"(...) ¿Cuándo intuyó que lo que usted veía no era que
estaba majara, sino que, en efecto, detrás del procés podría no haber
nada de lo anunciado a bombo y platillo y durante todo el día?
¿Intuir, dice usted? No me lo creí ni por un momento.
Quizás porque soy escéptico por naturaleza, y no me va eso de “creo en
ello porque quiero creer”, a lo que se han apuntado tantos políticos y
tantos periodistas, arrastrando tras de sí a tantísimos incautos
ciudadanos.
Demasiadas frases épicas, demasiados días históricos,
demasiadas horas de matraca en TV3. No cuela. Tantos “demasiados” no
podían ocultar sino el vacío más absoluto. Pero hay más, mucho más. Me
daba vergüenza ajena cuando nos decían de forma rimbombante que “las
urnas están por encima de la ley”, afirmación de primero de Idiocia.
O
cuando nos querían hacer creer que el 47% de los votos era mayoría
absoluta, suficiente para ciscarse en todas las leyes españolas y
catalanas. O cuando veía, con esos ojitos que Dios me ha dado, a la
región más rica de España y una de las más ricas de Europa quejarse de
estar oprimida. Las revoluciones se hacen con sangre, sudor y lágrimas, y
en Catalunya la gente vive demasiado bien para derramar una sola gota
de cualquiera de estos flujos, y menos para lanzarse a una incierta
aventura.
Dicho lo cual, y respondiendo a la primera parte de su
pregunta, todo lo anterior no obsta para que, además, yo esté
completamente majara. Pero será por otros motivos. (...)
Delante de su diario aparecieron pintadas con su
nombre y términos poco cariñosos. Girona, en efecto, no es Ciudad Juárez
pero, ¿qué se siente? ¿Eso posee algún tipo de influencia?
Fue en la misma fachada del diario. “Albert Soler: vigila
tu espalda”, decía. Quizá fue mi fisioterapeuta, el pobre no tiene
whatsapp y no sabe cómo comunicarme que ya tengo una edad y no es bueno
ir al gimnasio cada día. (...)
Para otra vez, que sean más explícitos, que pongan, no sé, “Albert
Soler, no escribas sobre tal tema o te vamos a partir las piernas”. Y
que firmen. No les voy a hacer ni puñetero caso, pero por lo menos ellos
no van quedar como cobardes y analfabetos.
Con lo fácil que es hacerme
llegar un sobre con dinero, a quién se le ocurre pensar que me van a
influir con una mísera pintada. O sea, encima de cobardes y analfabetos,
rácanos. (...)
Girona es una ciudad diferente a BCN. ¿Cómo le ha sentado el procés? ¿Algún cambio llamativo?
Aquí el porcentaje de lacistas es mucho mayor que en
Barcelona. Y por más que les joda, tenía toda la razón El Roto con
aquella viñeta en la que dejaba claro que el lazo amarillo no es más que
un símbolo de pertenencia. Ni presos ni hostias, sirve para señalar. (...)
El único cambio que ha traído el procés a esta ciudad es
que antes era un simple escaparate, que no se preocupaba más que de
tener un centro histórico limpio para el turismo.
Ahora tampoco se
preocupa de nada más, pero lo puede disimular con frecuentes brindis al
sol: hoy cambiamos el nombre a la Plaza Constitución y le ponemos Plaça
de l’1 d’Octubre; hoy no le prestamos el auditori a la Fundación
Princesa de Girona; hoy no queremos la presencia del ejército en
Expojove; hoy suspendemos los fuegos artificiales porque hay “presos
políticos” y nadie tiene derecho a estar alegre; etc., etc.
Vamos, que
la ciudad sigue siendo la misma mierda que dejó Puigdemont, pero ahora
engañando con caramelos procesistas a buena parte de los ciudadanos. A
los cuales, por cierto, les encanta que los engañen. Girona es el hombre
de la gabardina a la puerta de colegio: con la excusa de darnos
caramelos, nos jode. Caramelos amarillos, claro.
¿Cómo cree que le ha sentado a Catalunya y a España?
Si la pregunta es cómo ha sentado a los españoles y a los
catalanes, le respondería lo que Churchill cuando le preguntaron por los
franceses: no lo sé, no los conozco a todos. A mí, que no soy ni una
cosa ni la otra, me ha sentado de cojones, me divierto como un enano. Lo
ridículo es la gente de uno y otro bando que se toma esta farsa en
serio, puesto que no se la toman así ni sus mismos protagonistas.
Desgraciadamente no son pocos. En lugar de limitarse a tomar unas
cervezas y reírse de todo lo que sucede, que es lo que hace la gente con
sentido común, se crispan, se enfadan, se molestan por todo y su vida
se ha reducido al procés. Eso a la larga produce úlceras estomacales y,
lo que es peor, impotencia.
¿Cuál es su descripción de lo sucedido, durante
este periodo, en el grueso del periodismo catalán y español? ¿Cree que
ha supuesto un cambio estructural o, sencillamente, hace años que el
periodismo es así de bestia y gubernamental?
Creo que en Catalunya el periodismo siempre ha sido así,
por lo menos hasta donde me alcanza la memoria. Tengo la teoría de que
al ser un país tan pequeño, todo el mundo se conoce y ello lleva a
intentar quedar bien con el poder, que nunca se sabe cuándo te puede
favorecer.
Se puede aducir que hay países incluso más pequeños que
Catalunya, lo cual es cierto, pero es que al tamaño se le debe añadir el
carácter pusilánime y arribista de los catalanes, y eso sí que no hay
otro país que lo tenga.
Por eso siempre que alguien me dice que soy
valiente por escribir lo que me da la gana, niego la mayor: si no debo
nada a los políticos, ni espero de ellos ningún cargo o prebenda,
escribir pestes de ellos no es valentía, es obligación. Lo que ocurre es
que hay demasiados periodistas que esperan cargos o prebendas.
O peor
incluso, esperan simplemente una palmadita en el lomo, con eso ya mueven
la colita de pura satisfacción. A mi esas cosas me la sudan. Para
ponerle un ejemplo concreto: como soy periodista, jamás se me ocurriría
invitar al presidente de la Generalitat a comer paella a mi casa; si lo
invitara, no creo que quisiera venir; y si viniera, no lo publicaría en
las redes sociales para darme lustre.
No por nada, sólo para mantener mi
credibilidad, porque ya me contará usted qué credibilidad tendré a
partir de entonces para escribir de política. Un periodista que se codea
con el poder es como un cura pederasta: debe elegir entre el trabajo y
el placer, las dos cosas a la vez no pueden ser.
Estas semanas está habiendo cierta catarsis y
autocrítica en la política y el periodismo catalán. ¿En qué cree que
consistiría una catarsis y autocrítica efectivas?
A buenas horas. Podría decirse aquello de que una vez que
le han visto los cojones al bebé, ya saben si es niño o niña. Pero sería
falso, ello supondría aceptar que todos esos periodistas lameculos han
sido vilmente engañados y ahora que saben la verdad, la cuentan. De eso
nada, monada.
No me puedo aventurar a afirmar que todos sabían que el
procés era una farsa –aunque algunos, los mejor relacionados con el establishment,
seguro que sí–, pero lo que está claro es que nadie en la política y en
el periodismo sabía que la cosa iba en serio… Por la sencilla razón de
que no iba en serio. Y aun así, los periodistas no dudaron en comprar y
predicar la versión que más les convenía, o que más les gustaba, o que
más les ilusionaba.
Por lo que fuera, eso es lo de menos, el hecho es
que dimitieron de periodistas y formaron un cacicato propagandístico.
Ahora se bajan del barco, claro, qué remedio, si se bajan incluso los
miembros del gobierno, con la salvedad de aquel que sigue en Alemania
físicamente y quién sabe en qué galaxia psíquicamente.
Me lo comentaba
hace poco en Barcelona un escritor de fuste: antes Cataluña tenía a
Eugeni d’Ors de intelectual; ahora tiene a gente de la tele. Pues eso.
Parece que el procesismo, pese a su discurso sentimental, ha asumido cierto grado de fallos. ¿Comparte esa opinión?
El fallo principal fue que cuando dijeron “el món ens
mira”, no advirtieron que nos miraba para partirse de risa. Yo mismo, de
haber sabido antes que se trataba de divertir a la humanidad en estos
tiempos difíciles, me habría apuntado a la farsa. Lo que sea para llevar
unas risas a todos los hogares.
No sé qué otros fallos puede haber
cometido el procesismo, salvo saltarse las leyes, engañar repetidamente a
los ciudadanos, creer que el país es suyo, llevar a la sociedad al
borde del enfrentamiento civil, poner en peligro el turismo y la
industria, enemistarse con toda Europa, favorecer el crecimiento de la
ultraderecha y dejar de gobernar durante un par de años. Quitando eso,
el procesismo ha sido una balsa de aceite, me sorprende que algunos de
sus líderes crean que han hecho algo mal
¿Cómo ve el futuro? ¿Lo hay, o seguiremos por décadas en esta casilla sentimental?
Últimamente hay gestos por parte del Gobierno español,
tanto de palabra como de hecho. Nada, ni caso. Los procesistas, con sus
presidentes a la cabeza –porque encima son dos, Torra y Puigdemont–
prefieren el martirio. A los gestos que tenga el Gobierno de Pedro
Sánchez responderán con displicencia, cuando no con rechazo.
El martirio
es lo que más les gusta, cosa que me parecería de perlas si se tratara
de su propio martirio. Si a chalados como Torra, Puigdemont y los que
les siguen les gusta ser víctimas eternas, vivir amargados y en la
miseria, y seguir creyendo en aquella Arcadia que nos vendieron por
fascículos, no seré yo quien se lo impida. Pero que dejen tranquilo al
país y a sus gentes. (...)" (Entrevista a Albert Soler, Guillem Martínez, CTXT, 04/07/18)
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