"Trabajadora social y sindicalista, estuvo en Cáritas e hizo incursiones en la política. Forma parte de diversas asociaciones, sobre todo culturales, porque ha llegado a la conclusión de que incidir en la opinión no es banal. Se identifica con la corriente “Cristianos por el Socialismo”.
Llama la atención el silencio que envuelve lo relacionado con el papel de la Iglesia Católica en el “Procés”…
Entiendo que la Iglesia somos todos los cristianos, y es verdad que la
voz que se suele oír es la de la jerarquía, y en este caso la jerarquía
se mantiene visiblemente callada. (...)
Todo el mundo va con pies de plomo, pero en cualquier
caso no se puede identificar la nación con el evangelio. Algo que mucha
gente piensa.
¿Por qué si en la comunidad
católica hay pluralidad respecto al nacionalismo, no aflora ese debate?
¿Es que no le interesa a la opinión pública?
Algo de esto podría haber. Los estereotipos sociales
respecto a la Iglesia hacen que, cuando se habla de ella, sea en
relación con determinados temas y no de otros. Algunos hemos intentado
promover un manifiesto diciendo que esto del “Procés” es muy poco
democrático, que es un camino que no nos conduce a ningún sitio, pero no
conseguimos que se nos escuche.
No solo entre los cristianos, sino
entre todo el mundo. Parece que la sociedad está dividida entre
“procesistas” y “anti-procesistas”, pero hay mucha gente que no estamos
ni en un sitio ni en el otro, y se tiende a silenciarnos o tacharnos de
cobardes. También es verdad que yo misma estoy harta de pelearme con
gente que a veces es muy poco respetuosa. No sé si es cobardía, pero
además de haber hecho pocos intentos de que se nos vea, insisto,
realmente es como si no existiéramos.
La sociedad catalana no está
divida en dos. Como mínimo en tres y en muchas más. Es bastante más
diversa de lo que aparenta. Tampoco la comunidad cristiana es homogénea,
incluidos los monjes de Montserrat. Hay gente que está por la
independencia. Yo no. Pero también compartimos otras cosas. Todo esto
ahora no se ve. Estamos en el brochazo. Cuesta ver los matices.
Resulta también sorprendente
que en iglesias de Cataluña ondeen banderas o cuelgan pancartas ¿No
entra esto en contradicción con el espíritu del catolicismo, que se
reclama de todos?
En mi parroquia pasó algo de esto. Pusieron una
bandera de la ANC, creo que con motivo del pseudo-referéndum del 9 de
noviembre. Escribí una larga carta explicando pidiendo que la quitaran y
la quitaron. No puede ser. Esta es una cuestión estrictamente política.
Se puede ser cristiano y estar a favor de la independencia o en contra,
pero una iglesia, un espacio que es reconocible como el lugar donde se
reúnen los cristianos, tiene que dar acogida a todo el mundo, piense lo
que piense. En este caso, con el agravante de que tal cosa se produce en
Viladecans, que seguramente es la población de Cataluña que más vota a
Ciudadanos.
Estoy acostumbrada a la transversalidad, a estar con gente
muy diversa, y en consecuencia me esfuerzo que resaltar lo que nos une y
no lo que nos separa. Si me topo con lo que nos separa, me entra una
mala leche que no puedo. Estuve dos meses sin pisar la Iglesia, pero lo
resolvimos. Tanto que, por Navidad, me encargaron precisamente a mí
hacer una felicitación navideña, tratando de encontrar los puntos en que
podemos converger todos.
Por muchas razones, la Iglesia
parecería ser una institución especialmente llamada a tender puentes
entre los catalanes para evitar la polarización ¿Por qué no juega este
papel, al menos con la convicción que la situación reclama?
Estoy convencida que la presión sobre los obispos y
sobre un sitio como Montserrat, por ejemplo, por parte de los
independentistas, es brutal. Pero hay que decir, que en Montserrat
evitan poner el lazo.
Alli no hay ningún signo visible que alinee el
Monasterio con el “Procés”. Otra cosa son los monjes, que como
ciudadanos tienen sus derechos y se expresan. Quizá, aunque a
regañadientes, algunos obispos intentan hacer esto, y no faltan quienes
han hecho aportaciones positivas.
Yo pertenezco al obispado de Sant
Feliú de Llobregat y nuestro obispo, que procede de Valencia, durante
todo el conflicto ha ido hablando sobre el diálogo, y cuestiones que a
mí me han parecido serias. Esto del “Procés” puede interpretarse como la
prueba del algodón de las relaciones. Cuando estas no son buenas, pones
el “Procés” de por medio y se dinamitan.
María Comín dice que el
“Procés” una máquina de destrucción masiva de partidos políticos, pero
de relaciones humanas también. Hay gente con la que evito tocar el tema,
porque sé que vamos a acabar sacándonos los ojos. Se nos está
secuestrando la democracia. Al fin y al cabo, los métodos utilizados
para el referéndum de octubre tuvieron muy poco de democrático.
¿La democracia no tiene mucho más que ver con el estar que con el ser? Aquéllo de que por sus obras los conoceréis…
La democracia es, sobre todo, el cómo se hacen las
cosas. Si ahora un partido xenófobo empieza a decir u hay que hacer un
referéndum para echar a todos los extranjeros, y que esto es lo
democrático, porque lo democrático es hacer un referéndum. Y se pone a
buscar un censo por su cuenta, y dice “no te preocupes, porque el
control lo haremos nosotros, con nuestros voluntarios” ¿Qué credibilidad
tiene todo esto? Esto no lo aceptaría nadie.
El 6 y 7 de septiembre de
2917 tuve una gran sensación de desamparo. Yo había hecho objeción
fiscal, en contra del armamento, por ejemplo. Y cuando se hace esto lo
que se quiere es que cambie la ley, no que hagan una excepción contigo.
La desobediencia civil no es que a mí con no me apliquen la ley, que es
para todos, sino conseguir cambiar esa ley.
Forman parte de la Iglesia
catalana, una galaxia de congregaciones, órdenes, asociaciones,
fundaciones… ¿Actúan cada una de ellas en función de querencias propias?
¿Son, por ejemplo, más nacionalistas los benedictinos que los jesuitas?
Claro. Hay órdenes religiosas que son más
nacionalistas que otras. Cada uno es hijo de su padre y de su madre. Me
hace gracia cuando se dice “Queremos un obispo catalán”. Pere
Casaldáliga, que es un magnífico obispo, no es brasileño. A la hora de
recoger adhesiones, el nacionalismo iba poniendo a la gente entre la
espada y la pared porque, por ejemplo, decía “vamos a firmar entre
varias entidades un papel reclamando el derecho de autodeterminación y,
por tanto, un referéndum”.
Había quienes estando más o menos de acuerdo
con ello, firmaban y así se veían cada vez más involucradas en una
dinámica que les desbordaba. Es como pensar que como tienes derecho a
casarte, esperas que el Ayuntamiento te ponga la pareja. Cuando
alertábamos de que esto podía llevarnos a ver a nuestro vecino como un
enemigo, se nos respondía “que va; somos la revolución de las
sonrisas…”. Y así estamos donde estamos.
La “gent bona”, el
“sentiment”, “el pare y la mare“, el nostre”… ¿Así, se teje una red
terminológica, que va asociando afectos a la nación?
Creo que tengo una especie de daltonismo nacionalista.
No siento en absoluto los colores. Somos amigos y conozco muchos curas
más bien progresistas. Pero es curioso, en cuanto se les toca la fibra
nacionalista se olvidan. El primer documento que salió a la luz en
relación con el tema fue de manual.
“Todos los curas y diáconos a favor
del “Proces”; un grupo grande; 400 y pico. Perdona, ¿No decíais que la
Iglesia es el pueblo de Dios” ¿Cómo entonces una cosa corporativa de
curas y diáconos?
Luego, salieron los abades, y después las abadesas…
Volvemos a antes del Concilio Vaticano II. Más tarde, hicieron otro
manifiesto dirigido a la Iglesia de España. No estaba mal, pero seguía
siendo de curas y, al final, acababa con una proclama soberanista
¿Porque no un manifiesto unitario? Cuesta mucho. Las alturas están
auto-amordazadas y las bases desatadas. No hay debate.
¿Cómo se transmite el relato nacionalista en la Iglesia? ¿En los púlpitos?
A veces. Algún monje de Montserrat lo ha hecho. Pero se transmite como se hace todo: a través de las redes sociales." (Entrevista a Mercè Solé, El Triangle, 20/04/19)
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