bruselas en visita oficial. El ya citado Pierre Harmel, ministro de Exteriores, y muchos más se negaron. De Gaulle fue declarado persona non grata por el Gobierno belga.

Bélgica se ha adaptado a su reacomodo y la UCL también. A sus escisiones y divisiones, que a veces semejan a una mini guerra fría interior. Las viejas querellas nunca han desaparecido del todo. Siguen ahí, enterradas, entre múltiples detalles y matices. Pero, para la mayoría, el éxito de la convivencia es evidente en el nuevo modelo. 

En un pequeño apartado está también la pequeña comunidad germanófona, que suele jugar un papel de acercamiento entre unos y otros. No obstante, la división lingüística radical es un hecho (excepto en Bruselas, que sigue siendo multilingüe). También persiste la separación tajante de los partidos políticos. Y de casi todas las instituciones, en función de la lengua. 

De mi época bruselense guardo toda clase de anécdotas ilustrativas y –no pocas-- delirantes. Otras casi insultantes o estúpidas para un francófono no-belga como yo. Está claro que no faltan las que fueron –o son– íntimamente dolorosas para los ciudadanos de aquel país, sean de una u otra comunidad. (...) "               (Paco Audije, CTXT, 17/01/18)

10/1/18

"Antes Valonia era la parte rica porque tenía la siderurgia y las minas de carbón... El paro está ahora en el lado valón y los flamencos no quieren pagar los subsidios de desempleo de nuestros parados, aunque cuando era al revés nosotros les dimos trabajo"

"(...) Ronse (Flandes), con unos 25.000 habitantes, es un pueblo con facilidades lingüísticas para los francófonos. En Bélgica hay 15 pueblos de este tipo: cinco en Flandes, cuatro en Valonia y seis en la periferia de Bruselas. 

En estas ciudades la Administración funciona en el idioma de la región en la que se encuentran (neerlandés si están en Flandes, francés si están en Valonia) aunque si el ciudadano lo solicita, están obligados a ofrecerle los servicios en cualquiera de las dos lenguas. 

Según cuentan los vecinos de Ronse, el bajo precio de la vivienda, la cercanía a la frontera y el hecho de ser un municipio con facilidades lingüísticas han atraído en los últimos años mucha inmigración, que habla mayoritariamente francés.

Ignace Michaux es concejal del Ayuntamiento de Ronse por el partido democristiano, ganador de las últimas elecciones municipales del pasado mes de noviembre. Explica que hay un 20% de extranjeros de 70 nacionalidades y, para él, el problema es que estas personas no aprenden neerlandés cuando van a la ciudad a vivir. 

No opina lo mismo Murol, un turco que regenta un restaurante de kebabs, quien dice dominar el flamenco y cuenta que se ven obligados a aprenderlo para poder trabajar.

 La cafetería de la Grande Place de Ronse tiene una interminable barra de madera iluminada con una luz cálida que contrasta con el frío helador que hace en la calle. Llueve, pero amenaza con nevar.

 Cuatro miembros de la Asociación de Mujeres Jóvenes de Ronse charlan y toman un chocolate caliente. Pese al nombre de la asociación, tres de ellas están jubiladas: Jeannette, Ginette y Monique. A la cuarta no le cierra la chaqueta a la altura del ombligo. Es Isabelle. Tiene 38 años y le queda un mes para dar a luz.

 Cuenta que "los recién llegados" están obligados a recibir cursos de flamenco para aprender el idioma y poder así acceder a ayudas públicas. Dice que no tienen inconveniente en viajar a Valonia (a solo tres kilómetros) e incluso dice que de vez en cuando va en coche a comprar a un supermercado valón.

 Las demás reconocen que prefieren no comprar allí. "Aquí tenemos de todo así que no necesitamos ir a Valonia. De hecho son ellos los que vienen aquí porque nosotros tenemos más servicios", dice Jeannette (67 años) tras dar un sorbo a su chocolate.

 Las vecinas niegan que el conflicto lingüístico tenga traslación en el plano social. "El separatismo no es un problema en la calle. Es un problema de los políticos. A nosotras nos da igual qué idioma hablar, ya lo ves", dice en francés. 

Durante la conversación repiten hasta 15 veces términos que dejan ver que la frontera entre Flandes y el resto del país, aunque no sea física, es mental. De sentimiento. "Alóctono", para referirse a un valón que viene a Ronse, "extranjero", "recién llegado"... Separarse es una alternativa no exenta de riesgos.

 "La independencia es una opción pero hay que pensar más allá. Si fuéramos independientes ¿Flandes sería tal y como lo conocemos ahora? Más rico, con recursos... y además ¡tendríamos que decidir con quién se va la región de Bruselas!", reflexiona Jeannette. Uno de los mayores problemas es repartirse el pastel de la región de la capital.

 En Nukerke, un pueblo de 800 habitantes en el interior de Flandes, a unos 10 kilómetros de la frontera con Valonia, nadie utiliza el francés en su vida diaria. No hay tiendas ni bares. La vida está hoy concentrada en el local parroquial. 

Celebran el tradicional Sinterklaas (San Nicolás) y los niños del colegio católico hacen allí una fiesta en la que cantan y bailan para sus padres y sus abuelos. "Para nosotros cruzar a Valonia es normal, porque vivimos muy cerca y no tenemos problema en ir al otro lado, pero no solemos ir a comprar allí", explica Steven Wieleman, profesor de gimnasia, que domina perfectamente inglés y francés. 

"Estamos cansados de la lucha política, la mayoría no se quiere separar. Los políticos hacen los problemas más grandes de lo que son", añade. Mientras los asistentes a la celebración dan palmas, los niños siguen bailando, esta vez, una versión del famoso Gangnam Style traducida al neerlandés.

Aunque los ciudadanos están de acuerdo con Wieleman, hay razones que aumentan la distancia y hacen que flamencos y valones estén tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Al otro lado de la frontera, en la ciudad de Lessines (Valonia), Eugène, ingeniero jubilado aficionado a la fotografía, reflexiona sobre las causas que han llevado a Flandes a votar al Nueva Alianza Flamenca (NVA, el centro derecha nacionalista) en las últimas elecciones.

 "Antes Valonia era la parte rica porque tenía la siderurgia y las minas de carbón. Cuando las minas se cerraron, fueron los flamencos quienes se aprovecharon del sistema de ayudas y ahora tienen el poder económico porque se han enriquecido trabajando mucho. El paro está ahora en el lado valón y los flamencos no quieren pagar con su aportación al Estado los subsidios de desempleo de nuestros parados, aunque cuando era al revés nosotros les dimos trabajo".

"Hace 40 años, cuando veíamos a los obreros trabajando un sábado, eran siempre flamencos que habían venido a trabajar", cuenta Philippe.

 Los vecinos reconocen que los valones no dominan el neerlandés y el conflicto lingüístico ligado a las diferencias económicas alimenta la distancia. "Flandes quiere que Bélgica sea una confederación: cada uno a lo suyo y cuando haya que tomar una decisión que afecte a todos nos reunimos puntualmente y la tomamos en común. Ser casi independiente sin independizarse", dice Eugène. "Bélgica es como un divorcio amistoso: por los hijos nos ponemos de acuerdo", concluye Philippe. (...)

El hijo del que habla es la región de Bruselas, donde se encuentra la capital del país. Bruselas incluye los organismos oficiales, los órganos de representación europeos y la sede de la OTAN. Una isla bilingüe rodeada de territorio flamenco que resulta un punto estratégico por ser la capital financiera del país. 

Mayoritariamente se habla francés, pero hay detalles que siempre recuerdan el bilingüismo. Al pedir un billete de metro en una máquina, aunque la pantalla esté en francés, el tique se imprime en ambos idiomas.

En la periferia de la región de Bruselas, hay seis municipios flamencos con facilidades lingüísticas para los francófonos. Uno de ellos es Kraainem, cuyo alcalde no ha sido investido desde octubre por enviar algunas convocatorias electorales en francés en lugar de exclusivamente en neerlandés como exige la normativa. La ciudad es una especie de enorme urbanización de chalets de lujo. En su interior, funcionarios europeos, trabajadores de la OTAN y familias adineradas. 

Arnold d'Oreye, del partido Federalista Demócrata Francófono, gobierna esta ciudad flamenca y, aunque su partido defienda a los francófonos, el Ayuntamiento debe celebrar los plenos en neerlandés, ofrecer los servicios al ciudadano en flamenco y emitir los informes y documentos oficiales completamente en neerlandés. "Ha sido mi pequeña batalla personal", decía reclinado en uno de los sillones del salón de su casa, un chalet decorado con muebles antiguos y cuadros del renacimiento.

Pero el lenguaje le delata y plantear un gobierno en clave de batalla no es lo que los ciudadanos dicen necesitar, aunque le voten. Dos colegios, uno en cada idioma, duplicidad de asociaciones, dos clubes de tenis... todo en paralelo para satisfacer tanto a neerlandófonos como a francófonos. Juntos pero no revueltos. 

"A algunos políticos les viene bien escudarse en el conflicto lingüístico porque así no tienen que ocuparse de los problemas reales de la población", cuenta Bertrand Waucqet, representante de Kraainem Unie, el segundo grupo político que ha aparecido con fuerza en la ciudad y ha obtenido el 20,6% de los votos en las últimas elecciones municipales. 

Kraainem Unie promueve el bilingüismo activo y la convivencia, con el objetivo de centrarse en los problemas reales de la ciudad.
Los esfuerzos de quienes todavía creen en la unión se concretan a pequeña escala, en los detalles de todos los días, porque parece que la pareja entre Flandes y Valonia quiere cada vez más independencia y menos reconciliación.

 "Yo creo que es bueno que siga la región de Bruselas, no para garantizar la unidad de Bélgica sino porque es una zona de contacto de idiomas y de culturas y de esta manera podemos pensar más allá de los problemas locales", dice Bertrand Waucqet. Su compañero, Carel Edwards no es tan optimista: "Bélgica es como unos gemelos siameses, unidos extrañamente por alguna parte, que querrían ir cada uno por su lado pero se ven obligados a caminar así".                  (El País, 17/12/12)

2/3/14

¿Cómo sería en verdad el "día después" de la procalmación de la independencia catalana?

"Me ha llegado por email una cronología especulativa de novedades que le acontecerían a un catalán "un día cualquiera tras la independencia". En 24 horas, vemos la incertidumbre del protagonista sobre la salido del euro y la nueva moneda; cómo su empresa le comunica que se marcha a "España" por cuestiones de aranceles, las molestias que se avecinan con las licencias de exportación e importación o porque sus productos tendrían que ser rehomologados en toda la UE. 

Asiste a largas colas de ciudadanos para cerrar las cuentas bancarias de los bancos catalanes y abrirlas en los españoles, a causa de que la legislación comunitaria garantiza los depósitos de hasta 100.000 euros.

 Vemos su consternación ante la subida de precios de cualquier producto no catalán en el supermercado y que su hijo y otros cuatro mil alumnos universitarios no se marcharán ya este año de Erasmus además del cierre de sus oportunidades de trabajo en el extranjero al no reconocerles los diplomas.

No están tampoco muy contentos los docentes: muchos proyectos han sido paralizados y muchos investigadores que estaban en proyectos de la UE se han quedado sin subvención. El propio protagonista debe hacer un viaje a Italia y ve que requiere de un visado y el comprobante de un seguro médico internacional. Vamos, una delicia. 

¿Fantasía? ¿Exageración? ¿Cómo sería en verdad el "día después"? Nos puede dar una pista basada en la realidad algo que sucedió hace unos años. Un experimento auténtico, un simulacro real de independencia que vivieron unos estupefactos ciudadanos en el corazón de Europa. Hace poco más de 7 años, en Bélgica, se montó una de muy buena. 

El 13 de diciembre del 2006, la televisión pública francófona emitió un telediario que anunciaba la independencia de Flandes. Philippe Dutilleul, veterano presentador y autor de Bye, bye Belgique, un libro sobre el conflicto entre flamencos y valones, declaró ante los patidifusos espectadores con rostro de circunstancias: "Bélgica ha dejado de existir".

En Cataluña, los independentistas auguran un escenario idílico para el día después. La vida continuaría igual y, como máximo, sonrientes nacionalistas saldrían a la calle a ponerles florecillas en el tricornio a los guardia civiles que lograsen encontrar. 

Pero esta broma propia de un "Día de los inocentes" hispano, con su parodia televisiva tipo La guerra de los mundos a la belga, fue una minúscula pero nada desdeñable prueba piloto de lo que les podría pasar a los ciudadanos de un país determinado cuando se levantan un día y están en otro. Es curioso que no nos acordemos de la anécdota, porque fue espectacular. Sí señores, sí: pasaron cosas. Y gordas.

La broma duró tan sólo media hora. Se interrumpió la emisión para dar paso a lo que aparentaba ser un telediario de última hora, con conexiones en directo con la "nueva frontera", el palacio real y el Parlamento flamenco. 

Para que digan que aquí tenemos un humor algo bestia, durante la emisión, se anunció, por ejemplo, la abdicación del rey, Alberto II, que huía a África ante la imposibilidad de reinar en un país que había dejado de existir. A ver quién tendría aquí narices. Jordi Évole con mucho menos nos parece un guerrillero.

El 89% los telespectadores lo creyó y el nerviosismo se propagó por el país. Los militares se acuartelaron, hubo gente que corrió al banco a sacar su dinero y otros se resignaron y lloraron. La mayoría de los telespectadores consideró tan creíble lo que veía, que simplemente actuó en consecuencia. 

Por suerte, como digo, lo alargaron sólo media hora. El atrevido experimento le costó a Philippe Dutilleul un alud de críticas, sobre todo de la clase política, que le acusó de "irresponsable". El primer ministro belga, Guy Verhofstadt, lo tildó de "una broma de muy mal gusto". (...)

Decía el atrevido Dutilleul que los nacionalistas flamencos que quieren la independencia minimizan las consecuencias que la escisión podría causar. ¿Les suena esto? "Bélgica no es como Checoslovaquia… Está Bruselas y una mezcla de población bastante importante… Hay mayorías francófonas que viven en Flandes". Pero también estaba preocupado por el exterior, POR EUROPA. "La implosión de Bélgica repercutiría por ejemplo en España, en concreto en Cataluña, en Córcega, en Italia". 

Sus temores son los nuestros. Los nacionalistas están socavando los cimientos de una Unión que es una esperanza de paz y progreso en un mundo globalizado. Las "identidades" que se deben cultivar son las capaces de integrar al mayor número posible de personas, no menos.

 La media hora de pánico y de aflicción afectó a los belgas francófonos, pero también asustó a muchos flamencos que simplemente se lo pasaban bien. Dice el refrán que hay que tener cuidado con los sueños pues a veces se cumplen. (...)"                   (María Teresa Giménez Barbat, Crónica Global, Viernes, 28 de febrero de 2014)

2/8/13

Los ricos no quieren pagar por los pobres

"La fractura es profunda y tiene manifestaciones absurdas. Por ejemplo, si usted toma el tren en Bruselas, comprobará que los anuncios se hacen en los dos idiomas y pensará que todo va bien. El tren se pone en marcha hacia el norte y, apenas tres minutos después de su partida, todo cambia: ya solo le hablan en flamenco. Y arrégleselas.

 El mismo revisor, que acababa de dirigirse a usted en francés, ya solo sabe neerlandés, que únicamente los flamencos comprenden... Así pues, en solo unos minutos y sin salir de la circunscripción bruselense, acaba usted de cruzar una frontera lingüística redhibitoria. (...)

Esta es una paradoja europea. Hace algunos años, la reivindicación regional de una mayor autonomía parecía inscribirse en un proceso natural acorde con el avance de la construcción europea.

 Esta parecía estar llamada a instaurar un mejor reparto de papeles entre los tres principales niveles de toma de decisiones: el nacional, el europeo y el local. Hoy, sin embargo, esas reivindicaciones han adquirido otra connotación. De hecho, en lo esencial, han cambiado de naturaleza.

Ayer, el federalismo belga podía ser señalado como ejemplo. Y la organización española parecía ser una fuente de inspiración. Así, en Francia, aquellos que abogaban por una fuerte descentralización regional invocaban a menudo el caso español: una nación formada por nacionalidades. 

Y cabe considerar que, en Gran Bretaña, las reformas institucionales decididas por Tony Blair y su Gobierno, que condujeron a un nuevo reparto de poderes entre el Gobierno británico y las autonomías galesa y escocesa, se inspiraron ampliamente en el modelo español.

Pero hoy resulta difícil separar las reivindicaciones regionales, como las que se expresan en Flandes, del populismo reinante. Este es uno de los reflejos engendrados por la crisis, que es un factor de ahondamiento de las desigualdades y provoca resistencias cada vez más graves hacia los mecanismos de solidaridad. En pocas palabras: los ricos no quieren pagar por los pobres.
 
Esto es flagrante en Flandes, una región próspera y sin paro, mientras que Valonia sigue sufriendo el fin de la era industrial que, gracias a la industria siderúrgica, permitió su prosperidad. Y lo mismo podría decirse de la Liga del Norte italiana y su famosa reivindicación de independencia de Padania. O del UKIP, un partido que quiere sacar a Gran Bretaña de la Unión Europea. 

O de otras reivindicaciones que surgen por toda Europa. No todas ellas siguen el modelo de la protesta flamenca. Por ejemplo, Escocia, que es más pobre que el resto de Gran Bretaña e intenta aprovechar la debilidad y las dificultades actuales de Inglaterra. El caso de Cataluña es particular, como también lo es, en Francia, el de Córcega, que figura entre las regiones más pobres y cuya reivindicación es profundamente identitaria.

De todo esto se desprende que habrá que dedicar la mayor atención al futuro del reino de Bélgica. Sobre los hombros del nuevo rey, cuya imagen no es muy brillante, recae el peso de un reto capital: el de la unidad de Bélgica, que atañe a todos los europeos."       ( , El País,  22 JUL 2013 )

3/2/13

Valonia comienza a renacer. Puede que los nacionalistas flamencos hayan ofendido a los valones, pero también les han hecho despertar

"En Bélgica, las miradas se dirigen hacia Flandes, el Norte próspero que exige cada vez más autonomía, bajo la influencia del jefe del partido nacionalista flamenco, [Bart De Wever]. Durante mucho tiempo, Valonia, la región más pobre, parecía querer únicamente limitar los daños, pero ahora las cosas están cambiando.

Los valones están hartos de ser los perdedores y quieren avanzar por sí solos. No es que pretendan separarse ahora de Flandes, al contrario. Pero en cualquier caso, quieren estar preparados para el día en el que Flandes plantee sus exigencias.

"Existe una conciencia cada vez mayor de que Valonia debe retomar el control de su destino", comenta Béatrice Delvaux, editorialista del diario Le Soir. "No contamos con ninguna encuesta al respecto, pero se percibe en la sociedad, se escucha en las declaraciones de los políticos. 

A muchos francófonos les ha ofendido la actitud flamenca durante la crisis. Sienten que les han tratado de holgazanes y de aprovechados y se han hartado de la situación".

La nueva conciencia valona se expresa ante todo en el ámbito económico, donde el “plan Marshall” [un plan de inversiones públicas iniciado en 2005 y destinado a reactivar la economía valona] servirá para olvidar el pasado industrial.

Los poderes públicos valones han invertido 366 millones de euros en nuevas empresa de alta tecnología, con lo que se han creado más de 10.000 empleos. El gran desarrollo aún está por llegar, pero desde hace unos años, el abismo entre Flandes y Valonia en materia de prosperidad ha dejado de crecer.
 
Por su parte, en el ámbito político, el Gobierno valón lanzó el Plan Horizonte 2022, con el que se determinará cómo deberá administrarse la Bélgica francófona en diez años. Tras la nueva reforma del Estado, en diez años Valonia recibirá menos apoyo financiero por parte de Flandes. Será necesario reformar la economía valona, la enseñanza, la movilidad y la ordenación del territorio para hacer frente a esta nueva situación.

"Varios políticos ya han dado a entender que habría que hacerlo con más rapidez", comenta Béatrice Delvaux. "Quieren estar preparados para las elecciones de 2014, en caso de que tengan que enfrentarse a Bart De Wever."

Según Delvaux, ya se han celebrado varias reuniones de alto nivel para determinar cómo pueden adoptar una posición común los políticos francófonos con respecto a Flandes. Estas reuniones están rodeadas de un cierto misterio, ya que, según algunos críticos, pueden beneficiar involuntariamente a Bart De Wever: si los valones trazan su propio camino, razón de más para dividir Bélgica en dos.
 
"Es un peligro falso", afirma Jean-Pascal Labille, secretario general de las Mutualidades socialistas. "Es un pretexto para los que no desean avanzar. Bart De Wever no cambiará de opinión, tanto si le damos la razón como si no. Pero si no decimos nada, tampoco hacemos nada".

Labille quiere que las personalidades valonas de primer nivel reflexionen juntas sobre cuál sería la estructura del Estado belga ideal de Bélgica, para ofrecer un contrapeso a la visión flamenca.

Si lo logran, Labille se muestra muy optimista sobre el futuro de Valonia. "Contamos con mucho espacio, una abundante mano de obra cualificada y una situación geográfica extremadamente favorable. Si continuamos por la senda que hemos emprendido, Valonia podría encontrarse a la cabeza del país en diez años".

Desde este punto de vista, la crisis política y la obstinación de Bart De Wever pueden seguir teniendo un resultado positivo para Valonia. Porque puede que los nacionalistas flamencos hayan ofendido a los valones, pero también les han hecho despertar."          (, Presseurop, 17 enero 2013,De Volkskrant Amsterdam)

17/10/10

¿Será Bélgica la siguiente?... en la quiebra del estado...

"Durante tres meses Bélgica ha vivido sin Gobierno, su deuda pública se acerca al 100% del PIB y el diferencial actual de sus bonos a 10 años frente al marco alemán es tres veces más elevado que a comienzos de año. ¿Será Bélgica la siguiente víctima de una crisis de deuda soberana? (...)

Si se diera el segundo escenario, los partidos acordarían mínimas transferencias a las regiones. En virtud de un acuerdo condicional previamente negociado, estas recibirían un total de 15.800 millones de euros para afrontar sus gastos. El punto crítico es la parte de los ingresos fiscales que les correspondería. Este escenario de mínimos encajaría con la cifra máxima del 10% de los impuestos que según los socialistas habría que transferir a las regiones.

En virtud del tercer escenario, el monto para gastos sería el mismo, pero la magnitud de la transferencia fiscal sería considerablemente superior, algo que coincidiría más con las exigencias del NVA, que demanda el 50% de los impuestos. ¿Qué consecuencias tendrían para la deuda pública y para el conjunto del déficit estos dos escenarios descentralizadores? Es esta una cuestión que apenas se ha abordado en las negociaciones actuales.

El problema es que ambos escenarios descentralizadores son fundamentalmente insostenibles. En uno u otro, o bien el Estado federal o bien las administraciones regionales llegarían en algún momento a carecer de recursos suficientes para cubrir sus gastos.Si se diera el escenario dos, el presupuesto del Estado federal podría encontrarse en mejor situación frente a la deuda y para sufragar la seguridad social, pero la parte de ingresos correspondiente a las regiones sería demasiado reducida como para permitirles afrontar la nueva lista de responsabilidades.

Si se diera el escenario tres, el Estado federal podría no ser ya capaz de financiar el resto de sus deberes, es decir, el servicio de la deuda belga y el coste de la seguridad social para sus ciudadanos. Las perspectivas de la deuda pública tampoco son halagüeñas, ya que el porcentaje del PIB que consume podría estabilizarse en el escenario dos, pero en el tres probablemente continuara incrementándose. Este deterioro sería más acusado si el crecimiento económico fuera menor y la tasa de interés real más elevada de lo previsto.

La desintegración, que nunca podría ser fruto de un acuerdo amigable entre las regiones, solo sería concebible con un mediador externo. Si se llegara a un acuerdo de disolución del país, evidentemente, este comportaría la transferencia de todos los gastos y la capacidad impositiva a las regiones. Menos claro está qué ocurriría con el legado de las deudas pendientes, entre ellas la deuda oculta de la seguridad social. Habría que llegar a algún acuerdo para compartir ese peso.

Otro interesante asunto es el relativo a si Bélgica dejará de existir tal como la conocemos o continuará existiendo con una conformación territorial distinta. Esta segunda posibilidad significaría que una o dos regiones se desgajaran del resto para constituir un nuevo Estado. Recientemente, los francófonos han indicado que Valonia y Bruselas deberían constituir una nueva Bélgica, dejando que los flamencos decidieran si quieren o no separarse de ella. Evidentemente, los flamencos también reclaman sus derechos sobre Bruselas.

Sea cual sea el resultado final, irá precedido de inestabilidad política. Entretanto, los costes del endeudamiento aumentarán, acentuando así el carácter negativo del comportamiento de la deuda, el que se expresa con elevadas tasas de interés real y escaso crecimiento económico.

La posibilidad de que Bélgica sea la próxima víctima de una crisis de deuda dependerá del escenario que acaben eligiendo los belgas. Cualquier escenario descentralizador tendrá un elevado coste político, financiero, o ambos a la vez." (SUSANNE MUNDSCHENK: ¿Será Bélgica la siguiente?. El País, opinión, 16/10/2010, p. 27/8)

15/9/10

Bélgica e Irak... el mismo problema...

“Entre flamencos y valones hay tantos parecidos como entre los esquimales y los musulmanes…” Cuando uno escucha hoy en la televisión francesa ciertos comentarios extremos de flamencos y ahora también de valones sobre la unidad de la nación belga, no puede dejar de preguntarse qué ha sido de la identidad europea, y qué se puede hacer aún para salvar a Bélgica.

Los belgas y los iraquíes están unidos a partir de ahora por una misma incapacidad de formar un gobierno de unidad nacional después de muchos meses. La situación es ciertamente más desesperada en Irak, a causa de la violencia, pero ¿no podría ser en realidad más grave en Bélgica, en términos de identidad nacional? La nación es un referéndum que se celebra cada día, decía Ernest Renan. Si, día tras día, el resultado del referéndum es negativo, el divorcio se convierte en inevitable.

Ya ha pasado el momento de examinar las bien conocidas causas de la situación presente. La arrogancia irresponsable de unos, la humillación de otros, la inversión de complejos de superioridad e inferioridad entre las dos comunidades, la complejidad del problema de Bruselas, la “traición” de ciertos políticos que, carentes del suficiente sentido de Estado, son incapaces de “resucitar” la nación… Ya todo está dicho. Y si los habitantes dejan de definirse a sí mismos como belgas, Bélgica está muerta." (PressEurop, 14 septiembre 2010, citando a Les Echos París)

13/9/10

Los valones se preparan para el fin de Bélgica

"Siempre ha sido tabú, pero después de tres meses sin Gobierno, los dirigentes políticos francófonos se plantean por primera vez un futuro sin Bélgica. El choque de trenes entre la izquierda predominante en Valonia, la parte sur y francófona del país, y el nacionalismo separatista de la próspera región de Flandes, al norte, ha dejado al país al borde de la quiebra. Sin embargo, es una quiebra política que los ciudadanos belgas no acaban de creerse, acostumbrados a vivir en un país con más crisis de Gobierno que de periodos de estabilidad institucional. (...)

"Debemos empezar a prepararnos para el fin de Bélgica", aseguró la semana pasada Laurette Onkelinx, viceprimera ministra en funciones y una de las figuras más destacadas del partido. "Si no, seremos los que paguemos el pato, No podemos ignorar que, para una gran parte de la población flamenca, la independencia es un anhelo", añadió.

"Quizás estemos entrando en [el proceso de] la organización progresiva de la separación", reconoció, Philippe Moureaux, otro dirigente de los socialistas valones en Bruselas. "¿Qué responsable francófono aceptaría una reforma que pudiera provocar un empobrecimiento de los valones o los bruselenses?", se preguntó Di Rupo hace diez días, cuando tiró la toalla tras siete semanas de negociaciones con las principales formaciones políticas para reformar el país sin desmantelar el Estado.

"No es nuestra misión encontrar un acuerdo a cualquier precio", amenazó, en clara referencia a los flamencos de la N-VA, el partido mayoritario, y el CD&V, los democristianos nacionalistas flamencos del primer ministro en funciones, Yves Leterme.

Fuera del entorno socialista valón nadie duda de que este paso adelante es sólo una estrategia que sale del hartazgo. En otras palabras: un farol para que la atención recaiga sobre Flandes y las ambiciones de poder de sus dirigentes. Pero escindir Bélgica es incluso más difícil que mantenerla unida, y sólo convence en estos momentos a un 14% de los belgas, según los sondeos.

Incluso De Wever, que dirige la gran formación separatista en Flandes, apeló al "sentido de la responsabilidad", insistiendo en que él no busca una escisión inmediata, sino una "evaporación gradual" del Estado de forma natural. Según la mayoría de los economistas, la escisión sería sobre todo perjudicial para Valonia, una región con menos poderío industrial y más desempleados que Flandes. Por otra parte, Flandes no está dispuesta a prescindir de la francófona Bruselas, capital europea y motor económico imprescindible para ambas regiones." (Público, 13/09/2010)

8/7/10

La ruptura de Bélgica tropieza con la enorme deuda del país, el reparto de infraestructuras y el futuro de Bruselas

"Bélgica no se dividirá. Por dos razones", dice muy seguro de sus palabras un antiguo miembro del Gobierno belga que ahora trabaja a escala comunitaria y que por ello pide no ser identificado. "Solo podemos dividir deudas y Bélgica es como dos siameses unidos por la cabeza, Bruselas". La idea del divorcio surge en cuanto se plantea la hipótesis de la ruptura del país. Otra fuente belga, también volcada en el proyecto europeo y también celosa del anonimato, abunda en las dificultades que conlleva: "Para separarse hay que estar mucho más de acuerdo que para seguir juntos". (...)

Dividir deudas es casi imposible". Bélgica tiene ahora una deuda rayana en el 100% del producto interior bruto (y subiendo), de la que el 33% recaería sobre las espaldas de una Valonia que ni quiere la escisión (apenas un 4% de independentistas en un sondeo de la universidad de Lovaina la Nueva) ni está para soportar cargas financieras adicionales.

La imagen de los siameses cuadra a la perfección. Como consecuencia de las cinco reformas institucionales ya realizadas desde la que en 1970 otorgó a Bélgica un régimen federal, Flandes y Valonia han ido haciéndose cada vez más extrañas entre sí, desarrollando identidades, querencias y necesidades propias que tienen como gran vínculo de unión a Bruselas, motor económico del país, enclavada físicamente en Flandes, pero poblada al 85%-90% por francófonos. Sin Bruselas, que Flandes tiene como capital, la independencia del norte carece de sentido, según los expertos. "Es imposible separar a los siameses", concluye la fuente, partidaria de entablar en serio la negociación de la sexta reforma, la que ha de tutelar el próximo Gobierno.

El otro informante, con muy altas responsabilidades en su historia pasada y presente, añade a esas dos circunstancias una tercera, la de las dificultades de repartirse las infraestructuras del país, desde los ferrocarriles a las telecomunicaciones o las autopistas. "No creo que Bélgica salte por los aires", dice escépticamente. (...)

En la librería Once Upon a Time de la francófona Linkebeek, donde los libros en neerlandés ocupan una corta balda, Carol Aspinwall, la librera, dice: "No veo cómo puede dividirse Bélgica. Ya hemos vivido muchas crisis antes y seguimos juntos". Pero no las tiene todas consigo. "Está claro que De Wever quiere desmantelar el país. Así que habrá que estar muy vigilantes. Hay mucha incertidumbre. Miedo. Prefiero ser optimista". Hace unos días su hija, de 13 años, le preguntó: "Mamá ¿nos vamos a tener que marchar de aquí?".

El flamenco Mark de Maeyer, director de la casa de la cultura De Moelie, en Linkebeek, no cree que desaparezcan las facilidades para que los francófonos se manejen en su lengua: "Aquí hay muchos. Tenemos que vivir juntos. No hay alternativa. Seguiremos como se ha hecho siempre". (El País, Domingo, internacional, 20/06/2010, p. 3)

22/6/10

El nacionalismo de los ricos... y el de la carlistada

"Ivan Tubau, periodista, en un artículo publicado en El Mundo el 21 de junio de 2010. ‘[...] También decía el abuelo que era catalán pero no separatista: “Los separatistas siempre son de derechas: ricos o bobos. Los ricos porque separándose no serán tantos a la hora de repartirse el pastel; los bobos porque creen en dioses y patrias y si fueran carlinos como el padre de Juan de Dios Fuster cantarían: Por Dios, por la Patria y el Rey murieron nuestros padres, por Dios por la Patria y el Rey moriremos nosotros también”.

También de esto hay un montón de ejemplos, algunos bien actuales: los separatistas flamencos que quieren trocear aquel estado tan pequeño que se llama Bélgica; la Liga Norte del fascista milanés Umberto Bossi que quiere que la Italia rica de la Lombardía envíe a freír espárragos la Italia pobre de los Abruzzi… En Cataluña los laportistas y los carreteros que quieren incitar a los ciudadanos a votar la independencia para dejar de ser españoles." (lavozdebarcelona.com, 21/06/2010)

16/6/10

La mayoría acorrala a la minoría

"En cuanto a si Bélgica se parte, políticos y politólogos son unánimes: "No". Solo el 9% de los flamencos y el 4% de los valones están por la separación." (El País, ed. Galicia, internacional, 13/06/2010, p. 7)

"El grupo de Bart de Wever superó ayer todas las expectativas al obtener del orden del 30% de los votos en Flandes (un 17,2% en el conjunto del país, con el 97% de los votos escrutados) y convertirse en el primer partido de Bélgica, con 27 de los 150 escaños del Parlamento en liza.

Los francófonos viven el veredicto de las urnas como un drama y se plantean cómo formar un frente ante las temidas reformas del Estado que reclamará la N-VA. (...)

Es una visión que pone los pelos de punta a buena parte del país y el propio De Wever lo reconoció: "Somos conscientes de que el 70% de los flamencos no ha votado por nosotros y que habrá que tender puentes". En su calidad de primer partido en Flandes, unos seis millones de habitantes de los 10,5 millones de Bélgica, el líder del N-VA habló de responsabilidad y fijó dos prioridades: "Poner orden en las finanzas públicas y reformar el Estado".

Lo primero supone controlar los flujos financieros entre las regiones y tutelar gastos como pensiones y seguridad social. Lo segundo, modificaciones en las estructuras y reparto de poderes entre las regiones. Su objetivo es descentralizar Flandes y Valonia para que vivan como entidades separadas que se unen cuando tengan algo en común. Lo que él llama una confederación. Para más adelante queda la independencia, que también predican otros dos partidos flamencos. Todos juntos forman el 45% del electorado en Flandes. (...)

Más allá del objetivo independentista -"No hay mayoría en Flandes para esta ambición final", reconoce con realismo Danny Pieters, uno de los cerebros del partido y responsable de la vertiente social del programa-, la N-VA ha catalizado la frustración de la población de Flandes con un sistema político que lleva años paralizado. Los flamencos han visto traicionadas las expectativas de las elecciones de 2007, ganadas arrolladoramente por Yves Leterme también con la promesa de reordenar el país. (...)

Son los socialistas, grandes vencedores entre los francófonos, quienes llevarán ahora la voz cantante negociadora con la N-VA. Con el 34% de votos acumulados entre Valonia y Bruselas, más los sufragios que aportan sus correligionarios de Flandes, los socialistas son la primera familia política belga y, según Elio di Rupo, su líder, "el partido de los francófonos de Bélgica".

Un modo de decir que serán los socialistas quienes les defenderán de los temidos embates de De Wever. Di Rupo estuvo contemporizador y transigente. Las urnas, dijo, han demostrado que "una parte de la población flamenca quiere que el país evolucione. Si se quiere estabilizar el país, el PS actuará". Recordó que "el Partido Socialista está a favor de una reforma del Estado". Mano aceptada de De Wever." (El País, ed. Galicia, internacional, 14/06/2010, p. 2)

Flandes no es Cataluña... Flandes es más rico...

"Joan Barril, periodista, en un artículo publicado en El Periódico el 15 de junio de 2010. (...)

Esta semana le ha tocado a Bélgica. Y el independentismo catalán ve en la victoria de los flamencos la epifanía de lo que algún día nos tocará a nosotros. Probablemente, esa Bélgica inventada como país secante en 1830 acabará disgregándose. Pero, a pesar del entusiasmo infantil del soberanismo catalán, el modelo belga no nos representa en absoluto. Como tampoco nos representó en su día una independencia mucho más justificada como la de Timor Oriental, cuyos habitantes estaban sometidos a un régimen militar sanguinario y hostil.

En otras palabras, que la independencia es una herramienta, pero no es una virtud en sí misma. La independencia, en según qué lugares, no comporta una mayor eficiencia de su administración, ni una mayor cuota de libertad para todos los que allí habitan. La independencia de ciertos territorios no siempre puede incorporarse a un mercado globalizado a no ser que disponga -como es el caso de Flandes- de una supremacía industrial y financiera respecto al total de aquel precario país. Ser independiente es una cosa. Mirarse en Flandes es arriesgado’." (lavozdebarcelona.com, 15/06/2010)

27/5/10

El suicidio belga

"Desde que trabajo en Bruselas no dejo de sorprenderme de este país tan rico en un tiempo y tan progresivamente roto en la actualidad. Rico lo fue, cuando dominó el Congo y las ganancias de una colonización explotadora se trasladaron a una burguesía capitalina que acabó construyendo una bella ciudad, unas calles que hay que recorrer mirando a las fachadas, como París, para descubrir la arquitectura y el confort de unas construcciones acomodadas. Ricos lo fueron cuando crearon las primeras siderurgias y altos hornos de Europa en la zona del carbón y del acero, en la actual Valonia, en las viejas ciudades del sur belga, Charleroi, Lieja...

Roto lo está, porque una disputa lingüística en su origen, pero más compleja en su realidad, les convoca nuevamente, crisis tras crisis, a unas elecciones anticipadas que, en el fondo, no resolverán nada porque se trata de un problema tan profundo y tan enraizado en la doble comunidad belga que la soberanía popular sólo puede confirmarlo y en el peor de los casos acentuarlo.

Éste es el drama de la Bélgica de hoy, en la que, muchos dicen, sólo queda la monarquía, la bandera, los Diablos Rojos y las instituciones europeas como elementos comunes y vertebradores de lo que un día fue una nación. Bélgica es el exponente de un país en el que dos comunidades se dividen hasta la exageración y del antagonismo por razones lingüísticas e identitarias.

La dimisión del último Gobierno belga trae como causa una disputa político-electoral en tres pequeñas localidades situadas en las proximidades de Bruselas, en las que una presencia del 40% de población francófona distorsiona la aplicación de las reglas de gobierno flamencas en un territorio perteneciente a Flandes, es decir, a la zona neerlandesa del país.

Los francófonos de la Valonia hablan francés y viven en francés. TV, periódicos, comunidad, escuela, gobierno, partidos, todo es francófono en la Valonia. El neerlandés es un idioma del que saben cuatro cosas, pero su segundo idioma es el inglés (en la escuela, en la empresa y en la política). Los flamencos, por su parte, hablan flamenco y odian el francés. También tienen el inglés como segunda lengua. Bruselas está en Flandes y teóricamente es bilingüe, pero en realidad se habla francés por su carácter internacional e institucional.

Los partidos en cada comunidad son diferentes. El Partido Socialista valón, por ejemplo, estaba en el Gobierno belga dimitido y el Partido Socialista flamenco le hacía la oposición, es decir, están enfrentados por comunidad identitaria aunque sean de la misma familia ideológica. La descripción del conflicto belga puede resultar interminable y los periódicos de estos días lo relatan con más detalle y precisión. Las diferencias económicas entre el norte y el sur, es decir, entre Flandes, región poblada y más dinámica económicamente, y Valonia, que sufre el declive de las viejas regiones industriales del pasado siglo, intensifican las tentaciones particionistas.

Una cierta sensación de problema irresoluble lleva a muchos a pensar en la necesidad de configurar dos naciones diferentes, algo que se empieza a ver con entusiasmo en el nacionalismo flamenco y con inevitable resignación por la población francófona, entre los que no faltan los que no rechazan incluso su incorporación a Francia.


Me resulta imposible evitar trasladar esta realidad a nuestro país. Una comunidad bilingüe que hable y ame sus dos idiomas (Cataluña y Galicia son un buen ejemplo) es una comunidad vertebrada en la que el dominio de sus dos lenguas une, vertebra y enriquece. Euskadi debe aspirar a eso y trabajar en esa dirección. Si el nacionalismo vasco se apropia del euskera y quienes no lo dominan o quienes no se sienten nacionalistas se oponen y se enfrentan a él, la lengua y su utilización partidista nos dividirá." (Fundación para la Libertad, citando a Ramón Jáuregui es diputado socialista en el Parlamento Europeo), EL CORREO, 26/5/2010)