"(...) Mientras se habla de federalismo, reaparece la idea de una nueva
disposición adicional en la Constitución que, a semejanza de la que
«ampara y respeta los derechos históricos de los territorios forales»,
reconozca la singularidad de Cataluña y ‘blinde’ sus poderes en materia
lingüística y cultural abriendo el terreno, también, a un tratamiento
fiscal cercano al concierto económico.
Como observaba un buen amigo, es
sorprendente que tengamos una Constitución de 169 artículos y se siga
creyendo que los problemas políticos serios se resuelven con una
disposición adicional.
En Canadá la idea de declarar a Quebec como
‘distinct society’, como sociedad dferenciada, también se presentó en su
momento como el instrumento político de reconocimiento que podría
extinguir las tensiones soberanistas. Años de negociación y de
propuestas diversas, terminaron en fracaso.
Abrir otra vez la puerta
para la penetración historicista y romántica en la racionalidad
constitucional con la esperanza de que así se resolvería el problema
catalán es una expresión de simple voluntarismo. La lectura de la
historia que hace el nacionalismo no es en absoluto ese terreno firme
sobre el que construir con garantías instituciones constitucionales.
Puede ser funcional y útil –como el caso del concierto económico que es
un transgénico canovista de la foralidad–, pero no es la solución
universal. No lo es, tanto si esa disposición adicional se hiciera
explícita, con la consiguiente reforma de la Constitución, como si
tampoco se forzara una mutación constitucional –es decir una
modificación del texto constitucional por la vía de hecho– mediante un
acuerdo político que todos los actores se comprometieran a no enmendar.
Eso, en el fondo, era lo que se pretendía cuando se ponía en duda la
legitimidad del Tribunal Constitucional para revisar el Estatuto
catalán. Y no es eso. La Constitución hay que cumplirla también cuando
se quiere reformar." (EL CORREO 19/05/14, JAVIER ZARZALEJOS, en Fundación para la Libertad)
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