"(...) En Crimea, en Cataluña y en muchos otros lugares se plantea una
cuestión que no ha podido ser respondida satisfactoriamente por ninguno
de los teóricos de la cuestión nacional: ¿cuál es el sujeto del derecho
de autodeterminación?
Un derecho en virtud del cual Ucrania pudo
constituirse en Estado independiente, pero que Kiev niega a la población
de una península que es ucraniana desde hace solo sesenta años (todo
ello por no hablar de los tártaros, que hoy constituyen una minoría en
Crimea, en parte porque fueron deportados en masa por Stalin).
El derecho de autodeterminación puede funcionar como una coartada
democrática en la que se escudan los nacionalismos, que olvidan tan
pronto cómo han conseguido sus objetivos.
Si la mayoría de los
habitantes de la provincia de Lleida, pongamos por caso, quisieran
separarse de un Estado catalán independiente para unirse a España, es
probable que las autoridades de Barcelona reaccionaran más o menos como
las de Kiev en la presente crisis. Así que tal vez deberíamos establecer
un paralelismo entre Cataluña y Ucrania. (...)
La declaración soberanista aprobada por el Parlamento de Cataluña ha
demostrado que en el proyecto de los Países Catalanes, en el que se
pretende integrar todos los territorios catalanohablantes, había mucha
retórica y poca sustancia.
Sin embargo, los nacionalistas catalanes
harían bien en preguntarse en qué situación quedarían los catalanistas
de Valencia y Baleares si la Cataluña estricta proclamara su
independencia, ya que se convertirían de buenas a primeras en una
minoría extranjera en su propia tierra.
Y ahora sería fácil establecer
un paralelismo entre Cataluña y Rusia, ya que sin ánimo de justificar el
militarismo y los sueños imperiales de Moscú (que aspira a controlar no
solo Crimea, sino todo el Este de Ucrania, al menos de modo indirecto),
resulta comprensible que los rusos se preocupen por la suerte de los
compatriotas que quedaron fuera de la Federación tras el desmembramiento
de la Unión Soviética.
Constatar el paralelismo entre España y Ucrania es todavía más sencillo.
Las constituciones española de 1978 y ucraniana de 1996 consideran a
las naciones respectivas cómo únicas depositarias de la soberanía.
Legalmente, Cataluña y Crimea gozan de un estatus especial dentro de
España y Ucrania, pero siempre supeditado a esa soberanía indivisible.
Los separatistas catalanes y crimeos aspiran a convertirse en sujetos
políticos plenos (de manera transitoria en el caso de Crimea, pues el
fin último de los rusohablantes de la península es la unión con Rusia).
Dicho de otra manera: aunque muchos independentistas probablemente no
son conscientes de ello, pretenden constituir una nueva soberanía tan
indivisible y tan inalienable como la que critican.
En esa defensa a
ultranza de la soberanía (que es otra manera de llamar al derecho a
decidir) el paralelismo puede establecerse entre todas las naciones, con
o sin Estado. También entre España y Rusia y entre Rusia y Ucrania. (...)" (XABIER ZABALTZA / Profesor de Historia Contemporánea de la UPV/EHU, EL CORREO 19/03/14, en Fundación para la Libertad)
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