"(...) De prosperar la secesión-anexión de Crimea a Rusia, ¿qué ocurrirá con
los ucranios que allí viven? ¿Y con la minoría tártara? ¿Serán rusos o
serán ucranios? ¿Extranjeros o nacionales? No es una pregunta
provocativa, ni mucho menos una ocurrencia.
En Gran Bretaña se está planteando, todavía tímidamente, qué
ocurriría con los británicos que quisieran seguir siéndolo en una
Escocia eventualmente independiente, abogándose -eso sí, por parte del
secesionismo- por la doble nacionalidad que, no obstante, comportaría
enormes complicaciones porque los británicos en Escocia serían
ciudadanos de la Unión y los meramente escoceses, no.
Aquí, y en relación con una eventual independencia de Cataluña, la
cuestión de la nacionalidad de los catalanes que deseasen seguir siendo
españoles la planteó en términos muy serios y documentados el ex
presidente del Consejo de Estado, Francisco Rubio Llorente, en un
artículo publicado el pasado 23 de enero en La Vanguardia titulado Ciudadanos de Catalunya.
Explicaba el catedrático de Derecho Constitucional cómo se decidió la
nacionalidad en las repúblicas bálticas cuando accedieron a la
independencia tras la caída de la URSS: los ciudadanos de Estonia,
Letonia y Lituania “son hoy quienes lo eran en esos Estados antes de
1940 (cuando se los anexionó la URSS) o sus descendientes.
Con lo que
han quedado privados de esa condición una buena parte de quienes hasta
la independencia habían actuado como ciudadanos: entre el 30% y 40% de los votantes en los respectivos referéndums sobre la independencia de Letonia y Estonia, no son ya ciudadanos”.
Aunque Rubio Llorente da por seguro que -como en Escocia- “una
Catalunya independiente ofrecería su nacionalidad a todos los españoles
que en ese momento vivan allí” (en el Congreso del CDC se va a acordar
que para ser catalán nacional será preciso conocer la lengua y la
historia de Cataluña), el problema tiene más derivaciones y de alta
sensibilidad. Porque aunque se ofreciese esa nueva nacionalidad, no
puede ser impuesta dice el profesor con buen sentido.
Y añade: “Los
nacionales del estado predecesor tienen derecho a seguir siéndolo aunque
continúen viviendo en el nuevo, que no puede expulsarlos ni privarlos
de otros derechos que los políticos.” El canadiense Stephane Dion,
urdidor de la ley de claridad para Quebec, se manifestó en la misma
línea el pasado miércoles en Madrid.
Traído a Barcelona, Tarragona y a
la capital de España por los Federalistas de Izquierdas, Dion fue muy
claro: un referéndum de independencia consiste también en declarar
extranjeros a parte de la población del territorio.
¿Cómo sería entonces la situación? Rubio Llorente la imagina así: “En ese marco obligado, no es disparatado imaginar que un número significativo de los españoles que viven en Catalunya pudieran desear seguir siéndolo sin salir de ella y lo hagan valer ante las autoridades catalanas y españolas
Como esa nacionalidad conlleva la europea y la naturaleza
humana es desfalleciente, es posible que esa opción resultara tentadora
también para otros, pero bastaría con que se inclinaran por ella quienes
en el referéndum votaron en contra de la independencia para que el
Estado fruto del alumbramiento naciera con una grave malformación: una
democracia en la que no puede votar ni tiene derechos políticos el 40%
de los habitantes”.
Los independentistas escoceses insinúan que la solución sería la doble
nacionalidad; lo mismo que ha mantenido Oriol Junqueras, líder de ERC,
que en declaraciones hechas en septiembre del año pasado apeló a los
“lazos emocionales” de ciudadanos catalanes con el resto de España.
Sin
embargo, Madrid no estaría en la obligación de resolver ese problema a
una Cataluña separada, lo que podría provocar un éxodo de una parte de
su población. Problema de dimensiones enormes sobre el que no se ha oído
por el momento ninguna prevención o reflexión de parte de los
estudiosos de la independencia de Cataluña en el Consejo Asesor para la
Transición Nacional. (...)
El referéndum de Crimea -a todas luces ilegal- reverdece, como en su
momento la independencia de las repúblicas bálticas de la URSS, la
inquietud sobre la suerte de minorías -la ucrania, la tártara- y nos
obliga aquí, en España, como también está ocurriendo en Gran Bretaña, a
preguntarnos qué pasaría con los millones de catalanes que quieren
seguir siéndolo a la vez que españoles.
La propuesta de Oriol Junqueras
-la doble nacionalidad para quien la quiera- se acomoda mucho más a un
deseo unilateral que a una planificación de las consecuencias de su
improbable iniciativa en el que tantos, y con tanta ignorancia de sus
reales consecuencias, le acompañan." (EL CONFIDENCIAL 15/03/14, JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS, en Fundación para la Libertad)
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