"(...) Es inevitable. Las referencias a una mayoría parlamentaria, en lugar de
a una mayoría de votos para legitimar cualquier opción de poder, siempre
recuerda el destino del populismo contrariado.
Nuestro buen amigo Francisco Morente se atrevió a poner en duda el sistema electoral de Cataluña para
demostrar, números en mano, que las mayorías absolutas nacionalistas siempre se
habían constituido vulnerando la representación de una mayoría de votantes –no
digamos ya de una mayoría de electores, que eso sería darse un garbeo por el
país de las maravillas de Alicia-.
No olvidó el profesor Morente referirse a la
idéntica circunstancia que se produce para la elección del Congreso de los
Diputados, donde impera un sistema siniestro que utiliza la excusa de la estabilidad
para proteger, fuera ya del marco inicial de la transición democrática, los
intereses de los dos partidos mayoritarios…y los de los partidos nacionalistas.
Cuando esos intereses chocan
contra la igualdad del voto de los ciudadanos, es evidente que se está
eligiendo un determinado bien –la formación de mayorías estables- frente a otro
bien –los derechos idénticos de los individuos-. (...)
Es curioso que una tradición política como la catalana, en la que fueron hegemónicas las culturas libertaria y federal -que son opciones de las clases trabajadoras que recelaban del poder del Estado y deseaban construir la política en la constante revitalización de la vida social- haya acabado por tener como destino manifiesto del pueblo catalán la construcción de lo que ellos llaman “un Estado propio”.
No
creo el actual independentismo pueda llamarse heredero de las trayectorias que
mejor constituyeron una percepción nacional y singular de las relaciones entre
lo institucional y lo social. Por lo menos, mientras acepta ahora el liderazgo
de fuerzas que, con toda claridad y diciéndolo sin tapujos, se han legitimado
como continuidad de una práctica política basada en los acuerdos de la elite
catalana con la que gobernaba el resto de España. (...)
Porque lo que ha venido preocupándonos desde la convocatoria electoral del 27 de septiembre, y que con tanta exactitudresaltaba el amigo Xavier Arbós en su artículo del 18 de marzo es, verdaderamente, un espanto: prescindir de una mayoría de votantes para fijar la atención en la mayoría de parlamentarios. Plantear unas elecciones plebiscitarias y cargarse jocosamente el sentido último de la prueba: cuántas personas están a favor o en contra de opciones políticas independentistas o no independentistas.
Una ocasión que permite, además, fuera del tramposo ejercicio
de la famosa pregunta, averiguar la calidad real del voto ciudadano.
Es decir,
si se vota independista o no, pero también por qué proyecto social se opta; por
qué manera de afrontar los desafíos de la crisis; por qué caminos para resolver
problemas nacionales que expresan la soberanía popular en formas que no se
limitan a afirmar la constitución de un Estado independiente, sino que desean
expresar también cuál es el modelo de organización económica que se elige, el
proyecto de sistema educativo que se prefiere, la trama de protección social
que se considera imprescindible, y el esquema de relaciones entre los
ciudadanos y las autoridades económicas europeas que se defiende.
No he sido
yo, no hemos sido nosotros, los que nos hemos empeñado en poner a estas
elecciones la etiqueta solemne y peligrosa de una jornada plebiscitaria.
Pero
no es admisible que quienes así lo han decidido y divulgado se empeñen luego en
deformar las elementales normas de conducta en una situación de este tipo. La
mayoría parlamentaria, como ha venido sucediendo en Cataluña y en España desde
el inicio de la transición, establece una desviación indeseable entre el voto
popular y la representación institucional.
Y no en poca medida, porque la
formación de mayorías de gobierno nacionalistas e incluso la posibilidad de que
ERC haya escogido pareja de baile –la llave, la maldita llave que Carod Rovira
exhibió con jactancia y desprecio a la suma de los votos de los ciudadanos
reales- se ha basado en la sobrerrepresentación de territorios en los que –vaya
casualidad- la izquierda no independentista es minoritaria. Mejor dicho: en los
que la izquierda es minoritaria. (...)
¿De verdad nos sorprende esa elección del resultado parlamentario, en detrimento del número de votos, por quienes urdieron una pregunta tan escandalosa como la que pretendían averiguar la voluntad de los ciudadanos de Cataluña el pasado 9 de noviembre? Esto es, simplemente, el resultado de la desquiciada manera de organizar un debate que el nacionalismo ha ido tejiendo desde la desatinada intervención del PP, por tierra, mar y aire, contra la reforma del Estatuto, hasta llegar a la sentencia del 2010.
Y, en especial, lo que se ha ido produciendo desde el 2012: porque en
las primeras elecciones tras la sentencia, el resultado del independentismo fue
más que discreto, como parece haberse olvidado a la hora de fijar la cronología
de los hechos. (...)
Sí, de eso se trataba, en estos años de pavoroso sufrimiento social en el que algunos, muchos, orientados por un liderazgo estatal que pretende no serlo, acompañados de liderazgos que no han pasado por prueba electoral alguna, fortificados por una información convertida en dolosa y sectaria propaganda, han preferido hablar del “pueblo” para esconder a los ciudadanos. Y para esconder, que les quede bien claro a esa izquierda que ha jugado incomprensiblemente en el bando de sus adversarios de siempre, a la clase trabajadora.
Los que han preferido
la fuerza de una falsa reconciliación estética al rigor de un ágora política en
la que la cohesión se adquiere recordando discrepancias y antagonismos
fundamentales. ¿Habría de
extrañarnos que se hable de mayoría parlamentaria, incluso cuando eso implique
que se quiere tomar decisiones en minoría ciudadana?" (Ferrán Gallego, Federalistes d'Esquerres, 28/03/2015)
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