1/12/17

El via crucis de la independencia catalana. En las tomas de decisiones previas al 27O hubo lágrimas y discursos sentimentales. La sentimentalización, en fin, fue importante. Resistir numantinamente. Puigdemont se hace eco de los rumores. “Nos detendrán a todos”, dice uno de los consejeros. Forn da la curiosa consigna de cierre: “Abracémonos”, exhorta... y se van de fin de semana...

"(...) Antes del 27O, Puigdemont ya sabía que negociar –con o sin mediador internacional– con el Estado era imposible. Pactó convocar elecciones, a cambio de no aplicar el 155. 

En las negociaciones tuvo especial protagonismo el lehendakari y el PNV. La razón: el PNV –por la cosa foral, quizás– tiene una idea clara sobre algo que se desconoce absolutamente en la cultura política cat. El Estado. Lehendakari y PNV sabían que la aplicación del 155 no sería un hecho puntual. Sería el inicio de un nueva fase en las relaciones Gobierno-periferia. 

Pinta, glups, que será así. El pacto fue rechazado, in extremis, por Puigdemont. Lo que ha provocado que, desde esa fecha, lehendakari y PNV juren en arameo cuando se les menta el Procés. La razón del desprecio del pacto por parte cat fue de uso interno, intraducible a otra cultura. 

 Aproximación a una traducción: por chicken game. Es decir, el primero que se bajara de un tren propagandístico quedaba a merced de la propaganda/de los que seguían en el tren. Por dinámicas propagandísticas internas de los partidos procesistas, vamos, fue preferible para PDeCAT y ERC enviar al garete la economía, perder la autonomía y sacar de su cripta, a la que ya no volverá, el 155, que exponerse, electoralmente, a ser el malo en una película en la que, para el público espectador, Cat iba a ser indepe, de manera épica y plis-plas. 

De todo el tramo iniciado en septiembre y culminado el 27O, con la volatilización, zas, del Govern, sólo queda una pantalla oscura, de la que no se sabe nada. La decisión –rápida, efectiva, sin disensiones internas; en cierta manera un golpe de genio, a la vez que la Capilla Sixtina de todo este corpus de deshonestidad política que es el Procés– de diseñar una DUI asombrosamente fake que, si bien ha resultado muy rentable propagandísticamente y de forma interna, ha desprestigiado el Procés en el universo, hipotecando, por décadas, el palabro indepe en el exterior.

 ¿Quién tomó esa decisión? ¿Quién compuso el texto para que fuera jurídicamente anecdótico? ¿Quién fue ese genio creativo? ¿En qué topos lo diseñó? ¿En un despacho? ¿Del Parlament? ¿Era cargo electo o asesor? ¿Por qué nadie vio el trampantojo a tiempo real?

 Bueno, esa última me la sé. Es posible que en el Parlament, ese día, todo el mundo estuviera tan pendiente del fondo del precipicio, en verdad profundo, que nadie viera su borde. Nadie, en ningún partido, al parecer, vio esa cosa tan borde.(...)

2- Después del tsunami –el 155 es un tsunami; nada volverá a ser como antes de él–, el procesismo ha evidenciado que carecía de chicha. Pero no de capacidad de propaganda y de sentimentalismo. Es, de hecho, propaganda y sentimentalismo, dos objetos peligrosos en la política, y que, como fue el caso, acostumbran a acabar con una ciudad cercada por el Ejército Rojo –en este caso, fue Azul–. 

Se sabe que en las tomas de decisiones previas al 27O, por ejemplo, hubo lágrimas y discursos sentimentales. La sentimentalización, en fin, fue importante. Más que la política. La política consiste en vencer, o en intentarlo, y no en facilitar al contrincante su victoria absoluta y gratuita, incluso con presos políticos, que es lo que ha sucedido. Se sabe que Marta Rovira lloró en reuniones internas; argumentó, en reunión previa al 27O, que si no se tiraban a la DUI “no podrían salir a la calle”.

 Es decir, evidenció que el proyecto es sentimental y propagandístico; se trata de ser reconocidos y respetados en “su” calle –de no más de dos millones de vecinos–, no de emitir un proyecto político sólido y con repercusiones, lo dicho, políticas. Rovira lloró incluso en su discurso del Parlament el 27O, cuando ese día ella era una de las pocas personas que estaban en el secreto de que no se estaba emitiendo ninguna DUI; es posible, incluso, que, por lo que sea, en este momento, esté llorando.

 Es una persona importante en la reedición de propaganda. Se sabe, por ejemplo, que la emisión del argumento de que no se implementó la República porque se quiso evitar una baño de sangre –falso; no tanto que hubiera un baño de sangre, sino que el Govern lo tuvo en cuenta; no se implementó porque, al parecer, no había nada que implementar–, fue una respuesta a la crítica interna de Clara Ponsatí, consellera d'Educació.  (...)

Todos los partidos procesistas, salvo la CUP, han renunciado a pecados de pensamiento y obra explícitamente. Vamos, que han asumido el 155 y la Consti. Con todas las letras. La CUP lo dicho, pues no. Pero la CUP, técnicamente, no había hecho ninguna desobediencia/no era Govern. 

En reconocimiento al buen comportamiento de PDeCAT y ERC, se están haciendo movimientos que dibujan una pronta salida de la cárcel de los consellers. Exemplum: la Audiencia ha dado pasos para que se coma el marrón el TS. (...)

Sí, lo miremos por donde lo miremos, el Procés, ese ejercicio de propaganda irresponsable, ha sido una perla. Nunca ha estado tan lejos Cat no sólo de la indepe –a la que nunca se ha aproximado más allá de la propaganda–, sino del autogobierno, de las libertades ciudadanas y la capacidad de diálogo consigo mismo. 

La propaganda, en fin, produce crispación e intolerancia en cualquier régimen, y la capacidad de que participen en la política y se beneficien de ella los mayores virtuosos de la crispación. (...)

Puigdemont ha renunciado a su paga de exPresi al entender que eso supondría que reconoce su substitución, es decir, el 155. Queda muy épico, si bien en la misma comunicación ha pedido que se le restituya su paga de diputado del Parlament, a la que renunció. Vamos, que asume el 155 pero por otra ventanilla menos espectacular. (...)

Una familia procesista, si bien encantadora, de mi círculo próximo, que se ha pasado cinco años informándome de que esto de la indepe estaba tirado y sería para mañana, me ha explicado, hace escasas 24 horas, que “esto ya sabíamos que era difícil”, y que “todos sabíamos que no sería en un día”. 

No hay –al menos, no hay mucha– resistencia social ante la propaganda. Si esta sociedad no se reúne y habla en breve de conceptos como verdad, mentira, realidad u honestidad, se irá al garete. Las sociedades sin Estado, en fin, necesitan esos conceptos diáfanos, o mueren.(...)

 16- Finalizamos con humor. Rajoy ha invitado a las empresas excat a volver a cat. Para animarlas, ha ofrecido la promesa de dar incentivos a las empresas que vuelvan. Es decir, pasta. Como cuando el gasógeno, aquí siempre, vía inventivos, ganan pasta los mismos. (...)"                (Guillem Martínez, CTXT, 28/11/17)


"(...)  Rajoy no pactó nada con Puigdemont, es cierto. Negoció con ­ Iñigo Urkullu, presidente del ­Go­bier­no vasco, que desde principios de septiembre había asumido funciones de mediación con el acuerdo tácito de ambas partes. 

Rajoy no pactó con Urkullu la retirada del artículo 155 del Senado si se convocaban elecciones, pero aceptaba dejarlo en suspenso, una vez aprobado en la Cámara Alta. Si el presidente catalán disolvía el Parlament y convocaba a las urnas, el 155 quedaría congelado. Ese era el trato. Y en ese trato también estaba el PSOE. 

Un paso y después otro. El 5 de octubre, veinticuatro horas después de haber escuchado el discurso del Rey –y después de haber mantenido una conversación telefónica con el jefe del Estado–, Urkullu puso en negro sobre blanco un plan para evitar la intervención de la autonomía catalana, paso que consideraba enormemente peligroso para la posterior evolución política de toda España, incluida Euskadi. (...)

Convocar elecciones. Consciente de que apenas quedaba margen para un acuerdo público entre ambas partes, el lehendakari pensó en la única salida posible: facilitar una dinámica que evitase, a última hora, el choque frontal. Primero un paso y después, otro. 

El presidente elaboró un documento al respecto, al que dio un título muy específico: Propuesta de declaraciones concordantes y encadenadas. Así consta en el memorándum que Urkullu ha hecho llegar a la dirección del Partido Nacionalista Vasco sobre las gestiones realizadas acerca de Catalunya entre el 19 de junio y el 27 de octubre. (Véase La Vanguardia del pasado lunes).


Sobre la base de ese documento, el presidente vasco aconsejó a Puigdemont que dejase en suspenso la declaración unilateral de independencia (DUI) en el pleno del Parlament del 10 de octubre. Mientras aún esperaba el milagro de una mediación internacional, Puigdemont frenó con una pirueta retórica y ello le costó un serio encontronazo con Esquerra Republicana y la CUP. Rajoy puso entonces en marcha el temporizador del 155. 

La convocatoria de elecciones se planteó en la reunión del Consell Executiu de la Generalitat del miércoles 25 de octubre. Intervinieron varios consellers y la voz más contraria al adelanto electoral fue la de Clara Ponsatí, titular de Educación, independiente afín a Puigdemont. El vicepresidente Oriol Junqueras guardó un prudente silencio.


Por la noche volvió a reunirse el Consell Executiu con el grupo de asesores externos. Reunión muy tensa, en la que destacó la actitud beligerante de Marta Rovira. Oposición tenue de personajes como el editor Oriol Soler, que podían haber puesto el grito en el cielo. La reunión concluyó a las tres de la madrugada, con Puigdemont incólume.

 En aquel momento, al conseller Santi Vila se le apareció Don Miguel de Unamuno –“¡levantinos, os pierde la estética!”– y dijo que no era propio de un gobierno serio convocar elecciones de madrugada. La firma quedó pospuesta a la mañana del jueves 26. Los consellers Jordi Turull y Josep Rull –opuestos a la convocatoria– pidieron entonces que se convocase al grupo parlamentario. Ganaban tiempo para la presión.


Otra reunión tensa. Puigdemont, afectado, mantenía su propósito. Así se lo comunicó a Urkullu, aceptando incluir en el decreto, a petición de Madrid, una mención expresa a la legislación electoral vigente. Aquella mañana, el borrador del decreto estuvo en la mesa del presidente Rajoy. 

La noticia a trascendió y las redes soberanistas entraron en incandescencia. “¡Traidor!”, gritaban los estudiantes concentrados en la plaza Sant Jaume. ERC comenzó a moverse para capitalizar el descontento y Junqueras pidió “garantías”. Puigdemont comunicó esa petición a Urkullu poco después del mediodía y ese le respondió que la otra parte sólo aceptaba un trato: primero un paso, después otro.

 Si convocaba, Soraya Sáenz de Santamaría “modularía” su intervención en el Senado y el PSOE apuntalaría el compromiso con una enmienda en el Senado. El Gobierno no haría ninguna declaración pública antes de la convocatoria electoral. Xavier García Albiol, partidario de un 155 intenso, no estaba en el circuito negociador.


La senda era estrecha. Puigdemont comenzó a ceder cuando vio deserciones en su propio partido. Los diputados Batalla y Cuminal anunciaron su dimisión y varios alcaldes convergentes comenzaron a comunicarle su angustia ante una reacción adversa de las bases soberanistas, que ERC se aprestaba a capitalizar. Los alcaldes del PDECat podían quedar desarbolados. 

Los alcaldes son pieza clave en este relato. Han sido los más fieles aliados de Puigdemont, exalcalde de Girona, desde que fue elegido presidente. Así fue como acabó dando marcha atrás.


Si el presidente catalán hubiese convocado a las urnas y Rajoy hubiese incumplido el pacto no escrito con Urkullu y flanqueado por el PSOE, la aplicación del artículo 155 en Catalunya se habría convertido en un delicioso regalo electoral para el soberanismo. 

¡Qué campaña! El presidente del Gobierno habría perdido de manera definitiva el apoyo del PNV para los presupuestos del 2018 y el PSOE se habría visto obligado a romper con el PP. Un papelón ante la Unión Europea.

 Puigdemont dio marcha atrás como consecuencia de la presión y porque no estaba seguro de poder afrontar esas elecciones con un relato vencedor. Para el exredactor jefe del Punt Diari, el relato es fundamental. Importantes alcaldías de la antigua CDC estarán en juego en 2019. Desde Bruselas, Puigdemont acaba de darles ahora un escudo protector: se llama Junts per Catalunya. La nueva plataforma irá a las municipales."               (Enric Juliana, La Vanguardia, 29/11/17)


"Mañana se cumple un mes de la proclamación de la república por parte del Parlament de Cataluña y la activación del artículo 155 de la Constitución por el que el Gobierno intervino la Generalitat. 

Ambas decisiones llegaron precedidas de tres días de negociaciones políticas al límite y de decisiones por parte del independentismo que han acabado con buena parte del Govern en prisión preventiva y otros cinco miembros, comenzando por el expresidente Carles Puigdemont, huidos en Bruselas.


Mañana del miércoles 25 de octubre

(...)  El president Puigdemont sabe que debe rectificar la perifrástica declaración unilateral de independencia (DUI) del día 10 de octubre. Si no lo hace, el Gobierno depondrá al Govern. La era de la ambigüedad infinita toca a su fin. (...9

La más radical contra la convocatoria de elecciones anticipadas es la de Educación, Clara Ponsati (sin acento, el verdadero apellido de Ponsatí). Para ella sería retroceder y “anular” todo lo realizado por el procés.

El más claro y detallado a favor de llamar a elecciones es el de Empresa, Santi Vila: “Hay que decretar el alto el fuego, no tomar ninguna medida unilateral ni en favor de la DUI ni del 155, hay que buscar la intersección, y esta es la convocatoria de elecciones”. Le apoya en todo el consejero de Justicia, Carles Mundó, de Esquerra.  (...)

El martes 24 de octubre Carles Puigdemont mantiene hasta tres conversaciones telefónicas con su homólogo vasco, el lehendakari Íñigo Urkullu. Ese martes Urkullu almuerza en Ajuria Enea y comparte sobremesa —prolongada hasta cinco horas— con cuatro enviados especiales espontáneos del mundo económico-jurídico catalán. Son el notario Juan José López Burniol, los empresarios Marian Puig (perfumes) y Joaquim Coello (asociación de estibadores) y el abogado Emilio Cuatrecasas.

 Han ido a pedir a Urkullu que intervenga e intermedie, dadas sus buenas relaciones con Mariano Rajoy, la Comisión Europa, el Vaticano: la idea básica sobre la que trabajan es la ecuación “convocar elecciones” (desde Barcelona) y “aparcar el 155”. Íñigo Urkullu conspira cerca de Madrid y envía dos cartas a Puigdemont. 

En ambas, pone en valor los logros alcanzados en los 40 años de democracia y autonomía y la necesidad de no dilapidarlo.

La segunda misiva, que es la más contundente, le aconseja tener presente la obligación de preservar “las instituciones” de Cataluña. Llegará la tarde del miércoles. Hará mella en las horas siguientes.  (...)

En la mañana del miércoles, la división del martes continúa sin variaciones. (...)

El tono dominante, mayoritario, es “llegar hasta el final de la DUI y proclamar la república”, registra un alto funcionario. Destaca a favor de ello Junqueras, líder de Esquerra: “No tenemos otro remedio. Ellos nos han llevado hasta aquí. Los Jordis siguen en la cárcel y nuestra gente, procesada”.  (...)

Puigdemont recibe a algunos dirigentes del grupo parlamentario de Junts pel Sí, los montagnards radicales del procés, que vienen de reunirse en el Parlament. Van encabezados por los portavoces Jordi Turull (del PDeCAT) y Marta Rovira (de Esquerra). Son la otra cara de la moneda. Se inclinan por no convocar: resistir numantinamente. 
Por contra, los jóvenes dirigentes del partido, la antigua Convergència transmutada en PDeCAT, Marta Pascal y David Bonvehí, contrapesan: convocar elecciones.  (...)

Acabada la reunión, sobre las doce, Krls recibe al antecesor socialista de su predecesor, José Montilla. Montilla le insta a que convoque, única manera de evitar la intervención. “Puedes poner en riesgo tu cargo, pero no tienes derecho a poner en riesgo las instituciones catalanas”, le dice.  (...)

Pero Montilla le añade algo de especial valor. Puigdemont anda buscando el compromiso de que si convoca no se aplique el 155, así como promesas favorables a los dos Jordis que andan en la cárcel y de suavidad en la actuación de la fiscalía. Montilla, que ha hablado con el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, se compromete a que este partido “no votará” el 155 si Puigdemont convoca, algo definitivo porque el presidente Mariano Rajoy “no está dispuesto a aplicarlo si no cuenta con el apoyo socialista”.


“Ya no está en manos del Gobierno sacar a los Jordis de prisión” le advierte Montilla
Y le disuade de los otros requisitos, diciéndole que no figuran en el ámbito de competencias del Gobierno. “Ya no está en manos del Gobierno sacar a los Jordis de prisión”, le dice. Montilla le hace una última pregunta a Puigdemont antes de marcharse. “¿No harás todo esto sin hablar antes con alguien del Gobierno, verdad?”. La respuesta es la que temía. 

No hay contactos directos entre los presidentes. Solo los que mantiene el consejero Santi Vila con algún ministro y la presidenta del Congreso, Ana Pastor. También algún otro acuerdo en niveles intermedios entre el jefe de Gabinete de Puigdemont, Josep Rius, con su homólogo en Moncloa, Jorge Moragas. Poco más.

Tras oír a muchos y auscultar “todo tipo de opiniones”, Krls ha ido “afianzando su convicción de convocar, no ha recibido ningún rechazo frontal”, susurra un íntimo. A la hora del almuerzo es ya “perfectamente consciente”, sin embargo, “de que no tendrá suficiente apoyo, ni en el partido ni en el Govern”.

Pero, “aún así, mantiene su propósito de convocar”, confirma una fuente muy próxima, presente ese día en Palau. Solo él dispone del botón nuclear, la competencia personalísima del president de disolver el Parlament y convocar elecciones que le otorga el Estatut. Y teme especialmente pasar a la historia como el personaje que provocó la intervención de las instituciones autonómicas, ese baldón.

Tarde del miércoles 25 de octubre

Por la tarde, Krls recibe a su padrino, quien le nombró (por sorpresa) sucesor, Artur Mas. No quiere mover una ficha tan decisiva sin una última consulta directa y tranquila al antecesor.
Aunque conozca sus posiciones, porque son públicas, —Mas las ha reiterado hasta en el Financial Times (6 de octubre)— o precisamente por ello, porque coinciden y porque le conviene el máximo respaldo. 

La situación no está madura, los Gobiernos europeos no apoyan la independencia, no estamos preparados. “No nos precipitemos, ganemos tiempo, consolidemos los avances que hemos conseguido, no podemos perder la iniciativa, muchas personalidades lo piden...” Ese es el argumentario discretamente compartido.  (...)

Esta tarde, a Puigdemont se le ve decidido, pero también ensimismado, solitario, grave; semblante que muy escasas veces combina con su carácter efusivo y dinámico, muy de minyó escolta (boy scout) levemente irónico.

Convoca de nuevo a su Gobierno para última hora, a partir de las 19.00, que acaban siendo las 20.00. Pero, por vez primera, una reunión del consejo ejecutivo oficial se amplía también al plenario de los miembros del sanedrín, o magmático estado mayor del procés.  (...)

Aquello parece el camarote de los hermanos Marx, comenta un socarrón funcionario de Presidencia.
Van a jugar la partida en el último cuarto de hora, quizá cuando el tiempo está incluso sobrepasado, en vez de hacerlo inmediatamente después del referéndum, al calor de las protestas por la dura actuación de los cuerpos policiales. Entonces habrían podido contratacar a campo abierto; ahora solo pueden aspirar, arrinconados, a protegerse en una esquina. El margen es estrecho, pero hay margen.

La noche de los cuchillos cortos

Puigdemont está dispuesto a agotar los tiempos. Desde el principio plantea directamente, sin circunloquios, su firme intención de proceder a la convocatoria de elecciones autonómicas (...)
 Subraya que sigue impresionado por las cargas policiales del 1-O y que le inquieta lo que denomina “el riesgo de violencia a cargo del Estado”.  (...)

Ribó también asegura a los presentes que tiene información “del Gobierno”, sin especificar más.  (...)

“Hay que ser cautos, esta vez las pelotas no serán de goma”, dice el defensor del Pueblo catalán en referencia a las cargas policiales del 1 de octubre. Enfrente se produce un aluvión de frías reticencias, negativas edulcoradas y trémulas angustias. Turull blande el argumento sentimental: “Nuestra gente ha sido golpeada por la causa, no entenderían que les dejáramos en la estacada”. 

El conseller de Territori, Josep Rull, que lleva días aleccionando a sus propios hijos sobre su inmediato futuro en prisión, se pone dramático, pero cuida de no hacerlo en plenario, sino en un aparte: “El Estado autoritario me encarcelará, pero estaré orgulloso de ir a la prisión en defensa de mi país”. Esa oscura perspectiva para nada emociona a un vitalista, excursionista, guitarrista y forofo de los Beatles como Puigdemont.


“No podemos recular, nos llamarían traidores”, se queja Marta Rovira
Los presentes constatan que Puigdemont está decidido a convocar elecciones. (...)

Los de Esquerra hablan poco. El legalista Mundó calla a cal y canto. El president sugiere que si discrepan de su postura, Junqueras se haga cargo de su sillón presidencial, pero el republicano se escurre. “Me llamásteis para colocaros en la preindependencia y no quiero acabar mi mandato abocando a Cataluña a la preautonomía”, alega Krls, profético.

En uno de los momentos más calientes, la secretaria general de Esquerra, Marta Rovira, reitera su recurrente táctica de romper en sollozos y llorar desconsoladamente. “No podemos recular. Hasta los nuestros nos llamarían traidores, no podríamos volver a casa”, balbucea.
El manido truco resulta bastante eficaz, porque tras sus sonoras lágrimas, todos suelen dejar la discusión por imposible. En este caso resulta “un dramón”, como lo define un asistente. 

Ahora es su jefe de filas, Junqueras, quien recoge el guante y define la posición oficial de Esquerra: “En resumen, president, respetamos la convocatoria de elecciones, pero no la compartimos”.



¿No obtuvo garantías Puigdemont sobre la no aplicación del 155 si convocaba elecciones? Las que tenía, las dio por buenas en la madrugada del jueves. Pero radicales de la causa culpan, naturalmente, a Madrid. 

Patriarcas del secesionismo pragmático, negociadores y observadores concluyen que “la principal garantía para Puigdemont era él mismo; si llega a salir anunciando elecciones y celebrando el acuerdo de congelar el 155, todos le habrían creído, se habría puesto delante del viento, que pedía acuerdo, y se habría llevado la banca”, aducen.  (...)

Es un sí pero desganado, un ambiguo mensaje que vuelve a colocar las sospechas de debilidad como un sambenito en las espaldas de los postconvergentes, siempre acusados del (por otra parte estupendo, aunque se ve que horrible, en ese foro) calificativo de “pactistas”.
“Estos de Esquerra siempre nos traicionan”, musita uno de ellos. 

“Siempre nos acusan de ser los primeros en abandonar el barco”, se queja, dispuesto a “demostrarles lo contrario” en esa frívola e irresponsable cadena de chantajes mutuos, como la define sotto voce un asistente. “El president es sensible a estos argumentos de partido”, reconoce. (...)

Aunque tocado por el débil apoyo de los suyos y por la gélida distancia ambigua de Esquerra, Puigdemont se mantiene en sus 13. Convocará.
El decreto de llamada a las urnas está ya redactado. Se introduce una frase de última hora, producto de los posos de mediadores y vascos: la convocatoria se realiza, añaden, “de acuerdo con la legislación vigente”.

Las versiones posteriores de que las garantías obtenidas de Madrid no bastaban para recular y que esa madrugada se exigían otras nuevas son eso, explicaciones a posteriori, carecen de base. Nadie las echa en falta, salvo Rovira, que inquiere por ellas, que asegura: “No cumplirán”.
Puigdemont contesta, taxativo: “Tenemos las garantías. Convocamos y no habrá 155”, deletrea el president.

Hasta tal punto sale valedor de las garantías, que el texto-borrador del decreto de convocatoria de elecciones ¡lo envía al Gobierno central! para que este lo valide o sugiera enmiendas. Lo da por válido, aunque sugiere que el president refuerce su impacto acudiendo al Pleno del Senado de mañana.

Tras seis horas largas de reunión, sin tener los asistentes nada más que agua que llevarse a la boca, llega la conclusión: “Tú eres el president. Si has decidido convocar, hazlo ya, publica el decreto ahora mismo en el DOGC (Diari Oficial de la Generalitat)”, se resigna Junqueras.


El gran error: dejar pasar la ocasión de convocar elecciones de madrugada

¿Alea jacta est? Casi. Las agujas del reloj se acercan a las tres de la madrugada. Un gesto de elegancia de Santi Vila pretende redondear la operación: “En los países normales, este tipo de decretos se publican por la mañana, no de madrugada”.

Es un mal cálculo, “el verdadero error de Vila”, según sus amigos. Permite, sin quererlo, que de aquí a unas horas el panorama se dé la vuelta como un calcetín.

Mañana del jueves 26

(...) El jueves se augura tranquilo. Puigdemont está seguro de sí mismo. Tanto que comete, él también, otro error: espera a firmar el decreto hasta después de la reunión del grupo parlamentario. Antes de empezar, los correveidiles ya susurran la inminente convocatoria y que habrá una comparecencia presidencial para anunciarla. En Madrid se suceden los titulares que lo dan por hecho.



Cuando el jueves por la mañana trasciende la voluntad del president de convocar elecciones el embate llega también desde su propio partido. Dos diputados de Junts pel Sí muy próximos al núcleo duro exconvergente anuncian que tiran la toalla.  (...)

Pero, atención, las tornas empiezan a cambiar. Junqueras se ha pasado al campo de su secretaria general, Marta Rovira. Increpa ásperamente a Puigdemont. “Pero, ¿es que tienes la seguridad de que no aplicarán el 155?”, le espeta en un diálogo “borrascoso”, como lo califica un próximo de Puigdemont. (...)

Todavía a las 11.00 la convocatoria de elecciones sigue en pie y se prepara la comparecencia pública para anunciar el trueque convocatoria de elecciones por alejamiento del 155. A partir de entonces se juega la última batalla campal. La abre el hiperactivo diputado de ERC Gabriel Rufián. A las 11.11 escribe en Twitter un mensaje tan contundente que ni necesita de los 140 caracteres de rigor. “155 monedas de plata”. Las acusaciones de “traidor” a Puigdemont se multiplican por las redes. Justo lo que no está dispuesto a soportar.

Estas acusaciones se escuchan en la Generalitat en forma de proclamas desde la calle. Los estudiantes universitarios, en huelga precisamente “en defensa de la república”, se dirigen a la plaza de Sant Jaume. Ya no protestan contra el 155, sino contra la convocatoria electoral. “Puigdemont, traidor”, se escucha cada vez con más intensidad.

Los partidos se preparan para resistir en sus posiciones. Esquerra reúne a su ejecutiva a las 13.30. La orden es clara: abandonar el Govern de forma inmediata para dejar constancia del desacuerdo. El PDeCAT se congrega a la misma hora. “Hay que resistir junto al president”. Este, mientras tanto, guarda silencio.

 Él no ha verbalizado ante los ciudadanos todavía la palabra “elecciones”. Tiene previsto hacerlo a las 14.30 en una convocatoria que suspende apenas cinco minutos antes. Y ya nadie se atreve a ponerle hora a la nueva comparecencia. Nervios y gritos de “traición”. A esa hora Puigdemont decide no firmar la convocatoria de elecciones. Ha perdido la partida planteada consigo mismo.

La tarde del jueves 26

La comida es más que frugal. Bocadillos y poco más en las sedes de los partidos. Puigdemont se hace de rogar. Los nervios también invaden las entidades independentistas. Reunión de urgencia en la sede de Òmnium Cultural a las 14.30. La consigna: pase lo que pase, haya o no elecciones, la batalla es sacar de prisión a los Jordis.

Puigdemont acaba compareciendo a las cinco de la tarde, minutos antes de que arranque el pleno que debe proclamar, o no, la república. Descarta las elecciones. “No tenemos garantías de que no se aplique el 155”. Estupor en el PDeCAT. La intervención de la Generalitat se adivina muy próxima. 

La votación sobre la independencia se deja para la sesión del día siguiente. Sin embargo, Puigdemont ya tiene en su poder la carta de dimisión del consejero Santi Vila. “Dimito. Mis intentos de diálogo nuevamente han fracasado. Espero haber sido útil hasta el último minuto al presidente y a los catalanes”, resume.

Mañana del viernes 27

 Pese a que la catástrofe ya se palpa y pese a que los esfuerzos de los mediadores empresariales han cosechado resultados desiguales, estos no cejan en el empeño. “Puigdemont deja vía libre al 155 al negarse a convocar elecciones”, cuenta EL PAÍS en portada. Dos de los mediadores que los días anteriores habían buscado ayuda en el Gobierno vasco se presentan al filo de las 9.00 en el Palau. Como no tienen cita previa, no pueden entrar. 

Van al bar de la esquina. Allá les localiza el ervicio de protocolo de Presidencia. Suben al despacho del president. Le dicen: “Hay un camino a la sensatez y otro a la papelera de la historia, nos tememos que el que prevalece es este y que las consecuencias económicas sean horrorosas”. (...)

“Ya no puedo hacer nada, hablad con Oriol”, responde Puigdemont.

Acuden adonde Junqueras. Usan parecidos argumentos. “¿Dónde estábais cuando os necesitábamos? ¿En qué nos habéis ayudado?”, les recrimina Junqueras.

La última suerte, el último penalti del último minuto se ha lanzado. Ahora llegarán los himnos, pero cantados con tono funerario; los desfiles de alcaldes con sus bastones de mando y su voluntarismo y su desesperanza; el fin nada heroico del lustro soberanista.  (...)

Tres horas más tarde se celebra la votación. Puigdemont y Junqueras evitan mirarse; se sientan de lado en escaños continuos, pero logran darse la espalda, esa ruptura también gestual. Son las 15.27. Setenta votos a favor, diez en contra y dos en blanco. “La república catalana se constituye como un Estado independiente y soberano”, proclama la resolución. 

La Cámara, semivacía por la ausencia de la oposición, consuma el desafío: culmina el golpe parlamentario iniciado con las leyes de desconexión del 6 y el 8 de septiembre. Cantan Els Segadors, pero en modo funerario. 45 minutos después, a 600 kilómetros, en el Senado, el pleno que vota la aplicación del 155 está en su recta final. La intervención de la Generalitat es imparable una vez el PSOE retira la enmienda que dejaba sin aplicar el 155 si se convocaban elecciones en Cataluña.

Unos cuantos consejeros, casi todos, van del Parlament al Palau de la Generalitat. Fuera hay miles de incondicionales celebrando la nueva república. Dentro no hay tiempo para las celebraciones. Rumores continuos, cada diez minutos, de que llega la Guardia Civil. “¿Qué hemos de hacer?”, preguntan todos, insistentes. Puigdemont se hace eco de los rumores. “Nos detendrán a todos”, dice uno de los consejeros.

Puigdemont corta estos comentarios. Ordena calma y no tomar ninguna decisión. “El lunes, todos a trabajar”. Caras de incredulidad ante un fin de semana que se adivina insoportable después de tanta tensión. Uno de los asistentes pide a Krls que se prepare para dar la cara el sábado. No hay respuesta. 

Siguen las preguntas de qué tocará hacer ahora, ante la que creen inminente llegada de los guardias. Un pesado silencio. Hasta que el conseller de Interior, Joaquim Forn, siempre radical, al menos desde sus años mozos con la familia Pujol, da la curiosa consigna de cierre: “Abracémonos”, exhorta.

Y se van de fin de semana."                  (Xavier Vidal-Folch, Miquel Noguer, El País, 27/11/17)

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