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5/3/24

Mientras que el mundo se une en una aparente aldea global, las fracturas nacionales asoman con una celeridad cada vez mayor. Las crisis acentúan ese furor nacionalista... El nacionalismo pasa a ser un fenómeno esencialmente excluyente. Se vuelve, en definitiva, un salvoconducto político. Basta observar cómo, a pesar de la globalización, tras la crisis de 2008 surge un auge nacionalista. Y lo hace a través de las dos vías posibles: la secesionista –como muestran el caso catalán y el escocés– y la del reforzamiento del Estado-nación, como ejemplifican países como Estados Unidos, Italia o Brasil...

 "La ignorancia es lo que envuelve el extraño manto de la nación, ese concepto etéreo, aunque no se trata de esa clase de ignorancia relativa a la estupidez. Lo que ocurre, en realidad, es que el término «nación», tan sólido como pretende, parece siempre endeble. ¿Es, acaso, imposible de definir? «Sabemos lo que es cuando no nos lo preguntáis», defendía el politólogo Walter Bagehot en el lejano año de 1887. Y su sorna era una declaración precisa acerca de la propia imprecisión del concepto. Al fin y al cabo, ¿qué es una nación sino una comunidad imaginaria y, por tanto, arbitraria?

El problema surge en su raíz: hay tantos aspectos que crean la nación que, en realidad, se podría argüir que no hay ninguno. Desde la geografía hasta la lengua o las creencias religiosas, las comunidades se han establecido a partir de elementos que, dependiendo del país, difieren de forma radical. No solo los símbolos son distintos, sino también los criterios: mientras que en la formación de la nación alemana la lengua era un eje esencial, en Francia, aunque importante, no adquiría tamaña trascendencia. Algo que, si bien aparentemente pueda resultar paradójico, es básico para la coherencia del concepto: las naciones deben diferir entre sí y, a su vez, deben tener ciertos rasgos inmutables a lo largo de la historia, tal como intentaron argumentar los filósofos alemanes decimonónicos con la idea del Volkgeist, el «espíritu del pueblo».

Ideas que, no obstante, constituyen artificios intelectuales: la nación no antecede al nacionalismo, sino al revés. Es decir, no existe como un fenómeno invariable y espontáneo surgido a través del paso de la historia: es el nacionalismo, en cuanto fenómeno histórico, el que crea las naciones y sus correspondientes Estados. El nacionalismo sí es definible con cierta sencillez, como «un principio que afirma que la unidad política y nacional debería ser congruente», en palabras del filósofo checo Ernest Gellner. Así, según explica Marc Sanjaume, profesor de Ciencias Políticas en la Universitat Pompeu Fabra, «las naciones no aparecen ex nihilo, contienen un elemento de construcción cultural sobre una base preexistente trabajada y mitificada». En el caso de España, por ejemplo, la Reconquista y sus batallas míticas «son hechos históricos que el nacionalismo se encargó de incorporar a un acervo nacional común», como defiende Sanjaume.

¿No son estos mitos, por tanto, los que en realidad forman el esqueleto de la idea donde descansa el país? Es una impresión que también señala el adagio del viejo historiador Ernest Renan: «Interpretar mal la historia forma parte de ser una nación». Y así es: los símbolos, tradiciones y relatos históricos son, en gran medida, «tradiciones inventadas», en palabras del historiador británico Eric Hobsbawm. «Las naciones modernas buscan estar enraizadas en la antigüedad más remota. Buscan ser comunidades humanas tan “naturales” que no necesiten más definición que la explicación», explicaba, lo que incluye desde los bailes populares a los símbolos nacionales más destacados. Incluso la vestimenta: las faldas escocesas no lo eran hasta que, a la hora de dotar de una raison d’être particularmente escocesa, adquieren tal categoría: pasan a representar la identidad estética.

El triunfo popular de la nación en cuanto a concepto, sin embargo, puede resultar naturalmente atractivo: «El tejido social, desde las amistades a cualquier institución, descansa sobre una base de identidad construida e imaginada», sostiene Sanjaume. «Necesitamos pertenecer a algo y el nacionalismo es la comunidad ganadora en la modernidad por encima de vínculos antiguos», apunta.

¿Un nacionalismo por la libertad?

«El nacionalismo es un fenómeno que se da en casi toda Europa a lo largo del siglo XIX, si bien se parte normalmente de uno de corte más liberal, con concepciones más cívicas y vinculadas a las constituciones del momento», explica Alejandro Quiroga, profesor en la Universidad Complutense de Madrid. Esta primera forma de nacionalismo –que surge de manera integradora, al contrario que los modelos posteriores– es el fenómeno que alumbra los primeros Estados-nación, da paso al liberalismo político y acaba con el Antiguo Régimen (es decir, con las formas políticas de las viejas monarquías europeas). 

No obstante, se trata de algo limitado. «A partir de la segunda mitad del XIX y principios del siglo XX, los nacionalismos étnicos van ganando terreno en casi toda Europa. Aunque la división entre cívico y étnico nunca es pura, las concepciones biologistas y racistas se van afianzando», relata Quiroga. La razón, según defiende el profesor, recae en las motivaciones del escalón más alto de la jerarquía: «Según se va ampliando el sufragio, la manera de integrar a las masas sin pagar un precio democrático es a través de la nación. Algo que sirve también como contrapeso contra el auge del movimiento obrero»

Así, el nacionalismo pasa a ser un fenómeno esencialmente excluyente. Se vuelve, en definitiva, un salvoconducto político. Basta observar cómo, a pesar de la globalización, tras la crisis de 2008 surge un auge nacionalista. Y lo hace a través de las dos vías posibles: la secesionista –como muestran el caso catalán y el escocés– y la del reforzamiento del Estado-nación –como ejemplifican países como Estados Unidos, Italia o Brasil–. Ocurre, además, ante una realidad que parece cada vez más hostil a las ambiciones y poderes políticos. «Ambas se plantean como marcos de solución a una crisis económica. Se ofrece nación a cambio de mantener un modelo económico en crisis», explica Quiroga. El caso catalán es ilustrativo, según señala el profesor. «Es a partir de 2010 cuando empieza a aumentar el apoyo al independentismo. Es entonces cuando se da un paso más allá y esas élites que no eran abiertamente independentistas acaban en el movimiento como marco de salida a la crisis económica de la que en muchos casos ellos son partícipes», explica. «También como respuesta al 15M: no hay banderas cuando rodean el Parlamento de Cataluña y los políticos salen en helicóptero», añade.

El mundo actual genera una paradoja: este es un momento en el que «la mayor proximidad global genera más necesidad de pertenencia local», tal como sostiene Sanjaume, que señala que estamos ante un «repliegue» a un nacionalismo que recuerda al del siglo pasado. Y no es la única y retorcida ironía: la expansión de las ideas democráticas, esas sobre las que algunos decidieron proclamar el fin de la historia, ha llegado a favorecer la proliferación de nuevos Estados y nuevas demandas estatales. Las tensiones crecen hasta puntos insospechados: «El populismo se sirve hoy de los nacionalismos incluso hasta erosionar los pilares del liberalismo democrático». Sin embargo, ¿cuán grande puede llegar a ser una bandera?"              (Pelayo de las Heras , ethic, 09/05/23)

23/2/24

El nacionalismo, políticamente hegemónico desde el año 1980 en Cataluña, nos ha llevado a la debacle actual. No es una cuestión de siglas -CDC, UDC, PDECat, JxCat, ERC, CUP…- es una cuestión de concepto, de mentalidad y, sobre todo, de una manera de hacer y de gobernar... Jordi Pujol se llegó a identificar con Cataluña y la evidencia es que todo aquello que construyó ha acabado hundido, incluido el “país ideal” que imaginó

 "(...) El ideal de una Cataluña “libre, rica y próspera”, segregada de España y de la península Ibérica, ha marcado a las generaciones de catalanes que han nacido y vivido en esta tierra después de la muerte de Franco. Pero este ideal se ha basado sobre un gravísimo error: obviar que la realidad social es compleja y que hay una parte muy importante de la población que no tiene raíces catalanas y que también tiene derecho a expresarse en su lengua y a vivir su cultura con normalidad y plenitud.

La Generalitat, restablecida gracias a la tenacidad del presidente en el exilio, Josep Tarradellas, no ha sido percibida como la institución de “todos”, sino de solo una parte y esta falta de identificación ha entorpecido el proceso de integración. Hoy, más que nunca, hay que ratificar y defender que los 8 millones de habitantes de Cataluña, vengamos de donde vengamos, hablemos como hablemos, somos un solo pueblo, con los mismos derechos y los mismos deberes. 

 El nacionalismo catalán, además de su vertiente excluyente, ha cometido dos otros errores de gran calibre: caer en la lacra de la corrupción y, lo que es peor, intentar justificarla; y poner en marcha el delirante proceso independentista para intentar tapar el lado más oscuro y más sucio de su gestión. De este modo, hemos pasado del supuesto “oasis” pujolista -donde la “omertà” mafiosa tapaba todas las críticas- al estallido de las cloacas y al actual desierto, en el cual estamos perdidos y desorientados.

 Para más inri, hemos perdido la empatía y la complicidad de los vecinos. El estropicio del 1-O no solo ha fracturado, todavía más, la sociedad catalana. Ha provocado una reacción de rechazo en la Cataluña Norte, en las Islas Baleares, en la Comunidad Valenciana y en Aragón, donde las últimas elecciones han instaurado gobiernos de derecha y de extrema-derecha, muy refractarios a la colaboración con la Generalitat y con todo aquello que tenga relación con el nacionalismo catalán.

La incapacidad y la impotencia para hacer frente a la sequía; el devastador informe PISA sobre la educación y los reiterados y brutales episodios de inseguridad ciudadana que sufrimos marcan el punto más bajo de Cataluña desde la recuperación de la democracia. Este desbarajuste coincide con un Gobierno, el de Pere Aragonès, que solo tiene 33 diputados en el Parlamento.

 Jordi Pujol, el “padre padrone” del nacionalismo contemporáneo, tiene que ver cómo otra de sus obras -a la cual dedicó mucho dinero y esfuerzos-, la Gran Enciclopèdia Catalana (GEC ), también cae a pedazos. Esta empresa editorial arrastra una deuda de 15 millones de euros, ha tenido que vender el edificio corporativo al dueño de Bon Preu, Joan Font, y tiene previsto hacer un ERE de su plantilla.

La crisis de la GEC, fundada en 1968, se añade a las del grupo financiero Banca Catalana, al cierre del diario El Correo Catalán, de la revista Destino -de los que Jordi Pujol era propietario- y de Cadena 13, a la desintegración de Convergència Democrática por corrupción y a la imputación de toda la familia Pujol por esconder una fortuna en paraísos fiscales. Jordi Pujol se llegó a identificar con Cataluña y la evidencia es que todo aquello que construyó ha acabado hundido, incluido el “país ideal” que imaginó.

 Con el descalabro de la GEC culmina este desastre permanente que, bajo las consignas de “hacer país” y “esto ahora no toca”, hemos tenido que soportar el conjunto de los catalanes en las últimas décadas. Dando por sentado que en la iglesia nacionalista, presidida por el pantocrátor de Jordi Pujol, los convergentes eran los padres de esta gran familia mal avenida; los republicanos son los hijos; y los de la CUP, los nietos.

Es evidente que el edificio está en ruinas y que hay que hacer un “reset” con urgencia, pero el PSC, que tendría que liderar la alternativa, está atado de pies y manos por el apoyo que ERC da a la estabilidad de Pedro Sánchez. Mientras en Madrid, el PSOE necesite imperiosamente los escaños de los nacionalistas catalanes para poder gobernar, Salvador Illa se quedará sin la presidencia de la Generalitat. (...)

El nacionalismo ha llevado Cataluña al precipicio. Estamos en caída libre y todavía no hemos tocado fondo."            (Jaume Reixachs, elTriangle, 11/12/23)

21/4/21

España construye la nación, como los otros estados, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y es sujeto político con la Constitución de Cádiz de 1812. Su proceso es igual de exitoso que el del resto de países europeos. La diferencia se centra en que cuando esos países tienen colonias, España está a punto de perder las suyas, y eso se transforma en una idea de fracaso, que da lugar a un auge de los nacionalismos periféricos

 "Tomás Pérez Vejo (Caloca, Cantabria, 1954) es profesor investigador en el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México. Asegura que cuando llega a España se encuentra con una “jaula de grillos”, y que el mensaje de Iñaki Gabilondo, que ha señalado que España “no funciona”, y que por eso quiere tomar distancia, le ha afectado profundamente. 

Pérez Vejo cree en la Transición y en el desarrollo que ha alcanzado España. Acaba de publicar 3 de julio de 1898, el fin del Imperio español en Taurus, que ha divulgado una serie de obras centradas en un día de la Historia de España.  (...)

--Pregunta: ¿El concepto de nación, la nación española, se interioriza con la pérdida de Cuba en 1898? ¿Es por ello por lo que se ve como un desgarro nacional?

--Respuesta: Es una idea central en el libro y tiene relación con la construcción nacional de España, que a lo largo del siglo XIX habría sido más exitosa de lo que se ha entendido durante mucho tiempo. En 1821 se pierden territorios americanos, en el sur de Estados Unidos, y no se percibe como una catástrofe. Pero con Cuba se produce un psicodrama colectivo. 

Lo que señalo es que aquellos territorios los pierde la Monarquía católica, pero Cuba la pierde la nación española, que cobra carta de naturaleza con la Constitución de Cádiz. En la Guerra de Cuba combaten soldados españoles, y la derrota se interioriza como una tragedia para la nación. Lo que demuestra eso es que España fue capaz de construir una identidad nacional, desarrollada por las clases medias del país.

 --Entonces se rechaza esa idea que defienden algunos autores, presente en la historiografía, de que España primero es un Imperio, luego un Estado y que no acaba nunca de construir la nación.

--Mi argumento es el contrario, sí. Cuando se afirma que España tiene muy pronto un Imperio, y que después no puede construir la nación, se parte de un concepto nacionalista, porque se identifica la monarquía con la nación española. Y eso no se puede establecer de esa manera. 

España vive un proceso muy parecido al de otros países de su entorno europeo. Construye la nación, como los otros estados, a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Y es sujeto político con la Constitución de Cádiz de 1812. Su proceso es igual de exitoso que el del resto de países europeos. La diferencia se centra en que cuando esos países tienen colonias, España está a punto de perder las suyas, y eso se transforma en una idea de fracaso, que da lugar a un auge de los nacionalismos periféricos.

--Esos nacionalismos periféricos, el vasco y el catalán, ¿son oportunistas, por tanto, cuando, --en el caso del nacionalismo catalán es muy claro--- se habían beneficiado de los negocios con Cuba?

--Sí, claramente. Además, se puede ahondar en una idea y es que el nacionalismo español más temprano y exitoso arraiga en Cataluña y País Vasco. Son las regiones más modernas del país y el sentido de patriotismo entre catalanes y vascos que se produce con las Guerras de África es enorme. Pero con la pérdida de Cuba pasan dos cosas. La relación de Cataluña es enorme, y, por tanto, la pérdida supone perder el mercado colonial. Y se plantea un dilema: para qué se quiere un Estado que no protege ese mercado.

 Si España es una nación que fracasa, nadie quiere formar parte de esa nación. Esa idea sigue presente, permea en el discurso nacionalista catalán hasta ahora. Esa idea de que se está más cerca de Europa, de que no se quiere formar parte de algo decadente, de que no se quiere formar parte de una nación muerta. Y, la otra cuestión que surge con Cuba, es que se produce un nacionalismo español doliente, de que es una nación fracasada, y que la solución es Europa. Cuba, por tanto, afecta a los nacionalismos periféricos, y también al nacionalismo español.

 --En cualquier caso, desde el punto de vista práctico, ¿esa pérdida de Cuba fue más ficticia que real? ¿Fue más una interiorización por parte de las elites intelectuales de que era un fracaso?

--Eso es de las cuestiones más interesantes que pasan con Cuba. Cuando uno analiza los datos económicos, se comprueba que España ocupa un lugar similar en relación al resto de países europeos. No se trata de un hundimiento económico. Fue una crisis intelectual, pero no económica. Eso se explica porque la economía cubana no estaba integrada en la española, sino en la americana. La producción de azúcar, en todos esos años noventa, se vendía en un 90% a Estados Unidos, no a España.

--En todo caso, sí es un problema para la población cubana, que mantiene un sentimiento español.

--Sí, uno compara lo que sucede con el resto de países americanos, y comprueba movimientos hispanófobos. Se producen exclusiones, como en México, pero no en Cuba. Un texto de José Martí, hijo de valenciano y de canaria, lo señala con claridad cuando dice que los cubanos no tienen ningún problema con los españoles, pero sí con el gobierno español. Y, de hecho, llegaron muchos más españoles a la isla después de la independencia de Cuba. Fue un proceso favorecido por los propios cubanos, tras la Guerra, y después de quedar bajo la órbita de Estados Unidos.

--Eso fomentó una tragedia entre los cubanos, que dejaron de ser considerados como españoles, ¿no?

--Eso constituyó un drama. El Gobierno español decidió cortar esa relación, y declara que los nacidos en Cuba no serán españoles. Y es dramático para muchos que habían luchado al lado de los españoles, y son obligados a ser cubanos. Eso tiene implicaciones morales muy fuertes.

 --Por tanto, ni España fue diferente a otros países en relación a la construcción nacional, ni la crisis del 98 debería haber dado para tanto. ¿Se exageró toda esa pérdida?

--Yo lo enmarcaría con la historiografía de los últimos años, que ha cuestionado esa supuesta excepcionalidad española. Lo más curioso es que el caso español está marcado por una idea doliente. Los ingleses, por ejemplo, se han creído excepcionales porque se han visto como los mejores. En España, en cambio, la excepcionalidad se subrayaba por considerarse los peores. Es sorprendente. Se manejó esa idea dentro de Europa y se potencia luego con el lema franquista de España es diferente. 

La diferencia, en todo caso, hay que verla en el auge de los nacionalismos periféricos. La construcción nacional de España no fue un fracaso en el siglo XIX. Y si se llega a conclusiones diferentes se debe principalmente al afecto deslegitimador que tuvo el franquismo, ya en el siglo XX. Pero en cuanto a la construcción nacional no hay ninguna diferencia con el resto de países europeos.

--Sí hay, en cambio, oportunidades que se dejan escapar, entiendo, a partir de la Constitución de 1876, que no se reforma, y se llega a la dictadura de Primo de Rivera de 1923.

--Hay un periodo, efectivamente, que no se aprovecha. Las élites de la Restauración tienen un gran miedo en ese momento, con la pérdida de Cuba. El temor es que se produzca un golpe de estado carlista o una revolución de carácter socialista. Son élites atenazadas, que no toman decisiones, con un gran miedo a que acabe el régimen de la Restauración.

--El caso es que España está muy marcada por la generación del 98, por esa influencia intelectual, que habla de fracaso. ¿Hasta qué punto ese movimiento fue algo nocivo, perjudicial para el desarrollo posterior, aunque desde el punto de vista literario se siga alabando?

--Eso me ha planteado un problema conmigo mismo, porque, por un lado, no se puede negar la calidad e influencia literaria de la Generación del 98, con Antonio Machado o Unamuno. Sin embargo, sí me atrevo, y señalo de nuevo mi disgusto, a decir que el movimiento tuvo un efecto absolutamente nocivo para vivir nuestro pasado. Esa idea del que inventen ellos, es demoledora. Y tiene un agravante y que la sombra del 98 prolonga hasta nuestros días, esa idea de la geografía de Castilla, es una visión esencialista muy nociva.

 --Es un regodearse en lo negativo.

--Sí, es esa visión de las ciudades castellanas decadentes, que ven una belleza poética, lo que no deja de ser una pornografía de la miseria. Y deriva en un proyecto que se basa en que debemos aferrarnos a eso.

--Pues podemos estar en una situación similar ahora.

--Tengo la impresión, --y vivo en México—, de que hay una obsesión en los medios periodísticos e intelectuales por esa visión negativa del país. Y, objetivamente, para quien haya vivido en España o en distintos países, no somos los mejores, pero tampoco tenemos un país desastroso. Sin embargo, esa idea de que para ser intelectual debes ser un pesimista, se mantiene.

 --Continuamos como tras la pérdida de Cuba. Cuando se percibe que algo no funciona, entonces nos vamos. Ese ha sido el discurso del independentismo catalán en estos años. ¿Se trata de un chantaje permanente?

--Las naciones son proyectos de futuro. Cuando esos proyectos fracasan, pues pensamos en irnos. En el caso del nacionalismo catalán es evidente. El proceso independentista no se entiende sin la crisis económica de 2008. El problema es que cuando en algunos territorios hay mayorías que no quieren un determinado proyecto, se aprovecha cualquier circunstancia.

--El nacionalismo catalán niega la propia existencia de la nación española. ¿Es ese el problema?

--Sí, pero es el problema del nacionalismo identitario. El nacionalismo catalán es igual al nacionalismo español. En el caso del español, se diría que desde Altamira ya hay españoles. Y lo mismo respecto al catalán, al entender que hay algo previo a la voluntad de los individuos. No hay diálogo posible en esos casos. Hay una exclusión mutua, porque no puede ser catalán el que se sienta español, o no puede ser español el que se sienta catalán. En mi planteamiento, la nación es una organización instrumental. La nación no existe, se cree en ella. Y habrá naciones en la medida en la que se crea en ellas.

--Pero se suponía que con la Constitución de 1978 se había llegado a un gran consenso sobre todo eso.

--Yo suponía que viviría en un país normal, que se preocuparía de la sanidad o de la educación, sin más preguntas metafísicas. Y cada vez soy más pesimista, porque resurge el debate sobre lo que es o no es España. Y me parece que eso se debe al legado nocivo del 98, lo de España como problema o Cataluña como problema.

--Claro que se podría interpretar como algo que le pasa también a otros. Tampoco sería España diferente ahora, si vemos lo que sucede en el Reino Unido, que se podría desmembrar en poco tiempo, con Escocia o Irlanda del Norte unida a la República de Irlanda.

--Me parece interesante ese debate, porque desmiente, de nuevo, la excepcionalidad española. Si había un estado que parecía no tener problemas de esa naturaleza era el Reino Unido. Hay un problema historiográfico, que es esa vieja manía española de compararse con Francia. Y Francia es más una excepcionalidad que un modelo. España se parece más al Reino Unido que a Francia. No hubo problemas en el Reino Unido mientras fue una potencia exitosa. El problema surge cuando entra en un proceso de reacomodación para ser una potencia estratégica. Y para un escocés ya no es atractivo, máxime cuando la gran mayoría de los escoceses votaron por seguir en la Unión Europea.

--Cuando Iñaki Gabilondo dice que España “no funciona” y que ya no sabe qué más decir, y se aparta, ¿qué le sugiere? ¿Cómo se arregla España?

--Las declaraciones de Gabilondo me produjeron un desánimo profundo, porque mi generación lo ha tenido como referencia durante décadas. No me atrevo a extrapolar con desencantos colectivos, pero me parece preocupante, porque Gabilondo siempre ha tenido sensibilidad para captar sensaciones colectivas.

--Porque, ¿se podría pensar en reformas, o las élites políticas son ahora como las de la Restauración, que muchos de los ‘nuevos’ políticos asocian al régimen del 78?

--Hay una clara voluntad de determinados sectores políticos de plantear la transición como una segunda Restauración. Cuando se habla de Historia siempre se habla del presente. Es una lectura injusta sobre lo que significó la transición, que es el momento más exitoso de la historia de este país, con unas generaciones con clara voluntad de llegar a acuerdos de forma razonable. Ahora, cuando llego a España, me encuentro una jaula de grillos, con insultos entre unos y otros, con un nivel de discusión política lamentable. Espero, en todo caso, que Gabilondo esté equivocado."                     (Entrevista a Manuel Pérez Vejo, Manel Manchón, Crónica Global, 31/01/21)

7/4/20

Una nación siempre se basa en la premisa identitaria. Pertenece a una nación el colectivo de personas que se identifica con su simbología, su ideario, su relato histórico... Una vez creada la comunidad de ideas, intereses, vindicación…, generan un sentimiento de pertenencia. Algo subjetivo, una experiencia personal...

"Patólogo. Catedrático del departamento de Sanidad y Anatomía Animal. Enseña en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Es autor de Las naciones, entes o entelequias. Miembro de Federalistes d’Esquerres.


Ciudadanía y nación ¿Algo del pasado o de rabiosa actualidad, a la vista del procés, por ejemplo?

En un Estado-nación convencional, dominante en todo el Mundo, se llamen repúblicas o monarquías, el sujeto de soberanía, en principio, es siempre la “Nación”. Sin embargo, en un Estado republicano ideal, el sujeto de soberanía debe ser la ciudadanía. Ilustra esto la Constitución española vigente.

 En su artículo 1.2 dice que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del cual emanan los poderes del Estado. Esto, que parece ingenuo, en realidad establece una disociación entre los conceptos “pueblo”, en cuanto a ciudadanía (la población) que es, digamos, el sujeto de la política, de derecho, y “nación”. Pero otorga un rango preeminente, al concepto “nación”, puesto que la soberanía la atribuye y la asocia a la nación. Solo subsidiariamente la detenta la ciudadanía.

Civismo y nacionalismo ¿Aceite y agua?


Hay que distinguir entre civilidad, cívico, ciudadanía, civismo, y nacionalidad, nacional, nación o nacionalismo, que no pueden ser nunca equiparables. El civismo no es equiparable al nacionalismo. Son conceptos de diferente orden conceptual. En un Estado democrático y moderno, (en el cual el sujeto de derecho siempre sería la ciudadanía) el vínculo común de la ciudadanía nunca puede ser ni preexistente, ni trascendente a la propia ciudadanía que se constituye en Estado de derecho. Una ciudadanía constituyente no puede estar previamente constituida. 

Un fundamento de soberanía previo al momento constituyente no tiene sentido. Y no puede ser trascendente porque la soberanía reside en el propio individuo, en las personas. No puede haber un fundamento de soberanía que, de alguna manera, sea de índole superior al de las otras personas que constituyen la sociedad. 
Estamos hablando de soberanía, algo también muy a la mode. ¿Dónde reside o debería residir la soberanía, si es que existe?
Todo ordenamiento jurídico-político, que pretenda instaurar un contrato social entre el individuo y el Estado, no puede basarse en argumentos antecedentes a la ciudadanía del presente histórico, en fundamentos trascendentes o entelequias. Los atributos que debería tener siempre el sujeto de soberanía, desde un punto de vista conceptual, son la civilidad y la ciudadanía.

 La civilidad, que es la dignidad natural del ser humano, inherente a toda persona por el mero hecho de serlo; un exponente de la propia condición humana. No es otorgado, sino ínsito a las personas. Es un “prius”, porque es anterior al Estado de derecho. La ciudadanía, que de ahí se deriva, no es más que el estatus jurídico-político que garantiza la civilidad. Cosa que sí es otorgada por un Estado de derecho.
¿Son pues las naciones construcciones sociales, artefactos destinados a desaparecer, cuando vayamos superando esta etapa de la historia?
Cuando se alude a ciudadanía, se entiende que el sujeto de Derecho de ciudadanía siempre es individual. Es inherente a ciudadanía la concepción de lo individual. Sin embargo, la nación, en cuanto posible sujeto de derecho, nunca es individual. La nación siempre es colectiva, comunitaria, lo cual genera un sesgo de indefinición e incertidumbre. Que es un individuo, una persona, tiene casi una respuesta tautológica. Una persona es una persona, un ente único, intransferible, insustituible. Fácilmente objetivable, verificable, política y administrativamente. 

La nación es un concepto elusivo y polémico. No hay consenso entre historiadores, sociólogos, políticos, juristas…, sobre lo que es una nación. Los historiadores, que son quienes más han hablado de la nación, coinciden en que las naciones son entelequias. Epistemológicamente, no son viables. Lo son los Estados. La nación no es definible de una manera racional, sino emotiva, cultural, inter-subjetiva. La nación, como concepto, en el actual momento de mundialización irreversible, es anacrónica. Por tanto, más nacionalismo va contra la Historia. Es un concepto retrógrado.
No faltan, sino todo lo contrario, los que entienden la nación como una comunidad inmemorial, que hunde sus raíces en una larga historia de vínculos y cultura…
A pesar del esfuerzo obsesivo de los relatos nacionales en retrotraerse a períodos de esplendor, epopeyas, épicas gloriosas, todas las naciones, y el propio concepto de nación, no van más allá del siglo XIX. Fueron producto de las revoluciones liberales. Ninguna nación es secular. Son entelequias, entes imaginarios utópicos colectivos, ficciones comunitarias. Racionalmente nadie es capaz de definir una nación, ni siquiera una específica. Es el propio Estado el protagonista más importante en la creación de estos imaginarios colectivos. 

El Estado decimonónico liberal necesitaba prestigiarse para legitimarse. A raíz de esto, los movimientos nacionalistas ideologizados actuales, que todos conocemos, no derivan de la existencia de las naciones, sino todo lo contrario. Son los discursos nacionales, que generan los movimientos nacionalistas (que siempre son de poder), los que contribuyen a crear el concepto de nación. Son entelequias, que son reales en cuanto que hay personas que creen en ellas, pero, en realidad, son ficticias, constructos. 
¿Cómo puede ser que, en pleno siglo XXI, tengan tanta vigencia los movimientos y las vindicaciones nacionales?
Porque son definibles como discursos político-ideológicos, posmodernos, performativos. La mera evocación del concepto legitimador crea la nación, sin que necesariamente haya algo que la sustente. Así, la nación, deviene de facto, en sujeto político de Derecho, porque se ejerce acción política en su nombre.

 No porque tenga existencia real. Es como la divinidad. Y esto ocurre porque existe gente, un colectivo de ciudadanía, que se identifica con su ideario. Así, hay una nación sociológica, partidos que vindican un ideario nacionalista y gobiernos legítimos (por ejemplo, el catalán) que gobiernan en nombre de la nación. Por tanto, existe una nación institucional. La paradoja estriba en que tenemos un discurso que es real y, sin embargo, desde el punto de vista científico, historiográfico, racional, no lo podemos definir. 

Resulta, en fin, difícil luchar contra un fantasma que, como el conde Drácula, no es objetivable, pero existe…

Una nación siempre se basa en la premisa identitaria. Pertenece a una nación el colectivo de personas que se identifica con su simbología, su ideario, su relato histórico... Una vez creada la comunidad de ideas, intereses, vindicación…, generan un sentimiento de pertenencia. Algo subjetivo, una experiencia personal, una prerrogativa individual. No generalizable. Si el sentimiento de pertenencia es resultado de una prerrogativa individual, no es susceptible de represión a quien lo desea, pero tampoco de imposición a quien no lo desea. No puede, en consecuencia, tener carácter jurídico político algo que es electivo e individual.

¿De qué forma salir entonces de este bucle, que Jon Juaristi denominó “melancólico”?

La nación no posee historicidad. La ONU contesto a Cataluña que sus interlocutores son los Estados, no las naciones. Esto es lo racional e inteligible del hecho nacional. Pero la nación es real, en tanto que es vindicada por un discurso nacional, soportada por la ciudadanía. Si la pertenencia a una comunidad nacional es una prerrogativa individual, volitiva, subjetiva, voluntaria..., el constructo “nación” es de carácter privado.

 Lo mismo que la ideología, la adscripción religiosa, la sexualidad, las preferencias culturales… La Comunidad nacional está subsumida en la ciudadanía y es de rango inferior, como cualquier comunidad inter-subjetiva. Nación, en fin, no equivale en absoluto a ciudadanía, independientemente del grado de refrendo. Son ordenes conceptuales totalmente diferentes. Además, lo refrendatario es coyuntural, contingente… Varía y puede ser reversible. Un Estado moderno, abierto, mundializado… tiene que ser siempre post-nacional. 

El mínimo común denominador común de soberanía política en un Estado moderno solo puede ser la ciudadanía, no la nación. Para salir de aquí, hay que recuperar el espíritu ilustrado, revolucionario, del siglo XVIII. El Estado no puede tener ideología propia, adscripción religiosa, ni tampoco nacional, entre otras cosas porque los Estados son entes jurídico-políticos y administrativos, que acogen diferentes naciones. Hay que desnacionalizar el Estado."             (Entrevista a Alberto Marco, Peru Erroteta, El Triangle, 22/02/20)

4/3/20

Kamen: No hay ninguna evidencia histórica de que los reyes godos existieran, ni Don Pelayo, ni la convivencia de cristianos, moros y judios en la Edad Media... pero los mitos fortalecen las identidades,

"Henri Kamen se siente una mezcla de civilizaciones. “Nací en Oriente (en la antigua Birmania), me formé en Reino Unido y vivo en España”, resume el historiador de 83 años en un perfecto español, con acento británico y deje catalán, al preguntarle de dónde es. Los orígenes de un país también son siempre una mezcla mucho más compleja de lo que reflejan sus mitos. 

Sobre esta idea Kamen acaba de publicar, 'La invención de España' (Espasa, 2020), libro en el que trata de separar cuánto hay de ficción y cuánto de realidad en la historia de este país, que lleva más de medio siglo estudiando. Una gran parte de lo que los libros de texto nos han enseñado a los españoles como hechos históricos son leyendas imposibles de verificar.  (...)

“No hay ninguna evidencia histórica de que los reyes godos existieran. Para empezar, ni siquiera el titulo de rey existía en aquella época”, sentencia el hispanista (...)

PREGUNTA. ¿Es la lista de reyes godos un invento?

RESPUESTA. A finales del siglo XIX, cuando se empieza a instituir el sistema de enseñanza obligatoria en los colegios, se llegó a un acuerdo sobre de qué materias había que educar a los niños. Lo más fácil era memorizar reyes y presidentes, y ahí se optó por simplificar muchos capítulos de la historia de España, a menudo con criterios políticos.
En su libro cita a Ramiro de Maeztu, ensayista de la Generación del 98, que dejó escrito que “España comienza a ser al convertirse Recaredo en la religión católica”, una idea que se popularizó en la España franquista. Según Kamen, la falta de documentación para estudiar a los visigodos, a quienes Franco alababa por su “amor nacional a la ley y el orden”, permitió crear la ilusión de una unidad y continuidad histórica “de la que no hay constancia alguna”.

Kamen también desmiente en su libro que haya certeza histórica de batallas heroicas como la de Clavijo, la figura de Santiago 'matamoros'. Analiza también la España de los conquistadores, el papel de los piratas del Caribe y hasta el papel de Gibraltar en el nacionalismo español. Todos estos episodios, algunos más ficticios que otros, juegan un papel importante en lo que el historiador llama la invención de España.

 “Los mitos fortalecen las identidades”, explica, pero reclama la importancia de separar la realidad (lo que “aparentemente” sucedió), del mito (lo que “debería haber sucedido”). Ciertas o no, opina que todas estas leyendas son importantes para entender la historia de un país: "Tienen un papel en la forma en que elegimos construir, es decir, inventar, el pasado”. Su libro es un recorrido por la historia española a través de los intereses políticos de quienes fomentan una u otra versión de los hechos en cada momento.

P. ¿Es entonces la historia de España una sucesión de 'fake news'?

R. Sí. Podríamos decir que la historia de España así contada es una sucesión de 'fake news', pero toda historia de un país lo es en cierto modo, porque es una reconstrucción interesada. Cuando existe un currículo obligatorio, hay que idear una cosa concreta. No se les puede dar a los niños tres o cuatro teorías de cada episodio. Se simplifica y enseña de modo tan exagerado que puede resultar falso. La enseñanza basada en grandes protagonistas y unas cuantas gestas heroicas necesariamente implica una distorsión de la realidad.

P. Muchos de estos mitos nacen de un interés político que va cambiando según la época. Una de las construcciones políticas que más han calado en el imaginario colectivo español, según cuenta en su libro, es la idea del crisol medieval de las tres culturas. ¿También es falso?

R. Efectivamente, a lo largo de la historia, los políticos adaptan la historia con fines políticos. Fomentar el mito de la España medieval de las tres culturas como una época pacífica e idealizada es una leyenda que sale de la boca de los políticos españoles del siglo XIX y XX. Querían proyectar una imagen del país de que aquí albergábamos no solo una cultura como ingleses y franceses, sino tres: la cristiana, la judía y la musulmana. 

Los liberales del siglo XIX querían identificar en esos valores de la convivencia su idea de España y trataron de crear una imagen de una España posible contra los franceses y al absolutismo de Fernando VII. Querían transmitir que hubo una vez una España donde la tranquilidad y coexistencia de gente muy diferente eran posibles.

Kamen atribuye al historiador novecentista Américo Castro (1885-1972) el desarrollo de esa imagen ficticia de un Al-Ándalus dichoso y pacífico con la implantación del concepto de 'convivencia'. Sin embargo, esa visión, heredera del romanticismo, sostiene, “lo que trata es de ocultar los problemas reales de la época medieval, porque no se encuentra evidencia alguna de que esa coexistencia fuera pacífica”.

Y añade: “Hay más documentación de las crueldades que las tres culturas cometieron entre sí que de la idealizada armonía”, y la describe como una época muy sangrienta en la que hubo decapitaciones masivas, tanto de cristianos como de musulmanes, muchas crucifixiones “y los judíos fueron perseguidos por todos los regímenes, tanto visigodos como árabes. Podía haber episodios de convivencia a nivel popular, pero muy limitada. La vida normal de los árabes era la misma que tenían los cristianos. Trabajaban en los campos, eran vecinos… En ese sentido de la vida del pueblo sí que había convivencia, pero nada más”.

Un ejemplo mucho más reciente de la tentación de los políticos de reescribir la historia con fines políticos, según Kamen, lo tenemos en la invención que hizo el presidente Rodríguez Zapatero, hace una década, de la Alianza de Civilizaciones: “Es un mito reciente que él mismo inventa”, afirma este historiador, que trabajó 12 años en el CSIC antes de jubilarse. “Zapatero piensa en una coalición de las culturas cristianas y musulmanes como respuesta a la agresión de Al Qaeda y otros movimientos violentos de nuestra época, pero fue tratar de crear un mito de convivencia que no funcionó”.

Don Pelayo es una ficción

A la derecha política, este hispanista también le atribuye una instrumentalización de la historia, centrada sobre todo “en la invención de una España que habría existido desde siempre con la cristiandad como eje vertebrador”. Pero igual que no encuentra Kamen evidencias de que los numantinos resistieran heroicamente el asalto de los romanos, tampoco de que lo hiciera la ciudad de Sagunto, no halla tampoco evidencias de que Don Pelayo existiera. Cuenta que es a finales del siglo XIX y principios del XX cuando aquellas batallas legendarias “se empiezan a convertir en episodios heroicos de la patria”.

Ocurre con todos los mitos fundacionales. “Don Pelayo es, en esencia, una ficción, porque no hay forma de documentar ni su existencia ni sus hazañas”, apunta Kamen sobre el héroe asturiano (o visigodo o cántabro, según qué crónicas se consulten). Muchas de las crónicas disponibles sobre el supuesto inicio de la Reconquista en las que se sustenta el mito están escritas varios siglos después de los hechos. “No hay documentación fiable de aquella época ni evidencia de que sucediera. No podemos saber si Pelayo existió o no”.

Kamen, sin embargo, se reconoce “gratamente sorprendido por la honestidad de la Oficina de Turismo de Asturias, porque en su página web reconoce que no disponen de ningún dato comprobable de Pelayo ni de su relación con la supuesta batalla de Covadonga, y esa honestidad histórica no es habitual en la utilización que hacen de la historia muchas otras instituciones públicas”.

En la cueva de Covadonga, según la leyenda, los rebeldes a las órdenes de Don Pelayo hace 1.300 años fueron inicialmente derrotados por los musulmanes y se refugiaron hasta que se les apareció la Virgen María, lo que les ayudó a ganar la batalla. Cuenta que no hay ninguna evidencia ni siquiera de la batalla de Covadonga. “Aunque tampoco se puede descartar que hubiera algún incidente militar, pero no está documentado con fiabilidad”, insiste el hispanista, que apunta a que quienes primero promovieron la leyenda de Don Pelayo fueran los cronistas a las órdenes del rey de León Alfonso III, que quiso liderar un siglo después la lucha contra los musulmanes. 

De lo que no le cabe duda histórica es de que los símbolos que hoy podemos visitar los turistas “son exclusivamente producto de la imaginación y la inversión de los católicos del siglo XIX”. Fue en 1941, el año que regresó a España la Dama de Elche del Louvre, cuando se instaló en el santuario asturiano una imagen de Nuestra Señora de Covadonga y Franco dio pleno apoyo a la leyenda de Pelayo. (...)

P. ¿Es España una de las naciones más antiguas de Europa?

R. No, eso es una actitud subrayada por la derecha española. Insisten en una España política que existió antes de todos los tiempos. Es una visión absurda. También hay una exageración de la idea de una España que exista desde la Reconquista. Eso es falsificar el pasado. La idea misma de Reconquista evoca que había una unidad previa a los siete siglos que estuvo el islam en la península Ibérica. Y no existía tan cosa. Ni siquiera en el siglo XVIII existe todavía una administración central. España como tal nace a principios del siglo XIX, tras la Guerra de la Independencia.

P. ¿Qué papel tiene el cristianismo en la identidad española? En su libro, sostiene que España no es tan católica como se ha contado.

R. El papel del cristianismo en España depende de cómo se interpreta. Hay que diferenciar la espiritualidad y las creencias del pueblo de la cristiandad como manifestaciones culturales de la vida pública, con la presencia de las catedrales, por ejemplo, que es un reflejo del poder institucional de la Iglesia. Los obispos ya se lamentaban de la falta de religiosidad del pueblo español en el siglo XVI. La Iglesia tenía mucho poder, pero no dirigía la creencia íntima de los españoles. 

Por eso importaban misioneros jesuitas y cartujos italianos a la Península con el propósito de convertir al pueblo español a la fe católica. Hay que diferenciar esos dos niveles de la religión. Hay una España cristiana, sí, pero formalmente, a nivel político, no tanto a nivel popular. No se trata de negar que fueran cristianos, que lo eran, pero en un nivel cultural más que espiritual.

 Los ataques contra la Iglesia también son parte de la historia de España. Ya los tuvimos en el siglo XIX con la desamortización y también en el siglo XX. El anticlericalismo está en todas las épocas de lo español. La hostilidad a los privilegios del clero no es nueva. España ha sido tan cristiana como anticlerical. Necesitamos contar la historia con más perspectiva para entenderla. Por eso la historia debería reflejar más la vida de la calle y la vida diaria, y no la que los políticos se inventan, porque ellos necesitan constantemente inventarse enemigos, vencedores y vencidos.


P. Cuenta en su libro que los españoles a menudo hemos preferido acercarnos a la imagen del pasado del país a través de las novelas. ¿Nos importa dónde acaba la realidad y dónde empieza la ficción?

R. Las obras de ficción también tienen ideología y, por tanto, también tergiversan el pasado. Son parte de la idea que una nación se hace de sí misma. A veces, los novelistas gustan más a los lectores que los historiadores. Y si los historiadores somos aburridos y la gente no nos lee, es nuestra culpa. Pero a veces los novelistas tienen tanto éxito que la imagen distorsionada del pasado que proyectan se queda para siempre en las mentes. Hay historiadores que admiran a Arturo Pérez-Reverte. Y eso está muy bien, pero el problema es que su imagen de las guerras de Flandes se acepta como verdad histórica y no es así. Él escribe ficción, con mucho éxito, pero ficción.

Los historiadores, sin embargo, tenemos una obligación de investigar de forma fiable lo que ha pasado, los novelistas no. Y después de las novelas de Pérez-Reverte, muchos españoles tienen la idea de que Flandes estuvo en rebelión contra España. No es cierto. Los Países Bajos tuvieron problemas con la administración del rey de España, pero no por ser rey de España, sino por ser rey de Flandes. No fue una revuelta contra los españoles, fue una rebelión contra Felipe II, porque era su rey en ese momento. 

Flandes luchaba contra su propio régimen. En la Corte de Madrid había ministros que le decían al rey que Flandes tenía razón en sus reivindicaciones. Hay textos que muestran la simpatía con los rebeldes de Flandes. Eso no lo capta Pérez-Reverte. Tiene todo el derecho de no hacerlo porque él es novelista, y le deseo que tenga mucho éxito, pero la gente debe saber que no transmite una imagen histórica real.

P. Usted es un gran estudioso de la monarquía española. En su último libro, asegura que la monarquía española ha sido una institución siempre en entredicho. ¿Cree que llegará a reinar la princesa Leonor?

R. Espero que sí, que Leonor llegue a ser reina. Pienso que tener un símbolo de unidad como tienen los británicos es importante. Aunque la monarquía no tenga un papel activo en la vida política su labor es importante porque cohesiona y actúa como símbolo de las aspiraciones del pueblo, sin que este tenga que identificarse ni aceptar las doctrinas de los partidos políticos. 

En Reino Unido, hay británicos sin preferencia hacia laboristas ni conservadores que creen en la monarquía. Es un símbolo poderoso y los países necesitan símbolos. Otros países no tienen estos símbolos y es una pena, porque en la monarquía veo una gran esperanza para la estabilidad del sentimiento público que trasciende los conflictos de la vida política."             (Entrevista a Henri Kamen, Marta García Aller, El Confidencial, 24/02/20)

14/1/20

Las naciones son gastronomía, no son esencias y materiales que vienen de tiempos pasados; no hay necesariamente una cultura o una historia detrás de cada nación... los nacionalismos (y las naciones) no están predefinidos ni predeterminados...

"(...) ¿Es posible no ser nacionalista?

La gran mayoría es algo nacionalista, aunque muchas veces sea de forma inconsciente. Muchísimos ciudadanos de Europa no tienen la necesidad de hacerlo visible u obvio salvo en momentos en los que hay un enfrentamiento. Lo suelen expresar con sentimientos banales: en el apego a la lengua, a una manera de ser, a unas costumbres o incluso a la gastronomía. 

La mayor parte, cuanto menos, necesita la nación como horizonte y como marco de referencia, aunque luego no sepan muy bien definirla. Después hay minorías cosmopolitas que consideran que la identidad nacional no sólo no es un elemento preponderante ni prioritario, sino que tienen muchas identidades y para ellos la nación no juega ningún papel. Pero son minoría.

¿Por ello defiende que las naciones tienen más que ver con la gastronomía que con la geología?
 
Las naciones son gastronomía, no son esencias y materiales que vienen de tiempos pasados; no hay necesariamente una cultura o una historia detrás de cada nación. Hay precondiciones que pueden explicar el mayor arraigo de los nacionalismos y que pueden ayudar, pero los nacionalismos (y las naciones) no están predefinidos ni predeterminados.

Pero todos rechazan la etiqueta de nacionalista. De hecho, apuntas en el libro que muchos intelectuales de este país aún niegan que exista el nacionalismo español.

El rechazo a la etiqueta nacionalista no es una cuestión española. También es muy propio del ámbito lingüístico francés, portugués, alemán… el término nacionalismo está denostado por el uso perverso e hipertrófico con consecuencias criminales. Está negativamente connotado desde 1945. Yo no digo que todo el mundo sea nacionalista de la manera en que lo pueda ser un ardiente defensor de la unidad de la patria como Abascal o como Quim Torra.
Muchos dicen ser patriotas y no nacionalistas…

La mayor parte de los ciudadanos se sitúa en escalas intermedias de baja intensidad. Algunos llaman a eso patriotismo y creen que es sano y que el nacionalismo es malo. La diferencia no es de naturaleza sino de gradación. Quizá decir que todo el mundo es nacionalista es un tanto exagerado, pero sí diría que la mayor parte de la gente necesita una nación.   (...)
Ahora que lo menciona, algunos atribuyen cierto “supremacismo” a algunos sectores del independentismo catalán. Y también se ha usado ese calificativo en sentido contrario.

Se trata de retórica y guerra de propaganda para deslegitimar al contario. La mayoría del nacionalismo catalán no cree que tenga una pureza especial o que sea superior. Otra cosa es que me digas que hay núcleos más puristas con el tema de la lengua que tienen problemas para tener una idea más cívica de nación. Torra se equivoca en muchos de sus planteamientos y es un nacionalista de perfil duro, pero no me parece que sea un supremacista.

¿Son los nacionalismos periféricos –Catalunya, Euskadi...– los que han provocado el resurgir el nacionalismo de Estado?

Una cosa no tiene por qué llevar a la otra, pero todo nacionalismo necesita un otro para consolidarse y para reafirmar su personalidad. Los nacionalismos sin Estado, precisamente por no tenerlo aunque haya instituciones sucedáneas y por no gozar de reconocimiento internacional, están forzados a una hipertrofia simbólica y de alguna manera tienen que hacer ostentación. En cambio, el nacionalismo de Estado muchas veces es más invisible y se alimenta con un nacionalismo trivial de baja intensidad. 

Se manifiesta y sale a la luz ante agresiones externas o amenazas internas como puede ser la secesión de una región o la presencia de una minoría o un colectivo que se considera extraño en la nación; o puede ser por la inmigración. Pero también en algunos momentos porque los actores políticos dan a la nación un valor supremo para enmascarar otros intereses. Y eso también puede pasar en los nacionalismos sin Estado.

¿Entonces el nacionalismo catalán es el motor de ese despertar del nacionalismo español?

Primero fue el plan Ibarretxe, del que nos hemos olvidado, como de ETA... Había un desafío para el que se tenía una receta de defensa de la Constitución, de los Derechos Humanos, etc. porque ETA mataba a gente inocente de todo tipo. El nacionalismo catalán plantea un desafío de otra naturaleza porque es cívico y es pacífico –quitando algunos de los últimos episodios–; pero se ha intentado calcar la receta de Euskadi con Catalunya. Además, en la época de José María de Aznar, sobre todo a partir del año 2000, ya se empezó un proyecto explícito de renacionalizar España, de normalizar España en el contexto europeo. 

Esa renacionalización empezaba con los símbolos: con el orgullo de la bandera, con el himno o con la presencia de mayores contenidos comunes en los currículos escolares de toda España. Luego José Luis Rodríguez Zapatero tenía un proyecto todo lo teórica e intelectualmente sofisticado que se quiera, pero al final no estaba muy construido. Hablaba de una España plural, de valoración de la pluralidad en la propia génesis de la identidad española, de valoración de la tradición republicana, federal… y se apoyaba en Maragall, Touriño y los valencianos, que ayudaron bastante.


¿Ante este último “desafío” cómo se ha reaccionado?

Con mayor polarización, una polarización que ha llevado a que se manifieste Vox, que es producto de esa proliferación de lo que llaman nacionalismo constitucional. Pese a que tiene elementos claramente neofascistas y de derecha radical como el rechazo a la inmigración, su núcleo es la defensa de la unidad de España frente al movimiento independentista catalán. Con todo, antes ya estaban ahí y en el momento adecuado surgió la España de los balcones. 

Existía cierta banalización y normalización de algunos símbolos como la bandera bicolor, que hasta la Eurocopa de 2008 o el Mundial de 2010 se veía muy poco. Y empezó a verse también en las periferias de Barcelona. Pero también es verdad que ya hay una generación que ha crecido en la España democrática y no tiene problemas para identificarse con la bandera que sus mayores asocian al franquismo o a la monarquía.

 El Estado de las Autonomías fue una solución improvisada que duró casi 40 años. Era un coche viejo que había que repararlo pero seguía funcionando. Es el momento de diseñar algo nuevo, aunque ese modelo está por definir. En mi opinión habría que huir de los estados nación clásicos. Tenemos teorías de nacionalismo posnacional, pero aquí impera la nostalgia, el retorno al Estado nación y vemos con casos como el del Brexit que una parte de la población se refugia en esta estructura vieja en tiempos de incertidumbre, con un contexto de crisis económica y de pérdida de importancia de Europa en el tablero global.
Afirma también en el libro que “si los nacionalismos periféricos se han sentido tradicionalmente cómodos en el escenario de la bilateralidad –nosotros a un lado, España al otro lado–, la necesidad de encajar esa bilateralidad en una multipolaridad más amplia, un escenario de competencia múltiple etnoterritorial, multiplica los dilemas”, pero a la vez “puede facilitar soluciones intermedias”. Si es así, ¿dónde queda el federalismo? ¿Por qué no arraiga?
 
Ahora no hay compañeros para ese menester. El nacionalismo vasco nunca estuvo ahí porque tiene su régimen foral y siempre ha preferido la bilateralidad. Buena parte del nacionalismo catalán también se movía en esa lógica desde la época de Pujol, en una suerte de pacto bilateral. Así no hay manera de construir el federalismo, máxime si en la derecha y algunos sectores de la izquierda española hay serias reticencias a ello. Un sistema federal debe basarse en la lealtad de los territorios que lo integran y si hay dos o tres territorios que siempre van a estar aspirando a algo más eso no funcionará. Pero hay otro problema básico que está por definir:

 ¿Deben federarse las actuales Comunidades Autónomas? ¿Sólo Catalunya, Euskadi, Galicia y Canarias? ¿Entonces qué pasa con Andalucía, Asturias o Valencia? También lo querrán. Se puede hacer un pacto de tres o cuatro naciones, pero eso implicaría constitucionalizar a otras naciones hoy periféricas y no se querrá. Es un asunto complejo y las fuerzas mayoritarias cuando llegan al Gobierno vuelven a lo malo conocido e intentan poner parches; vuelven al Estado de las Autonomías."                  (Entrevista a Xosé M. Nuñez Seixas, Iñaki Pardo,  La Vanguardia, 04/11/19)

17/12/19

Manuel Valls: Cataluña no es una nación. España es una nación plural capaz de aunar y respetar las distintas sensibilidades de los ciudadanos. Cambiar lo que ya tenemos, una vibrante nación cívica y plural, por una especie de Yugoslavia ibérica, donde los ciudadanos tengan cada uno una nacionalidad distinta, me parece una irresponsabilidad. El nacionalismo, repito una vez más, es guerra porque tiene una lógica supremacista y etnicista... No podemos abandonar los valores progresistas, igualitarios y europeístas, cuya base son las personas y no los territorios...

"Cataluña no es una nación. Asumo que ésta es una afirmación contundente y va a generar debate, algunos incluso intentarán acusarme diciendo que no comprendo los matices de lo que sucede en Cataluña. Nada más lejos de la realidad. La cuestión identitaria o nacional se ha convertido en el gran problema de España, no es un debate pequeño. El concepto nación es discutido y discutible. 

Éste no es un debate nuevo. Sin embargo, plantear a día de hoy este debate sólo buscando con ello facilitar un posible pacto para una investidura o una nueva mayoría es muy peligroso, mucho más incluso que cuando lo hizo Zapatero. Lo sabemos todos, el contexto ha cambiado. 

Aquellos que afirman que España es un estado plurinacional se equivocan, entran de lleno en el marco mental del nacionalismo catalán. Aceptan como válidas premisas interesadamente falsas cuya pretensión es construir un relato en torno al derecho de toda nación a poseer un estado.

España es una nación plural capaz de aunar y respetar las distintas sensibilidades de los ciudadanos. La Constitución de 1978 y los diferentes estatutos de autonomía han conseguido proteger la diversidad y riqueza cultural de España como no lo hubiera hecho ninguna otra fórmula, siendo buena prueba de ello la pluralidad lingüística, cultural y social de este país. 

Siempre será más plural una nación como la española, inclusiva, diversa y plurilingüe, que una hipotética e imposible nación de naciones que, por definición, empobrecería a España considerándola una suma de realidades invariables, uniformes y estancas. Concebir España como un ente plurinacional sólo serviría para sembrar la duda entre españoles sobre a qué comunidad política pertenecen.

El PSC arguye que la solución debe pasar por ofrecer la posibilidad de reconocer, respetar e integrar las diversas identidades nacionales que conviven en España sin mermar la cohesión social y la igualdad entre españoles. Cabe preguntarse, entonces: ¿no lo garantiza ya la Constitución en su articulado? En el momento en que Miquel Iceta inicia el recuento de nacionalidades comete dos errores: olvida mencionar la nación española y abre la caja de Pandora iniciando un debate de definiciones muy peligroso que no solventa absolutamente nada. 

Sus razonamientos podrían incluso acabar derivando a la justificación de la existencia de los supuestos «países catalanes». Está jugando a aprendiz de brujo. Quienes se reivindican nación cultural suelen hacerlo para reivindicarse como nación política para después imponer el derecho a la autodeterminación y separarse. El independentismo, por defecto, no anhela un nuevo encaje territorial sino una ruptura con el Estado. Es por ello que no se le puede contentar con otro modelo, nunca será suficiente autogobierno porque sus reclamaciones sólo terminarán cuando levanten una frontera entre Cataluña y el resto de España. 

Cambiar lo que ya tenemos, una vibrante nación cívica y plural, por una especie de Yugoslavia ibérica, donde los ciudadanos tengan cada uno una nacionalidad distinta, me parece una irresponsabilidad. El nacionalismo, repito una vez más, es guerra porque tiene una lógica supremacista y etnicista.

El nacionalismo ha defendido que todo el diseño constitucional era insuficiente para garantizar la supervivencia de la lengua y cultura que consideran propias, pero la realidad es que no se trata de un interés honesto sino de una indisimulada excusa para avanzar en su objetivo: la secesión. Además, olvidan que las lenguas son herramientas, no un fin en sí mismo. Los catalanes somos afortunados al contar con dos lenguas oficiales que nos son comunes. 

Y esto es capital, tan propio nos es el catalán como el español. El independentismo ha intentado durante años establecer la diferenciación entre lengua oficial y lengua propia, argumentando que pese a que el español es lengua oficial no nos es propia y debe ser tratada como secundaria en las instituciones y la vida pública.

Ante este escenario, y teniendo en cuenta que la Unión Europea es una organización de estados-nación entre los que destaca España como una de las naciones más antiguas de Europa, es clave aportar una estrategia clara que no se vea condicionada por el marco mental del nacionalismo, alejada de la búsqueda de un nuevo encaje territorial para Cataluña o para cualquier otro territorio. 

El PSOE no puede renunciar a los valores de la izquierda que, por definición, ha buscado eliminar las fronteras. La izquierda necesita de un rearme ideológico en Cataluña y en el resto de España para combatir al nacionalismo y defender los principios básicos de libertad e igualdad amparados por la Constitución. Los nacionalismos avanzan de nuevo en España de forma preocupante, y las negociaciones con ellos para facilitar la investidura no hacen más que facilitarles el camino. 

Negociar con el PNV para crear un nuevo Estatuto en el País Vasco en el que se hable de «ciudadanos nacionales» haciendo referencia únicamente a los ciudadanos vascos o negociar con Bildu en Navarra debilitará todavía más el pacto entre españoles. No podemos abandonar los valores progresistas, igualitarios y europeístas, cuya base son las personas y no los territorios, renunciando a la tradición y la historia para mirar al futuro que debemos construir en España, un país fuerte y democrático, y con la mirada fija en la edificación de una gran Europa.

Es cierto que a día de hoy España se enfrenta a grandes retos, pero una cosa es buscar una solución a un problema de convivencia discutiendo con los partidos nacionalistas y con todos los que no lo son y otra muy diferente es cederles la llave de la gobernabilidad de España. Un pacto con ERC sería un caballo de Troya dentro del Gobierno de España que no nos podemos permitir."                          

(Manuel Valls, concejal de Barcelona, El Mundo, 14/12/19, en Revista de Prensa, 14/12/19)

13/12/19

Observo el debate sobre cuántas naciones hay en España (que si una, que si cuatro, que si ocho) y me dan ganas de llorar ante tanta tontería.

"(...) La palabra nación tiene dos significados muy diferentes:

La primera es la nación como una organización política soberana que comprende un territorio determinado. En esta acepción, España es una nación, Francia es una nación, etc.

La segunda (que algunos llaman nacionalidad) hace referencia a una realidad sociocultural: las afinidades lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, etc que se producen en un determinado territorio.


Las naciones como entes políticos soberanos son objetivas, están definidas en las constituciones respectivas y, en contra de lo que sostienen los nacionalistas (que prefieren explicaciones más glamurosas), se han forjado – que nadie se llame a engaño – en los campos de batalla o acuerdos internacionales.


Las naciones como entes culturales son emocionalmente más potentes pero también subjetivas y complejas. La identidad nacional puede ser muy diferente entre personas que comparten el mismo rellano de la escalera: por eso hay en Barcelona fachadas en la que el del tercero C cuelga una bandera española, el del tercero A una estelada… y el del tercero B pasa de los otros dos porque se siente – con toda legitimidad – ciudadano del mundo.


Las identidades son una propiedad exclusiva y compleja de los ciudadanos y ningún político tiene derecho a explicarle a la gente lo que es y cómo se debe sentir.

Los políticos, en cambio, tienen la obligación de gestionar políticamente las demandas de la ciudadanía – incluyendo las que hacen referencia a la organización territorial del poder político – y, por supuesto, atendiendo a la voluntad política mayoritaria de dicha ciudadanía.


En el ámbito político, la Constitución española permite la segregación de una parte del territorio aunque sea con un procedimiento muy complejo y que exige una mayoría cualificada. El problema es que, en el caso de Catalunya, hemos tenido dos tipos de políticos particularmente nefastos: los conservadores españoles que, a partir de los 90, hicieron bandera de desoir las aspiraciones de mayor autogobierno de Catalunya para sacar votos en el resto del Estado y los políticos catalanes que, desde hace 4 años, buscan votos sobre la base de reclamar la independencia sin tener, ni siquiera, el apoyo del 50% de los catalanes."                      (grosske, la izquierda unida y más, 11/12/19)

22/11/18

La construcción de la identidad nacional es un proceso histórico que se llevó a cabo en el siglo XIX en una época en que las personas pasaron de ser súbditos a ser ciudadanos... En el origen de la historia de Alemania está Napoleón". De España diría lo mismo. Contra Napoleón, empezaron a hacerse muchas naciones europeas... No hay que ver España como una anomalía en el contexto europeo, sino como una variante propia de un fenómeno más general...

"La construcción de la identidad nacional, un asunto inmutable desde hace siglos para los nacionalistas, es un proceso histórico que se llevó a cabo en el siglo XIX en una época en que las personas pasaron de ser súbditos a ser ciudadanos, explica Xosé M. Núñez Seixas, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Santiago.  (...)

Es bastante frecuente ver a políticos que dicen que son patriotas, no nacionalistas. ¿Los nacionalistas son siempre los otros? ¿Desde el punto de vista histórico hay alguna diferencia?

En mi opinión, no. Para mí, la diferencia entre patriotismo y nacionalismo es de matiz, de intensidad, pero no de naturaleza. El patriotismo entendido como virtud cívica, de lealtad a una institución política o nación supone que previamente se acepta la legitimidad y existencia de esa nación. 

Lo que pasa es que la intensidad de su manifestación no siempre es igual a la de un nacionalista, porque un nacionalista considera que su nación está en peligro de desaparición o está siendo amenazada por no tener un reconocimiento suficiente. Dicho esto, la mayor parte de los nacionalistas no se reconocen como tales. Eso es especialmente usual entre nacionalismos con Estado, en España y otros lugares.
Si no hubiera existido el nacionalismo francés, sería dudoso que Francia existiera ahora como país, y lo mismo se puede decir de otras naciones.

Por supuesto. El nacionalismo construye las naciones.
Cita en el libro un concepto desarrollado por Anne-Marie Thiesse, autora de La creación de las identidades nacionales: "Los nacionalismos usan el método Ikea". ¿Es un poco un hágalo usted mismo con los elementos culturales e históricos que quiera?

Claro. A la hora de construir las naciones sobre todo en el siglo XIX había que optar por una serie de elementos diacríticos para definir una identidad nacional. Había que llevar a cabo una lectura selectiva del pasado colectivo, una selección de rasgos culturales, presentes en la realidad pero siempre de un modo muy disperso. 

El método Ikea consiste en decir por ejemplo: si los franceses dicen que nos basamos primero en los galos con Vercingétorix como mito de resistencia contra los romanos, entonces yo voy a elegir a Viriato, y donde los franceses tienen a Alesia, yo tengo Numancia o Sagunto, donde dicen que tenemos a los francos y a Carlomagno, nosotros a los Reyes Católicos. 

Aunque parten de la base de que su nación es única en el mundo, en el fondo están siguiendo una dinámica muy internacional, que es la de imitar otros modelos de nación que son exitosos y que en el fondo son muy similares entre sí.

 Cuando se dice que España es una nación más allá de lo que diga la Constitución actual o las anteriores del siglo XIX, ¿es eso un rasgo indudable de nacionalismo?

Creo que sí. El hecho de decir que España es una nación y defenderlo de manera consecuente indica que se es nacionalista, lo cual no quiere decir que se sea facha, hablando claramente.
¿Es en el siglo XIX cuando se produce el proceso de formación de la nación española, al igual que otros países europeos?

Hay una idea de España que es anterior, pero esa idea es polisémica. Álvarez Junco y otros autores lo han puesto muy bien de manifiesto. Los conceptos patria y nación en el siglo XVIII y antes son muy móviles. No denotan lo que pasan a denotar con la era de las revoluciones liberales y el nacionalismo, es decir, un sujeto de derechos políticos colectivos como titular de la soberanía.

 La soberanía deja de radicar en el rey, y el titular pasa a ser la nación. Creo que sí, en el siglo XIX lo que nace es un proyecto de España como nación. Además, es una nación posimperial, porque todavía es un imperio, lo cual presenta un cierto problema de conversión.

En ese proceso se utilizan mitos anteriores pero también hechos contemporáneos a los que se da un valor de mito fundacional, como la Guerra de Independencia. Es interesante porque a los liberales les cuesta mucho que arraigue el concepto de esa guerra como forjadora de la identidad nacional. 

Lo que pasa a la España conservadora es que la Constitución de Cádiz no era tan asumible para ellos. Lo eran el cura Merino, Fray Vélez, el filósofo Rancio, y no eran tan asumibles los liberales gaditanos. Por otro lado, estaban de acuerdo en que la guerra antinapoleónica era la gran gesta española contra Napoleón y el inicio de una nueva definición de la comunidad política española. Pero hay toda una pluralidad de motivaciones que se simplifica, como ocurre en otros países.

Por ejemplo en Alemania, cuando se habla de las guerras de liberación, se está también llevando a cabo la misma operación de reducción. Uno de los mejores libros de historia de Alemania empieza con una frase provocativa y muy buena. "En el origen de la historia de Alemania está Napoleón". De aquí diría lo mismo. Contra Napoleón, empezaron a hacerse muchas naciones europeas.
Cuenta en el libro que la pérdida de las colonias en América a partir de 1820 no tuvo un gran impacto en el pueblo. ¿Las consideraban las colonias del rey más que de España? ¿No hubo trauma nacional?

No hubo trauma nacional. Prueba de eso es que el héroe liberal era un oficial, el coronel Rafael del Riego que se rebeló contra Fernando VII con las tropas que debían ir a América para combatir a los insurrectos. Podría haber sido visto como un traidor, pero para los liberales fue un héroe. De las muchas acusaciones que se hicieron contra Riego por los absolutistas, curiosamente la de traidor, la de favorecer a los americanos, no fue la más grave.+
En cambio, cuando se pierden Cuba y Puerto Rico, la percepción es completamente diferente. Eran consideradas la España de ultramar, algo más que colonias. Ahí se había creado un vínculo mucho más estrecho. Pero también tiene que ver con el hecho de que la idea de España a finales del XIX ya era diferente a la que había en 1820.

Ese periodo en que se está construyendo la idea de España en el XIX es una época en general de decadencia. Si hay algún fracaso en el proceso, hay que examinar las causas en el XIX, y no tanto en el XX. 

La perspectiva historiográfica actual tiende no necesariamente a ver la construcción de España en el siglo XIX como un fracaso. Aquella idea del fracaso de la Revolución Industrial o de la revolución liberal y por tanto su correlato en el fracaso de la construcción de la unidad nacional, hoy en día se ve de una manera muy matizada. 

La ruptura con la monarquía del Antiguo Régimen fue mucho mayor de lo que se piensa. Efectivamente, no prosperó una Revolución Industrial a la inglesa, pero sí hubo brotes verdes progresivos. El siglo XIX español está lleno de violencia política, es verdad, pero también hubo construcción del Estado.

 Pensemos que hasta el último tercio del XIX la idea de la nación estaba mucho más extendida de lo que pensábamos, así como el uso de la bandera bicolor. Cuando hay algunos conflictos exteriores, pocos, en los que España interviene, hay auténticas manifestaciones de patriotismo callejero. La narrativa del fracaso hay que matizarla mucho.

No hay que ver España como una anomalía en el contexto europeo, sino como una variante propia de un fenómeno más general. Esto tiene que ver con el hecho de que las élites españolas del XIX se comparaban con Francia, querían ser como Francia, y la historiografía posterior tomó a Francia, y a Gran Bretaña en otros aspectos, como paradigmas de la normalidad. Y no hay tal paradigma. Cada país sigue su propio camino.

 Pero es cierto que en la formación de un Estado como el francés fue necesario que se impusiera el francés como lengua común y por ello el Estado volcó toda una serie de recursos económicos sobre la educación. Creo que cita en el libro que la inversión en educación en España...

Fue muy inferior. 
Y que gobernantes como Narváez veían al pueblo como algo muy inferior, casi desdeñable.

Eso tuvo probablemente una repercusión, pero el proceso de nacionalización francés se puede leer de varias maneras. Algunos lo ven como un éxito, pero también hay quien lo ve como un proceso mucho más difícil y que sólo se culmina con un gran evento traumático, que es la Primera Guerra Mundial. 

Por eso, doy importancia al hecho de que España no tenga enemigos exteriores muy definidos y que haya permanecido al margen de los grandes conflictos mundiales. Probablemente, pocas cosas hicieron más a Francia que la convivencia en las trincheras de bretones, occitanos, etcétera.  
¿Cómo influye el Ejército español en las luchas ideológicas del siglo XX con respecto a la concepción de nación? ¿Tiene una influencia en la gente que no piensa como los militares al generar rechazo?

Yo no diría que eso tiene una influencia directa en la imagen de España. Es cierto que el pretorianismo, es decir, la intervención del Ejército en política, marca mucho la evolución del nacionalismo español. 

Creo que porque los militares introducen en dos fases una idea de España muy cuartelera. Esto se nota sobre todo después del 98. Retornan muchos militares de Puerto Rico, Cuba y Filipinas y traen una idea de que la sociedad debe funcionar como un cuartel con organización y disciplina.

Han vivido además, sobre todo en Cuba, un contexto en el que se habían creado milicias con voluntarios españolistas y se había creado un españolismo desde la base, y creen que eso debe trasladarse a la península. 

Y también traen una actitud muy intolerante ante cualquier reivindicación que ellos crean que va a replicar lo que han vivido en Cuba. En los catalanistas, ven a los mambises (los guerrilleros que luchaban contra España en las colonias). Luego esto se recrudece con los africanistas.
Esa corriente reaccionaria también se produce en otros países, como Francia, y desemboca de forma dramática en los años 30. Los franceses tienen problemas similares a los de España.

Tienen problemas parecidos. ¿Qué es lo que pasa? Que los franceses tienen la Primera Guerra Mundial, incluso también los portugueses. En cuanto a la humillación colonial, los italianos tienen  (la batalla de) Adua en la misma época. Los portugueses tienen la  crisis del ultimátum (británico) en 1890. Hay una especie de conciencia general de decadencia en Europa del Sur.

A finales del XIX, hay una mutación de lo que era la idea de nación liberal y se produce lo que algunos historiadores franceses llaman el nacionalismo de los nacionalistas, los que hacen profesión de fe del vínculo nacional por encima de cualquier otro. ¿Cuál es su enemigo principal? La izquierda obrera. Ahí el trauma es la Comuna de París. Y en España a ese temor general se añade el temor a la disgregación territorial. 
Durante la Transición se produce un cierto relajamiento de este conflicto. La derecha acepta las autonomías. La izquierda, los símbolos nacionales. Todo esto cambia con la época de Aznar que inaugura un tiempo de guerra entre nacionalismos. ¿Hasta qué punto es cíclico este debate sobre la identidad nacional?

Esto es una noria. El nacionalismo español y los nacionalismos periféricos se retroalimentan. Se echan la culpa mutuamente de sus reacciones. Efectivamente, creo que con Aznar hay un rearme que ya estaba formulado con cierta anterioridad, la idea de que el Estado debe promover esa identidad nacional española mediante un uso más intenso de los símbolos, volver a una narrativa más tradicional de la historia que no vea la historia de España como un fracaso, sino que enfatice sus aspectos positivos. 

También porque era el momento de mayor virulencia del conflicto vasco. Esto a su vez retroalimenta espirales de radicalización de los nacionalistas periféricos, que a su vez retroalimentan que ese nacionalismo de Estado, que yo creo que estaba ahí, sea moldeable por las élites políticas. Es una noria en la que vamos a seguir dando vueltas. (...)

La banalización del franquismo, la justificación o el edulcoramiento del franquismo impiden un elemento fundamental que señaló Jürgen Habermas en el concepto de patriotismo constitucional, que en su momento la derecha quiso adoptar. Habermas dijo que cualquier tipo de patriotismo constitucional que se precie debe tener una actitud vigilante hacia el pasado dictatorial reciente, una actitud crítica. Debe distanciarse de él. (...)"