"A pesar del tono solemne que algunos de sus protagonistas han intentado imprimirle, el procés se va conformando -con permiso del Brexit- como la gran tragicomedia política europea de los últimos años.
(...) la resaca post-electoral y los días de fiesta habrían traído un momento
de relajación propicio para recuperar el lado medio cómico que ya ha
caracterizado la función en otros episodios.
En ese contexto distendido podría interpretarse la ocurrencia de Tabarnia: una nueva iniciativa de secesión que, reproduciendo los argumentos del adversario, pretende desgajar de la Cataluña más nacionalista y rural al litoral urbano, próspero y mayoritariamente constitucionalista que va de Tarragona a Barcelona ¿Pero se trata solo de un efímero divertimento navideño o es una nueva derivada del conflicto con recorrido por delante? (...)
En ese contexto distendido podría interpretarse la ocurrencia de Tabarnia: una nueva iniciativa de secesión que, reproduciendo los argumentos del adversario, pretende desgajar de la Cataluña más nacionalista y rural al litoral urbano, próspero y mayoritariamente constitucionalista que va de Tarragona a Barcelona ¿Pero se trata solo de un efímero divertimento navideño o es una nueva derivada del conflicto con recorrido por delante? (...)
Pero, más allá de la burla, lo cierto es
que la teoría y práctica del secesionismo también muestra que no debe
despreciarse la poderosa (y, en su caso, inquietante) idea de las
particiones internas como fórmula de respuesta defensiva a la posible
separación de un territorio en donde conviven importantes bolsas de
partidarios y detractores de la ruptura.
Para esas situaciones, Hans Morgenthau
formuló hace mucho tiempo la paradoja A-B-C del nacionalismo según la
cual una comunidad “B” que invoque la autodeterminación con respecto a
otra “A” (a la que pertenece), no dudará en negársela luego a la “C”
(que está en su seno y querría a su vez emanciparse o seguir en “A”).
La
aplicación de esa paradoja a los Balcanes llevó al célebre analista a
concluir que en determinados contextos plurales podría no haber ningún
límite basado en la razón o la voluntad popular que pueda evitar una
lógica infinita de liberación nacional, de modo que ésta solo se
interrumpirá a partir de factores tan realistas como el poder de los
actores o los intereses exteriores.
En el panorama comparado del
independentismo en democracias occidentales no son pocas las Tabarnias
que pueden mencionarse. La más citada entre nosotros durante los últimos
días remite a Quebec y la alusión indirecta que hace la Ley de la
Claridad canadiense a que una provincia que decida embarcarse en un
proceso de abandono de la federación no tiene su propia integridad
territorial asegurada; sobre todo por lo que respecta a las enormes
extensiones habitadas por poblaciones aborígenes o “first nations” pero
que también podría extenderse al área metropolitana de Montreal donde
los muchos bilingües, anglófonos e inmigrantes tienden a rechazar la
idea de una secesión.
El nacionalismo quebequés siempre ha negado la
posible amputación de aquellas zonas que no le acompañasen en el
hipotético camino hacia la independencia, pero la combinación entre ese
riesgo y la evidencia de que no existe mayoría clara han ido atrasando
sine die la propuesta de un nuevo referéndum. Como se ha dicho antes,
medir las fuerzas propias y ajenas, y hacerlo con realismo, parece un
consejo sabio en el camino a Ítaca.
Otro ejemplo, que recoge de manera aún más
nítida los enormes problemas de la autodeterminación en contextos
identitarios muy plurales, apunta a la partición de Irlanda, incubada
entre 1892 y 1922 y que, como es tristemente sabido, sigue sin estar
bien digerida un siglo después.
Aquí de nuevo se constata que si es la
voluntad democrática la que determina la separación de una parte del
Estado, resulta muy difícil no aceptar que esa misma lógica se aplique
al nuevo Estado. Pero, además, Irlanda ilustra bien que solo desde una
óptica puramente nacionalista se puede predeterminar quién conforma la
comunidad política soberana.
E incluso en el caso de que expresamente se
desee atribuir esa decisión a la ciudadanía (o, al menos, dar una
apariencia de ello) siempre será arbitrario el criterio sobre el que
fundar la expresión de la voluntad. En este caso: ¿debía hacerlo todo el
Reino Unido, la isla en su conjunto, cada una de sus cuatro provincias
históricas, sus 32 condados, o sus cientos de municipios? Acudan de
nuevo a Morgenthau para saber la respuesta.
El tercer caso que merece la pena mencionar
es el de Bruselas; un curioso referente si se considera el protagonismo
reciente de la capital belga en la crisis catalana. Si la división de
Quebec sirve como una amenaza nebulosa que aconseja aplazar un nuevo
proceso soberanista para el que no existen “winning conditions”
realistas y si el Ulster vale como recordatorio de las fracturas y
controversias infinitas que pueden acompañar la independencia cuando la
sociedad está tan dividida (incluso si se tiene éxito parcial en la
empresa de crear un nuevo Estado), Bruselas es una Tabarnia todavía más
turbadora para el nacionalismo catalán.
Al fin y al cabo, Quebec no se
ha independizado pero sigue íntegra mientras que Irlanda se rompió en
dos pero al menos una parte se constituyó en República.
Bruselas, en cambio, era hasta hace pocas
décadas parte integrante de Flandes. La zona más urbana, rica,
progresista, conectada al mundo y bilingüe (aunque con mayoría
francófona) de la región histórica.
Hace ahora cincuenta años, cuando el
nacionalismo flamenco irrumpió con fuerza denunciando el maltrato
económico al que le sometía Bélgica y reclamando el neerlandés como
única lengua o un amplísimo autogobierno que estaría condenado a
adaptarse a las preferencias ideológicas del Flandes tradicional, la
capital pudo desgajarse y constituirse en región aparte.
Ni siquiera una
inminente secesión, sino el auge de un nacionalismo conservador y
uniforme movilizó a los bruselenses. Hoy, pese a los atascos y los
problemas de la capital, se muestran orgullosos de su identidad propia y
apenas un 15% se considera flamenco.
La ironía es que, como Flandes sí
que sigue considerando a Bruselas como propia (hasta el punto
surrealista de haberla elegido como sede de sus instituciones), la
región-capital constituye el antídoto más eficaz contra la ruptura de
Bélgica.
Y ahí volvemos a Tabarnia. A esa humorada
que hace a la mayoría de los urbanitas catalanes constatar –gustándose
por ello como no lo hacían desde hace tiempo- que viven en un espacio
más cosmopolita, productivo, de izquierdas, europeísta y plural que el
de las comarcas de interior.
Puede que la idea no tenga recorrido
político pero sí sirve para constatar el cansancio de los no
independentistas tras cinco años de procés.
Y, más allá de
evitar nuevas escenas de tractores por la Diagonal o de alcaldes con
varas por el Parlament (que sus promotores sabrán juzgar a partir de
ahora como totalmente contraproducentes), coloca en la agenda de
cualquier posible solución al conflicto catalán que gran parte de la
Barcelona metropolitana tiene sus demandas: una ley electoral más justa,
mejor aceptación de las identidades cruzadas, un espacio público más
bilingüe o la garantía de que no corre peligro la conexión de Cataluña
con el mundo globalizado.
Tabarnia es, en fin, el molesto recordatorio
de que quien hoy vota a los partidos constitucionalistas no tiene por
qué ser, ni mucho menos, defensor del status quo sino un nuevo
protagonista en el escenario de esta larga función. También quiere
profundos cambios en Cataluña pero no precisamente los que había
previsto el soberanismo." (Ignacio Molina, Profesor de Ciencia Política de la Autónoma madrileña, Agenda Pública, 28/12/17)
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