"El canadiense Stéphane Dion
(Quebec, 1955) es una autoridad en procesos de secesión. Ministro en
varias ocasiones, impulsor de la Ley de Claridad —aprobada por el
parlamento de Canadá en el 2000 tras el referéndum de Quebec de 1995— es
embajador en Berlín y representante de Canadá ante la UE. (...)
Ahora ya puede responder a la pregunta de si Quebec y Escocia sirven
de modelo: "Mi respuesta es que son dos excepciones. El artículo 2 de la
Constitución [el que determina la "indisoluble unidad de la Nación
española"] no es nada excepcional; lo excepcional son los casos de
Canadá y Reino Unido".
Y aprovecha para reiterar una de sus tesis básicas: "Las democracias
se sostienen en los derechos de ciudadanía. Los ciudadanos tienen
derecho a serlo. Puede haber leyes que, en circunstancias extremas, les
priven de ellos, por ejemplo, a quienes han cometido delitos.
Pero, para la inmensa mayoría, ser ciudadano es un derecho transmisible a
sus hijos. Esa es la interpretación democrática del artículo 2. Y es la
razón por la que tantos países son democráticos e indivisibles,
incluidas las nuevas democracias, que, tras años bajo el imperio
comunista, lo primero que incluyeron en sus constituciones fue que un
país era indivisible.
La única circunstancia en la que se considera que
el derecho de autodeterminación y el de secesión son equivalentes es una
situación colonial, o una violación extrema de los derechos humanos.
Cuando el Estado no reconoce los derechos del ciudadano, este tiene
derecho a no reconocer al Estado. Pero si el ciudadano tiene sus
derechos, nadie les puede privar de ellos". No se trata de una secesión,
dice, "sino de no privar a ningún ciudadano de su derecho a seguir
siéndolo".
Y en este punto, el quebequés que se empleó a fondo después del
ajustadísimo resultado del referéndum de 1995 —50,58% no, 49,42% sí— en
impulsar la ley que fija las condiciones en las que se puede dar la
secesión de una provincia canadiense dice: "Si en la Constitución de
Canadá hubiera habido algo como el artículo 2 de la española, hubiéramos
alegado que había que respetar la Constitución. Y si se quiere cambiar
la Constitución, hay todo un proceso para hacerlo".
¿Mejoró la democracia canadiense tras el proceso de negociación de la Ley de Claridad? "El resultado ha sido bueno para la democracia, pero el debate fue difícil.
Algunos dijeron que la autodeterminación era un derecho fundamental y
que oponerse era antidemocrático. Hay secesionistas en Quebec que siguen
diciéndolo. Pero no es lo que dijeron los tribunales ni la Ley de
Claridad”. Lo que dicen es "que si hay una mayoría clara a favor de la
secesión se abrirán negociaciones y, si el resultado es la separación,
Canadá anunciará al mundo que, en lugar de ser un país, pasa a ser dos”.
¿Qué probabilidad hay de que ocurra? "Creo que muy baja. No diré que
sea imposible, que el separatismo ha muerto, pero hay muy pocas
probabilidades. Al aclarar el proceso se ha demostrado que la secesión
tendría consecuencias. Los separatistas dijeron a los quebequeses que
podían tener lo mejor de los dos mundos: un Quebec independiente pero
también un nuevo acuerdo con Canadá; que compartirían ciertas
instituciones, el parlamento, el gobierno, la moneda… De modo que podían
votar sí sin miedo a perder todo eso.
Y se vio que, en 1980 y en 1995,
entre la tercera y la quinta parte de los que votaron sí pensaban que
iban a seguir estando dentro de Canadá. Ha sido difícil pero el
resultado es positivo. Estoy convencido de que si en 1995 hubiera habido
más síes que noes, no habría habido una mera independencia, sino una
pesadilla, y el caos en Montreal. En todo el país, pero especialmente en
Montreal".
¿El federalismo es un modelo útil para encauzar movimientos de separación?
"Puede ser un remedio en algunos países. Pero frente a los separatismos
nacionalistas hay poco que hacer. No sirve de nada ofrecerles 10,
porque entonces quieren 20, y después, 50, y después, 100. Lo que
quieren es su propia bandera, su propio asiento en Naciones Unidas. No
es que no tengan suficientes poderes o universidades, es una cuestión de
identidad".
El pulso en Cataluña emerge constantemente en la conversación:
"Cualquier democracia que fuera incapaz de evitar una ruptura de esta
magnitud del orden constitucional —por la que millones de ciudadanos se
verían privados de su derecho a ser ciudadanos de ese país— estaría
enviando un pésimo mensaje al mundo.
La democracia y el principio de
legalidad son inseparables. Que en una democracia un gobierno se aparte
de la ley de leyes, la Constitución, e imponga a sus ciudadanos la
obediencia fuera de la ley… Imagine lo que eso significaría para el
vínculo entre democracia y legalidad".
Y vuelve a la Ley de Claridad:
"Nunca planteamos la cuestión como un enfrentamiento entre Canadá y
Quebec. Dijimos que todos éramos canadienses y que no podíamos privar a
un cuarto de la población de Canadá de su derecho a seguir siendo
canadiense. Los quebequeses somos tan canadienses como los de Ontario y
los de Manitoba. Todos tenemos el mismo derecho a serlo y protegeremos
siempre ese derecho".
Dion habla con pasión, pero con la que un canadiense puede poner en
el debate político (o sea, con serenidad): "Los secesionistas en Quebec
lo veían como un problema entre dos entidades monolíticas: el Canadá
angloparlante y el francófono. Pero yo siempre dije que lo importante
eran ocho millones de personas divididas por algo que solo podían
resolver acudiendo a la ley.
Hoy la gente en Quebec sabe lo que se
juega, sabe que no es momento para otro referéndum, porque eso no es más
que el primer paso, que lo que vendría después sería largo y complejo.
¡Una negociación más complicada que la del Brexit!". (Entrevista a Stéphane Dion , El País, 22/07/17)
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