"(...) “El problema de Cataluña es un problema de ser”, diagnosticó muy
serio en su día ese médico, Jordi Pujol, que filosóficamente anhelaba
competir en oscuridad con los oráculos de Martin Heidegger.
Y,
aunque opino que el arte de la política nada tiene que ver con los
dilemas personales del “ser o no ser”, ahí están con la obsesión
ontológica de crear inseguridades y miedos, y de inhibir, claro está, el
desarrollo de la “autonomía individual”.
Y ahí estamos con las
patologías políticas de jurar solidaridad al pasado de “1714” cuando la
verdadera lucha por la independencia no se enreda en los dedos de la
Providencia, y sí en ayudar a las personas reales a “emanciparse de sus
problemas reales”.
Sin embargo, estos hombres que “no son”, en sentencia
machadiana, “de ayer ni de mañana, sino de nunca” están fletando un
viaje a las profundidades de “1714” y, por efecto quizá de la ingesta de
aquellas fantásticas “almejas brillantes”, mantienen una perspectiva
estrecha de la situación.
Eso no les alarma. La prueba está en que, erre
que erre, siguen malgastando tiempo, derrochando dinero no propio,
incensando el respeto supersticioso al ayer… y cocinando esa golosina de
mermelada y azúcares, llena de imaginarios, con la que los Artur Mas et
al. se proponen edificar una ciudadela del mañana a base de
exclusiones, cuando la realidad es mucho más que catalana, que española…
o que nacionalista.
Desatentos a los vientos de la
internacionalización, sacralizan a las masas y procuran despertarlas a
su conciencia de pueblo anunciando que en una Cataluña identitaria, pura
y prístina, auténtica y perfecta, léase independiente, se reducirá
hasta la tasa de cáncer. ¡Sí, ha leído bien! (...)
No reconocen que en 1714 fueron las élites quienes desencadenaron los
fuegos de una conflagración criminal cuya primera víctima fue la gente
de a pie. ¡Ni lo reconocerán!, pues de la mano de una espeleología
nacionalista las actuales élites catalanas, de izquierdas y de derechas,
rescatan las cavernas del Minotauro en cuyos laberintos de espesura
negrísima dibujan radiantes lances militares, ofensas inexistentes y
agravios ilusorios.
Ahora bien, en lugar de centrarnos en los conflictos
nada edificantes de 1714, ¿por qué no regresar al año 1640, o a la
época belicosa de las primeras colonias de la Magna Grecia o, ya
puestos, a los asentamientos sangrientos de nuestros antepasados
paleolíticos?
Convertir las guerras pasadas en política y la política en
arqueología es, cuando menos, un error de consecuencias impredecibles
que ensimisma a la clase política y, sin remisión, la aleja de la
realidad. (...)
Nada más lejos de mi intención que incidir ahora en que el porcentaje
de ciudadanos favorables en 2005 a la independencia era del 13,6% y,
solo transcurridos nueve años, en 2014 está situado en el 47%.
¡Sabemos
bien lo que ha pasado! Los Arturo Mas no nacionalistas se convirtieron
con la moral de rebaño en “Artur” Mas. Y, sobre todo, con el dinero de
los contribuyentes, circa 20.000 millones de euros empleados por la
Generalidad, han sido costeadas cuantiosas campañas soberanistas,
planificadas desde los laboratorios de los despachos oficiales.
Y
mientras una propaganda política “mentirosa” que crea conflictos donde
no los había encuentra apoyo en estómagos agradecidos, por la vía de las
instituciones de la administración pública se ha conseguido dar vida a
una ideología que extranjeriza al “proximus” o prójimo, y que, lo
resaltó Arthur Rosenberg, “encuentra fácilmente un objeto que le permita
comprobar a diario su superioridad, y sobre el cual desahogar sus
instintos vengativos”.
Por otro lado, en esta metamorfosis
sociológica llevada a cabo por la manipulación de las élites catalanas,
no hay que olvidar la labor de esos trileros que escriben con el brazo
erguido en ademán tribunicio; no hay que minimizar los esfuerzos de esos
vasallos, “altavoces” de la burguesía local que “versifican para sus
semejantes sobre las nubes”, que diría el Fausto goethiano; no hay que
arrinconar a esos trovadores, soñadores acríticos, dizque periodistas e
historiadores, que besan las herraduras de sus amos, que viven,
¡¡¡cuánta rebeldía!!!, de alabar a las castas locales, que colapsan
cualquier otro ideal que no sea el nacionalista. Y que rara vez hablan
de las cuitas de la gente sin poder, o sea, de las tribulaciones del
amado, amadísimo pueblo. (...)" (Independence Day, 2ª parte, de Teresa González Cortés en vozpopuli.com, en Caffe Reggio, 09/05/2014)
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