"Después de la gran vergüenza, la del pujolismo, ahora estamos sufriendo de lleno y crudamente la gran mentira, la del proceso independentista.
La gran mentira ha llegado justo después de la gran vergüenza, y en
sentido estricto también es la continuación.
El economista Francisco
Trillas acierta cuando dice que el independentismo es la fase superior
del pujolismo (La Hora, 11 de agosto de 2017). Incluso se diría
que sin la gran vergüenza de la corrupción pujolista no se hubiera
podido organizar la gran mentira del independentismo. (...)
Los actores de la gran mentira, empezando por el insurgente en jefe
Artur Mas y siguiendo por la indiburgesia (burguesía independentista
hecha al abrigo del pujolismo como la boliburgesia se ha hecho al amparo
del chavismo), son las señales más sólidas de la continuidad entre las
dos grandezas, la fundacional de la vergüenza y la crepuscular de la
mentira.
La presidencia de Mas
se cocinó en los fogones de Marta Ferrusola, fruto del consenso dentro
del núcleo duro familiar y del partido (el 'pinyol'). Y el
enriquecimiento del entorno de familiares y de amistades y asistentes
salió del control del Diario Oficial de la Generalidad, con las
concesiones, contrataciones y servicios derivados de una administración
creada de nueva planta y de crecimiento exponencial en sus 30 años de
absoluto control político, a excepción de los siete años de travesía del
desierto.
Entre las dos grandezas no hay diferencias morales. Patriotismo y
enriquecimiento van asociados en esta historia. Los impuestos son buenos
sobre todo cuando los pagan los demás. Todo está permitido al servicio
de la nación, incluso la comisión del tres por ciento,
una parte para el partido y la otra para asegurarse el futuro. No
hablemos ya de la colocación de hijos, familiares lejanos y amigos.
Lo mismo ocurre con la justicia: solo es independiente cuando va a
favor. De lo contrario, está manipulada por el Gobierno del Estado. El
pujolismo lo organizó muy bien, desde el caso Banca Catalana, cuando
denunció la acusación de la fiscalía contra Jordi Pujol como "una jugada
indigna" del Gobierno socialista y azuzó las masas y su televisión TV3
contra el PSC.
No muy distinto del acoso a los guardias civiles que registraron el 20 de septiembre la conselleria de Economía
con un mandato judicial por malversación, prevaricación y desobediencia
en relación al 1-O y no cumpliendo órdenes del Gobierno de Madrid.
Nada se entendería de la pasión por separar legitimidad y legalidad
si no hubiera una larga tradición de transgresión de la ley en una
confusión entre intereses públicos, nacionales, e intereses privados y
familiares, fácilmente corruptibles o directamente corruptos.
Quienes ya
tienen la costumbre de saltarse las leyes para evadir los impuestos se
ven así gratamente estimulados a saltarse la ley para hacerle la cama al
Estado opresor y conseguir la independencia o, como mínimo, una
ampliación del poder que ya tienen.
La gran mentira es también la tapadera de la gran vergüenza. Esta es
otra y bien relevante continuidad política bajo la que asoma la relación
tan provechosa como vergonzante entre Convergencia y el Partido
Popular.
Es la tapadera de la alianza sagrada entre burguesías
corruptas, que se escenificó en el Pacto del Majestic, y es la tapadera
de las políticas de recortes compartidas que estallan con las protestas
del 15-M, y de las que Artur Mas se quiere librar a la brava con su
repentino giro soberanista.
La deconstrucción de la gran mentira no ha comenzado hasta muy
avanzado el proceso. Destacan algunas aportaciones periodísticas, como
la que hicieron Xavier Vidal-Folch y José Ignacio Torreblanca en este
diario (Mitos y falsedades del independentismo)
o el libro conjunto de Josep Borrell y Joan Llorach (Las cuentas y los
cuentos de la independencia).
Pero en buena parte la deconstrucción se
ha hecho casi sola, prácticamente sin que el gobierno español, tan
acostumbrado al buen entendimiento con los nacionalistas, haya hecho
nada para desmontarla.
Ahora, al final del trayecto, se ha visto la envergadura de las
falsificaciones que habían acompañado a la propuesta de independencia.
Casi todo era mentira, pero basta con elegir tres ejemplos capitales de
cómo la realidad ha desmentido las fantasías del independentismo: ya
hemos visto que nunca habrá Estado propio dentro de una Europa que está
plenamente identificada con el socio que es España; que la Cataluña independiente sin banca ni grandes empresas
difícilmente será el país próspero y líder que nos dibujaron; y que
ahora tenemos una Cataluña dividida y cuarteada en lugar de aquella
unidad del pueblo catalán en pos del objetivo patriótico de la plena
soberanía que nos habían predicado.
La gran mentira tiene una facilidad reproductiva prodigiosa, como lo
demuestra la última fabricación a la que se agarra el independentismo
como último recurso argumental. De acuerdo, nos reconocen en contra de
lo que nos habían dicho hasta ahora, no estaremos en Europa,
seremos más pobres y estamos divididos, pero se nos ha de reconocer que
somos las víctimas de un combate desigual en el que nuevamente Cataluña
es atacada por las reminiscencias de la dictadura franquista.
La munición para esta última mentira ha venido de fuera, como
siempre, y la ha proporcionado el gobierno del PP con su torpe
actuación: primero las órdenes de la fiscalía para interrogar
preventivamente a 700 alcaldes por si querían poner las urnas en sus
ayuntamientos, luego la intervención desproporcionada e inútil de la
fuerza pública para evitar el 'delito' de depositar un voto en la urna y
finalmente la prisión incondicional para los dos Jordis como
sospechosos de sedición.
El resultado, ciertamente espantoso, es que una parte de la población
catalana ha vivido estas semanas como una recuperación del
antifranquismo, que les ha permitido experimentar la clandestinidad de
la organización del plebiscito del 1-O y la represión por parte de la policía,
mientras que el resto de los ciudadanos se han convertido en
sospechosos de complicidad con esta 'dictadura ficticia', añadiendo un
motivo más de división y de hostilidad entre catalanes en función de sus
ideas.
Un periodista de TV3, por ejemplo, se ha permitido publicar en el
diario Ara una lista de intelectuales y escritores amigos de su familia
-todos ellos en lengua castellana—a los que acusa, sin pruebas, de haber
callado ante de la actuación de la policía el 1-O, fundamentalmente
porque han osado explicar su posición contraria a la independencia.
Lo mismo ha hecho el exrector de la Universidad de Girona, Josep
Maria Nadal, de nuevo a las páginas del diario Ara, que sin aportar
prueba alguna ha acusado nada menos que de complicidad con la policía
española al escritor Javier Cercas, al que señala como si hubiera
"justificado la actuación del 1 de octubre", lo que ha desmentido el
escritor gerundense en una carta al mismo diario.
El espíritu de delación y de venganza se está instalando entre las
filas de un cierto independentismo, sobre todo a medida que se acerca el
final y se pincha la burbuja de la gran mentira. De hecho, es el final
lógico de una aventura política que comenzó dividiendo a los catalanes
entre soberanistas y unionistas, nosotros y vosotros, buenos catalanes y
catalanes malos, en definitiva.
Entre los delatores y confidentes que se dedican a estas tareas
sucias, destaca por su persistencia y dedicación algún comisario
político que ya censura anticipadamente a los catalanes que no se
opongan al artículo 155 como si fueran los equivalentes de los franceses
colaboracionistas con el nazismo, señalados como la Cataluña de Vichy.
Esto es Cataluña, pero lo que nos está pasando pertenece directamente al mundo de los fake news
que llevaron a la victoria del Brexit al referéndum y de Trump en las
elecciones americanas. Aquí nos está llevando a unas experiencias de
enfrentamiento civil realmente inquietantes, que deberían hacer
reflexionar a quienes las protagonizan, no por lo que significan ahora
mismo sino sobre todo por el mensaje balcánico que contienen y que puede
fructificar dolorosamente en un futuro inmediato." (Lluís Bassets, El País, 21/10/17)
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