"El pasado 1 de octubre se celebró un simulacro de
referéndum por la autodeterminación de Cataluña, ante el cual el Estado
respondió con las fuerzas de seguridad.
Las imágenes de unas fuerzas
policiales golpeando a los ciudadanos han dado la vuelta al mundo, y ya
se ha construido el correspondiente relato: el gobierno de Madrid,
heredero de Franco y su centralismo, habría utilizado una violencia
desmedida ante una pacífica población que sólo quería votar.
Si nos
centramos en los medios de la izquierda anticapitalista, sobre todo en
el ámbito anglosajón (Jacobin, SocialistWorker), resulta claro que el
victimismo y la manipulación han logrado una importante victoria allende
las fronteras.
No obstante, en estas breves líneas quisiera aclarar
mi posición crítica con este relato, y más en general, con la actividad
de la izquierda en España, repetida acríticamente por una serie de
intelectuales que parecen haber olvidado la vergüenza, el rigor y la
perspectiva marxista. Brevemente, considero que la izquierda española
debiera oponerse radicalmente a este golpe de Estado de los
secesionistas, y defender la unidad de la nación, es decir, de la clase
trabajadora. (...)
Particularidades de la izquierda española
Pensando en un lector latinoamericano, me permito en
primer lugar exponer algunas particularidades de la izquierda española
que resultan necesarias para entender el problema territorial. La
izquierda española no ha estado al margen del proceso de degeneración de
la izquierda a nivel mundial en las últimas décadas, a partir de las
derrotas del movimiento obrero, la desaparición del campo socialista, y
la adopción de los valores propios de las fuerzas de la derecha. (...)
El manual del buen izquierdista señala que España es
sinónimo de imperialismo, inquisición, atraso, y se recomienda utilizar
en su lugar el término “Estado español”. Para esta izquierda, España no
es una nación, sino un estado plurinacional, o si acaso una nación de
naciones.
Éstas ─las naciones─ existen no por fenómenos materiales, sino
que sustentan su existencia en el sentimiento que tengan sus
ciudadanos, y además tanto lo catalán, lo vasco, gallego (podemos
continuar la enumeración), es absolutamente progresista, aunque ello
obligue a desconocer las raíces históricas neofeudales profundamente
reaccionarias.
En verdad, supone una vuelta al romanticismo decimonónico
esta sustitución de elementos objetivos como la clase social y la
nación por la subjetividad e indefinición de los sentimientos y los
pueblos. Idealistamente, se alude a una unión voluntaria del conjunto de
pueblos del Estado español, como si el establecimiento de las fronteras
hubiera sido en algún lugar un proceso democrático, y la dialéctica de
Estados una invención.
Resulta absolutamente cierto que una de las victorias
del dictador fascista Francisco Franco es haber arrebatado a la
izquierda el término España, dejando a los progres la defensa del derecho de autodeterminación, la descentralización, el federalismo (,,,)
La izquierda patria repite acríticamente que la democracia consiste en
votar, por lo que no puede ser delito organizar un referéndum. De ahí el
éxito del término “derecho a decidir”, todo un triunfo de las fuerzas
separatistas.1 Por ello, debemos preguntarnos por el significado de la realización de este referéndum separatista.
(...) ¿sería lícito utilizar la coartada del derecho a decidir para someter a
votación la discriminación de un grupo de personas por razón del sexo,
raza, o lo que sea? ¿es democrático que una región se arrogue el derecho
a decidir excluyendo al resto de ciudadanos de la nación? (...)
La izquierda debería sin embargo defender que la
estructura territorial de la nación constituye un elemento
cualitativamente diferente al conjunto de cuestiones que, efectivamente,
pueden ser objeto de consultas ciudadanas.
Así, la propia integridad de
la nación se erige en un presupuesto de la democracia que, en su caso,
permite evitar lo que no es sino la esencia del problema catalán, el
chantaje de una región relativamente rica ante una redistribución
inter-regional de ingresos de la que no quiere formar parte.
De hecho, se pasa por alto que su industrialización se
sustentó en un proteccionismo brindado por el gobierno central, lo que
significaba que el resto de España pagaría un sobrecoste al adquirir los
productos (textiles) producidos en Cataluña, perjudicando la capacidad
exportadora de las opresoras regiones agrícolas
de la meseta castellana.
No olvidemos que el consenso de la derecha y
la izquierda independentista en Cataluña se cimienta en ese
‘Madrid/España ens roba’ basado en las denominadas ‘balanzas fiscales’
(lo que se paga en concepto de impuestos y se recibe en forma de gasto
público), y aderezado todo ello con un odio y desprecio a España
alimentado gracias a la cesión de las competencias en educación.2
La estrategia de la izquierda realmente existente
Resulta muy triste que importantes representantes de
la izquierda no independentista (Izquierda Unida, Podemos, y los
movimientos periféricos) critiquen este referéndum no por su esencia,
sino porque carece de garantías democráticas. En consecuencia, la
solución pasaría por la realización de una votación en la que el pueblo
de Cataluña decidiera su relación con España.
Estos dirigentes parecen olvidar que un referéndum en
el que sólo voten los ciudadanos catalanes vulnera la soberanía
nacional. Y yo me pregunto, ¿no era precisamente de izquierdas
defenderla, y mucho más en la coyuntura actual, en la que existe un
centro y una periferia en el seno de la Eurozona? (...)
Si, de manera alternativa, consideramos que los grupos sociales de
rentas más elevadas expresan su oposición a pagar más impuestos (la
fiscalidad progresiva) en virtud de un sentimiento muy arraigado en
ellos, proporcionando además la coartada teórica de los economistas
liberales, cualquier izquierdista diría que no le importa en absoluto su
opinión, los sentimientos o deseos.
Como no puede ser de otra manera,
argumentará en torno a las razones de la fiscalidad progresiva, y
señalará que si no pagan, entonces deberá actuar la justicia según el
marco legal vigente. Aquí, seguramente la política basada en la
identidad, los sentimientos y los hechos diferenciales no tendría mucha
justificación.
Ahora bien, si estos ciudadanos, en lugar de vivir
desperdigados, residen en una misma región, entonces parece que sí nos
deben importar sus hechos diferenciales, aunque sean fruto de su propio
egoísmo y hayan sido alimentados por un sistema educativo y de
(des)información basado en el odio a España. (...)
Se habla de presos políticos, de un golpe de Estado
del gobierno, de una colonización de Cataluña, de una vulneración de la
democracia, y un largo etcétera de despropósitos propios del típico
ultraizquierdismo-progre infantil.
En todo este ridículo, se debe considerar que la
izquierda está identificando el autogobierno de Cataluña con la
democracia, y se alude al conjunto de competencias de que dispone como
una conquista democrática producto de la lucha democrática.3
Y tras esta idea tan arraigada, se sigue el necesario corolario, a
saber, la concesión de más autonomía para Cataluña. ¿Qué se puede
negociar si no con los secesionistas? Si no se admite su objetivo final,
sólo cabe ofrecer un caramelo que resulta absolutamente contradictorio
con los intereses de los trabajadores.
Y aquí es donde estos progres acaban coincidiendo con los liberales.
Efectivamente, el ministro de Economía, Luis de Guindos, “abre la mano a
ofrecer a Catalunya más dinero, mayor autonomía financiera y el estudio
de un mejor sistema de financiación … si se abandona la senda de la
independencia.”4
Estas afirmaciones van en la línea de las reclamaciones de los
empresarios, que ya han comenzado a pescar en río revuelto, solicitando
“una reforma que alivie a Cataluña de la ‘carga’ de España.” En plena
coherencia con el liberalismo económico, “el presidente del Círculo de
Empresarios … ha reclamado … una reforma de la financiación autonómica
que acabe con las “transferencias indefinidas y sin condiciones” de las
comunidades autónomas con mayor renta per cápita a las más pobres”.5
En lugar de hacer el juego a un movimiento secesionista que no tiene
nada de progresista, la izquierda debería ser coherente y empezar por
defender la igualdad de los ciudadanos del país. Si se apuesta por una
mejora salarial, más derechos laborales, acceso a servicios sociales, y
se lucha por convenios colectivos amplios en lugar de acuerdos de
empresa, ¿por qué en materia territorial la izquierda se vuelve
reaccionaria? ¿por qué no se denuncia algo tan de derechas y neofeudal
(pues procede de 1878, tras la última guerra carlista) como el cupo
vasco,6
por el cual las regiones vasca y navarra tienen privilegios fiscales
respecto del resto de comunidades? ¿cómo es posible aludir a la
“identidad personal” para justificar que los trabajadores en España
tengan derecho a servicios sociales desiguales?
(...) resulta más que cansino seguir escuchando la misma cantinela victimista
de la represión cultural (que no económica) de un franquismo que duró 36
años (1939-75), cuando la represión física fue muchísimo más cruel en
las regiones más pobres de Andalucía o Extremadura, y además desde 1980
el idioma que está discriminado en esta región es el común de los
españoles. (...)
Luego se extrañan de que el partido ‘españolista’
Ciudadanos, que no es precisamente de izquierdas, reciba el voto del
cinturón obrero de Barcelona, de aquellos que emigraron en los años
sesenta allí donde había más crecimiento económico y nivel de vida.
Siendo realistas, hay que aceptar que actualmente no
va a haber ningún cambio mínimamente revolucionario o transformador. Nos
guste o no, la relación de fuerzas no es favorable, incluida en
Cataluña a pesar de los delirios de la CUP (Candidaturas de Unidad
Popular).
A lo largo de toda la crisis, la dominación del capital no se
ha visto amenazada a pesar de las oleadas de protesta. Por diversas
razones, la izquierda no tiene ahora mismo capacidad alguna por lograr
modificar de manera mínimamente significativa los pilares del sistema.
En las áreas desarrolladas, la derecha se ha visto fortalecida con la
crisis (Estados Unidos, Francia, Alemania), la izquierda alternativa ha
fracasado estrepitosamente donde ha ganado (Grecia), y sólo en Portugal
se ha logrado algún avance en coalición con los socialistas. (...)
Por otra parte, esta confrontación territorial, lejos
de sentar las bases de un giro transformador por la izquierda, como es
la estrategia de la izquierda postmoderna, me temo que pueda dar lugar a
un ascenso de un nacionalismo español liderado por la extrema derecha.
Consideremos que cuando la izquierda no aborda cuestiones
trascendentales como la construcción europea o la dimensión territorial,
muy posiblemente sea la derecha la que ocupe ese hueco con un mensaje
reaccionario.
En definitiva, toda esta polarización (y no ya una
hipotética independencia de Cataluña), tendrá como consecuencia la
generación de un movimiento españolista cohesionado contra la traición
de la izquierda y el separatismo. Porque lo que verdaderamente cohesiona
es la identificación de un enemigo claro que no requiera de un mensaje
elaborado.
Y mientras escribo estas líneas, este temor se ve
apoyado por los hechos. Los estudios electorales muestran una caída de
votos de la izquierda (IU-Podemos), así como el PP, mientras que es el
partido Ciudadanos, de centro derecha, que nació en Cataluña para
defender el unionismo, el que verdaderamente
está capitalizando el descontento, lo que implica una mayor expectativa
de votos para el conjunto de la derecha.7
Empiezan, pues, a surgir temores en las fuerzas de izquierda ante el
espantoso ridículo y la traición que están cometiendo. Carolina
Bescansa, una de las fundadoras de Podemos, ha señalado (si bien es
cierto que por puro cálculo electoral) que “me gustaría un Podemos que
le hablase más a España y a los españoles y no solo a los
independentistas,”8 lo que ha supuesto su purga (perdón, cese) inmediata de la comisión constitucional del Congreso. (,,,)
Lo que venga difícilmente puede ser positivo, pues la izquierda ni está ni se la espera."
(Juan Pablo Mateo Tom, Economista. Académico visitante en el departamento
de Economía de la New School (Nueva York, Estados Unidos). Profesor de
Economía en la Universidad de Valladolid, Crónica Popular, 23/11/17)
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