"(...) Muchos jóvenes de barrio, por tanto, han crecido escuchando como sus
padres o abuelos lucharon por los derechos democráticos y nacionales de
Catalunya en el PSUC o en la Asamblea de Catalunya, pero después de
casi tres décadas de hegemonía del catalanismo conservador, la mayoría
de ellos son indiferentes e incluso hostiles hacia el movimiento
nacionalista.
Lo que pasó en este tiempo es que nuestro particular bipartidismo
–CiU en autonómicas, PSC en estatales– promovió una cierta imagen de la
cultura catalana a través de los medios de comunicación y la maquinaria
institucional y a golpe de talonario. Nuestra versión de la Cultura de la Transición
definió lo catalán dejando fuera a muchos que no se sentirán
representados en ella o que simplemente no serán llamados a elaborarla.
En ese tiempo, buena parte de las periferias, con un movimiento obrero
en descomposición, se adhirieron al proyecto catalanista light del PSC,
legitimado por unas mejoras urbanas que los barrios vivieron como
conquistas propias.
Pero la construcción de escaleras mecánicas y
parques se queda en poquita cosa frente a una segregación con profundas
raíces socio-económicas. No es extraño así que en muchas de estas zonas
haya anidado también una desconexión “emocional” respecto a la
construcción nacional del país.
Las nuevas generaciones
demuestran el fracaso del catalanismo de izquierdas con una parte muy
significativa de la clase obrera que no se siente parte de la “sociedad civil catalana”.
Gentes que no encajan en la imagen idílica de una Catalunya inventada
de la que los nacidos en Murcia o Huesca están excluidos, material y
simbólicamente y que se confrontan cotidianamente con un clasismo basado
en la lengua, la cultura y el lugar de nacimiento –la desigualdad educativa
tendrá un papel destacado en esto–.
Lo de “un sol poble” no es más que
un relato que no se puede cuestionar pero apenas sirve para atrapar algo
nuestra realidad.
Las bases de Podemos
Cuando
surgió Podemos hace ya un año y medio generó en barrios populares una
ilusión que no se había visto desde la Transición, y lo que es más
importante, también capacidad de movilización.
Cientos de círculos
surgieron en muchos rincones de la periferia metropolitana de Barcelona,
pero también en el Baix Llobregat, en Tarragona, en las afueras de
Badalona, en el Vallés, muchas veces, en los barrios más castigados.
La
gran oportunidad que representaba Podemos era la de contribuir a
organizar a un segmento social que casi nunca había militado con
anterioridad –con algunas excepciones como en la PAH o en algunas zonas
como Nou Barris donde participan en luchas barriales–.
Un estrato
sociológico que no puede suscribir el independentismo porque
históricamente no se identifica con la cultura oficial que sostiene a a
las clases medias y de la que se sienten excluidos.
Pero este
espacio político de Podemos nunca se llegó a probar. Ese que era no
catalanista, de defensa de los derechos sociales y la democracia radical
–que incluye referéndum– pero también un claro no a la independencia. O
al menos con el reconocimiento explícito de que la independencia no es
la prioridad, sino que lo es la mejora de las condiciones de vida.
Las
confluencias cerraron la puerta a la posibilidad de explorar este hueco,
la izquierda catalana tiene demasiadas piedras en la mochila –entre
ellas su propia pertenencia a la clase media catalanista– para atreverse
a llenar ese espacio que existe y que está ocupando en gran medida
Ciudadanos.
En Comú Podem recoge ahora el testigo. Barcelona en
Comú ha sido probablemente la única propuesta de izquierdas que en los
últimos años ha consiguido salirse del tablero soberanista y situar
delante otras prioridades.
¿Será capaz de evitar ahora la tentación
“catalanizadora” hacia esas clases populares que quieren igualdad y
derechos y no “integración cultural”? ¿Podrá conservar las bases de
Podemos al tiempo que se lanza a por el electorado de clase media?
Está
por ver si sabrán valorar y acompañar la enorme oportunidad que
representa poder contribuir a organizar a ese segmento social, porque de
ello no sólo dependen los resultados electorales, sino la capacidad de
incidencia de este nuevo proyecto político. (...)
Si fallamos, el cinturón choni volverá a quedar huérfano de proyecto político propio, y acabará en las manos de Ciudadanos.(...)" (Nuria Alabao , Público.es, en Rebelión, 17/12/15, Publicado en catalán en Sentit Crític)
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