4/7/18

Qué decadencia, Dios mío. A Don Pujolone lo recibía el presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca. A Torra, le niega un segurata el paso a un sarao folclórico. ¡Me parece indignante!

 "(...) 10- El otro día, en el Smithsonian, el procesismo evidenció lo que entiende como política. 

Sinopsis: acto en el Smithsonian, es decir, en la Capilla Sixitina del liberarismo en Washington. Cuidadín. 

El Govern –y estoy describiendo su punto de vista– protagonizó un acto reivindiativo. Habló a la concurrencia en los mismos términos sentimentales que a su parroquia y, ante el discurso del embajador esp, protestó, se levantó de la mesa y abandonó la sala. 

Eso fue muy celebrado en los medios públicos y concertados cat, en tanto que internacionalizó el conflicto y creó grandes complicidades en Washington y bla bla bla. 

En realidad –y ahora describo el punto de vista del liberalismo USA–, los asistentes vieron un discurso político del president Torra, en vez de un discurso repleto de humor e ironía en presencia del contrincante, tan valorado en USA. Posteriormente vieron que, mientras hablaba el contrincante, los chicos cat abandonaron la sala, algo imperdonable en la cultura USA.

 Despues pudieron ver cómo, vía fuentes cat, en las Redes aparecían fake news sobre el tema –se aseguraba que el presi de Armenia le había negado la mano al embajador esp–, en breve negadas por la Embajada armenia. 

En el interín, pudieron ver y oír cosas absurdas, como alguna comparativa entre el pueblo armenio y el cat, imperdonables y fuera de sitio en una cultura democrática.

11- Vamos, que en el mejor de los casos, en Washington se asistió a un espectáculo diseñado por aficionados. En el peor, por un grupo de populistas. El Washington liberal conoce muy bien el populismo nacionalista. Mejor incluso que nosotros. Lo está describiendo cada día en sus medios para aludir a Trump. (...)"         (Guillem Martínez, CTXT, 04/07/18)


"Nosotros, los catalanes, y los demás españoles que sienten todavía alguna curiosidad por los shows desgarrados que acompañan el declive político, moral e intelectual de Cataluña hacia el abismo de la insignificancia absoluta, asistimos, entre divertidos e incómodos de vergüenza ajena, a las reiteradas manifestaciones de dos modalidades del kitsch victimista.  (...)

Una modalidad es la compasión pública y publicitada: o sea esos melosos y sensibleros escritos sobre las peregrinaciones a las cárceles donde han sido encerrados los golpistas por Dios y por Cataluña, gente inocente, bonísima, admirable... pero en el fondo no tan admirable como los mismos redactores de esos artículos y de esas cartas abiertas y como los protagonistas de esas comparecencias televisivas que se dirigen, mirando a cámara llorosos, a tal o cual reo para expresarle su solidaridad, pero sobre todo para manifestar cuán buena, tierna y sensible es el alma propia. 

Aquí se suelen alcanzar cotas de obscenidad tan bombástica que, como digo, uno vacila entre sentir alipori y partirse de risa; siendo esto último también incómodo, pues está mal reírse de la compasión ajena, aunque sea tan obviamente impostada y filistea que se alivia con un gintonic en el bar del AVE.

La otra modalidad es la indignación.

Pocas cosas tan desafortunadas como un hombre hecho y derecho –o una mujer— que con el ceño fruncido, la mar de serio, resoplando por las narices y a veces acompañándose con un golpe sobre la mesa, emite este enunciado:

--¡A mí me parece indignante que...!

A veces no hace falta ni siquiera pronunciar estas palabras, basta con la actitud y el tono de la voz impaciente, nervioso, tenso, recriminatorio, para acceder al estado ignífugo de la indignación, que automáticamente brinda una superioridad moral sobre el adversario.

En indignado se considera habilitado por su propia indignación a abandonar la serenidad y la actitud más o menos templada o cínica que es propia del ser humano civilizado. 

A no ser, claro, que uno use la indignación precisamente como un recurso para llamar la atención.

Así, cuando el empresario Ruiz-Mateos, trastornado por lo que consideraba un expolio de Rumasa por el Estado, se disfrazaba de Superman y agredía al ministro Miguel Boyer, responsable de todos sus males, a la voz de “¡que te doy, leches!”, se prestaba, enajenado por su propia indignación, a un papelón ridículo pero lo daba por bueno pues en realidad lo que buscaba era publicidad.

Así, la algarabía que organizaron nuestro presidente regional, el señor Quim Torra​, y su séquito, el pasado 27 de junio en un festival folclórico que se celebraba en Washington.

Estaban Torra y sus huestes “indignados” por el discurso con el que el embajador de España contradijo el discurso previo del mismo Torra.

Como el discurso del embajador ha sido reproducido en la prensa, cualquier persona de buena fe e inteligencia mediana, incluso los nacionalistas no cegados por el fanatismo, han podido constatar que no hubo en sus medidas palabras ni una que fuese o pareciese ofensiva. Claro que, como representante del Estado y de la nación, no podía dejar sin respuesta las gravísimas acusaciones que Torra acababa de hacer.

No obstante éste y su comitiva fingieron indignarse mucho ante una provocación intolerable, gritaron, abuchearon, alborotaron, se dieron puñetazos en el pecho. Cantaron himnos patrióticos, lo que bien mirado no estaba del todo fuera de lugar, pues era, como he dicho, un Festival Folclórico.

Y finalmente, indignados, indignadísimos, abandonaron el salón, en una sobreactuación teatral tan grotesca que luego, cuando ya estaban a la intemperie, y dándose cuenta de que la indignación les había expulsado de la fiesta a una tierra de nadie quisieron volver a entrar, ya no se les permitió. 

¡Castigados sin postre por armar jaleo!

Y fue así como un par de bedeles y un segurata afroamericano, acaso descendiente de esclavos capturados por algún negrero catalán en el siglo XIX (¡quién sabe!), impidieron al Molt Honorable President de la Generalitat, que supuestamente es un cargo importante y que representa a siete millones de catalanes, sí, le impidieron a él y a su nutrido séquito la entrada a una fiesta a la que habían sido invitados. ¡Por alborotadores y enredosos!

Qué decadencia, Dios mío. A Don Pujolone lo recibía el presidente de los Estados Unidos en la Casa Blanca. A Torra, le niega un segurata el paso a un sarao folclórico.

¡Me parece indignante!"            

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