8/3/17

La amalgama independentista ha ido diseñando un escenario de futuro que sólo podría ser gobernado por independentistas

"(...) El independentismo se fue expandiendo como un fenómeno natural, mitad por desagravio y mitad por cambio generacional. Tanto que entre los entusiastas se instaló la percepción de que se trataba de un proceso que siempre iría a más, punto por punto en los sondeos, hasta volverse un clamor unánime. 

Sin embargo, no ha sido así. Quizá no tanto porque la pertenencia a España resultase especialmente seductora como porque el advenimiento de la república catalana suscitara muchas dudas y demasiados temores en cuanto al devenir de los acontecimientos.

La amalgama independentista ha ido diseñando un escenario de futuro que sólo podría ser gobernado por independentistas. Tiene su lógica. La secesión acaba reduciendo el pluralismo ideológico a aquellas opciones que son partidarias del Estado propio. Las demás quedan relegadas para siempre mucho antes de que se haga realidad la independencia. 

Han sido excluidas fácticamente del foro soberanista, y ello a pesar de que los servicios jurídicos de la Cámara autonómica hayan advertido de que la institución no es privativa de las fuerzas conjuradas para convocar el referéndum pase lo que pase.

El independentismo ha creído en todo este tiempo que exclusivizar la repre­sentación del país por mayoría parlamentaria le hacía más fuerte, sin percatarse de que con ello delataba su debilidad. El independentismo ha creído que mientras encar­nase una salida unívoca a la crisis de representación y de legitimidad que atraviesan las instituciones de la Generalitat de Catalunya –como las de cualquier otra comunidad o país hoy– contaba con la ventaja propia de quien lleva la iniciativa para dejar atrás a sus contrincantes.

 Pero al dibujar el futuro a su medida, asegurándose en el fondo de que en ningún caso pu­diera ser pilotado por no independentistas, ha desdeñado hasta tal punto la pluralidad social que ha acabado resintiéndose su propio pluralismo interno. (...)

El independentismo se debilita cada vez que da a entender que las demás opciones no cuentan para nada, y lo hace aflorando sus propias contradicciones internas. Lo que desata no es sólo la rebelión de los excluidos o de los desamparados. Suscita dudas y temores sobre su capacidad para conducir el barco a buen puerto, provocando desafecciones entre los afectos.

 El independentismo resulta excesivo en el mar de las incertidumbres, y por eso continúa a la deriva con ademán de tenerlo todo claro. Tanto que no puede estar nada seguro de que sus cálculos tacticistas le conduzcan a mejorar posiciones, aunque sea a bulto, en el tablero parlamentario."                  (Kepa Aulestia, La Vanguardia, 07/03/17)