14/1/20

Las naciones son gastronomía, no son esencias y materiales que vienen de tiempos pasados; no hay necesariamente una cultura o una historia detrás de cada nación... los nacionalismos (y las naciones) no están predefinidos ni predeterminados...

"(...) ¿Es posible no ser nacionalista?

La gran mayoría es algo nacionalista, aunque muchas veces sea de forma inconsciente. Muchísimos ciudadanos de Europa no tienen la necesidad de hacerlo visible u obvio salvo en momentos en los que hay un enfrentamiento. Lo suelen expresar con sentimientos banales: en el apego a la lengua, a una manera de ser, a unas costumbres o incluso a la gastronomía. 

La mayor parte, cuanto menos, necesita la nación como horizonte y como marco de referencia, aunque luego no sepan muy bien definirla. Después hay minorías cosmopolitas que consideran que la identidad nacional no sólo no es un elemento preponderante ni prioritario, sino que tienen muchas identidades y para ellos la nación no juega ningún papel. Pero son minoría.

¿Por ello defiende que las naciones tienen más que ver con la gastronomía que con la geología?
 
Las naciones son gastronomía, no son esencias y materiales que vienen de tiempos pasados; no hay necesariamente una cultura o una historia detrás de cada nación. Hay precondiciones que pueden explicar el mayor arraigo de los nacionalismos y que pueden ayudar, pero los nacionalismos (y las naciones) no están predefinidos ni predeterminados.

Pero todos rechazan la etiqueta de nacionalista. De hecho, apuntas en el libro que muchos intelectuales de este país aún niegan que exista el nacionalismo español.

El rechazo a la etiqueta nacionalista no es una cuestión española. También es muy propio del ámbito lingüístico francés, portugués, alemán… el término nacionalismo está denostado por el uso perverso e hipertrófico con consecuencias criminales. Está negativamente connotado desde 1945. Yo no digo que todo el mundo sea nacionalista de la manera en que lo pueda ser un ardiente defensor de la unidad de la patria como Abascal o como Quim Torra.
Muchos dicen ser patriotas y no nacionalistas…

La mayor parte de los ciudadanos se sitúa en escalas intermedias de baja intensidad. Algunos llaman a eso patriotismo y creen que es sano y que el nacionalismo es malo. La diferencia no es de naturaleza sino de gradación. Quizá decir que todo el mundo es nacionalista es un tanto exagerado, pero sí diría que la mayor parte de la gente necesita una nación.   (...)
Ahora que lo menciona, algunos atribuyen cierto “supremacismo” a algunos sectores del independentismo catalán. Y también se ha usado ese calificativo en sentido contrario.

Se trata de retórica y guerra de propaganda para deslegitimar al contario. La mayoría del nacionalismo catalán no cree que tenga una pureza especial o que sea superior. Otra cosa es que me digas que hay núcleos más puristas con el tema de la lengua que tienen problemas para tener una idea más cívica de nación. Torra se equivoca en muchos de sus planteamientos y es un nacionalista de perfil duro, pero no me parece que sea un supremacista.

¿Son los nacionalismos periféricos –Catalunya, Euskadi...– los que han provocado el resurgir el nacionalismo de Estado?

Una cosa no tiene por qué llevar a la otra, pero todo nacionalismo necesita un otro para consolidarse y para reafirmar su personalidad. Los nacionalismos sin Estado, precisamente por no tenerlo aunque haya instituciones sucedáneas y por no gozar de reconocimiento internacional, están forzados a una hipertrofia simbólica y de alguna manera tienen que hacer ostentación. En cambio, el nacionalismo de Estado muchas veces es más invisible y se alimenta con un nacionalismo trivial de baja intensidad. 

Se manifiesta y sale a la luz ante agresiones externas o amenazas internas como puede ser la secesión de una región o la presencia de una minoría o un colectivo que se considera extraño en la nación; o puede ser por la inmigración. Pero también en algunos momentos porque los actores políticos dan a la nación un valor supremo para enmascarar otros intereses. Y eso también puede pasar en los nacionalismos sin Estado.

¿Entonces el nacionalismo catalán es el motor de ese despertar del nacionalismo español?

Primero fue el plan Ibarretxe, del que nos hemos olvidado, como de ETA... Había un desafío para el que se tenía una receta de defensa de la Constitución, de los Derechos Humanos, etc. porque ETA mataba a gente inocente de todo tipo. El nacionalismo catalán plantea un desafío de otra naturaleza porque es cívico y es pacífico –quitando algunos de los últimos episodios–; pero se ha intentado calcar la receta de Euskadi con Catalunya. Además, en la época de José María de Aznar, sobre todo a partir del año 2000, ya se empezó un proyecto explícito de renacionalizar España, de normalizar España en el contexto europeo. 

Esa renacionalización empezaba con los símbolos: con el orgullo de la bandera, con el himno o con la presencia de mayores contenidos comunes en los currículos escolares de toda España. Luego José Luis Rodríguez Zapatero tenía un proyecto todo lo teórica e intelectualmente sofisticado que se quiera, pero al final no estaba muy construido. Hablaba de una España plural, de valoración de la pluralidad en la propia génesis de la identidad española, de valoración de la tradición republicana, federal… y se apoyaba en Maragall, Touriño y los valencianos, que ayudaron bastante.


¿Ante este último “desafío” cómo se ha reaccionado?

Con mayor polarización, una polarización que ha llevado a que se manifieste Vox, que es producto de esa proliferación de lo que llaman nacionalismo constitucional. Pese a que tiene elementos claramente neofascistas y de derecha radical como el rechazo a la inmigración, su núcleo es la defensa de la unidad de España frente al movimiento independentista catalán. Con todo, antes ya estaban ahí y en el momento adecuado surgió la España de los balcones. 

Existía cierta banalización y normalización de algunos símbolos como la bandera bicolor, que hasta la Eurocopa de 2008 o el Mundial de 2010 se veía muy poco. Y empezó a verse también en las periferias de Barcelona. Pero también es verdad que ya hay una generación que ha crecido en la España democrática y no tiene problemas para identificarse con la bandera que sus mayores asocian al franquismo o a la monarquía.

 El Estado de las Autonomías fue una solución improvisada que duró casi 40 años. Era un coche viejo que había que repararlo pero seguía funcionando. Es el momento de diseñar algo nuevo, aunque ese modelo está por definir. En mi opinión habría que huir de los estados nación clásicos. Tenemos teorías de nacionalismo posnacional, pero aquí impera la nostalgia, el retorno al Estado nación y vemos con casos como el del Brexit que una parte de la población se refugia en esta estructura vieja en tiempos de incertidumbre, con un contexto de crisis económica y de pérdida de importancia de Europa en el tablero global.
Afirma también en el libro que “si los nacionalismos periféricos se han sentido tradicionalmente cómodos en el escenario de la bilateralidad –nosotros a un lado, España al otro lado–, la necesidad de encajar esa bilateralidad en una multipolaridad más amplia, un escenario de competencia múltiple etnoterritorial, multiplica los dilemas”, pero a la vez “puede facilitar soluciones intermedias”. Si es así, ¿dónde queda el federalismo? ¿Por qué no arraiga?
 
Ahora no hay compañeros para ese menester. El nacionalismo vasco nunca estuvo ahí porque tiene su régimen foral y siempre ha preferido la bilateralidad. Buena parte del nacionalismo catalán también se movía en esa lógica desde la época de Pujol, en una suerte de pacto bilateral. Así no hay manera de construir el federalismo, máxime si en la derecha y algunos sectores de la izquierda española hay serias reticencias a ello. Un sistema federal debe basarse en la lealtad de los territorios que lo integran y si hay dos o tres territorios que siempre van a estar aspirando a algo más eso no funcionará. Pero hay otro problema básico que está por definir:

 ¿Deben federarse las actuales Comunidades Autónomas? ¿Sólo Catalunya, Euskadi, Galicia y Canarias? ¿Entonces qué pasa con Andalucía, Asturias o Valencia? También lo querrán. Se puede hacer un pacto de tres o cuatro naciones, pero eso implicaría constitucionalizar a otras naciones hoy periféricas y no se querrá. Es un asunto complejo y las fuerzas mayoritarias cuando llegan al Gobierno vuelven a lo malo conocido e intentan poner parches; vuelven al Estado de las Autonomías."                  (Entrevista a Xosé M. Nuñez Seixas, Iñaki Pardo,  La Vanguardia, 04/11/19)

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