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4/3/20

Kamen: No hay ninguna evidencia histórica de que los reyes godos existieran, ni Don Pelayo, ni la convivencia de cristianos, moros y judios en la Edad Media... pero los mitos fortalecen las identidades,

"Henri Kamen se siente una mezcla de civilizaciones. “Nací en Oriente (en la antigua Birmania), me formé en Reino Unido y vivo en España”, resume el historiador de 83 años en un perfecto español, con acento británico y deje catalán, al preguntarle de dónde es. Los orígenes de un país también son siempre una mezcla mucho más compleja de lo que reflejan sus mitos. 

Sobre esta idea Kamen acaba de publicar, 'La invención de España' (Espasa, 2020), libro en el que trata de separar cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en la historia de este país, que lleva más de medio siglo estudiando. Una gran parte de lo que los libros de texto nos han enseñado a los españoles como hechos históricos son leyendas imposibles de verificar.  (...)

“No hay ninguna evidencia histórica de que los reyes godos existieran. Para empezar, ni siquiera el titulo de rey existía en aquella época”, sentencia el hispanista (...)

PREGUNTA. ¿Es la lista de reyes godos un invento?

RESPUESTA. A finales del siglo XIX, cuando se empieza a instituir el sistema de enseñanza obligatoria en los colegios, se llegó a un acuerdo sobre de qué materias había que educar a los niños. Lo más fácil era memorizar reyes y presidentes, y ahí se optó por simplificar muchos capítulos de la historia de España, a menudo con criterios políticos.
En su libro cita a Ramiro de Maeztu, ensayista de la Generación del 98, que dejó escrito que “España comienza a ser al convertirse Recaredo en la religión católica”, una idea que se popularizó en la España franquista. Según Kamen, la falta de documentación para estudiar a los visigodos, a quienes Franco alababa por su “amor nacional a la ley y el orden”, permitió crear la ilusión de una unidad y continuidad histórica “de la que no hay constancia alguna”.

Kamen también desmiente en su libro que haya certeza histórica de batallas heroicas como la de Clavijo, la figura de Santiago 'matamoros'. Analiza también la España de los conquistadores, el papel de los piratas del Caribe y hasta el papel de Gibraltar en el nacionalismo español. Todos estos episodios, algunos más ficticios que otros, juegan un papel importante en lo que el historiador llama la invención de España.

 “Los mitos fortalecen las identidades”, explica, pero reclama la importancia de separar la realidad (lo que “aparentemente” sucedió), del mito (lo que “debería haber sucedido”). Ciertas o no, opina que todas estas leyendas son importantes para entender la historia de un país: "Tienen un papel en la forma en que elegimos construir, es decir, inventar, el pasado”. Su libro es un recorrido por la historia española a través de los intereses políticos de quienes fomentan una u otra versión de los hechos en cada momento.

P. ¿Es entonces la historia de España una sucesión de 'fake news'?

R. Sí. Podríamos decir que la historia de España así contada es una sucesión de 'fake news', pero toda historia de un país lo es en cierto modo, porque es una reconstrucción interesada. Cuando existe un currículo obligatorio, hay que idear una cosa concreta. No se les puede dar a los niños tres o cuatro teorías de cada episodio. Se simplifica y enseña de modo tan exagerado que puede resultar falso. La enseñanza basada en grandes protagonistas y unas cuantas gestas heroicas necesariamente implica una distorsión de la realidad.

P. Muchos de estos mitos nacen de un interés político que va cambiando según la época. Una de las construcciones políticas que más han calado en el imaginario colectivo español, según cuenta en su libro, es la idea del crisol medieval de las tres culturas. ¿También es falso?

R. Efectivamente, a lo largo de la historia, los políticos adaptan la historia con fines políticos. Fomentar el mito de la España medieval de las tres culturas como una época pacífica e idealizada es una leyenda que sale de la boca de los políticos españoles del siglo XIX y XX. Querían proyectar una imagen del país de que aquí albergábamos no solo una cultura como ingleses y franceses, sino tres: la cristiana, la judía y la musulmana. 

Los liberales del siglo XIX querían identificar en esos valores de la convivencia su idea de España y trataron de crear una imagen de una España posible contra los franceses y al absolutismo de Fernando VII. Querían transmitir que hubo una vez una España donde la tranquilidad y coexistencia de gente muy diferente eran posibles.

Kamen atribuye al historiador novecentista Américo Castro (1885-1972) el desarrollo de esa imagen ficticia de un Al-Ándalus dichoso y pacífico con la implantación del concepto de 'convivencia'. Sin embargo, esa visión, heredera del romanticismo, sostiene, “lo que trata es de ocultar los problemas reales de la época medieval, porque no se encuentra evidencia alguna de que esa coexistencia fuera pacífica”.

Y añade: “Hay más documentación de las crueldades que las tres culturas cometieron entre sí que de la idealizada armonía”, y la describe como una época muy sangrienta en la que hubo decapitaciones masivas, tanto de cristianos como de musulmanes, muchas crucifixiones “y los judíos fueron perseguidos por todos los regímenes, tanto visigodos como árabes. Podía haber episodios de convivencia a nivel popular, pero muy limitada. La vida normal de los árabes era la misma que tenían los cristianos. Trabajaban en los campos, eran vecinos… En ese sentido de la vida del pueblo sí que había convivencia, pero nada más”.

Un ejemplo mucho más reciente de la tentación de los políticos de reescribir la historia con fines políticos, según Kamen, lo tenemos en la invención que hizo el presidente Rodríguez Zapatero, hace una década, de la Alianza de Civilizaciones: “Es un mito reciente que él mismo inventa”, afirma este historiador, que trabajó 12 años en el CSIC antes de jubilarse. “Zapatero piensa en una coalición de las culturas cristianas y musulmanes como respuesta a la agresión de Al Qaeda y otros movimientos violentos de nuestra época, pero fue tratar de crear un mito de convivencia que no funcionó”.

Don Pelayo es una ficción

A la derecha política, este hispanista también le atribuye una instrumentalización de la historia, centrada sobre todo “en la invención de una España que habría existido desde siempre con la cristiandad como eje vertebrador”. Pero igual que no encuentra Kamen evidencias de que los numantinos resistieran heroicamente el asalto de los romanos, tampoco de que lo hiciera la ciudad de Sagunto, no halla tampoco evidencias de que Don Pelayo existiera. Cuenta que es a finales del siglo XIX y principios del XX cuando aquellas batallas legendarias “se empiezan a convertir en episodios heroicos de la patria”.

Ocurre con todos los mitos fundacionales. “Don Pelayo es, en esencia, una ficción, porque no hay forma de documentar ni su existencia ni sus hazañas”, apunta Kamen sobre el héroe asturiano (o visigodo o cántabro, según qué crónicas se consulten). Muchas de las crónicas disponibles sobre el supuesto inicio de la Reconquista en las que se sustenta el mito están escritas varios siglos después de los hechos. “No hay documentación fiable de aquella época ni evidencia de que sucediera. No podemos saber si Pelayo existió o no”.

Kamen, sin embargo, se reconoce “gratamente sorprendido por la honestidad de la Oficina de Turismo de Asturias, porque en su página web reconoce que no disponen de ningún dato comprobable de Pelayo ni de su relación con la supuesta batalla de Covadonga, y esa honestidad histórica no es habitual en la utilización que hacen de la historia muchas otras instituciones públicas”.

En la cueva de Covadonga, según la leyenda, los rebeldes a las órdenes de Don Pelayo hace 1.300 años fueron inicialmente derrotados por los musulmanes y se refugiaron hasta que se les apareció la Virgen María, lo que les ayudó a ganar la batalla. Cuenta que no hay ninguna evidencia ni siquiera de la batalla de Covadonga. “Aunque tampoco se puede descartar que hubiera algún incidente militar, pero no está documentado con fiabilidad”, insiste el hispanista, que apunta a que quienes primero promovieron la leyenda de Don Pelayo fueran los cronistas a las órdenes del rey de León Alfonso III, que quiso liderar un siglo después la lucha contra los musulmanes. 

De lo que no le cabe duda histórica es de que los símbolos que hoy podemos visitar los turistas “son exclusivamente producto de la imaginación y la inversión de los católicos del siglo XIX”. Fue en 1941, el año que regresó a España la Dama de Elche del Louvre, cuando se instaló en el santuario asturiano una imagen de Nuestra Señora de Covadonga y Franco dio pleno apoyo a la leyenda de Pelayo. (...)

P. ¿Es España una de las naciones más antiguas de Europa?

R. No, eso es una actitud subrayada por la derecha española. Insisten en una España política que existió antes de todos los tiempos. Es una visión absurda. También hay una exageración de la idea de una España que exista desde la Reconquista. Eso es falsificar el pasado. La idea misma de Reconquista evoca que había una unidad previa a los siete siglos que estuvo el islam en la península Ibérica. Y no existía tan cosa. Ni siquiera en el siglo XVIII existe todavía una administración central. España como tal nace a principios del siglo XIX, tras la Guerra de la Independencia.

P. ¿Qué papel tiene el cristianismo en la identidad española? En su libro, sostiene que España no es tan católica como se ha contado.

R. El papel del cristianismo en España depende de cómo se interpreta. Hay que diferenciar la espiritualidad y las creencias del pueblo de la cristiandad como manifestaciones culturales de la vida pública, con la presencia de las catedrales, por ejemplo, que es un reflejo del poder institucional de la Iglesia. Los obispos ya se lamentaban de la falta de religiosidad del pueblo español en el siglo XVI. La Iglesia tenía mucho poder, pero no dirigía la creencia íntima de los españoles. 

Por eso importaban misioneros jesuitas y cartujos italianos a la Península con el propósito de convertir al pueblo español a la fe católica. Hay que diferenciar esos dos niveles de la religión. Hay una España cristiana, sí, pero formalmente, a nivel político, no tanto a nivel popular. No se trata de negar que fueran cristianos, que lo eran, pero en un nivel cultural más que espiritual.

 Los ataques contra la Iglesia también son parte de la historia de España. Ya los tuvimos en el siglo XIX con la desamortización y también en el siglo XX. El anticlericalismo está en todas las épocas de lo español. La hostilidad a los privilegios del clero no es nueva. España ha sido tan cristiana como anticlerical. Necesitamos contar la historia con más perspectiva para entenderla. Por eso la historia debería reflejar más la vida de la calle y la vida diaria, y no la que los políticos se inventan, porque ellos necesitan constantemente inventarse enemigos, vencedores y vencidos.


P. Cuenta en su libro que los españoles a menudo hemos preferido acercarnos a la imagen del pasado del país a través de las novelas. ¿Nos importa dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción?

R. Las obras de ficción también tienen ideología y, por tanto, también tergiversan el pasado. Son parte de la idea que una nación se hace de sí misma. A veces, los novelistas gustan más a los lectores que los historiadores. Y si los historiadores somos aburridos y la gente no nos lee, es nuestra culpa. Pero a veces los novelistas tienen tanto éxito que la imagen distorsionada del pasado que proyectan se queda para siempre en las mentes. Hay historiadores que admiran a Arturo Pérez-Reverte. Y eso está muy bien, pero el problema es que su imagen de las guerras de Flandes se acepta como verdad histórica y no es así. Él escribe ficción, con mucho éxito, pero ficción.

Los historiadores, sin embargo, tenemos una obligación de investigar de forma fiable lo que ha pasado, los novelistas no. Y después de las novelas de Pérez-Reverte, muchos españoles tienen la idea de que Flandes estuvo en rebelión contra España. No es cierto. Los Países Bajos tuvieron problemas con la administración del rey de España, pero no por ser rey de España, sino por ser rey de Flandes. No fue una revuelta contra los españoles, fue una rebelión contra Felipe II, porque era su rey en ese momento. 

Flandes luchaba contra su propio régimen. En la Corte de Madrid había ministros que le decían al rey que Flandes tenía razón en sus reivindicaciones. Hay textos que muestran la simpatía con los rebeldes de Flandes. Eso no lo capta Pérez-Reverte. Tiene todo el derecho de no hacerlo porque él es novelista, y le deseo que tenga mucho éxito, pero la gente debe saber que no transmite una imagen histórica real.

P. Usted es un gran estudioso de la monarquía española. En su último libro, asegura que la monarquía española ha sido una institución siempre en entredicho. ¿Cree que llegará a reinar la princesa Leonor?

R. Espero que sí, que Leonor llegue a ser reina. Pienso que tener un símbolo de unidad como tienen los británicos es importante. Aunque la monarquía no tenga un papel activo en la vida política su labor es importante porque cohesiona y actúa como símbolo de las aspiraciones del pueblo, sin que este tenga que identificarse ni aceptar las doctrinas de los partidos políticos. 

En Reino Unido, hay británicos sin preferencia hacia laboristas ni conservadores que creen en la monarquía. Es un símbolo poderoso y los países necesitan símbolos. Otros países no tienen estos símbolos y es una pena, porque en la monarquía veo una gran esperanza para la estabilidad del sentimiento público que trasciende los conflictos de la vida política."             (Entrevista a Henri Kamen, Marta García Aller, El Confidencial, 24/02/20)

28/2/20

Henry Kamens: No hubo Reconquista. Ninguna campaña militar dura ocho siglos... ni la Inquisición tuvo un papel relevante... ni el pueblo español era religioso,,, “Los políticos de ahora no tienen ni idea de qué es una nación"

"A este historiador le irrita el debate entre políticos sobre si España es una nación o si hay varias naciones en ella, hay quien dice que son ocho. También le irrita la tendencia del poder político a manipular el pasado, desde la Reconquista a la derrota catalana de 1714, para dar un barniz histórico a su (pobre) discurso. “Los políticos de ahora no tienen ni idea de qué puede ser una nación, o qué sería una nación de naciones.

 No han investigado qué se quiere decir al hablar de nación. Es solo un juego de palabras”, afirma vehemente Henry Kamen (Rangún, Birmania, 1936), hispanista británico residente en Barcelona, doctorado en Oxford, miembro de la Royal Historical Society de Londres, autor de una treintena de libros sobre España y amigo de la polémica. La mayoría de expertos, advierte, han abandonado el debate de qué es una nación porque no hay forma de llegar a una conclusión indiscutida. Los políticos harían bien en hacer lo mismo.

Kamen publica ahora La invención de España (Espasa), un ensayo demoledor para todos los mitos sobre los que se ha querido construir la identidad nacional. Dicho sea lo de invención sin ánimo de ofender: todos los Estados modernos han tenido que crear su identidad en los últimos dos siglos con lecturas fantasiosas de su pasado. Solo que algunos (Francia) han tenido más éxito que otros (España). 

“También Francia acusaba, en el siglo XIX, problemas de cohesión, sentimiento nacional y unidad lingüística. Aún en 1870, no lograban reclutar campesinos para el Ejército porque no entendían su habla. No había motivos para que España no pudiera seguir el mismo camino”.

El problema de fondo, defiende en su libro, es que “para unir España ha habido que inventar la nación, procurando, al mismo tiempo, aceptar en ella mil años de diversidad y contradicción”. El autor británico rebate sin tapujos todos y cada uno de los mitos nacionales: desde Sagunto y Numancia a Covadonga y Lepanto, figuras tan ambiguas como El Cid, conceptos tan difusos como la raza hispánica o el discurso de la decadencia inexorable.

El mayor mito de todos quizás sea la Reconquista. Henry Kamen explica por qué no puede considerarse un mismo fenómeno todo lo ocurrido en la Península ibérica a lo largo de ocho siglos. “Ninguna campaña militar en la historia de la humanidad ha durado tanto”. El mismo término Reconquista no aparece hasta 1796. Y se utiliza desde entonces por los conservadores “para subrayar la supuesta gloria de España, usando un concepto equivocado para servir a una ideología”, opina.

Las circunstancias de la toma de Granada en 1492 no tienen nada que ver con las que decidieron la batalla de Navas de Tolosa, casi tres siglos antes y en el contexto de una cruzada internacional. “Fernando e Isabel no reanudaron un proceso que se había interrumpido, sino que dieron comienzo a una etapa diferente”, dice. 

Por no remontarse más allá, a la rebelión de Pelayo en Covadonga, nunca documentada y probablemente ficticia. Kamen tampoco compra el relato de un Al-Andalus idealizado, obra de los románticos extranjeros del siglo XIX fascinados por la herencia islámica en España. El esplendor de Al-Andalus, dice, se limita a un periodo muy breve en Córdoba, en el siglo X, y otro posterior en Granada.



Los Reyes Católicos han sido un símbolo nacional para unos y para otros: para los liberales del XIX eran monarcas ejemplares en contraste con los que les sucedieron, que eran extranjeros, incompetentes y absolutistas; luego es Franco el que pone en su altar particular a Isabel la Católica. 

“Cuando era estudiante no me gustaba estudiar a Isabel, creía que era una reina fascista”, bromea. “En los ganadores de la Guerra Civil no había cultura, salvo algunos falangistas inteligentes como José Antonio. Tampoco esperaban llegar al poder, así que tuvieron que buscar en el pasado las esencias de una ideología que no existía. Franco no tenía ideología porque no sabía nada de nada”.

El autor se niega a aceptar la unión dinástica de Castilla y Aragón como el momento fundacional de la nación española. “En realidad, no creó ni siquiera un Estado. En los más de dos siglos que siguieron a la unión de las coronas de Isabel y Fernando, no se tomó ninguna medida para lograr la unión política de la Península”. Es a partir de 1700 cuando los Borbones emprenderán la unificación política, en un principio solo administrativa. Fue un proceso lento.

“Hasta las Cortes de Cádiz de 1810 no estalló en España la chispa del patriotismo, pero incluso entonces la fusión de las provincias en una sola nación fue un proceso que dependió mucho del mito y la leyenda”. España no tuvo bandera hasta bien entrado el siglo XIX, y la Marcha Real no se adoptó como himno hasta el XX, lo que para el hispanista es un indicador de un débil sentimiento nacional.

La unificación borbónica no acabó de aplastar, en su opinión, los localismos tan arraigados en la Península. Kamen comparte la crítica de que la identidad española se construyera alrededor de la de Castilla, pero discute que la centralización borbónica fuera tan represiva. El catalán, por ejemplo, seguía siendo la lengua común en la calle y las iglesias tras imponerse el castellano a nivel administrativo.

El británico se niega a participar en la polémica entre Imperiofobia e Imperiofilia, los libros de Elvira Roca Barea y José Luis Villacañas, respectivamente, con visiones opuestas de la leyenda negra. Y la corta de raíz: “No veo ningún motivo para usar ese concepto de la leyenda negra. No tiene sentido. Si pasaron cosas desagradables en un país, habrá que analizarlas. Y muchas de las críticas más fuertes y contundentes fueron hechas por españoles”.

Sin embargo, Kamen niega que la Inquisición desempeñara un papel tan relevante como suele considerarse. Calcula que el Santo Oficio no llevó a cabo más de 3.000 ejecuciones en España en toda su historia, que nunca se desplegó en todo el territorio y que su papel era sobre todo de control social. No cabe ver ahí la razón del atraso cultural y científico de España: miren mejor en la educación. Incluso relativiza la influencia de la religión católica en la edad moderna. En el siglo XVI, recuerda, los obispos lamentaban en sus escritos la ignorancia del pueblo de su propia religión.

 “La Iglesia tenía poder y riqueza, pero el pueblo tenía poco de devoto”, más allá de las manifestaciones folclóricas, dice. El relato de una España profundamente católica se debe a pensadores como Marcelino Menéndez Pelayo, quien a finales del XIX “exageró la realidad sobre la religiosidad de los españoles para enfrentarse a los liberales anticlericales”.

Tiene una visión crítica del Imperio español, pero rechaza que pueda hablarse de la “conquista de América”. “Existe la idea equivocada de que todos los imperios se basan en la conquista, cuando después del romano ninguno fue así”. La colonización no era una conquista, sino una empresa con participación internacional. 

Del lado de Hernán Cortés luchaba población local contra sus enemigos en América; del mismo modo que en Flandes combatían tropas de muchas nacionalidades; o la presencia española en Filipinas nunca pasó de una porción pequeña del territorio. "Tampoco Inglaterra conquistó la India, pues no habría podido. Hoy EE UU domina el mundo sin haberlo conquistado”, zanja la discusión.

El libro resulta irreverente con la idea de una nación española, pero no lo es menos con el independentismo catalán. Le irrita particularmente el mito del 11 de septiembre de 1714, la caída de Barcelona en la Guerra de Sucesión presentada como una heroica resistencia de los catalanes frente al absolutismo castellano. “Han preparado una versión mítica de la sublevación masiva del pueblo; eso nunca ocurrió, es una falsificación total”. Lo que sí hubo fue “un complot, concebido por un puñado de dirigentes catalanes, para invitar a los británicos a ocupar Cataluña y ayudar a separarse de España”.

 Y añade: “¿Encontraron los británicos a un pueblo ansioso por liberarse de sus opresores Borbones? De ninguna manera”. Aquel conflicto, dice, fue más bien un enfrentamiento civil entre catalanes dentro de una guerra internacional.

Pero lo mismo cabe decir de la Guerra de Independencia. “Esos dos conflictos tienen en común que el elemento decisivo fue la intervención extranjera”. Solo que a partir de 1808 los intereses ingleses se impusieron a los franceses, al revés que en 1714. Destruyamos otro mito: las Cortes de Cádiz. Kamen se remite a José María Blanco White para calificar la Constitución de 1812 como “una fantasía en un trozo de papel”.

Residente en Barcelona desde los años noventa, Kamen se sorprende por la evolución reciente del catalanismo desde el nacionalismo al separatismo, lo que, opina, nunca fue lo mismo. Una aspiración clásica del nacionalismo era “ejercer un papel fuerte en el destino de España, ser importantes en Madrid”. 

No esto. Lamenta que el sistema electoral en Cataluña beneficie al campo sobre la ciudad, y asegure así el dominio nacionalista del Parlament. Como lamenta la debilidad del Gobierno central por la fragmentación política, que en su opinión dificulta hallar soluciones que estabilicen el país.

Y, tras estudiar a todos los reyes que han pasado por España, ¿cree que tiene futuro la monarquía hoy? “Opino que la actual funciona muy bien. Hace lo que tiene que hacer”. Tiene una historia complicada detrás, sí, porque los españoles “van siempre expulsando a reyes, invitando o rechazando a familias reales, y declarando repúblicas”. De modo que la monarquía española “no tiene tanto apoyo como la del Reino Unido, es una pena, pero es una institución importantísima que hay que mantener”.                 (Entrevista a Heri Kamens, Ricardo de Querol, El País, 25/02/20)

15/1/20

El relato nacional nacionalista que hace que se relea toda la historia de Cataluña como un camino hacia la independencia se basa en mitos históricos con tres pilares...

"(Jordi Canal) Vive entre París, donde es profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (...)

 «No se puede entender lo que está pasando sin conocer algunos elementos del pasado», asegura. En el libro aborda cómo se ha construido lo que denomina un «relato nacional nacionalista que hace que se relea toda la historia de Cataluña con ese fin hacia la independencia, basado en mitos e invenciones». 

Ese relato tiene tres pilares. 

En primer lugar, la existencia de una nación que se habría constituido en la época medieval. «Al afirmar la nación catalana niegan automática la existencia de la nación española, que sería artificial», asegura. 

En segundo lugar, la existencia de un Estado catalán que «Castilla, a la que identifican con España, se habría cargado en 1714». 

El tercer elemento que añaden los nacionalistas es que «Cataluña, a diferencia de Castilla-España, sería ya un país democrático o que evolucionaba hacia la democracia, en el siglo XVII». «Todo esto es falso, nada se sostiene», concluye el historiador.

Canal destaca que el proceso de nacionalización se acelera «en la época de la Mancomunidad, en la Segunda República y, sobre todo, durante el pujolismo, un período que es profundamente exitoso desde el punto de vista del nacionalismo, es un éxito casi total, mucho más de lo que nunca pudo pensar el propio Jordi Pujol». 

Señala que «el proceso de nacionalización, sobre todo a través de la escuela, la televisión y el clientelismo, unido a un discurso atractivo, enraizaron una visión del mundo que está en la base de lo que está sucediendo hoy». Si bien se planteaba «en términos autonomistas, nunca descartaba el paso siguiente y, sobre todo, preparó que los jóvenes fueran más independentistas». Pone como ejemplo que «Jordi Pujol era autonomista, pero sus hijos, Jordi y Oriol sobre todo, los más metidos en política, eran independentistas».

 Considera que el proceso se inicia en el 2003, con la llegada del tripartito al poder y la decisión de tocar el Estatuto, que «abre la caja de Pandora». Sin esos años que van del 2003 al 2012 «no se entiende lo que ha ocurrido». Recuerda que «Artur Mas nunca había sido ni catalanista ni nacionalista, se llamaba Arturo y de repente aterrizó en el Ayuntamiento de Barcelona, hizo una carrera en empresas próximas al poder, fue ascendiendo y, luego, de golpe en el 2012, de un día para otro, se hizo independentista».

«La escuela catalana vehicula nacionalismo por todos lados, en el aula, en los juegos, en los textos que se utilizan, en las canciones», señala Canal. «Se crea una visión del mundo independentista que excluye totalmente a España y considera el castellano una lengua extranjera», añade.  (...)"

14/9/18

Cualquiera que haya vivido en España a lo largo de los últimos 30 años ha sido testigo de que las naciones efectivamente, se construyen. Los independentistas han sabido cambiar el presente histórico para regresar al pasado eterno. Con un presupuesto de 30.000mill€, algo menos en el País Vasco, es posible hacerlo. Los ejemplos vasco y catalán son impactantes, e iustran que es técnica, económica y políticamente factible hacerlo...

"(...) ¿Existe algún estado en el mundo que sea confederal más allá del nombre?

(...) siempre ha prevalecido el talante de los que hacen una lectura naturalizada del hecho nacional y que van desde los sectores más cerrados del españolismo más o menos democrático, hasta los hijos ultranacionalistas de las clases medias semirrurales catalanas que ahora abrazan la causa de un anticapitalismo más que discutible, y pasando por los que ven en el confederalismo una cómoda salida intermedia al problema. 

Porque los confederalistas, al menos los convencidos, forman parte del grupo de los naturalizadores del hecho nacional y todo lo que proponen es una nueva combinación de naciones que dan por existentes para siempre, si es posible encajándolas de tal forma que, en el momento oportuno, se puedan hacer independientes al menor coste posible. 

De hecho algunos de ellos son independentistas, yo creo que coordinados, en parte incluso organizados desde los espacios del secesionismo, y enviados para intentar pescar algunos votos de los que se oponen a la secesión infiltrando para ello los espacios políticos y sindicales no nacionalistas siguiendo el modelo del entrismo trotskista, algo que resulta realmente fácil de hacer en estructuras como la de Podemos o En Comú.

 Yo no creo que el confederalismo sea un espacio político intermedio sino más bien una etiqueta para salir del paso y evitar sufrir un desgaste excesivo en espera de tiempos mejores -así me lo han confirmado, casi literalmente, algunos dirigentes de Podemos-, en definitiva para encontrar algún tipo de acomodo temporal dentro de la situación creada, pero no mucho más.

No es cualquier cosa la que afirmas.
Su propuesta del “referéndum pactado” ilustra bien el intento de no tener que enfrentarse a una situación políticamente incómoda salvando los muebles. Es como si una fuerza política dijera, tras la muerte de Franco: “estamos a favor de la democracia pero no proponemos ninguna opción concreta para someterla a votación”. 

¿Quién se habría creído eso? Es la posición de un jefe del estado, de la iglesia o tal vez de una patronal o un sindicato pero no de un partido político. Esta forma intransitiva de intervenir en el debate democrático -”quiero que la gente pueda optar, pero no digo el contenido que propongo para esa opción” beneficia naturalmente al proyecto indepe a costa del cualquier otra agenda. 

Espero En Comú Podem, del que forman parte muchas personas dignas de todo mi respeto político, se remanguen de una vez y aborden el problema por la raíz. Pero la discusión en profundidad sólo se puede realizar hoy fuera de la tutela de los partidos pues es la única forma de asegurara la libertad discursiva que exige una tarea de este tipo. 

Los partidos progresistas están divididos por esta cuestión y además están sometidos a tacticismos de naturaleza electoral que distorsionan las discusiones estratégicas lo cual los hace poco aptos para abordar un diseño a largo plazo que, además, tiene que tener la máxima transversalidad política. 

De luego nada de todo esto quiere decir que no haya que hablar con muchos de los que hoy manejan una idea ahistórica de nación, muchas veces sin ser muy conscientes de ello o, incluso, ni pretenderlo realmente. Todo lo contrario. Demostrar el carácter abierto de toda construcción nacional o de país puede provocar un cambio muy rápido en el universo de significados de muchas personas. 

Pero yo creo que lo que toca ahora es propio de la casi hora cero en la que nos encontramos: generar una masa crítica mínima -milite o no en partidos políticos pero siempre fuera de su tutela política- que se ponga de acuerdo en un nuevo diseño de país que pueda llegar a ser transversal y mayoritario. Sólo después toca someter la propuesta a debate con partidos, sindicatos, patronales etc.

Frente al concepto ahistórico de nación, tú defiendes un concepto histórico. ¿Y eso qué significa exactamente? ¿Que las naciones no son eternas, que nacen, se desarrollan y mueren? ¿Ya está?
¿Te parece poco?

No sé cómo se puede sostener lo contrario

Toda creación humana, también el capitalismo y por supuesto las naciones son productos históricos que nacen de los tiras y aflojas entre grupos e intereses contrapuestos. 

Los que han construido el actual orden nacional e identitario son actores determinados que lo hicieron en respuesta a necesidades y problemas prácticos de su tiempo, hacia 1980 en un contexto de correlación de fuerzas determinadas, una opinión pública determinada y una población con un nivel de instrucción determinada.

 Esta forma de pensar no tiene nada que ver con la idea de un alma o de una identidad colectiva en busca de un acomodo nacional independiente. El pensamiento religioso ha alimentado mucho esta forma de pensar, lo cual explica el radicalismo nacionalista de la iglesia católica en su intento por impugnar los estados creados en el siglo XIX a los que acusaba de artificiales e ilegítimos comparados con la hondura y trascendencia que emana, aparentemente, de los “pueblos” y de su “voluntad colectiva”. 

Aunque entiendo que la palabra “historia” resulte aquí un poco equívoca pues podría servir para buscar la legitimidad del presente en cosas que han sucedido -o se pretende que hayan sucedido- en el pasado y para todos los tiempos. Pero la noción de historia que aquí manejo no es sinónimo de “pasado”.

 El núcleo de la forma “histórica” de pensar es la conciencia del devenir, del cambio producido por las generaciones presentes a partir de materiales heredados del pasado, mayormente inmediato, pero sin dejar que este se haga inviolable y mítico como sucede con los “derechos históricos” o las patrias lejanas. 

 Pensar en términos históricos significa adquirir conciencia de una cosa incómoda y difícil: que todo cambia y que, además, lo hace inducido por situaciones y actores identificables y no por entes abstractos que encarnen una continuidad inamovible de un pasado imposible se ser discutiva. 

En realidad, pensar históricamente es el alma de la tradición progresista, pensar en términos de pasado es el alma del conservadurismo. En ese sentido hay mucho progresista en este país que no es consciente de las sombras conservadoras que envuelven muchos de sus posicionamientos en el tema nacional.

Afirmas también que dos ejemplos de invención de país serían los proyectos de construcción nacional de los catalanes y vascos nacionalistas (que no son todos; los otros tienen también otros proyectos). Pero ellos, cuanto menos aquí, en .Cat, afirman que no inventan nada, que se limitan a defender lo natural, lo normal, lo usual, su nación esquilmada, explotada y oprimida. Nada de inventos: el ser escondido, su nación, sale a la luz. Ellos no inventan, ayudan a la irrupción de lo que es y ha sido.
Cualquiera que haya vivido en España a lo largo de los últimos 30 años ha sido testigo de que las naciones efectivamente se construyen, de que la historia domina sobre el pasado. 

A pesar de sus convicciones conservadoras, los gobiernos nacionalistas han venido siguiendo una paciente pero persistente labor política de construcción nacional bajo el paraguas, aparentemente inocuo, del llamado “autogobierno” que no es una estrategia sino más bien una táctica para ir ganando tiempo sin que suenen las alarmas hasta crear realidades irreversibles: han sabido cambiar el presente histórico para regresar al pasado eterno. Con un presupuesto de 30.000mill€, algo menos en el País Vasco, es posible hacerlo. 

Los ejemplos vasco y catalán son impactantes e ilustran que no sólo es posible y necesario inventar un nuevo país, sino que es técnica, económica y políticamente factible hacerlo, que hay precedentes inmediatos a la vista de cualquiera que decida abrir los ojos. (...)"                      

(Entrevista a Armando Fernández Steinko, Salvador López Arnal , Rebelión, 16/07/18)

5/6/18

La nación son los españoles, amparados por los mismos derechos, y el fundamento popular del poder. La nación que viene de la Revolución francesa, la nación democrática, la actual nación española... no la fascista y xenófoba de Torra

"Carta a Alfonso Guerra:

(...) Tu idea de nación es la revolucionaria francesa, la que puso en boga Sieyès pocos meses antes del 14 de julio de 1789 al publicar su extraordinario panfleto ¿Qué es el tercer Estado ?. Antes, durante la monarquía absolutista, la nación francesa eran el rey, la nobleza y el clero.

 Sieyès va por otro camino: la nación está formada por todos los franceses y sólo será nación si estos son ciudadanos, es decir, viven bajo una misma ley, amparados por los mismos derechos, los que llegarían en agosto al aprobarse la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, sin esperar la sanción real.La nación de los revolucionarios franceses eran, pues, los franceses mismos, fuente de la soberanía nacional, el fundamento popular del poder. Esta es la idea francesa de nación, la misma que se incluyó en el artículo 1 de la Constitución de Cádiz: "La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios".  

Es decir, la nación son los españoles, como tú dices. Y como dice también la Constitución actual en el preámbulo y en los artículos 1 y 2. Esta es la idea de nación, la tuya y la mía, es la nación democrática, la que deriva de la ley.Pero esta no es la nación de los nacionalistas catalanes. El nacionalismo catalán lo han construido los historiadores y los poetas. Lee, por favor, el largo capítulo sobre los historiadores catalanes de los últimos cuarenta años escrito por el historiador catalán Jordi Canal en su reciente libro Con Permiso de Kafka, ya sabes, el Kafka de El proceso.

 Es el mejor libro escrito sobre el proceso, no el de Kafka sino nuestro, tan kafkiano. Jordi Canal es de Girona pero se fue a dar clases en París, en la Sorbona. Te imaginas por qué? La has clavado, te lo he puesto fácil.  (...)

En todo caso, su idea de nación no es la que tú tienes, basada en la libertad y la igualdad, sino que ellos la basan en la identidad, toda una entelequia que llaman identidad colectiva. El secreto de todo esto es que esta identidad colectiva se la imaginan ellos y después lo explican, y encima muchos se la creen, como Quim Torra, nuestro presidente ilegítimo.Ay, dios mío! Sólo quería felicitarte por acertar en la idea de unidad de España, ni un significante vacío, tan de moda, ni un eslogan franquista. Simplemente, como dijiste, igualdad entre españoles, la patria constitucional de Argüelles. (...)"                ( ,  El País, 24/05/18, tred. google)

10/5/18

El procés ha reafirmado el carácter “fragmentado” del movimiento nacionalista catalán. A pesar de su carácter de masas ha vuelto a mostrarse incapaz de integrar ni a amplios sectores de la alta burguesía, que ha mostrado su hostilidad con la fuga de empresas, ni a la clase obrera con su voto masivo a Ciudadanos

" (...) Hroch distingue tres fases en los procesos de transformación nacional. 

En la fase A, un pequeño grupo de intelectuales apasionados, que llama “patriotas”, manifiesta su interés por la cultura y tradiciones de la pequeña nación. 

En la fase B, los patriotas organizan una intensa agitación nacionalista en el marco de asociaciones y agrupaciones nacionales, en revistas y publicaciones. 

Durante la fase C, el movimiento nacional adquiere una dimensión de masas e integra a la clase obrera. Según los casos se reclama la autonomía política o la construcción de un Estado propio.  (...) 

Desde la perspectiva de las transformaciones económicas, a finales del siglo XVII y durante todo el XVIII, como ha explicado Pierre Vilar, se verificó un proceso mediante el cual la agricultura catalana empieza dejar de producir para el autoconsumo y hacerlo para el mercado, especialmente, en las comarcas costeras con la exportación de vinos y aguardientes. 

Paralelamente, aparecen las manufacturas textiles, las llamadas indianas, que señalan el inicio del desarrollo capitalista. La máquina de hilar más sencilla, spinnig jenny, se introdujo en Catalunya en 1784 y a principios de la década de 1790 su uso ya se había generalizado en el Principado. En 1833 se instaló en Barcelona la primera fábrica moderna con máquina de vapor y surge la clase capitalista y su antagónica la clase obrera.

Según el esquema de Miroslav Hroch, si entonces hubiese aparecido un movimiento a favor de la construcción de la nación catalana, éste probablemente hubiera sido capaz de integrar a estas dos clases sociales. Sin embargo, ocurre que en este periodo las élites catalanas apuestan decididamente por protagonizar un papel hegemónico en la construcción de un Estado español moderno, en clave constitucional, e impulsar la modernización e industrialización de las atrasadas estructuras económicas del país. 

Por otro lado, la clase obrera catalana se organiza sindical y políticamente en el marco del conjunto del Estado, en clave internacionalista.

Así, pues, el nacimiento del movimiento nacional catalán, se produce tras el fracaso de las élites catalanas de comandar este proceso de modernización capitalista de España y cuando tanto la alta burguesía como el proletariado se encuadran en organizaciones políticas de ámbito estatal. 

De modo que serán las clases medias y algunos sectores minoritarios de la alta burguesía quienes conformen el movimiento nacional, lo cual impide culminar el proceso de construcción nacional.

El tránsito a la fase B, de agitación nacional, puede ubicarse en la década de 1880 tras el hundimiento de la Primera República que señala el fracaso del proyecto de la burguesía catalana de liderar la democratización, modernización e industrialización del Estado español. (...)

 La crisis de Estado provocada por la pérdida de los restos del imperio colonial español, en 1898, propició que sectores de la burguesía catalana que se habían mantenido en el marco de los partidos españoles de la Restauración, volviesen su mirada hacia los catalanistas y apoyasen a la Lliga Regionalista fundada en 1901. 

Sin embargo, aunque la Lliga consiguió implantarse entre sectores importantes de la burguesía catalana, no consiguió atraerse a la clase obrera que se encuadró en las filas del republicanismo radical de Alejandro Lerroux, ferozmente anticatalanista, tras el fracaso de la huelga general de 1902 impulsada por los anarquistas y posteriormente en la central anarcosindicalista, CNT. 

El carácter conservador, monárquico y confesional de la Lliga propició diversas escisiones de catalanistas republicanos, laicos y progresistas, la primera de ellas el Centre Republicà Nacionalista (1906) o más tarde Acció Catalana (1922), que lograron atraerse a sectores de la pequeña burguesía, pero que fue incapaz de integrar a la clase obrera. 

También fracasaron los intentos de crear un partido laborista catalanista con una base trabajadora como la Unió Socialista de Catalunya (1923). Aquí debemos mencionar la constitución del primer partido político claramente separatista e insurreccional Estat Catalá (1922), liderada por Francesc Macià. 

El movimiento catalanista, según el esquema de Hroch, no pudo realizar el tránsito a la fase C; es decir, si bien logró convertirse en un movimiento de masas no pudo conseguir la integración del movimiento obrero, pero tampoco de amplios sectores de la alta burguesía. 

En realidad, la formación del catalanismo político con una base de masas mesocrática, se produce cuando desde hacía décadas se había desarrollado la industrialización y la formación de una clase obrera organizada en clave internacionalista.

La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) propició la aproximación entre catalanistas, republicanos, anarquistas y socialistas. En los primeros compases de la Segunda República, se fundó ERC donde confluyen el separatismo de Estat Català y el Partit Republicà Català de Lluís Companys, federalista y catalanista, pero que a pesar de su perfil izquierdista tampoco conseguirá superar los límites de la pequeña burguesía radical ni logrará integrar a la clase obrera que continuará con su militancia anarcosindicalista y una parte de la cual, tras el estallido de la Guerra Civil, militará en las filas del PSUC. 

El proceso soberanista

Durante la dictadura franquista, el movimiento nacionalista catalán realiza una especie de recapitulación de las etapas que había cubierto con anterioridad. Así, durante las décadas 1940-1960 parece rememorar la fase A, de reivindicación de la cultura y lengua catalanas, en la década de 1960-1980 se sucede la agitación nacionalista, típica de la fase B. 

Durante este periodo, la alta burguesía, con fuertes vinculaciones políticas y económicas con el régimen franquista, no mostró demasiadas simpatías con el proyecto de reconstrucción del catalanismo político, liderado por Jordi Pujol. Por su parte, la clase trabajadora, de origen inmigrante, se organizó en un sindicato de ámbito estatal como CC.OO y en un partido, PSUC, vinculado al PCE.

 El giro soberanista del catalanismo conservador y los avatares del procés han reafirmado el carácter “desintegrado” o “fragmentado” del movimiento nacionalista catalán. A pesar de su carácter de masas ha vuelto a mostrarse incapaz de transitar hacia la fase C al no poder integrar ni a amplios sectores de la alta burguesía, que ha mostrado su hostilidad al proyecto secesionista con la fuga de empresas, ni de la clase obrera con su voto masivo a una fuerza contraria al nacionalismo como Ciudadanos.  (...)

Por lo tanto, la “pequeña nación” catalana no pudo completar su proceso de construcción. Estas contradicciones de fondo se han replanteado crudamente en el marco del proceso soberanista que, en el esquema de Hroch, podría considerarse como un intento fallido de alcanzar la fase C y conseguir el estatuto de “nación integrada”. 

El éxito de la nación se mide por la difusión de la conciencia nacional entre la población. El separatismo puede ser un obstáculo para la propagación del sentimiento nacional desde el momento en que la ciudadanía, por la razón que sea, permanece apegada a un Estado contra el que luchan los independentistas. 

 La difusión de la conciencia de la nación “pequeña” no conlleva obligatoriamente la destrucción de la nación “grande”. 

La nación integrada implica una lucha por un cierto grado de autonomía nacional, que no conduce necesariamente a la soberanía política y la secesión. Unas contradicciones de fondo que el proceso soberanista ha mostrado con toda su crudeza y magnitud."                              (Antonio Santamaría, Crónica Popular, 20/04/18)

31/1/17

¿Por qué el derecho decidir, como derecho de autodeterminación, ha formado parte de la tradición de las izquierdas hasta ahora mismo? Se trata de un atavismo ideológico o, si se prefiere, de un caso de inercia intelectual

" En un artículo que publicaste hace unas semanas en Rebelión calificabas el derecho a decidir de fantasma. ¿Puedes explicarnos qué quieres decir con ello?

(...)  la función de un fantasma es asustar a la gente, mientras que la función asignada al “derecho a decidir” es engatusar a la gente. Reconocerle a la gente derechos e invitarla a que decida siempre suena bien de entrada. 

Se consigue así la adhesión espontánea e irreflexiva de los destinatarios de tan opípara oferta. Conseguido esto, los inventores del pseudo-concepto confían en llenar esa vacía adhesión inicial con el contenido deseado: el ejercicio del derecho de autodeterminación de Cataluña, cuya reivindicación explícita y directa correría el riesgo de chocar con la evidencia de que la relación existente entre los habitantes de Cataluña y el resto de España está muy lejos de los supuestos contemplados por el derecho internacional como fundamentos de la existencia y ejercicio de semejante derecho.

Bien, admitamos que “derecho a decidir” es en realidad un sinónimo de “derecho de autodeterminación”. Si, como dices, el derecho internacional descarta que ese derecho pueda aplicarse en Cataluña, ¿por qué ha formado parte de la tradición de las izquierdas hasta ahora mismo?

Excelente pregunta. Creo, honradamente, que se trata en este caso de un atavismo ideológico o, si se prefiere, de un caso de inercia intelectual y, por supuesto, de una violación del principio leninista que exige el “análisis concreto de la situación concreta”. 

Hecho paradójico, pues parece ser precisamente la tradición leninista (con la que me siento, en gran parte, identificado) aquella en que más profundamente ha arraigado la tendencia a reconocer derechos de autodeterminación a diestro y siniestro. 

Para explicar esto hay que tener presente cuál era la situación del mundo en general y de Europa en particular cuando estalla la Revolución de Octubre y al acabar la Primera Guerra Mundial: un mosaico de imperios en descomposición cuyos regímenes políticos autocráticos habían alimentado, en sus diferentes componentes étnico-culturales, los sentimientos nacionalistas nacidos a lo largo del siglo XIX hasta el punto de hacer que muchos vieran en la recomposición política sobre bases étnico-culturales la única posibilidad de liberación y escapatoria de lo que Lenin llamó atinadamente “cárcel de pueblos” (expresión aplicable no sólo al imperio zarista, sino también al de los Habsburgo y al imperio otomano, por lo menos).

 Lógico, pues, que Lenin secundara al presidente norteamericano Wilson en la proclamación del derecho de autodeterminación para aquellos componentes de los viejos imperios que habían adquirido conciencia de una identidad incompatible con las viejas formas de dominación. 

La subsiguiente eclosión de los nuevos estados-nación, particularmente en la mitad oriental de Europa, corrió pareja, además, con la introducción de los primeros elementos propios de un régimen democrático-electoral, todavía muy imperfecto, como rasgo característico de las nuevas entidades políticas. Todo ello, como es lógico, contribuyó a asociar estrechamente, en el imaginario de la izquierda revolucionaria, liberación política y liberación nacional.

Y, como es sabido, la cosa no acabó aquí: tras la Segunda Guerra Mundial se extiende por todo el mundo el movimiento descolonizador a expensas, esta vez, de los imperios que no se habían visto afectados al final de la anterior contienda: el Imperio Británico y el más modesto imperio colonial francés (amén del holandés y el portugués). 

Alma de los procesos de descolonización fueron, en muchos casos, los partidos de tradición leninista (para los miembros profesionalmente cualificados del Partido del Trabajo belga, por ejemplo, era misión preferente, establecerse en el Congo para contribuir a la concienciación política de la población autóctona; otro tanto cabe decir de muchos militantes del pequeño Partido Comunista británico repartidos por toda África, muy particularmente en Sudáfrica, donde contribuyeron decisivamente a la creación del PC sudafricano, campeón de la lucha contra el apartheid). 

Eso sin olvidar el alineamiento universal, durante los años 60-70, de la mayoría de la izquierda, no sólo comunista, en contra de la intervención norteamericana en Vietnam.

El antimperialismo, por tanto, de manera perfectamente consecuente, ha calado tan hondo en la conciencia política de la izquierda más combativa, que ha resultado fácil el deslizamiento hacia posiciones como las actualmente sustentadas por parte importante de la izquierda en relación con las tensiones nacionalistas vividas en España, sobre todo en relación con Cataluña.

 La mente humana razona básicamente por analogía, estructura formal que es independiente del contenido material de sus términos (la razón 1/2 es válida siempre que el denominador duplique al numerador, por muy diferentes que sean los órdenes de magnitud en cada caso –2/4, 3000/6000, 1012/2x1012, etc.– y sea cuál sea la naturaleza cualitativa de las magnitudes comparadas). En el caso que nos ocupa, razonamientos analógicos superficialmente formales, poco atentos al contenido material, pueden jugarnos malas pasadas.

Sería muy largo detallar aquí lo que diferencia una relación imperialista estándar de la que mantiene la administración central española con Cataluña. Pero no falta la literatura y la documentación que aporta ese detalle. A ella remito al lector libre de prejuicios.

Entiendo que si no puede darse, desde la perspectiva del derecho internacional, un proceso de liberación nacional, ello implicaría la inexistencia de la nación. Sin embargo está comúnmente admitido que España tiene una identidad plurinacional. ¿No es esa una contradicción?

No realmente. En el mundo de hoy se da la paradójica y compleja situación de que hay muy pocas naciones en sentido estricto y muchos rasgos nacionales dispersos en diferentes comunidades políticamente constituidas. 

Porque ¿qué es una nación en sentido estricto, etimológico, si se quiere? Una comunidad cuyos miembros mantienen vínculos de sangre que se remontan a un origen común, es decir, los nacidos (“ natio ” deriva de “ natus ”) de un mismo tronco genealógico, por prolongado que sea. 

Ése es el sentido que tiene el término “nation” en inglés (lengua que, por lo general, conserva mejor los significados etimológicos de los términos latinos que las propias lenguas neolatinas), y en ese sentido se designa en los EE.UU. y Canadá a los diferentes grupos étnicos amerindios como “Indian nations”.

Pues bien, no creo que, salvo en poblaciones geográficamente aisladas, se pueda hablar hoy día de la existencia de naciones en ese sentido estrictamente biológico. Claro está, el concepto usual de nación no queda circunscrito a lo biológico (dejando de lado ciertas ideologías racistas totalmente desacreditadas): gran número de elementos culturales compartidos se han ido añadiendo con el paso del tiempo a las afinidades puramente biológicas existentes en determinados grupos humanos: lengua, folklore, gastronomía, hábitos sociales, etc.

 Dichos elementos culturales han acabado, casi siempre, salvando las diferencias de origen familiar hasta establecer vínculos sociales totalmente independientes de dicho origen.

Ahora bien, dado que la continuidad tanto de los vínculos familiares como de los culturales precisa, o se ve fuertemente favorecida, por la vecindad, una entidad nacional ha acabado pareciendo indisociable de un territorio común. (Eso sin contar con que la gran mayoría, si no la totalidad, de los grupos nacionales se ha formado a lo largo de siglos en que las sociedades humanas se articulaban directamente en torno al cultivo de la tierra, lo que las hacía inseparables de ésta.)

Pero aquí es donde empiezan los problemas. Para empezar, hay comunidades humanas que se consideran integrantes de una nación al margen del territorio de residencia; tal es el caso, por ejemplo, de muchas poblaciones alemanas establecidas a grandes distancias geográficas del territorio jurisdiccionalmente alemán (de ahí la tradición, aún vigente en Alemania, de dar prioridad al ius sanguinis frente al ius soli ).

 Y por otro lado, el trazado de fronteras precisas y la declaración de su inviolabilidad no es fruto de la configuración y diferenciación de esas entidades étnico-culturales que, provisionalmente, llamo naciones. 

Muy al contrario: las fronteras nacen con la constitución de los estados modernos (aproximadamente, desde el siglo XV en adelante), territorios sobre los que un señor feudal, generalmente poseedor del título de rey, decidido a superar precisamente el modo de producción y la organización política propios del feudalismo, impone su autoridad como único principio jurisdiccional al que deben someterse cualesquiera otros poderes (eclesiástico, pequeño-feudal, local, etc.). 

Pues bien, como es sabido, los grandes feudos medievales (de los que nacen los estados modernos) estaban constituidos por las propiedades de un señor que a menudo reunía bajo su dominio poblaciones étnico-culturales diversas, las cuales, no menos frecuentemente, quedaban divididas entre los territorios de diferentes señores. Los estados modernos nacen, así, casi siempre, como fuertes unidades jurisdiccionales bajo cuyo manto se alojan auténticos mosaicos “nacionales”.

Más adelante, la Revolución Francesa marca la aparición del estado-nación. Su génesis no es tanto la “estatización” de una nación preexistente como, en el fondo, lo contrario: desde el poder sobrestructural heredero del Antiguo Régimen pero legitimado por la revolución y la participación activa del pueblo, se fomentan determinados elementos culturales (éstos, sí, preexistentes), correspondientes a una o varias partes del “mosaico” cultural, y se imponen como comunes a toda la población, como ejes vertebradores de una comunidad propiamente dicha, no meramente en sí (Gemeinschaft), sino para sí (Gesellschaft). 

 No andaban, pues, desencaminadas las autoridades del Gran Ducado de Luxemburgo cuando en 1989, para celebrar los 150 años de existencia independiente del país como entidad política, encuadraron las distintas actividades conmemorativas bajo el lema: “Del estado a la nación”.

Este proceso de construcción de comunidades políticas autoconscientes puede hacerse de muchas maneras: imprimiendo la máxima homogeneidad a los elementos constitutivos de su identidad cultural (como en Francia) o con amplio margen de tolerancia de la diversidad, como en el Reino Unido. 

Y, sobre todo, en determinadas circunstancias históricas favorables, puede darse el caso de que el elemento aglutinador de la población como comunidad no resida en el ámbito de lo cultural prepolítico, sino en lo político mismo: tal es, con todas la imperfecciones derivadas de los atavismos racistas, el caso de los Estados Unidos, en los que se puede hablar propiamente de “patriotismo constitucional”.

El caso de España es mixto. Debido, en gran parte, a la incompetencia de las élites impulsoras del estado-nación (tanto desde el centro como desde la periferia), pero sobre todo por la monstruosa interrupción violenta del proceso integrador causada por la sublevación oligárquico-militar de 1936 y la consiguiente dictadura franquista, el grado de reconocimiento de la población en el proyecto de convivencia llamado España es mediocre, en el mejor de los casos.

 Ahora bien, vista la realidad social del país, no se puede hablar de fracaso absoluto del proceso integrador, sino que la complejidad del tejido económico, cultural y sentimental constitutivo de la sociedad española actual permite hablar de la pervivencia y convivencia de elementos nacionales diversos (de ahí el fundamento que podrían tener expresiones como “estado plurinacional”) que, al no estar perfectamente integrados, hacen difícil hablar de una “nación española” en sentido pleno; pero cuya misma distribución heterogénea en el conjunto del territorio impide igualmente hablar, por ejemplo, de “nación catalana”, “nación vasca”, “nación gallega”, etc. 

Sólo un romanticismo trasnochado y una ceguera sociológica absoluta pueden llevar a alguien a pensar en la posibilidad de “cortes limpios” en una hipotética recomposición del mosaico español con arreglo a “líneas de fractura” étnico-culturales.

 Parece que muchos se han olvidado de la terrible experiencia yugoeslava (o sólo la recuerdan para decir que aquel estado era “artificial” y forzosamente tenía que acabar así). Todos los estados son artificiales y ninguna nación es producto de la naturaleza. 

Sólo cabe buscar equilibrios que faciliten al máximo la convivencia entre grupos humanos culturalmente heterogéneos cuya propia diversidad, para ser sostenible, exige un mínimo de unidad política. Fuera de las selvas amazónicas y algunos otros hábitats anclados en los márgenes de la historia, no existen naciones étnicas, sólo naciones políticas. (...)

¿qué opinas de la posibilidad de resolver los problemas actuales mediante un referéndum, como exigen algunas fuerzas políticas catalanas?

(...)  El caso español es claro: lo que se aprobó el 6 de diciembre de 1978 fue un texto de compromiso entre una oposición democrática incapaz de derrotar estratégicamente al franquismo y unos sectores herederos del franquismo interesados en preservar los intereses fundamentales de las clases beneficiarias de aquel régimen mediante ciertas concesiones tácticas que incluían la renovación del consenso social mediante nuevos mecanismos de participación política democrático-electoral. 

Que aquella constitución no sólo estaba sembrada de minas colocadas por los poderes fácticos, sino que también contenía numerosos elementos progresistas o susceptibles de una interpretación progresista es algo innegable. 

Basta recordar a Julio Anguita reivindicar continuamente su pleno cumplimiento. ¿En qué sentido ha cambiado la situación como para justificar la necesidad de un cambio constitucional? ¿Acaso la correlación de fuerzas ha cambiado en beneficio de la izquierda, de tal manera que la constitución se ha convertido en un freno a esa dinámica? 

Me temo que no, sino todo lo contrario. La vieja izquierda, ejemplificada en el PSOE, ha descendido casi todos los peldaños que llevan a la degeneración política, como acabamos de constatar. En cuanto a la nueva izquierda, ejemplificada en Podemos o, si se quiere, en Unidos Podemos, se mueve todavía en el terreno resbaladizo de saber lo que no quiere sin tener claro lo que quiere, es decir, sin acabar de pasar de la protesta a la propuesta. 

Siendo así, por desgracia, los únicos cambios constitucionales que la izquierda parece capaz de proponer con alguna (remota) perspectiva de éxito son meramente defensivos, no progresivos: modificación del artículo 135 para acabar con la subordinación total de la política económica nacional al pacto de estabilidad financiera de la UE; nuevo consenso fiscal entre la administración central y las autonómicas para un reparto más equitativo de cargas y beneficios; con suerte (mucha suerte), redefinición de las circunscripciones electorales para que dejen de coincidir estrictamente con las provincias y aumente la proporcionalidad del sistema electoral. Y poca cosa más.

En ese poco más podría ser que entrara la introducción de un mecanismo que permitiera mejorar el encaje de las comunidades con personalidad histórica más diferenciada, como Cataluña, introduciendo los mínimos cambios imprescindibles para convertir el sistema autonómico en propiamente federal. Pero parece claro que el camino para llegar ahí no pasa por la celebración de referendos unilaterales. 

Al no existir situaciones de dependencia colonial o similares, que automáticamente legitimarían, a la luz del actual derecho internacional, movimientos unilaterales de secesión, cualquier decisión adoptada unilateralmente por la población de una parte del territorio español que tuviera efectos jurídicos sobre el resto (como los tendría, por ejemplo, una hipotética secesión de Cataluña al privar a los habitantes del resto de España de plenos derechos de ciudadanía en territorio catalán), sería legal y políticamente inadmisible: nadie puede tomar decisiones que afecten a terceros sin contar con ellos.

Lo sensato, pues, sería un proceso de reforma constitucional (un intento de borrón y cuenta nueva, dada la actual correlación de fuerzas, podría muy bien ser un tiro por la culata para la izquierda), que requeriría mucha movilización de apoyo.

Proceso que culminara en un nuevo texto sometido a referéndum en todo el país. A partir de ahí, si en un territorio determinado el texto constitucional no recibiera suficiente apoyo, debería procederse a nueva negociación con vistas a lograr un nuevo consenso."              (Entrevista a Miguel Candel, traductor de Gramsci, Sokal, Searle y Aristóteles, El Viejo Topo, en Rebelión, 11/01/17)