Yo esta pregunta la respondería desde mi punto de vista: soy hijo de una familia barcelonesa que emigró a Veracruz, México, donde ser catalán consistía en sumar un ramillete de variables tales como llamarme Jordi, oír a Joan Manuel Serrat, seguir los resultados del Barça en el periódico, cantar el Sol solet y el Cargol treu banya, comer butifarras, beber un horrible vino importado del Penedès y hablar catalán, una lengua que, en aquella selva mexicana donde nací, nos dotaba de un lustre exótico.
Ser catalán en Veracruz era precisamente eso: ser un niño exótico que estaba obligado a explicar, con una frecuencia desesperante, la rara filiación de su exotismo.
Como mi familia había sido expulsada de España al perder la Guerra Civil, y no podía regresar hasta que muriera el dictador que los había echado, toda la Cataluña que teníamos era ese ramillete de variables, éramos de un país que en aquella selva tenía mucho de imaginario y, como todo esto a mí me sucedía en los años setenta, mucho antes de las Olimpiadas de Barcelona y de los rotundos éxitos del Barça que han puesto a Cataluña en el mapa mundial, había que explicar todo el tiempo qué demonios era eso de ser catalán. (...)Como no se podía regresar al país de donde venía la familia, llevábamos a cuestas nuestra Cataluña portátil que, eventualmente, se encontraba con la de otras familias catalanas que compartían con nosotros el mismo país imaginario, el mismo relato, un relato que, curiosamente, no difiere mucho de lo que encontré, años más tarde, cuando llegué a vivir a Barcelona, a esa Cataluña que no quiero llamar "real", o "de verdad", porque me parece que, en el fondo, una es tan real, y tan imaginaria, como la otra.
El catalán nacido en Cataluña tiene como referente un ramillete de variables similar al mío, un relato parecido, la diferencia, si se quiere mirar así, sería el metro cuadrado donde ha nacido cada uno, porque al final, ¿qué es un país? Una lengua, una docena de afectos, tres o cuatro paisajes, unos cuantos sabores y olores, y no mucho más.
Entre la Cataluña imaginaria donde nací, y la que es ahora mi casa, se arrastra la Cataluña política, ese corpus grandilocuente que parece cada vez más divorciado de eso que se denomina el pueblo catalán y cuyo relato, por la desmesura con que lo amplifican los medios de comunicación, termina siendo la historia oficial de Cataluña, cuando no es más que su relato político, es decir: el relato de unos cuantos que llevan agua a su molino. (...)
Los líderes políticos catalanes, por estarse mirando el ombligo, y defendiéndolo del ataque (real, o no) del extranjero, pasan por alto que Cataluña ha cambiado vertiginosamente, que lleva años abierta al mundo, que ha sido ya colonizada, de manera definitiva e irreversible, por nuevos habitantes que vienen de otros países y que, más pronto que tarde, el alcalde de Barcelona y el presidente de la Generalitat serán, por poner un ejemplo, hijos de ecuatorianos.
Entonces habrá que replantearse, necesariamente, el orden y la intensidad de las esencias de la patria; tendrá que reflexionarse sobre el significado que conceptos como nacionalismo, independentismo, soberanismo, catalanismo, tendrán en el nuevo mapa de Cataluña; un mapa que, por cierto, ya está aquí, que ya es una realidad. Incluso hay formaciones políticas con programas destinados a machacar al inmigrante, lo cual es de una torpeza no solo política, también ontológica y, más que nada, estadística.
A la luz de todo esto tendríamos que preguntarnos nuevamente: ¿qué es ser catalán? De momento no parece que a los partidos políticos les agobie demasiado el tema, se les ve más preocupados por hacerse con el poder, a toda costa, o por conservarlo, que por proyectar un Gobierno que procure el bien de la ciudadanía." (JORDI SOLER: El relato catalán. El País, opinión, 31/10/2010, p. 31)
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