"(...) Rompió aguas el diputado Albert Bosch sugiriendo, en reacción a la
rotundidad antisecesionista de varios líderes europeos, que “al final
acabemos escogiendo algo que no nos habíamos planteado, pero que quizá
descubramos que no está tan mal, como ser Noruega, Suiza o Islandia,
pertenecer a la EFTA, que significa gozar de los beneficios del libre
cambio sin pagar las facturas de la UE política... Eso es muy atractivo”
(Vilaweb, 17 de febrero).
Le siguió al milímetro la portavoz Marta Rovira, encandilada porque
“en último término podríamos formar parte de la EFTA, gozando de la
libertad de circulación de personas, bienes, servicios y capital, sin
tener que hacer ninguna contribución neta a la UE” (revista Esquerra Nacional,
número 217).
Y le corea el cabeza de lista Josep Maria Terricabras,
para quien “no es un desastre” quedar excluido de la UE, “no habría
ningún problema especial; es más, en mucha gente crece la idea de
hacerse de la EFTA, el libre comercio” (EL PAIS, 17 de mayo). Los de la
EFTA, “Noruega, Suiza... no son de la UE, pero tampoco viven mal” (El Mundo, 17 de mayo). (...)
La EFTA es un perfecto dislate como alternativa para Cataluña y los
catalanes: por su historia irrelevante, su penoso balance y su vaciedad.
La European Free Trade Association es un fracaso histórico. Fue creada
en 1960 como alternativa a las Comunidades Europeas (hoy, Unión Europea,
UE) a impulso del Reino Unido, que no quería federarse con nadie, sino
solo comprar y vender.
Supone, en consecuencia, solo una zona de libre
comercio (zlc, sin aranceles internos): menos que una unión aduanera
(zlc con tarifa exterior común), que un mercado común (libre
circulación, estándares industriales, reglas de competencia...) y que
una unión económica y monetaria. Es, frente a un proyecto articulado de
integración económica y política, un sucedáneo de segunda división. Es
mucho menos que lo que tenemos hoy. Para nada algo más.
En consecuencia pereció, de facto, como propuesta atractiva (salvo a lo que se ve, para Bosch). Aunque renqueó de iure.
Su balance fue el de un experimento fallido: tanto su creador como la
mayoría de sus socios (entre ellos, casi todos los escandinavos) se
alejaron de ella como de la peste para integrarse en la única Europa
realmente existente (sueños aparte), la actual UE.
Y al cabo, la EFTA es una cáscara semi-vacía. Comprende a Suiza,
Liechtenstein, Noruega e Islandia. Los cuatro son, a diferencia de
Cataluña y de España, países ajenos, extraños o apartados del impulso
político europeísta y de muchas de las grandes corrientes continentales.
No son ni la Europa real ni ninguna otra Europa. Viven bien, eso sí:
dos (Suiza y Liechtenstein) gracias a su calidad de paraísos fiscales,
el primero, un gran exportador mundial de armas; la simpática y
solidaria Noruega porque tiene la suerte de disponer de inagotables
reservas de petróleo; y la exótica Islandia por ser un paraíso pesquero,
aderezado de bancos quebrados. Es decir, la economía de Cataluña no
exhibe ni una sola ventaja comparativa similar a las de los cuatro.
Pero es que además la EFTA como tal no es esa especie de Unión
Europea sin vínculos de Unión que se nos sugiere. No. La EFTA como tal
apenas es nada. Tan poca cosa es que solo se la resucitó a principios de
los noventa para convertirla en una salita de espera para candidatos a
integrarse en la Unión de verdad, la UE, compartiendo el mercado
interior sin fronteras ideado por Jacques Delors. Así se formó, mediante
un pacto UE-EFTA, el Espacio Económico Europeo (EEE).
Es este, y no la EFTA como tal, (tampoco incluye a Suiza), el que
constituye un segundo círculo (de segunda) en la periferia satelitaria
de la UE. Y es de segunda porque, aunque en él rigen las cuatro grandes
libertades comunitarias de circulación (de personas, mercancías,
servicios y capitales), lo hacen con limitaciones (agrícolas, pesqueras,
y con eventuales restricciones proteccionistas).
Y es, sobre todo, de segunda,desde la perspectiva
político-institucional: quien manda en el EEE es la UE, y no la EFTA.
¿Qué interés tendría, pues, separarse de España y de la UE para acabar
relegados a un club de inferior división en el que además sus socios son
meros socios pasivos, que deben por tanto obedecer a los del club al
que antes pertenecías?" (
Xavier Vidal-Folch
, El País, 20 MAY 2014 )
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