La primera vez que tuve conocimiento de esos rasgos fue en el París de 1950, donde, dentro de mi estudio sobre la Segunda República, visité la delegación del Gobierno vasco en el exilio.
Allí me presentaron a Manuel de Irujo, parlamentario del PNV en las Cortes republicanas entre 1933 y 1939, y ministro durante los Ejecutivos de la Guerra Civil, tanto con Francisco Largo Caballero como con Juan Negrín. (...)
Uno de los argumentos que esgrimía Irujo al exponer la singularidad antropológica de la nación vasca se basaba en varios estudios llevados a cabo por grupos de especialistas europeos sobre los grupos sanguíneos vascos
Esas investigaciones, realizadas entre 1937 y 1950, habían puesto de manifiesto que el grupo 0 era más frecuente entre los vascos que entre el conjunto delos europeos y que, entre los primeros, el porcentaje que tenía RH negativo duplicaba prácticamente al registrado en el conjunto de los segundos.
Ambos coincidimos en que esos datos eran cruciales para conseguir que quien necesitara sangre recibiera el grupo sanguíneo adecuado, pero que esa información puramente biológica poco o nada tenía que ver con las capacidades y los sentimientos de los individuos.
Sin embargo, Irujo no dejaba de aludir al grupo sanguíneo al hablar de las capacidades atléticas, las preferencias culinarias o los gustos arquitectónicos de los demás vascos. En una ocasión me dijo lo encantado que se había quedado al verme llevar una chapela y que había notado que mi mandíbula y mi frente despejada se parecían a las de los hombres vascos.
¿Tenía yo acaso algún antepasado vasco? Le contesté que, por lo que yo sabía, mis abuelos y bisabuelos procedían de Irlanda, Prusia y Rusia. Que éramos judíos que, aunque se habían casado con otros judíos, se habían movido bastante y que, hasta donde yo sabía, todos mis antepasados procedían del norte de Europa.
También aproveché la oportunidad para decirle que no podía evitar sentirme un poco incómodo cuando la gente mencionaba determinados rasgos personales, considerándolos típicos o muy frecuentes en ciertas subdivisiones de la raza humana: afirmaciones en el sentido de que a los judíos se les daban bien las finanzas, que los ingleses eran estirados o que los franceses pensaban que su lengua era superior a todas las demás.
Al ser judío, era también muy consciente de la constante presencia que los prejuicios sobre el carácter del pueblo hebreo habían tenido en la historia del antisemitismo y en su punto culminante: el Holocausto perpetrado por los nazis durante la II Guerra Mundial.
Don Manuel me aseguró que los prejuicios antisemitas no le producían más que desprecio, pero continuó bromeando sobre mi mandíbula e insistiendo en la singularidad del pueblo vasco y en su derecho a proclamarse independiente, tanto de España como de Francia. (...)
Más allá de mis diversas y prolongadas conversaciones con Irujo, nunca he estudiado en profundidad la historia intelectual vasca, principalmente porque no leo vascuence y porque gran parte de mis 25 años de residencia en España los he pasado en Barcelona y Madrid.
Sin embargo, de vez en cuando, al leer capítulos de Sabino Arana o de dirigentes vascos del siglo XX, he tenido la impresión de que una proporción considerable de los analistas políticos vascos, tanto conservadores como izquierdistas, están convencidos de que su pueblo tiene rasgos antropológicos que le distinguen del español y del francés, y que esas diferencias tienen mucho que ver con su insistencia en el "derecho a decidir".
Al mismo tiempo, como tengo la sensación de que Manuel de Irujo fue una de las mejores personas que he tenido el privilegio de conocer, confío de todo corazón en que, después del terrible medio siglo que ETA se ha pasado emponzoñando la vida política vasca, los actuales líderes del PNV, del PSE y de la izquierda abertzale sean capaces de concebir una nueva democracia política y cultural dentro de las fronteras actuales de dos Estados democráticos y de la Unión Europea." ('Un extranjero ante el problema vasco', de GABRIEL JACKSON. El País, 23/11/2011)
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