"(...) Habrá, pues, forcejeo sobre el contenido y la orientación de unos eventuales pactos. Y aunque Joan Coscubiela arguye tres excelentes razones para sacarlos adelante, nada garantiza de antemano su éxito, ni el alcance de los acuerdos. (...)
Porque, si la derecha española arrastra los pies, la actitud más renuente – aparte de Vox,
por supuesto, que sueña con izar la bandera de un orden autoritario en
medio del caos social – la encontramos en el nacionalismo catalán. (El
nacionalismo vasco es siempre más jesuítico en la persecución
de sus intereses particulares). Desde luego, no es por casualidad.
Ni
tampoco a causa de esa enfermiza obsesión de Torra y Puigdemont que les lleva a oponerse a cuanto proceda de Madrid. El nacionalismo, tanto en su versión más rancia como en su vertiente “menestral” y “republicana”, intuye algo potencialmente peligroso para sus intereses en unos pactos de Estado y en la dinámica que podrían generar.
Su olfato político no les engaña. El peligro que barruntan es que, surgiendo de las exigencias planteadas por esta crisis, un nuevo curso federal acabe arrastrando a las autonomías.
Efectivamente, tal como recuerdan JxCat y ERC, la situación actual es
muy distinta a la de 1977. Por aquel entonces, aún no había
Constitución, ni se había esbozado siquiera el actual Estado de las
Autonomías.
Es indiscutible, pues, que unos nuevos “Pactos de la Moncloa”
o como se quiera bautizarlos, deberán tener en cuenta esa realidad –
del mismo modo que habrán de incorporar el papel decisivo de los
ayuntamientos en la puesta en marcha de cualquier plan. Pero eso
será necesariamente en el marco de una cooperación reforzada y leal
entre las distintas administraciones, combinando el gobierno de
proximidad con los esfuerzos mancomunados de reconstrucción.
Esa es
la exigencia que está planteando el control de la epidemia. Y ese será
el desafío ante la devastación que nos dejará. A modo preventivo, el
gobierno de la Generalitat no ha parado de poner el grito en el cielo,
alertando de una constante invasión de competencias. La actuación de
Madrid no habría sido sino una sucesión de agravios nacionales: desde la
utilización del ejército hasta el envío de 1.714.000 mascarillas…
después de un prolongado secuestro de material sanitario y de “haber empujado el virus hacia Catalunya”.
El relato, cargado de odio, se vuelve tanto más histriónico cuanto que
se trata de contrarrestar una lógica de colaboración institucional
acorde con la realidad objetiva. Incluso el “conciliador” Oriol Junqueras ha saltado a la palestra para denunciar que el Estado es “lento, centralista, nacionalista, militarista, oligopólico e ineficiente”, mientras que Sánchez pretendería realizar “un nuevo remiendo para salvar al régimen, como ya se hizo en 1977”.
(Afirmaciones que llaman la atención en medio del desastre de las
residencias de ancianos, un sector moldeado por las redes clientelares
convergentes… ahora bajo la tutela administrativa de ERC. Pero ya se
sabe que “los muertos son culpa de España”). Así, pues, contra toda evidencia y sin ruborizarse, Junqueras proclama que, con una República Catalana, esto no pasaría.
Pero, ni esa República Catalana está a la orden del día, ni las
competencias autonómicas han sido mermadas. De lo que están hablando los
partidos independentistas es en realidad de poder: concretamente, del poder autonómico
que tienen, que se disputan entre ellos y que en ningún caso quieren
perder. Un presupuesto que ronda los 30.000 millones de euros da para
mucho. Sin manejar los resortes de la Generalitat, sería
imposible mantener la influencia social alcanzada.
No hay que perder de
vista que las propias insuficiencias de la estructura autonómica – un
Senado ineficiente como cámara de representación territorial, poca
operatividad de los marcos de concertación entre las administraciones,
infrafinanciación y centrifugado perverso del déficit del Estado hacia
las comunidades… – han propiciado una vida compartimentada de las
mismas. Y, lo que es peor, un recurso sistemático de sus gobiernos a la
denuncia del agravio comparativo por encima de la crítica social.
Todo
ello ha favorecido el crecimiento de los nacionalismos. La situación de “confederalidad”
que vive Euskadi, con su peculiar régimen foral y su ventajoso
concierto económico, ha configurado un terreno de juego que el PNV ha
aprovechado para mantener su preeminencia sobre la sociedad vasca.
Pero,
incluso en Catalunya, a pesar de todos los lamentos acerca de los
límites del régimen estatutario, fuerza es reconocer que ha permitido la
consolidación, a lo largo de varias décadas, de una cultura y un amplio
sentimiento nacional – que la derecha ha sabido inflamar en un momento
dado con el “procés”.
El futuro territorial de España va a estar en disputa. Y algunos
empiezan ya a velar armas. La verborrea involucionista de la derecha
española no puede sino confortar al nacionalismo catalán en su
victimismo.
Por el contrario, la posibilidad de que, por la fuerza de
las cosas, por razones de eficiencia, por la misma necesidad de
coordinar esfuerzos o de impulsar proyectos de ámbito estatal y europeo –
y más allá de que la palabra aparezca formalmente o no en unos acuerdos
de reconstrucción – un sentido común federal, una cultura de concertación y fraternidad
se abran paso entre la ciudadanía, no puede por menos que inquietar a
los partidos que necesitan mantener una permanente confrontación
emocional con España.
Tanto la derecha como la pequeña burguesía
nacionalista saben que esa es la condición de su hegemonía territorial. Si se agrietase, las izquierdas podrían postularse por fin al liderazgo de las sociedades de las nacionalidades históricas. Si en 1977 Jordi Pujol fue uno de los principales valedores de los Pactos de la Moncloa,
hoy sólo cabe esperar por parte del nacionalismo catalán una de las
resistencias más tenaces a cualquier acuerdo similar.
En una atmósfera
de tensión, los partidos secesionistas esperan mantenerse cuando menos
al frente de las instituciones catalanas. En una situación de debilidad
del Estado, los más osados fantasean con que se presente la oportunidad
de volver a intentar una aventura. La izquierda se juega mucho con la propuesta que trata de perfilar estos días Pedro Sánchez." (Lluís Rabell, blog, 15/04/20)
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