"(...) Tratarían de convencer a la ciudadanía catalana, afirman ustedes
en su artículo, de que “su enemigo histórico es desde hace siglos el
Estado español… como si hubiera un plan geoestratégico multisecular
diseñado para dominar a la nación catalana.”
¿Acaso no lo es? ¿No existe
tal plan de dominio? Aquí se habla en ocasiones, en frecuentes
ocasiones últimamente, y no sólo entre historiadores nacionalistas
conservadores, del intento de dominio y opresión del Imperio español o
castellano sobre Cataluña.
Comentaba antes que en lo que
denominamos “relaciones España-Cataluña” hay un factor de conflicto que
no se puede obviar. Lo que pretendemos subrayar es bien sencillo: hay
conflictos de una parte de la sociedad catalana con el Estado español,
por supuesto, y existen momentos de graves desencuentros.
Bastaría con
recordar que Espartero, por ejemplo, bombardeó Barcelona en 1842. Sin
entrar ahora en las causas, importa subrayar que Espartero no era un
general más, era nada menos que el Jefe del Estado, el Regente, por
minoría de edad de la reina y se desplazó a Barcelona con el presidente
del gobierno. Este método de resolver un conflicto social y económico ha
dejado huella, sin duda, en la memoria de los respectivos
nacionalismos, del catalán y del español.
Ahora bien, en ese devenir de
las “relaciones España-Cataluña” también hay muchos y amplios períodos
de una sólida coincidencia y de una indudable estabilidad, bien porque
no había causas o intereses para la fricción, bien porque se planteaban
negociaciones tan fructíferas como aceptadas, en general. Todo esto,
pensando que nunca la sociedad es un bloque compacto y homogéneo como si
fuera una bola de billar sin fisuras.
Al contrario, las sociedades
están estructuradas en clases sociales. No es momento para debatir
cuántas ni si hay antagonismos de mayor o menos intensidad, pero hablar
de sociedad española o de sociedad catalana es un modo de falsear
simplificando la complejidad de intereses, de expectativas y de
ideologías que se albergan en esa sociedad y transformarlas en bolas de
billar que chocan entre sí de modo constante y permanente.
Y eso sí que
no se corresponde con ninguna evidencia documental, que debe ser el
primer anclaje de todo historiador. Al contrario, abundan los pactos
tácitos o explícitos entre las clases dominantes de Cataluña y las del
resto de España, no me remontaré a la Edad Media, pero se podría hacer…
hasta el presente. Podemos subrayar los momentos de conflictos para
concluir que es una historia de acoso o también podemos sumar los pactos
y llegar a concluir que éstos no se pueden borrar de la historia.
En
todo caso, para no ser más prolijo, lo que pretendemos plantear es que
tanto los conflictos como los pactos no han sido entre sociedades
homogéneas y cerradas sino entre sectores e intereses de las clases
sociales que respectivamente las integran, por supuesto cambiantes en
cada momento histórico; no tiene nada que ver el conflicto citado de
1842 cuando el bombardeo de Espartero con la entrada de las tropas de
Franco en 1939 a las que le abrieron las puertas precisamente sectores
sociales catalanes de muy notable rango.
Quiero decir, en 1939 no hubo
un conflicto entre la sociedad catalana y la española, eso sí que es
falsear totalmente la realidad de la guerra civil y de la lucha de
clases que hubo en esos años en todo el territorio español.
Convertida
en un baúl repleto de agravios, afirman ustedes, la historia se
convierte así en un fácil recurso para crear identidades antagónicas y
para alimentar discursos demagógicos que tanto hacen peligrar la
convivencia ciudadana. ¿No es así normalmente? ¿La historia como
disciplina, usada políticamente, no suele jugar ese papel cultural?
Es cierto que esto es en gran medida consustancial con el carácter de
ciencia social de la historia. Algo he comentado al principio.
Conviene
insistir en este último ejemplo que acabo de comentar, si alguien piensa
que entre 1936 y 1939 hubo un conflicto entre la sociedad catalana y
España no es sólo falsear la realidad sino mixtificar de modo trágico la
sangre que derramaron tantos ciudadanos de Cataluña, de Andalucía o de
cualquier rincón de España para construir una sociedad basada en la
justicia y en la solidaridad social. Por eso, que el pasado sea
referente para el presente es lógico e inevitable.
Toca, sin embargo, al
historiador discernir dónde empieza el falseamiento y la simplificación
para construir un discurso que ya no es histórico sino demagógico.
Demagógico porque no usa el razonamiento documentado sino el recorte de
la realidad que no se ajusta a una meta política y además mezcla datos
con prejuicios para provocar miedos o esperanzas y ocultar intereses de
unos sectores sociales que dicen hablar en nombre de una unanimidad
social que no existe nunca en ningún momento.(...)" (Entrevista al historiador Juan Sisinio Pérez Garzón, Salvador López Arnal, El Viejo Topo, en Rebelión, 09/12/2013)
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