"No será una réplica del muro de Adriano, la defensa que los romanos
levantaron al norte de Britania para contener a pictos y escotos, pero
se está cavando un foso de desafectos y rupturas en el que enterrar tres
siglos de historia compartida.
307 años de convivencia bajo la bandera
común de la Union Jack, de esfuerzos y afanes en la construcción del
Imperio Británico y la revolución industrial no parecen pesar ya gran
cosa. En la hora del divorcio, pocas voces se lamentan aquí de los
proyectos truncados o de los corazones rotos.
Estos días, las miradas se posan complacientes en la representación
de la victoriosa batalla de Bannockburn, librada hace 700 años contra
los ingleses, o viajan hasta el calendario buscando el 19 de septiembre
próximo, el día después del gran día en el que Escocia puede hacer
historia y entrar por su propio pie en eso que llaman el concierto de
las naciones.
¿Qué sentimientos y pensamientos albergarán los escoceses
una vez terminado el recuento? ¿Cómo se mirarán, qué se dirán en la
casa, el pub, el trabajo? Hay ansiedad, zozobra y vértigo, pero
las emociones se recalientan o enfrían a conveniencia desde las alturas
y nadie suelta la calculadora.
“Seremos más ricos porque el petróleo del mar del Norte pasará a nuestras manos
y podremos forjar una sociedad más justa y solidaria”, se repite en las
asambleas de pueblos y barrios en un ambiente de refundación política.
El castillo de Edimburgo, que parece emerger todos los días de un pasado
fantástico, se alza imponente en el símbolo de esta Escocia que busca
trazarse un camino por separado. (....)
Hay partido y está por ver si la estrategia británica de autorizar al
Parlamento escocés a hacer la consulta y de eliminar la vía intermedia
de conceder una mayor autonomía no va a volverse en su contra.
Los
nacionalistas pretendían incluir en el referendo una segunda pregunta
complementaria sobre la mejora de las competencias, que apoyaba una
amplia mayoría del electorado, para curarse en salud, dado el bajo apoyo
a la separación que indicaban los sondeos, y con el propósito de
negociar la máxima autonomía fiscal.
Se trataba de servirse de la reivindicación independentista como palanca para obtener el devo max
(máxima transferencia), una versión del concierto económico vasco y el
convenio navarro.
Ahora la Administración escocesa solo recauda algunos
tributos, que le reportan una séptima parte del gasto total, unos 27.000
millones de libras (34.000 millones de euros). Con una renta per cápita
ligeramente inferior a la media británica, Escocia está primada con un
gasto público por habitante un 18% superior. (...)
“El corazón me dice que sí, pero la cabeza que no”, es una respuesta
bastante común a tono con el lenguaje políticamente correcto dominante,
excepto en el fútbol, donde algunos han festejado ruidosamente los goles
encajados por Inglaterra en el Mundial. La fiesta les ha durado poco,
por la eliminación temprana de sus vecinos, pero las puyas y chanzas
continúan con contraataques ingleses cargados de ironía.
“Sí, es cierto
que lo nuestro ha sido de pena, pero, ahora que lo pienso, dime, ¿en qué
grupo jugáis vosotros? Ah, sí, perdona, claro, no me acordaba de que no
estáis en el Mundial ni nada”. “Creo que vuestros equipos del Celtic y
los Rangers intentan que la UEFA os deje jugar en nuestra Premier
League. Pobres. Mucha suerte”.
El Gobierno de Londres y el de Edimburgo llevan meses enzarzados en una
guerra de informes sobre los desastres y bondades de la eventual
independencia. Cada vez que los expertos británicos hacen público un
sesudo trabajo sobre el negativo impacto de la separación en el sistema financiero
escocés o la continuidad de Escocia dentro de la UE, el Gobierno del
primer ministro Alex Salmond convoca en el Parlamento de Edimburgo a una
docena de expertos que desmienten esos datos. Hay incluso una puja del
quién da más.
Londres dice que los escoceses ganarán 1.400 libras más
por persona y año si se quedan en Reino Unido, 400 libras más que lo que
el Ejecutivo de Edimburgo promete a sus ciudadanos si optan por la
independencia. Los escoceses no pueden saber a qué carta quedarse.
Para
contener el avance soberanista que registran los sondeos, los tres
partidos unionistas (laboristas, liberales-demócratas y conservadores)
han aceptado que la autonomía escocesa pueda recaudar parte del impuesto
sobre la renta. (...)
Durante muchas décadas, Escocia fue el gran granero laborista de Reino
Unido. Las radicales reformas del Gobierno de Margaret Thatcher con el
cierre de las industrias pesadas, las privatizaciones y el acoso a los
sindicatos llevaron a la exasperación a gran parte de la ciudadanía que
no se lo ha perdonado al Partido Conservador.
De ahí, viene el chiste de
que en Escocia hay más osos panda que tories en el Parlamento
autonómico (dos panda en el zoo y un diputado conservador en la Cámara). (...)
El resultado es que muchos votantes del laborismo han buscado acomodo en el SNP,
que había acentuado su perfil de izquierdas. Escocia es
autodeterminación más socialdemocracia a lo viejo laborismo”, concluye
Burgen. Es una opinión compartida por otros analistas.
Un dato a tener
en cuenta es que la autonomía en Educación y Sanidad ha permitido a
Escocia sortear la ola privatizadora británica y, por ejemplo, no
aplicar las subidas de tasas universitarias y mejorar la remuneración
del profesorado.
Conscientes de que sus apoyos electorales son relativos —obtuvieron
la mayoría absoluta con solo 900.000 votos sobre un censo de 4,2
millones— y de que recogen un voto laborista quizá prestado,
el SNP plantea una ruptura a plazos escalonada y pactada con Reino
Unido, sobre todo porque necesita asegurarse su permanencia en la UE. (...)
El Libro Blanco de la futura Escocia plantea permanecer en la OTAN, —con
el consiguiente enfado de los colectivos antibelicistas—, conservar la
Corona que Inglaterra y Escocia comparten desde 1603 —lo que irrita a
muchos republicanos— y continuar utilizando la libra esterlina,
algo que está por ver, puesto que los británicos no parecen dispuestos a
dejarles participar en la política monetaria en caso de que triunfe el
sí a la separación.
El nervio principal del argumentario nacionalista es
la idea de continuidad. “¿Pero, por qué se preocupan? No cambiará nada.
Todo seguirá igual: las pensiones, la moneda, la policía…”. (...)
“La ruptura no será un camino de rosas”, ha advertido la autora de la
saga sobre Harry Potter, J. K. Rowling, residente en Escocia desde hace
una veintena de años, que ha donado un millón de libras a la campaña contra la separación
del movimiento unionista Better Together (Mejor Juntos). Habla con
conocimiento de causa porque desde el anonimato digital la han insultado
y reprochado que cobrara ayudas sociales cuando era madre soltera y
estaba en paro.
“Si nos separamos, no habrá vuelta atrás y esa separación no será
rápida ni limpia, exigirá microcirugía para saturar los daños producidos
después de tres siglos de interdependencia y luego tendremos que lidiar
con tres vecinos amargados (…)
A algunos de nuestros más fieros
nacionalistas les gustaría conducirme a la frontera”. Rowling viene a
decir que en el muro de Adriano, la frontera de Escocia con Inglaterra,
va a aparecer una fea cicatriz difícil de explicar a las generaciones
venideras." (
José Luis Barbería
, El País, Edimburgo
6 JUL 2014)
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