12/8/20

Xavier Rius: había dudas entre los más reputados expertos -incluso psiquiátricos- de si el proceso era un suflé, una burbuja o sencillamente una penitencia. Con el paso del tiempo se han despejado las dudas. Catalunya se ha convertido en un gran parvulario. A tenor, al menos, del comportamiento de su clase gobernante

"Hasta ahora había dudas entre los más reputados expertos -incluso psiquiátricos- de si el proceso era un suflé, una burbuja o sencillamente una penitencia. Con el paso del tiempo se han despejado las dudas. Catalunya se ha convertido en un gran parvulario. A tenor, al menos, del comportamiento de su clase gobernante.

Torra ya no fue a la conferencia de presidentes el pasado 31 de julio. La misma que tenía que distribuir los fondos covid La justificación oficial, según declaró él mismo, es que “mi deber como presidente es defendar los intereses de los catalanes” ¿Quedándose en casa? No fue porque tenía que saludar al Rey sin poder montar ningún numerito. Y porque se ha convertido, por méritos propios, en el patito feo de la política. Cómo aquellos niños que se quedan en un rincón sin que nadie los salude porque son unos plastas.

Torra debía tener tantos remordimientos de conciencia que aprovechó la marcha del rey emérito para decir que todo ello había sido un “fraude colosal”. Pero su obligación, como presidente la Generalitat, era ir. El pleno del Parlament del viernes pasado acrecienta la sensación de que todo es una conducta adolescente, casi infantil. Una sesión en pleno mes de agosto no para tratar del covid o el reto económico que se nos viene encima sino para despotricar contra la monarquía. Como si el Parlament tuviera competencias para debatir sobre la forma de estado. Lo dicho: otra chiquillada infantil. La prueba es que los letrados ni siquiera han publicado íntegra las resoluciones aprobadas.

Lo que indica no sólo la degradación de la cámara legislativa -se aprueban cosas que no se publican y no es la primera vez- sino que nadie se toma ya en serio a Torra. Está amortizado.  Por eso, el proceso -ante la falta de resultados- ha entrado en la fase preadolescente: la sucesión de chiquilladas. Se trata de lloriquear continuamente, berrear en público o quejarse todo el rato. Y cuando la maestra les riñe reaccionan como aquellos niños pillados in fraganti: “señorita, qué he hecho?. O todavía peor: “yo no he sido”.

Antes los catalanes teníamos fama de serios. No pueden imaginarse el daño que ha hecho el proceso no sólo a nuestra imagen. Incluso internacionalmente.

La prueba es que a Puigdemont, en su último viaje oficial a Bruselas todavía como presidente, no lo recibió ni el conserje. El único fue el alcalde de Gante con ocasión de una feria floral y porque era un nacionalista flamenco. Mientras que Torra estuvo en febrero de este año en Lisboa para reabrir la embajada catalana y no había ni las autoridades locales. Eso sí, en TV3 dijeron que había servido “para mantener contactos con políticos e intelectuales del país".

Como decía Tarradellas: en política se puede hacer todo excepto el ridículo. Hace años que hemos batido todos los récords. El daño será inmenso."             (Xavier Rius, director de e-notícies, 10/08/20)

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