"(...) ¿Cómo no recordar ahora la soledad de tantos vecinos que hacían las
maletas para no ser asesinados cuando la amenaza de serlo era real, así
como la de tantos otros que asimismo hicieron sus maletas antes de que
la amenaza también les llegara? ¿Quién no lo recuerda?
Somos muchos los
testigos de ese destierro. ¿No merecen esas víctimas ninguna reparación?
¿Ni siquiera la reparación de ser restituidos formalmente en su derecho
de voto aunque muy probablemente nunca lo ejerzan porque ya nada tienen
en el País Vasco?
Sólo el desconocimiento de lo que esa tragedia de desarraigo ha
supuesto para tantas familias vascas –o los réditos extraídos de esa
alteración del censo electoral– pueden explicar declaraciones y
afirmaciones que revelan una absoluta falta de empatía con esas víctimas
del terrorismo.
Algunas destacan negativamente por su simpleza. Es el
caso de la afirmación del sinsentido de que tales desterrados voten en
Euskadi cuando pueden regresar toda vez que no hay ningún elemento que
impida ya su regreso.
Es evidente que quien eso afirma carece de la experiencia del
destierro. No sólo porque semejante afirmación desconoce los muchos
impedimentos que sí existen para regresar sino, también, por los muchos
obstáculos que aconsejan no hacerlo.
¿Acaso es posible levantar casa,
familia, trabajo, relaciones sociales sólidamente establecidas en otra
parte de España como quien desmonta una tienda de campaña para plantarla
nuevamente en cualquier pradera vasca, después de décadas de ausencia
forzada? ¿Qué queda de conocido y quien queda de cercano en la tierra de
origen? Muy probablemente, nada ni nadie. Para los hijos y los nietos,
con certeza casi total.
Por otra parte, detalle nada nimio, ¿para qué regresar incluso en la
hipótesis del portavoz del Gobierno vasco de que Euskadi sea ya «una
comunidad política que no presenta ninguna razón ni política, ni
económica, ni social, ni de convivencia que impida la residencia
efectiva en su territorio por parte de quien así lo desee» una vez
finalizado –en apariencia– el terrorismo cuando, a las ausencias
anteriores se añade la presencia cierta de los victimarios en las
instituciones?
¿Qué víctima del destierro por causa del terrorismo de
ETA va a regresar a su municipio de origen para contemplar diariamente
el espectáculo de que la ideología que le victimizó y quienes
decidieron, contribuyeron o apoyaron su victimización no sólo continúan
en él sino que además están ahora en las instituciones?
¿Qué hijo o
nieto de desterrado anhela hacer semejante experiencia después de haber
vivido en propia carne el sufrimiento de sus padres desterrados?
Concluirán conmigo que ninguno. Entre otras cosas, porque no merece la
pena. No sólo el regresar en tales circunstancias, en el caso de que el
regreso fuera posible.
También, porque para hacerlo hay que deshacer los lazos firmemente
establecidos allá donde el destierro les llevó y donde fueron acogidos.
En definitiva, restituir en su derecho de voto a los vascos
desterrados y a sus descendientes es sobre todo un acto de justicia y de
reparación que muy probablemente no tendrá ninguna incidencia
electoral.
Sólo por eso el Estado –que también ha estado permanentemente
ausente respecto de esos ciudadanos– debería acometerlo.(...)" (EL CORREO 25/04/14, CARLOS FERNÁNDEZ DE CASADEVANTE ROMANI, en Fundación para la Libertad)
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