............................... las cosas de la clase media ..........................
29/1/20
Lo que ocurrió este lunes en el Parlament, con una división clara entre los republicanos y el partido de Quim Torra, puede dejar al independentismo fuera del poder.
27/3/18
Los entresijos del 'procés'
Fue en este contexto que Iceta llegó al despacho presidencial cabizbajo, cansado y consciente de que sus gestiones con el PP y el PSOE habían caído en saco roto. Ni pudo, ni le dejaron. El líder del PSC, gato viejo en política y doctorado en negociaciones de alta sensibilidad, sabía que no había conseguido frenar la intervención de la autonomía que se cocía en el Senado y que se iba a materializar desde la Moncloa. “Llegó al despacho de Puigdemont arrastrando los pies”, relatan fuentes presentes a aquella hora en las dependencias gubernamentales.
Ambos líderes políticos sabían cómo acabaría la historia al cabo de tan solo unas horas: el Parlament declararía la independencia de forma más simbólica que efectiva —no hubo ni tan siquiera retirada de banderas en la cámara catalana, ni en los edificios públicos— y en Madrid se llevaría a cabo la aplicación fulminante del 155. Una aplicación que conllevaría la convocatoria forzada de elecciones para el 21 de diciembre y el cese del Govern como medidas estrella. Situaciones excepcionales, medidasexcepcionales.
Como acostumbra a pasar en episodios que marcan época, los pequeños detalles fueron decisivos. Por ejemplo, la decisión de Puigdemont y de su núcleo reducido de seguir adelante con el referéndum a las doce de la mañana del día 1 de octubre, pese a las cargas policiales contra votantes y responsables de los colegios electorales. “Existió la posibilidad real de frenar todo el operativo, pero la gente estaba dispuesta a defender las urnas, y eso es lo que hicieron”, sostiene un buen conocedor de lo que sucedió en el Palau en las primeras horas del referéndum.
Otro ejemplo que relata un alto cargo parlamentario y que Marta Rovira, secretaria general de ERC y portavoz parlamentaria de Junts pel Sí, se atrevió a denunciar en público: Puigdemont fue alertado de la amenaza de “violencia extrema” por parte de las fuerzas y cuerpos de seguridad destinados en Catalunya ante la posibilidad de la declaración de la independencia. No solo el día 26 de octubre, un día antes de que se votara la proposición de Junts pel Sí y la CUP que daba paso a la creación del nuevo Estado catalán, sino también el día 10 de octubre, cuando el president trasladó al Parlament los resultados de la votación. Unos resultados, según el recuento de la Generalitat, que fueron abrumadoramente favorables a la independencia —con un 90% de síes—.
En la reunión de la junta de seguridad del 28 de septiembre, dos días antes del referéndum, no se presentaron ni Ángel Gozalo, jefe de la séptima zona de la Guardia Civil, ni Sebastián Trapote, comisario jefe superior de la Policía Nacional. “Delegaron en Pérez de los Cobos”, mantiene uno de los presentes en la cita, celebrada en el Palau de Pedralbes. Un alto responsable de la Conselleria d’Interior resume: “Los mandos de los Mossos sabían que [las fuerzas estatales] iban a cargar de la manera que lo hicieron. No estaban sorprendidos”.
Un alto responsable de la Conselleria d’Interior y conocedor del operativo de seguridad que protegió a la cámara catalana el 10 de octubre arroja luz sobre lo que se vivió entre bastidores. “Si lo recordáis, aquel día no se permitió a la ciudadanía manifestarse delante del Parlament. Se prefirió que lo hicieran en el Passeig Lluís Companys, delante del Arc de Triomf, donde se instalaron las pantallas gigantes cortesía de las entidades soberanistas. De modo que se dejaron totalmente limpias las calles que permiten acceder al recinto del Parc de la Ciutadella”. ¿Por qué fue así? “Por motivos de seguridad. En el caso de que Puigdemont hubiera declarado la independencia con todos los efectos, teníamos información fidedigna de que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado hubieran entrado por la puerta del Parlament para detenerle”, sostiene este alto cargo de una de las conselleries clave del Govern.
La movilización de la Policía Nacional y de la Guardia Civil el día 10 de octubre en los aledaños del Parlament —quizás pensando en el escenario de una declaración unilateral de independencia (DUI) completa, sin la suspensión anunciada por el president— fue un hecho. Furgones de los cuerpos de seguridad fueron vistos pasando cerca de manifestantes que se concentraban alrededor de la Plaça Tetuán de Barcelona. “Y estos agentes eran los que debían dirigirse hasta la Ciutadella en caso de consumar la independencia”, sostienen en la Conselleria d’Interior.
La hoja de ruta de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado —que el Gobierno siempre ha situado en el plano teórico— planeaba que una dotación de agentes entrara en la cámara catalana por el subsuelo en caso de que el Ejecutivo catalán se atrincherara en el edificio. Más de un periodista, como Marcos Lamelas, de El Confidencial, especuló —medio en serio, medio en broma— ese día con una entrada policial a través del tejado de vidrio del edificio legislativo catalán. La ministra de Defensa, María Dolores de Cospedal, admitió a principios de 2018 que el Ejército estaba preparado para intervenir. También alguna vez lo había alertado de ello el president en privado ante un núcleo reducido de interlocutores.
Los recelos en el independentismo se acrecentaron en el momento en que Puigdemont departió de forma amable y visible con Mas después de la sesión parlamentaria. Sectores de ERC y de la CUP sostuvieron que el expresident estaba “frenando” la declaración de independencia y que presionaba para la convocatoria de elecciones. El ya exlíder del PDeCAT, las siglas que surgieron de la refundación de Convergència, estuvo en la Generalitat la noche anterior a los hechos, y los máximos dirigentes del partido —incluida su coordinadora general, Marta Pascal— también formaron parte de las conversaciones.
El mejor resumen de la jornada del 10 de octubre —la primera en que Puigdemont habló abiertamente de “violencia extrema” y de “baño de sangre” después de las llamadas de los altos mandos de los Mossos— lo supo hacer Quim Arrufat, portavoz del secretariado nacional de la CUP: “El president nos dijo que no tocaba declarar la República y que aparecieron mediadores internacionales”. Y lo hizo sabiendo que con ello tensaba la relación con los anticapitalistas y con ERC. De hecho, aquella tarde se registró un enfado monumental de Marta Rovira, que incluso amenazó con dejar la portavocía de Junts pel Sí por el modo en que se había gestado la suspensión de la declaración de independencia. El relato oficial indicó aquella tarde de octubre que las miradas ya estaban puestas en Bruselas y en los despachos de la Comisión Europea.
Europa, cartas y Urkullu
Desde la Generalitat, ya en tiempos de Jordi Pujol, se ha recalcado el componente europeísta del catalanismo político. Es por ello que las apelaciones a la Unión Europea, siempre infructuosas en cuanto a resultados, han sido constantes desde que empezó el proceso. La escalada de tensión nacida el 1 de octubre no pasó desapercibida en los despachos de la Europa oficial, para los cuales la pulsión independentista no había pasado de “asunto interno” a lo largo de los años, y hubo advertencias públicas y privadas a Puigdemont. Un embajador establecido en Madrid representando a un país “muy relevante” advirtió a un miembro del Govern que, pese al impacto de las cargas policiales del 1-O, la Generalitat no estaba “legitimada” para emprender vías unilaterales.
Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, pidió al president no dar ningún paso que fuera “irreversible” para el diálogo. La advertencia pesó en la decisión del dirigente del PDeCAT de dejar sin efecto la declaración de la independencia promulgada a los nueve días del referéndum. Un referéndum, por cierto, que el Govern siempre situó como “vinculante” para diferenciarlo de la consulta del 9-N del 2014, que sumó 2,3 millones de participantes pese a que su resultado no suponía un mandato jurídico para el Ejecutivo.
A mediados de octubre se habló, también, de una oferta de mediación internacional. Sectores del independentismo llamaron a la puerta, por ejemplo, del ex primer ministro británico David Cameron, que permitió un referéndum legal y acordado en Escocia que terminó con victoria del remain. También se especuló con la posibilidad de conversaciones amparadas por Suiza, según avanzó su televisión pública, pero no se llegó a más. “En el fondo nunca hubo nada concreto, como reconoció Puigdemont en privado a finales de octubre”, sostiene un alto dirigente del PDeCAT. “No se había ligado ningún reconocimiento internacional”, mantiene otro miembro de la cúpula nacionalista, crítico con la tarea de Raül Romeva como conseller d’Exteriors.
Desde el Palau de la Generalitat siempre se tuvo la sensación de que el aparato diplomático del Estado se esforzó con ahínco para frenar cualquier negociación que pusiera España y Catalunya al mismo nivel. “Ellos [la Moncloa] no deseaban estar en plano de igualdad, y es precisamente por ello que muchos de nosotros presionamos a Puigdemont para que declarara la independencia y Catalunya negociara con Rajoy de tú a tú, ya dentro del marco internacional”, destaca un alto dirigente parlamentario. El problema es que en los despachos comunitarios siempre se avaló la respuesta judicial de Rajoy, sin entrar a valorar el fondo de la cuestión.
La Europa oficial, más allá de avisos sobre la violencia policial del 1-O, no medió, y solo hay que repasar los discursos de Jean-Claude Juncker, Antonio Tajani y el propio Tusk en Oviedo, donde recibieron el Premio Princesa de Asturias, para ver hasta qué grado estaban —y, por el momento, están— del lado del Gobierno español en todo este asunto. El presidente de la Comisión Europea, en un parlamento muy aplaudido, señaló que Europa sería “más pobre” sin España, y se mostró emocionado por la cantidad de rojigualdas que lucían en la ciudad asturiana aquel 20 de octubre. Tajani, italiano y cercano a la maquinaria del PP español, insistió en que “cambiar fronteras puede llevar a los infiernos”.
Tusk, que proviene de una minoría étnica polaca y tiene un pasado activista en su currículum, fue el más ponderado y apeló al diálogo. Un diálogo, por cierto, que entre la Generalitat y la Moncloa tan solo se pudo llevar a cabo a través de interlocutores españoles. Su protagonista fue el lehendakari Íñigo Urkullu, que se vació a la hora de encontrar una salida dialogada al laberinto creado antes y después del 1-O. Las ofertas se sucedieron entre llamadas telefónicas, mensajes de texto y correos electrónicos. Spoiler: el máximo representante vasco, como Iceta, no pudo convencer a ninguna de las dos partes. Y eso que mantuvo contactos frecuentes con todos los interlocutores.
Urkullu llegó a la lehendakaritza en diciembre del 2012. Puso fin a la etapa del PSE con un programa nacionalista moderado y alejado del “plan Ibarretxe”, a quien sus propios compañeros de partido acabaron defenestrando. Hábil en los despachos, con buena entrada en la Moncloa y en la Casa Real, el jefe del Gobierno vasco es el clásico perfil de líder territorial apreciado en Madrid: pactista, con un partido —el PNV— decisivo en el Congreso y sin voluntad firme de llevar a cabo la independencia de su región.
Las cartas del president fueron revisadas una vez tras otra por su equipo, por los dirigentes clave de Junts pel Sí —una coalición formada por la antigua CDC, ahora PDeCAT, ERC, independientes y partidos más pequeños como Demòcrates de Catalunya y Moviment d’Esquerres (MES), escisión socialista— y por el llamado Estado Mayor del proceso. Es importante retener este último grupo formado por Puigdemont, el vicepresidente Oriol Junqueras, consellers clave del Govern, dirigentes del PDeCAT y ERC, ex primeras filas de ambos partidos y los líderes civiles de ANC y Òmnium Cultural.
Su relevancia en el proceso hasta el referéndum, el mismo día de la votación y en la gestión de los resultados, fue decisiva. Hasta el punto de que tenían más información los integrantes de este comité de acción política, ya bajo la lupa judicial del Tribunal Supremo, que miembros del Govern. Una circunstancia que motivó discusiones al más alto nivel de consellers con Puigdemont y que, en algunos casos, terminaron con los discrepantes fuera de la mesa del Consell Executiu.
La influencia de Urkullu se puede leer entre líneas en las cartas del president dirigidas a la Moncloa. En la primera, enviada pocos minutos antes de que terminara el plazo fijado por Rajoy, se establecía un periodo de negociación de dos meses que no fue atendido por la Moncloa.
Las discrepancias sobre el referéndum fueron insalvables: mientras Puigdemont era partidario de poner urnas y permitir a los catalanes votar sobre la independencia, Rajoy ni lo consideraba porque se trataba de un “chantaje”. “Y ya no se movieron de aquí”, resuelven en el Palau de la Generalitat. Aunque los partidos defensores del Estado catalán insistieron en la vía pactada a través del Pacte Nacional pel Referéndum —encabezado por un exdirigente del PSC como Joan Ignasi Elena—, no hubo ni un atisbo de brecha en el aparato estatal. Solo Podemos es favorable a una consulta pactada y legal. Llegado el caso, en ella optarían por pedir el “no” sin complejos.
El móvil de Urkullu funcionó a pleno rendimiento durante la segunda quincena de octubre. Recibía mensajes de la Moncloa y de la Generalitat. Dos instituciones, por cierto, que, pese a la mala relación institucional, no dejaron de hablarse por tres vías distintas: el diálogo sectorial —entre consellers y ministros de cada área—, las conversaciones entre los jefes de gabinete de Carles Puigdemont y Mariano Rajoy —Josep Rius y Jorge Moragas, respectivamente— y por las intercesiones de un conseller heterodoxo, Santi Vila, bien conectado con Madrid y con una agenda nada menospreciable en las esferas del poder empresarial.
El lehendakari, según varias fuentes consultadas, recibió meses antes del referéndum la visita de cuatro líderes del mundo económico barcelonés —Emilio Cuatrecasas, Joaquim Coello, Marian Puig y Juan José López Burniol— para pedirle que mediara en el embrollo. Estos cuatro representantes del establishment tuvieron anteriormente una cita con Emiliano López Atxurra, presidente de Petronor, que es quien les abrió las puertas de la agenda de Urkullu. Coello, Puig y López Burniol no cejaron en su empeño de frenar la declaración de independencia y mantuvieron reuniones con Puigdemont y Junqueras hasta la mañana del 27 de octubre. Sin conseguir, eso sí, su objetivo: la República se proclamó y el 155 se abrió paso después de aprobarse sin apuros en el Senado gracias a PP, PSOE y Ciudadanos.
El presidente vasco, discreto, contaba con la ayuda —también discreta— de los diputados del PNV en el Congreso para convencer al PP de que retirara el artículo 155 si Puigdemont anunciaba elecciones catalanas para finales de año. La respuesta que recibió el lehendakari fue que la “maquinaria” —es decir, la tramitación en el Senado— ya estaba demasiado avanzada y que no se podía dar marcha atrás. Vila rememora así este episodio: “Hubo unos cuantos que hicimos lo que tocaba. Hablamos con todo el mundo, pero al final se impusieron los extremos”.
Puigdemont, viendo que no tenía suficientes garantías para evitar que la intervención de la autonomía se cerniera sobre la Generalitat, optó por no salir públicamente a anunciar la convocatoria electoral.
“En el fondo, lo que pasó es que uno [Rajoy] no quiso poner por escrito que levantaría el 155 si se convocaban elecciones, mientras que el otro [Puigdemont] no era partidario de enviar el decreto a la Moncloa”, resume un dirigente presente en las horas decisivas. Aquella semana fue dura para el lehendakari: el lunes pidió una reunión con Rajoy en la Moncloa, pero no le fue concedida. Los empresarios presionaron a Jorge Moragas para obtener un gesto, pero la respuesta fue siempre negativa por parte de la sombra del presidente español.
Urkullu sí que se reunió con Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, el martes 24 de octubre. Pero el dirigente socialista le dejó claro que resolver el dilema catalán era una cuestión que debía resolver el Ejecutivo del PP. Sánchez, por cierto, también mantuvo contacto esos días con Marta Pascal, con quien intercambió teléfonos en la manifestación contra los atentados yihadistas de Barcelona celebrada el sábado 26 de agosto.
En la negociación multilateral abierta entre la Generalitat y la Moncloa participaron, según rememora Santi Vila, todos los actores imaginables: la Iglesia catalana y española, los principales partidos del país, dirigentes empresariales, el poder financiero, las entidades del soberanismo civil y algún representante diplomático de manera extremadamente discreta. Pero faltó el componente más importante: que Rajoy y Puigdemont hablaran. Según la versión más extendida entre la decena de dirigentes consultados, los presidentes nunca llegaron a dialogar directamente."
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