2/1/14

A las tropas de Franco le abrieron las puertas de Barcelona precisamente sectores sociales catalanes de muy notable rango.

"(...) Tratarían de convencer a la ciudadanía catalana, afirman ustedes en su artículo, de que “su enemigo histórico es desde hace siglos el Estado español… como si hubiera un plan geoestratégico multisecular diseñado para dominar a la nación catalana.”

  ¿Acaso no lo es? ¿No existe tal plan de dominio? Aquí se habla en ocasiones, en frecuentes ocasiones últimamente, y no sólo entre historiadores nacionalistas conservadores, del intento de dominio y opresión del Imperio español o castellano sobre Cataluña.

Comentaba antes que en lo que denominamos “relaciones España-Cataluña” hay un factor de conflicto que no se puede obviar. Lo que pretendemos subrayar es bien sencillo: hay conflictos de una parte de la sociedad catalana con el Estado español, por supuesto, y existen momentos de graves desencuentros.

 Bastaría con recordar que Espartero, por ejemplo, bombardeó Barcelona en 1842. Sin entrar ahora en las causas, importa subrayar que Espartero no era un general más, era nada menos que el Jefe del Estado, el Regente, por minoría de edad de la reina y se desplazó a Barcelona con el presidente del gobierno. Este método de resolver un conflicto social y económico ha dejado huella, sin duda, en la memoria de los respectivos nacionalismos, del catalán y del español. 

Ahora bien, en ese devenir de las “relaciones España-Cataluña” también hay muchos y amplios períodos de una sólida coincidencia y de una indudable estabilidad, bien porque no había causas o intereses para la fricción, bien porque se planteaban negociaciones tan fructíferas como aceptadas, en general. Todo esto, pensando que nunca la sociedad es un bloque compacto y homogéneo como si fuera una bola de billar sin fisuras.

 Al contrario, las sociedades están estructuradas en clases sociales. No es momento para debatir cuántas ni si hay antagonismos de mayor o menos intensidad, pero hablar de sociedad española o de sociedad catalana es un modo de falsear simplificando la complejidad de intereses, de expectativas y de ideologías que se albergan en esa sociedad y transformarlas en bolas de billar que chocan entre sí de modo constante y permanente. 

Y eso sí que no se corresponde con ninguna evidencia documental, que debe ser el primer anclaje de todo historiador. Al contrario, abundan los pactos tácitos o explícitos entre las clases dominantes de Cataluña y las del resto de España, no me remontaré a la Edad Media, pero se podría hacer… hasta el presente. Podemos subrayar los momentos de conflictos para concluir que es una historia de acoso o también podemos sumar los pactos y llegar a concluir que éstos no se pueden borrar de la historia. 

En todo caso, para no ser más prolijo, lo que pretendemos plantear es que tanto los conflictos como los pactos no han sido entre sociedades homogéneas y cerradas sino entre sectores e intereses de las clases sociales que respectivamente las integran, por supuesto cambiantes en cada momento histórico; no tiene nada que ver el conflicto citado de 1842 cuando el bombardeo de Espartero con la entrada de las tropas de Franco en 1939 a las que le abrieron las puertas precisamente sectores sociales catalanes de muy notable rango.

 Quiero decir, en 1939 no hubo un conflicto entre la sociedad catalana y la española, eso sí que es falsear totalmente la realidad de la guerra civil y de la lucha de clases que hubo en esos años en todo el territorio español. 

Convertida en un baúl repleto de agravios, afirman ustedes, la historia se convierte así en un fácil recurso para crear identidades antagónicas y para alimentar discursos demagógicos que tanto hacen peligrar la convivencia ciudadana. ¿No es así normalmente? ¿La historia como disciplina, usada políticamente, no suele jugar ese papel cultural?

Es cierto que esto es en gran medida consustancial con el carácter de ciencia social de la historia. Algo he comentado al principio.

 Conviene insistir en este último ejemplo que acabo de comentar, si alguien piensa que entre 1936 y 1939 hubo un conflicto entre la sociedad catalana y España no es sólo falsear la realidad sino mixtificar de modo trágico la sangre que derramaron tantos ciudadanos de Cataluña, de Andalucía o de cualquier rincón de España para construir una sociedad basada en la justicia y en la solidaridad social. Por eso, que el pasado sea referente para el presente es lógico e inevitable.

 Toca, sin embargo, al historiador discernir dónde empieza el falseamiento y la simplificación para construir un discurso que ya no es histórico sino demagógico. 

Demagógico porque no usa el razonamiento documentado sino el recorte de la realidad que no se ajusta a una meta política y además mezcla datos con prejuicios para provocar miedos o esperanzas y ocultar intereses de unos sectores sociales que dicen hablar en nombre de una unanimidad social que no existe nunca en ningún momento.(...)"           (Entrevista al historiador Juan Sisinio Pérez Garzón, Salvador López Arnal, El Viejo Topo, en Rebelión, 09/12/2013)

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