"Aún hay quien se pregunta por qué los nacionalistas no detienen su
carrera -y la nuestra- hacia el abismo. La respuesta la dio ayer la
sesión del parlamento catalán que acabó con 36 años de autogobierno. Solo es la vergüenza. La sesión fue el concentrado obsceno de cinco años devastadores.
No es que ayer el nacionalismo perdiera el respeto a los ciudadanos,
algo que lleva haciendo desde el principio de las hostilidades. Es que
perdió el poco respeto que aún podía tenerse a sí mismo. En lo
económico, el nacionalismo ha acabado como Pujol: como
un corrupto.
En lo político, ha acabado como el parlamento de Cataluña:
cerrado por derribo. Sobre la intolerancia, sobre el despotismo, incluso
sobre la crueldad, puede construirse un nuevo orden. Pero nada puede
levantarse sobre la vergüenza, ese lodo movedizo.(...)
La vergüenza es la única razón por la que los nacionalistas
no pueden pactar. Necesitan vencer. La victoria limpiaría su vergüenza. Al
fin y al cabo, dirían ya limpios y redimidos en el alba de su
República, todos los partos son escandalosos y sucios, y un punto
vergonzosos mirados desde cerca. Pero no solo la victoria.
También la derrota puede redimirles. Es más, dadas las condiciones
objetivas, es decir, dado el poder, la derrota es lo único que puede
redimirles. La condición, como en el caso de la victoria, es que se
trate de una gran derrota.
No la derrota blanda y negociada que quería
el melifluo tercerismo. Esa posibilidad no disolvería la vergüenza, sino que la haría más sólida.
Se hace imprescindible la organización de uno de esos grandes momentos
icónicos, tan ennoblecedores, en que el vencedor arranca las medallas
del pecho del vencido.
Así pues, el gobierno democrático
tiene una gran responsabilidad. Debe darle a los golpistas la exigente
derrota que merecen. Debe dar, en efecto, una salida a Catalunya y debe
hacerlo pronto y con contundencia. Catalunya no puede, no debe morir.
Y
su única posibilidad de supervivencia es que una implacable Derrota
funde las bases de un nuevo relato victimista capaz de durar otros 300
años. Solo así Catalunya no morirá y podrá seguir en su fértil estado natural, agonizando." (Arcadi Espada, El Mundo, 07/09/17)
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