"(...) En esa nueva coyuntura, con programas económicos que no se conocían desde la II Guerra Mundial, un señor llamado Joaquim Torra i Pla envía cartas al Consejo Europeo y ofrece entrevistas a la BBC
para señalar que España no está gestionando bien la crisis, y que no
permite que Cataluña, que sí sabría hacerlo, ponga en práctica un plan
maravilloso: la confinación que, de hecho, es lo que ha establecido el
Gobierno español para todos los ciudadanos españoles.
Es una anécdota, porque el problema de fondo es otro: la obsesión en aparecer como ‘el otro’, como ‘el diferente’, como ‘el mejor’, como el “pueblo que podría triunfar”. Es el momento de un punto de inflexión,
para que el movimiento independentista entienda que sus sueños están
instalados en el siglo XIX, cuando se forjaron las naciones.
Es ya absurdo hablar de la nación catalana, o de la española. Lo que cuenta es un Estado que ofrece derechos y servicios a sus ciudadanos (entre ellos los catalanes, y los que se sienten sólo catalanes y quieren la independencia), y que dispone de recursos y de fuerza --también el Ejército, sí, para servir a ese conjunto de ciudadanos-- para intentar resolver crisis tan graves como la actual.
¿Que el mundo vuelve a ser de los Estados? Hay ahora más
colaboración, y se camina, como antes se apuntaba, hacia esa gobernanza
mundial, con tropiezos, pero de forma inexorable, porque los peligros son para todos igual.
Y los catalanes, que han contribuido como nadie a la formación de ese
Estado, en gran parte están orgullosos de cómo se ha modernizado y de
cómo forma parte del concierto internacional.
Las tonterías, los juegos para declaraciones unilaterales, para lograr el poder y mantener una especie de chantaje permanente, las quejas eternas, las señas de diferenciación permanentes, todo eso se ha acabado.
Y ese cambio se acelera cuando al frente de la Generalitat figura un hombre como Joaquim Torra i Pla,
incapaz, en un momento tan grave, de ponerse detrás del Gobierno del
Estado. Porque se debe recordar que la Generalitat es Estado, que cuando
los catalanes votan en las elecciones generales lo hacen para obtener
representantes en sus circunscripciones de la soberanía española. A
veces se olvida y se habla de diputados de Cataluña, de un país que
envía a sus embajadores a España. Se olvida porque hay un relato que refuerza la idea contraria desde 1980.
Las tonterías se han acabado, y lo mejor sería aceptarlo y buscar complicidades entre todos: los conciudadanos de toda España,
porque ahora lo que se intenta salvar es todo un país, no una parte
confinada para marcar que no tiene nada que ver con España.
Hay una prueba adicional, que explica muchas cosas. La reacción más severa contra el presidente Torra la ha protagonizado la ministra de Defensa, Margarita Robles. Lo dice con especial vehemencia, al señalar que Torra no está a la altura de las circunstancias, y que ella puede hablar con propiedad, porque conoce Cataluña.
En ese momento se escuchan algunas sonrisas por parte del
independentismo, que ve a Robles como un estandarte del patriotismo
español más trasnochado. Pero olvidan algo. La magistrada Robles fue una de los ocho miembros del pleno de la Audiencia de Barcelona que se pronunció a favor del procesamiento de Jordi Pujol por el caso Banca Catalana. Otros 33 magistrados votaron en contra y Pujol salió indemne y, además, lo vendió como un ataque a Cataluña.
¿De verdad el independentismo no es consciente de cómo se ha llegado hasta aquí? ¿No es ya un proyecto inmoral?
Robles sabe de lo que habla y por eso a la que tiene oportunidad carga frontalmente contra los dirigentes independentistas. Pero es que Torra se lo pone muy fácil." (Manel Manchón, Crónica Global, 21/03/20)
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