2/1/18

Tabarnia muestra que no debe despreciarse la poderosa idea de las particiones internas como fórmula de respuesta defensiva a la posible separación de un territorio en donde conviven importantes bolsas de partidarios y detractores de la ruptura... como pasó en Bruselas, como podría pasar en Quebec, siguiendo la ley de la Claridad canadiense

"A pesar del tono solemne que algunos de sus protagonistas han intentado imprimirle, el procés se va conformando -con permiso del Brexit- como la gran tragicomedia política europea de los últimos años. 

(...) la resaca post-electoral y los días de fiesta habrían traído un momento de relajación propicio para recuperar el lado medio cómico que ya ha caracterizado la función en otros episodios. 

En ese contexto distendido podría interpretarse la ocurrencia de Tabarnia: una nueva iniciativa de secesión que, reproduciendo los argumentos del adversario, pretende desgajar de la Cataluña más nacionalista y rural al litoral urbano, próspero y mayoritariamente constitucionalista que va de Tarragona a Barcelona ¿Pero se trata solo de un efímero divertimento navideño o es una nueva derivada del conflicto con recorrido por delante? (...)

Pero, más allá de la burla, lo cierto es que la teoría y práctica del secesionismo también muestra que no debe despreciarse la poderosa (y, en su caso, inquietante) idea de las particiones internas como fórmula de respuesta defensiva a la posible separación de un territorio en donde conviven importantes bolsas de partidarios y detractores de la ruptura.


Para esas situaciones, Hans Morgenthau formuló hace mucho tiempo la paradoja A-B-C del nacionalismo según la cual una comunidad “B” que invoque la autodeterminación con respecto a otra “A” (a la que pertenece), no dudará en negársela luego a la “C” (que está en su seno y querría a su vez emanciparse o seguir en “A”). 

La aplicación de esa paradoja a los Balcanes llevó al célebre analista a concluir que en determinados contextos plurales podría no haber ningún límite basado en la razón o la voluntad popular que pueda evitar una lógica infinita de liberación nacional, de modo que ésta solo se interrumpirá a partir de factores tan realistas como el poder de los actores o los intereses exteriores.


En el panorama comparado del independentismo en democracias occidentales no son pocas las Tabarnias que pueden mencionarse. La más citada entre nosotros durante los últimos días remite a Quebec y la alusión indirecta que hace la Ley de la Claridad canadiense a que una provincia que decida embarcarse en un proceso de abandono de la federación no tiene su propia integridad territorial asegurada; sobre todo por lo que respecta a las enormes extensiones habitadas por poblaciones aborígenes o “first nations” pero que también podría extenderse al área metropolitana de Montreal donde los muchos bilingües, anglófonos e inmigrantes tienden a rechazar la idea de una secesión. 

El nacionalismo quebequés siempre ha negado la posible amputación de aquellas zonas que no le acompañasen en el hipotético camino hacia la independencia, pero la combinación entre ese riesgo y la evidencia de que no existe mayoría clara han ido atrasando sine die la propuesta de un nuevo referéndum. Como se ha dicho antes, medir las fuerzas propias y ajenas, y hacerlo con realismo, parece un consejo sabio en el camino a Ítaca.


Otro ejemplo, que recoge de manera aún más nítida los enormes problemas de la autodeterminación en contextos identitarios muy plurales, apunta a la partición de Irlanda, incubada entre 1892 y 1922 y que, como es tristemente sabido, sigue sin estar bien digerida un siglo después. 

Aquí de nuevo se constata que si es la voluntad democrática la que determina la separación de una parte del Estado, resulta muy difícil no aceptar que esa misma lógica se aplique al nuevo Estado. Pero, además, Irlanda ilustra bien que solo desde una óptica puramente nacionalista se puede predeterminar quién conforma la comunidad política soberana. 

E incluso en el caso de que expresamente se desee atribuir esa decisión a la ciudadanía (o, al menos, dar una apariencia de ello) siempre será arbitrario el criterio sobre el que fundar la expresión de la voluntad. En este caso: ¿debía hacerlo todo el Reino Unido, la isla en su conjunto, cada una de sus cuatro provincias históricas, sus 32 condados, o sus cientos de municipios? Acudan de nuevo a Morgenthau para saber la respuesta.


El tercer caso que merece la pena mencionar es el de Bruselas; un curioso referente si se considera el protagonismo reciente de la capital belga en la crisis catalana. Si la división de Quebec sirve como una amenaza nebulosa que aconseja aplazar un nuevo proceso soberanista para el que no existen “winning conditions” realistas y si el Ulster vale como recordatorio de las fracturas y controversias infinitas que pueden acompañar la independencia cuando la sociedad está tan dividida (incluso si se tiene éxito parcial en la empresa de crear un nuevo Estado), Bruselas es una Tabarnia todavía más turbadora para el nacionalismo catalán. 

Al fin y al cabo, Quebec no se ha independizado pero sigue íntegra mientras que Irlanda se rompió en dos pero al menos una parte se constituyó en República.


Bruselas, en cambio, era hasta hace pocas décadas parte integrante de Flandes. La zona más urbana, rica, progresista, conectada al mundo y bilingüe (aunque con mayoría francófona) de la región histórica. 

Hace ahora cincuenta años, cuando el nacionalismo flamenco irrumpió con fuerza denunciando el maltrato económico al que le sometía Bélgica y reclamando el neerlandés como única lengua o un amplísimo autogobierno que estaría condenado a adaptarse a las preferencias ideológicas del Flandes tradicional, la capital pudo desgajarse y constituirse en región aparte. 

Ni siquiera una inminente secesión, sino el auge de un nacionalismo conservador y uniforme movilizó a los bruselenses. Hoy, pese a los atascos y los problemas de la capital, se muestran orgullosos de su identidad propia y apenas un 15% se considera flamenco. 

La ironía es que, como Flandes sí que sigue considerando a Bruselas como propia (hasta el punto surrealista de haberla elegido como sede de sus instituciones), la región-capital constituye el antídoto más eficaz contra la ruptura de Bélgica.


Y ahí volvemos a Tabarnia. A esa humorada que hace a la mayoría de los urbanitas catalanes constatar –gustándose por ello como no lo hacían desde hace tiempo- que viven en un espacio más cosmopolita, productivo, de izquierdas, europeísta y plural que el de las comarcas de interior. 

Puede que la idea no tenga recorrido político pero sí sirve para constatar el cansancio de los no independentistas tras cinco años de procés

Y, más allá de evitar nuevas escenas de tractores por la Diagonal o de alcaldes con varas por el Parlament (que sus promotores sabrán juzgar a partir de ahora como totalmente contraproducentes), coloca en la agenda de cualquier posible solución al conflicto catalán que gran parte de la Barcelona metropolitana tiene sus demandas: una ley electoral más justa, mejor aceptación de las identidades cruzadas, un espacio público más bilingüe o la garantía de que no corre peligro la conexión de Cataluña con el mundo globalizado. 

Tabarnia es, en fin, el molesto recordatorio de que quien hoy vota a los partidos constitucionalistas no tiene por qué ser, ni mucho menos, defensor del status quo sino un nuevo protagonista en el escenario de esta larga función. También quiere profundos cambios en Cataluña pero no precisamente los que había previsto el soberanismo."                (Ignacio Molina, Profesor de Ciencia Política de la Autónoma madrileña, Agenda Pública, 28/12/17)

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