"El independentismo catalán se enfrenta a un duro
trance: la digestión del fracaso de su estrategia política.
Y tiene que
hacerlo con unas elecciones a la vuelta de la esquina, en las que se
certificará el desvanecimiento del sueño de una independencia al alcance
de la mano; lo ilusorio de una secesión plenamente legal y pacífica,
pura expresión de democracia, inobjetable, que sería cálida y
ampliamente acogida por la sociedad internacional.
Lejos de lo que
imaginaba, el independentismo tiene que enfrentarse a la perspectiva de
una larga marcha, dura, penosa y, con toda probabilidad, abocada al
fracaso.
La secesión es algo muy serio, extremadamente
difícil. Especialmente, en la zona del mundo, en la sociedad y en el
momento histórico que nos han tocado en suerte. Es la geopolítica.
Es el
precio de no padecer dominación colonial; de no sufrir persecución ni
violaciones graves de los derechos humanos; de disfrutar de plenos
derechos civiles y políticos; de participar, a través de representantes
elegidos democráticamente, en el gobierno del país; de tener reconocida
la singularidad cultural y lingüística; de gozar de autogobierno para la
propia comunidad.
El derecho de autodeterminación es un remedio para
quienes tienen la desgracia de vivir en condiciones de dominación, falta
de reconocimiento o persecución; aunque ni tan siquiera en esas
circunstancias esté siempre garantizada su viabilidad.
Esas dificultades se acrecientan en la UE. (...)
La dificultad práctica de la secesión no se debe únicamente a razones de
Derecho -o política- internacional. También la economía y los fuertes
lazos que ha ido tejiendo la historia aportan sus razones. La
profundísima integración económica en Europa -con el ‘mercado interior’ y
la unión monetaria- hace poco menos que inviable la secesión, aunque
sea pactada. (...)
Quebec y Escocia no poseen los atributos de Reino Unido para una travesía de esas
características. Tampoco Cataluña y el País Vasco. Además, hay un
abismo cualitativo entre la pretensión de romper un Estado para crear
otro o retirarse de una organización internacional: su diferente
potencial de desestabilización política.
Es significativo el caso de
Escocia, el más cercano a nosotros en este sentido. El independentismo
escocés, a diferencia del catalán, supo entender que la secesión sería
pactada o no podría ser. En esas condiciones, vencer en el referéndum no
era suficiente para alcanzar la independencia. Era necesario que el
pacto que se lograse no la hiciese, en la práctica, inviable.
Las
condiciones que adelantó el Gobierno británico -en sus respetados
informes de la serie ‘Scotland Analysis’- hubieran puesto a Escocia ante
una cruda disyuntiva: la independencia en unas condiciones poco menos
que inviables -que difícilmente hubiesen mantenido un respaldo ciudadano
mayoritario- o renunciar a ella.
En Quebec los soberanistas creyeron,
tras el referéndum de 1995, que la independencia les estaba esperando a
la vuelta de la esquina. Por el contrario, la experiencia tan traumática
de aquellos años ha convertido a los soberanistas en casi marginales
políticamente; y la propuesta de convocar un nuevo referéndum en un tabú
que liquida políticamente a quien se atreve a plantearlo. (...)
Las elecciones plantean, por encima de todo, un reto fundamental a la
sociedad catalana; más específicamente, al electorado que ha sostenido
al independentismo. Tiene que mostrar hasta qué punto es consciente del
engaño en el que le han mantenido sus líderes y qué responsabilidades va
a exigirles.
Quizás sea demasiado pronto para un claro veredicto en las
urnas. Pero con su voto responderá a una pregunta clave: ¿cuánto tiene
que empobrecerse Cataluña, cuánto tiene que fracturarse su sociedad para
que asuma que la pretensión independentista es un callejón sin salida?" ( Martes, 5 diciembre 2017)
No hay comentarios:
Publicar un comentario