"Nos falta todavía distancia para analizar con frialdad los hechos sucedidos en septiembre y octubre pasados en torno al 'procés'
separatista. Y, sin embargo, la pregunta que muchos nos hacemos, al
margen de cuál sea nuestra posición política, es ¿qué estrategia
realmente siguió el Govern de Carles Puigdemont?
Porque lo que salta a la vista es que los líderes separatistas no
hicieron aquello que tan enfáticamente habían prometido, no culminaron
el sentido de las leyes del referéndum y de la transición jurídica de la república catalana. (...)
Sorteando la actuación de la Fiscalía, habían trabajado con astucia para lograr celebrar una votación el 1-O en forma de referéndum con urnas, papeletas y colegios. Ese día, obtuvieron además unas imágenes de violencia policial que fueron un auténtico regalo para su causa.
Pero a partir de ese momento su actuación fue
contradictoria e irreal. El separatismo dejó pasar su mejor momento en
la primera semana de octubre.
Fue entonces cuando perdió la iniciativa y
se adentró en un laberinto de incoherencias que acabó en un amago de convocatoria electoral el jueves 26 y en un falsete de DUI al día siguiente como respuesta a la aplicación del artículo 155.
Ni se implementó la república ni se arrió la bandera española de la
Generalitat ese fin de semana. Los últimos días de octubre fueron
vividos por los independentistas de a pie con auténtico desconcierto.
Intervención real
Sin embargo, semanas antes, el escenario era
completamente diferente. La 'vaga de país' del 3 de octubre catalizó la
protesta contra el Gobierno español y musculó aún más el apoyo a la
causa separatista. Aunque el paro fue en realidad un cierre patronal en
la Administración y la enseñanza, afectó de manera considerable al transporte, los servicios y el comercio.
Esa noche, Felipe VI
dejó claro en su discurso televisado que el orden constitucional no era
objeto de negociación e instó a todos los poderes del Estado a poner
fin a la intentona secesionista. En ese momento, Puigdemont y su sanedrín
tenían dos opciones.
En primer lugar, proceder a proclamar la
independencia, en coherencia con lo dispuesto en su propia legalidad,
aun a riesgo de generar un escenario de choque más violento
que el 1-O. En su favor estaba la posibilidad de que un parte de los
Mossos se sumara a la rebelión y la movilización segura de miles de
activistas que hubieran acudido a defender posiciones estratégicas.
Eso
era lanzarse por la pendiente revolucionaria y hubiera desembocado en un enfrentamiento civil entre catalanes.
Un escenario horroroso y muy difícil de gestionar para el Estado, pero
que hubiera convertido el conflicto catalán probablemente en un problema europeo. Por fortuna, no fue ese el camino elegido, aunque rozamos el peligro.
En segundo lugar, si los dirigentes separatistas no se atrevían a hacer la DUI, porque no querían saltar sobre el abismo de la unilateralidad, lo lógico por su parte hubiera sido reconocer que la votación del 1-O no tenía validez. Se lo habían dicho sus propios observadores internacionales.
Les seguía faltando el tan cacareado mandato democrático
y, por tanto, la única salida era convocar elecciones inmediatamente,
revistiéndolas de plebiscito. Una jugada que podría haber sido bastante
hábil y que solo el tiempo revelará si fue contemplada en serio.
Posición perdedora
Como sabemos, no hicieron ni lo uno ni lo otro y, en cambio, Puigdemont apostó por una mediación internacional
a todas luces imposible porque ni el Gobierno español quería ni ninguna
circunstancia o presión exterior le obligaba a ello.
El 'summun' de ese
camino que les llevó a perder la iniciativa política es la sesión parlamentaria del 10 de octubre,
en la que el 'expresident' suspendió una independencia que tampoco
nadie supo entender si había sido declarada. En esa fecha, el
separatismo ya se encontraba en posición perdedora en cuanto al objetivo
de forzar la celebración de un referéndum pactado.
No olvidemos que,
entre tanto, pasaron dos hechos muy relevantes: la estampida financiera y empresarial que empezó el 4 de octubre, y la multitudinaria manifestación constitucionalista del domingo 8.
A partir de ese momento, Puigdemont y su sanedrín
entraron en una situación de parálisis, y eso que el 17 de octubre se
produjo otro momento de protesta transversal con la entrada de los
'Jordis' en prisión.
La conclusión de todo lo sucedido es que el
separatismo no tenía otra estrategia que la de jugar a asustar al Estado con movilizaciones, votaciones, situaciones coercitivas (como la que se produjo el 20-S ante la Conselleria de Economía) y amenazas verbales de desconexión.
No llevó a cabo un plan consecuentemente insurreccional, de rebelión, y
fue víctima de su propio autoengaño sobre una mediación irreal." (Joaquín Coll, El Periódico, 17/12/17)
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