12/5/14

Una parte de nuestra ciudadanía, y de nuestra clase política, sigue debatiendo sobre si es más tolerante el agredido que el agresor

"Vuestros muertos son nuestra alegría. ETA le metió dos tiros en la chola, que se joda, púdrete. Gora ETA, muerte al PP. Lástima que no esté ETA para que seas la nueva Irene Villa…" 

Estas frases, unidas a la repercusión mediática (de dudosa conveniencia en términos de futura eficacia policial) que ha tenido la denominada ‘operación araña’, no hacen sino poner de manifiesto algo que algunos docentes hemos denunciado durante demasiado tiempo: ETA ya no asesina, cierto, pero el odio inoculado durante décadas permanece latente en demasiados ciudadanos vascos, no necesariamente jóvenes, que han crecido banalizando el horror.

Las alarmas encendidas por los informes del Ararteko, los observatorios de la convivencia o los planes de paz y deslegitimación del terrorismo nunca podrán cambiar la percepción de ese número de personas que han sido en culturizadas en la heterofobía y que han conformado un ‘corpus social’ reconocible que, si bien ya no colabora activamente con el terrorismo, se muestra visceralmente hostil ante la diversidad identitaria e ideológica.(...)

 No es de extrañar, por lo tanto, que ese odio inoculado durante años sea eyaculado ahora adaptado a los tiempos, es decir de acuerdo con las nuevas fórmulas de la comunicación. Así la agresión, el hostigamiento, el insulto o la vejación, que antes eran directas y se plasmaban en una diana o en una pintada (¡Ordóñez jódete!), ahora, en esta sociedad de las postmodernidad líquida, se reproducen en las redes sociales  (...)

En otro orden de cosas, ha sido interesante también comprobar cómo una vez más, y a pesar de los ‘nuevos tiempos’, han surgido las viejas coartadas (desde los medios afines al nacionalismo democrático hasta la izquierda abertzale en boca de Pernando Barrena) que reivindican la libertad de expresión, confundiendo así un derecho con la conculcación del mismo, en un intento de banalizar de forma implícita la profunda maldad que encierran estas nuevas formas de ciberacoso o de ciberviolencia de baja intensidad de las que se sirven el sexismo, el racismo, el fascismo y toda forma de pensamiento totalitario.

Ante el insulto racista al jugador azulgrana Dani Alves, toda la comunidad deportiva internacional se ha solidarizado con él ridiculizando al imbécil que lanzó la banana.(...)

 Todo parece indicar que no estamos por la tolerancia cero contra los comportamientos violentos, sean estos directos o virtuales, si se ejecutan sobre nuestros contrarios, sobre los ‘otros’.

 Como antes, una parte de nuestra ciudadanía, y lo que es peor una parte de nuestra clase política, sigue debatiendo sobre si realmente es más tolerante el agredido que el agresor (si éste agrede con el mástil de nuestra bandera), justificando así sin saberlo a veces, la infamia y la ignominia.

 Entre tanto despiste ha sido gratificante escuchar las palabras de la directora de Atención a las Víctimas, Mónica Hernando, que ha hablado claro y ha dicho de forma contundente que estas acciones no son sino formas de comportamiento repugnantes. (...)"               (JESÚS PRIETO MENDAZA , EL CORREO 02/05/14, en Fundación por la Libertad)

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