"(...) Arrimadas es un fenómeno. Un compi de La Vanguardia, que viaja empotrado con ella estos días, me explica que en topos como
Figueres --Cat profunda--, donde lo habitual, incluso antes del Procés,
era silbar al candidato pepero o sociata, se le acercaban a darle la
mano. Hace unas horas, en Santaco, cinturón, había miles de personas
escuchándola, peladas de frío y sonriendo con la boca llena de dientes.
¿Qué está pasando?
Posiblemente, lo siguiente: se ha roto un pacto social. Un
pacto que, ojo, no era institucional o político. Quizás se llegó
tácitamente a él antes del 75. Y se cerró en el área
metropolitana. Era un pacto que garantizaba la unidad social, y en el
que se apostaba por el catalán como lengua débil, a la que proteger, y
que se convertía en lengua vehicular.
Quizás ese pacto fue el único
logro de las izquierdas cat en la Transi. Se desecharon las comunidades
lingüísticas, y se estableció una idea de ciudadanía que no era
esencialista, sino cívica. Y efectiva, en tanto en toda esta formulación
no participaron instituciones. El Pujolismo chuleó puntualmente ese
pacto.
Lo tensó, sin llegar nunca a romperlo. Con cierto arte. De hecho,
se cuidó mucho de no tensarlo en demasía. Debajo de su culto a una
Catalunya ideal, había una meditación profunda de esa Catalunya real,
que podía enviar el juguete a paseo. Desde 2012 y, más, desde 2015, se
ha tensado de manera inaudita.
Tras pelarse el Bienestar, en 2011 --la
escuela, la sanidad, los cojines sociales; la única rosca, en fin, que
se comieron las izquierdas en los 70's--, las emisiones de Gobiernos
posteriores han sido eminentemente propagandísticas, y han buscado
satisfacer al votante de Procés antes que al grueso de sociedad. Lo que
tiene mérito.
En una sociedad que apostaba, en un 80%, por un
referéndum, lo que era un hecho rupturista, no sólo no se ha gestionado
esa bicoca, sino que se han creado léxico y marcos de confort y
reafirmación --poco más-- para menos del 50% de la sociedad. A esa
parte, que ocupa menos de la mitad, se la ha llamado poble.
A la mayoría social, que no pasó la ITV para ser poble,
sencillamente se la ha ignorado. No ha participado de la espiral de
propaganda, sino que ha tenido que defenderse --por lo común, sola-- de
ella, mientras miraba la tele. Y cuando en la tele hablan de pueblo todo
el rato, es que es un spot de Fairy muy largo, o es que pasa algo en verdad inquietante.
C's parece que será el partido antiprocés. El que recogerá
el quejido ante ese abandono de gran parte de la sociedad, a la que
sólo se le ha dejado participar del Procés mediante adhesión
inquebrantable, o aceptando que eran unos fascistas al no ir a los
chiquiparks que organizaba la ANC.
El lenguaje propagandístico --no ha
habido otro-- es, en fin, muy de blanco y negro, y permite muy pocas
alineaciones humanas. Es decir, variadas. La pregunta del millón es si
con ese voto, amplios grupos sociales también aceptan el nacionalismo
español reaccionario, intrínseco a la formación.
Si finalmente, eso eso
es así, esa será la gran consecuencia política del Procés, me temo.
Haber roto, sin habilidad, las partes menos importantes y más
anecdóticas de una baraja, y haber posibilitado con ello el nacimiento
de una nueva derecha nacionalista en Cat. Por fin libre, una vez muertas
las reglas. (...)
Van a ganar. En las siguientes elecciones, pueden vencer. El Procés, esa
máquina para conservar la clase política del R'78 en Cat, ha sido un
éxito. La ha conservado. El hecho de que C's suba como la espuma es otro
efecto secundario al que no dieron importancia. " (Guillem Martínez, CTXT, 17/12/17)
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