5/4/10

Nada menos que... el origen bíblico de los vascos

«Túbal ( ... ), quinto hijo de Jafet, nieto del Santo Patriarca Noé ( ... ), fue el primero que vino a España con su mujer ( ... ), por el año 1800 de la Creación del Mundo, 131 ó 142 años después del Diluvio Universal y 2.130 años del Nacimiento de Nuestros Redentor Jesu-Christo. ( ... ) llegó a los Pirineos y Tierras de los Vascones ( ... ) y de allí se derramaron y repartieron sus gentes por otras provincias».
En 1526 se produjo la reforma del Fuero Viejo de Vizcaya. Nació así el llamado Fuero Nuevo cuya novedad más llamativa y de gran trascendencia en el futuro fue la que hizo desaparecer las diferencias jurídicas entre los diferentes estamentos. A partir de ese momento, el abismo que separaba a labradores e hidalgos desapareció. Aquel nuevo ordenamiento foral reconocía la hidalguía universal. Al mismo tiempo comenzó un proceso por el cual no sólo se reafirmaba la particularidad de los habitantes del País Vasco, sino que comenzó una búsqueda de fórmulas para justificar de un modo indiscutible tan interesante estatus. Para ello nada mejor que la historia. Ésta iba a convertirse en el argumento de peso para validar y solidificar un privilegio que, a la postre, ayudaría a afirmar el propio régimen foral de los vascos. De su manipulación surgieron los mitos, todos ellos tendentes a configurar un pasado lleno de glorias en el que la nobleza vasca adquirió el grado de consustancialidad con respecto a la naturaleza de sus habitantes. En esta línea uno de los mitos que mayor proyección tomó forma a mediados del siglo XVIII -aunque ya se venía elaborando desde el XVI-, gracias a la obra de Fontecha y Salazar publicada por la Diputación de Vizcaya. En ella se afirmaba que «Túbal ( ... ), quinto hijo de Jafet, nieto del Santo Patriarca Noé ( ... ), fue el primero que vino a España con su mujer ( ... ), por el año 1800 de la Creación del Mundo, 131 ó 142 años después del Diluvio Universal y 2.130 años del Nacimiento de Nuestros Redentor Jesu-Christo». Importantes eruditos señalaban que Túbal «llegó a los Pirineos y Tierras de los Vascones ( ... ) y de allí se derramaron y repartieron sus gentes por otras provincias». Es decir, los vascos eran los descendientes originarios de un personaje bíblico. Eran los hijos de Túbal.

Origen bíblico

A partir de este mito y de una lectura muy interesada y parcial de los escritos de Estrabón, que afirmó que los vascos tenían «cierta divinidad innominada», se construyó la afirmación de que los vascos, mucho antes de que llegara el cristianismo, ya profesaban una religión monoteísta en la que, incluso, veneraban la cruz, en clara referencia al lauburu. Túbal no sólo introdujo a sus descendientes en la verdadera religión, sino que también les enseñó el euskera que aparecía así como el idioma del Paraíso. El mito se completó con añadidos de otros autores que establecieron que los vascos, a diferencia de los judíos, no traicionaron el pacto ya que no colaboraron con la crucifixión de Cristo. De todo esto se derivó su estatus como pueblo elegido, ya que ellos recibieron el cristianismo en tiempos apostólicos. Este origen bíblico sin tacha alguna hizo que algunos autores, entre ellos Larramendi, señalaran que la nobleza de los vascos, pobladores originarios de España, fuera la mejor y más pura. Sobre los habitantes del País Vasco recaía la original pureza de la raza española en contraposición a la contaminación que se había producido en el resto de la Península por la entrada de otros pueblos tales como celtas, fenicios, griegos, cartagineses ...

Esta versión histórica sobre el origen de los vascos ganó enteros durante el siglo XVIII, espoleada por la política uniformizadora de los Borbones. Se hizo necesario encontrar argumentos que hicieran imposible acabar con la particularidad de las provincias vascongadas. Qué mejor para ello que echar mano de la Biblia y convertir a los vascos en un pueblo colocado en su tierra por deseo expreso de Dios al mismo tiempo que señalaba que todos ellos se habían elevado como los primeros depositarios de una fe religiosa que se había anticipado con mucho a la nueva alianza establecida por Cristo. ¿Quién podía discutir unos privilegios otorgados por el mismísimo Dios? Era, por ello, un argumento definitivo ante el que no cabía discusión alguna. Ni siquiera la duda porque ella conducía directamente hacia la herejía.
De ese modo, los fueros -ese compendio de libertades, usos y costumbres- habían sido concedidos por el mismísimo nieto de Noé o, a lo sumo, por alguno de sus descendientes. Eran, por consiguiente, el cuerpo legal más auténtico de España. El origen de la organización perfecta que, gracias a la salvaguardada pureza de los vascos, mantenía una funcionalidad encomiable. La defensa de esa legislación suponía el mantenimiento de los pilares originales de España.

Jaun Zuria

Otro de los mitos que surgió del tronco argumental anterior fue el del «cantabrismo». Según esta teoría, los vascos aparecían identificados con los antiguos cántabros que se enfrentaron ferozmente a Roma. Habían defendido lo que era suyo y, a la postre, consiguieron gracias a las capitulaciones, mantener sus tierras y sus leyes. Tras ese intento de los romanos ningún otro invasor pisó suelo vasco. Ejército alguno logró dominar o conquistar a los habitantes de las Vascongadas que consiguieron así mantener su pureza de raza, sus costumbres, sus usos, sus fueros y su lengua. Según este planteamiento no fue difícil encajar el mito del primer Señor de los vizcaínos, Jaun Zuria, pues a él, y de forma libre y voluntaria, los habitantes de Vizcaya le eligieron como su guía para que los defendiera frente al invasor siempre a cambio del respeto de sus usos y costumbres.

Así, desde Túbal hasta la figura de Jaun Zuria y la idea del pacto, se elaboraron más mitos históricos que, elevados a la categoría de dogmas, permitieron interpretar el pasado vasco en clave de legitimidad indiscutible y sentar argumentos históricos para defender a ultranza tanto los fueros como la naturaleza particularista de los vascos." (Fundación para la Libertad, citando a Imanol Villa, EL CORREO, 4/4/2010
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