"De todos los bulos que ha engendrado el procés, el del
Estatut es sin duda el más resistente. A diferencia de otros —sean las
famosas balanzas fiscales o la catalanidad de Cervantes— este se ha
mostrado impermeable a toda refutación racional, convirtiéndose en uno
de los casos más exitosos de posverdad que se han dado en la España democrática.
Sorprende
también que no hayan sido precisamente los nacionalistas quienes se han
aferrado a él con mayor fruición. En el manifiesto Renovar el pacto constitucional se vuelve a situar la sentencia del Estatut en el origen del procés; el
embuste parece inquebrantable.
Puesto que la relación de causalidad ha
sido rebatida con datos en múltiples ocasiones, no repetiré los
argumentos. A estas alturas está visto que es inútil tratar de desmentir
el bulo, así que solo queda intentar comprender su persistencia.
Para
entender la razón de ser de los mitos conviene preguntarse por su
función social. Bajo esta luz, la explicación es clara: el mito de la
sentencia permite hacer corresponsables al Estado, y sobre todo al
Partido Popular, de la radicalización del nacionalismo, de su deriva
delictiva y de la fractura social que ha provocado.
El «agravio del
Estatut» está en la base de la inane teoría de «la Fábrica de
Independentistas» y es un eslabón necesario del relato «sin vencedores,
ni vencidos» que pretende construirse.
En todos los conflictos surgen observadores que tienden hacia el argumentum ad temperantiam, a
saber, la falacia según la cual la verdad reside en el término medio
entre dos posiciones opuestas. Pero la persistencia del bulo del Estatut no
responde a una bienintencionada voluntad conciliadora, ni a un exceso
de ingenua magnanimidad, sino al pavor que una parte de la izquierda
tiene a encararse con el nacionalismo catalán.
Por eso se tiende a
eximirlo de responsabilidades e incluso se propone premiarlo con nuevas
concesiones. Y si ha incurrido en ilícitos penales es a consecuencia de
una provocación; ya saben, el Estado llevaba minifalda. (...)
En este afán de desmentir el engaño del Estatut suele escaparse otro
detalle importante: si la sentencia del TC fuera, efectivamente, el
origen del procés, entonces ¿qué? ¿Acaso se podría hablar de
corresponsabilidad porque un recurso y una sentencia, ajustadas a
derecho, indignen a una parte de la población y, en consecuencia, sus
líderes opten por derribar el orden constitucional?
En ningún caso sería
ético dividir las culpas entre quienes actúan de acuerdo a la ley y
quienes la violentan. Y tampoco se entiende exactamente cómo deberían
haberse comportado las partes implicadas en el recurso.
¿Acaso están
diciendo que el principal partido de la oposición, intuyendo la
inconstitucionalidad de un texto, debió abstenerse de presentar recurso?
¿O que los magistrados del Tribunal Constitucional deberían haber
prevaricado y dado por bueno lo que consideraban inconstitucional? No
parecen estas soluciones propias de una democracia saneada.
Entiendo
que a muchos les resulte complicado compartir trinchera con el Partido
Popular, pero la pureza de la izquierda no se mide en base a la
distancia que guarda respecto del partido conservador, sino en función
de la defensa de unos principios básicos que, en esta ocasión, ha
violado el nacionalismo. Y si lo que desean es sacar a relucir la
responsabilidad del PP en esta crisis, hay ejemplos suficientes como
para prescindir del mito del agravio inaugural del Estatut. (...)
La izquierda se define por su vocación de extender la ciudadanía, no por
restringirla. Y como explica Félix Ovejero, existen dos tipos de
xenofobia: la de quienes luchan por evitar que los extranjeros se
conviertan en ciudadanos, y la de quienes luchan por convertir a sus
conciudadanos en extranjeros. La izquierda debe ser implacable con
ambos." (David Mejía, The Objective, 21/06/18)
No hay comentarios:
Publicar un comentario