"(...) Barcelona estos días: cientos de miles de personas gritando consignas
separatistas en las calles, y otros cientos de miles gritando consignas
unionistas.
Esta vez no ha habido discrepancia, al menos en una cosa: en Cataluña
hay dos comunidades. Y dígito arriba o dígito abajo, el país está
dividido al cincuenta por ciento entre la secesión o la permanencia
dentro de España.
Y hay varios aspectos de esta realidad secesionista que a los
españoles en general les han dejado pasmados. Desde luego, la amplitud
del fenómeno. Pero, además, su profundidad. Los manifestantes hacían
gala de un desprecio o a veces un odio extremo hacia España y todo lo
que la representa, que no era imaginable salvo para quienes son asiduos a
los partidos del Barça en el Camp Nou.
El resultado es chocante para muchos españoles, pero no lo es para
los que llevan años viendo crecer a la bicha en Cataluña, viendo cómo en
la universidad se llama fachas a los jóvenes que se atreven a aplaudir a
la selección de fútbol, o cómo se niegan becas de investigación en
Biología Molecular porque no se da el nivel suficiente en catalán, o
cómo se tilda de botiflers (traidores) a los periodistas que cuentan las
esquinas de la verdad…
Los catalanes que se sienten españoles no se han sorprendido con la
extensión del fenómeno, sino por la magnitud del que ellos representan:
son muchos y ahora, después del final de la pesadilla de Puigdemont y el
soplo de ventilación que Societat Civil Catalana les ha dado, pueden
hacerse valer en unas elecciones que les aventuran como fuerza decisiva. (...)
En Cataluña hay ya dos comunidades diferenciadas. Una de ellas ha
hecho un uso ostentoso, obsceno, del poder. La Educación en la escuela
pública y la información en TV3, tan manipulada como TVE, han sido
usadas hasta la extenuación. Para alcanzar y consolidar una mayoría
cultural y política, los separatistas han utilizado sin tasa su poder.
Arropado, además, por el placentero bálsamo del victimismo.
El 21-D empieza una larga competición por ver cuál de las dos grandes opciones se va a llevar el gato al agua.
Cualquier dirigente político desearía que su propuesta esté libre de
connotaciones autoritarias o represivas. Pero justamente por eso, se
debe explícitamente liquidar todo el aparato asfixiante que se ha ido
creando durante años a mayor gloria del independentismo y su versión más
falseada de la historia o de la actualidad. Nadie medianamente sensato
puede querer para sus hijos un profesor de Historia que se sorprenda al
escuchar que Madrid fue bombardeada por Franco durante la Guerra Civil.
Las dos comunidades pueden volver a ser una sólo si siguen los
consejos que daba el trovador cubano a los amantes: no me complazcas, no
me mientas, no hables por hablar. O sea, dime la verdad, aunque no sea
agradable, y no pretendas actuar como si yo no existiera.
Nadie, ni siquiera el más chalado dirigente de la CUP, puede querer que Barcelona se convierta en Belfast. Creo yo." (Jorge M. Reverte, El País, 19/12/17)
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